La eterna impostura

En esta “comedia casera”, el pintor Priam Farll finge su muerte. En una sociedad que lo adora y de la que se ha ocultado por años, ve cómo su reputación como artista (y con ella sus obras) crece hasta límites impensables.

Arnold Bennett


Hay novelas hechas para divertir y novelas hechas para conocer la hondura humana. ‘Enterrado en vida’, de Arnold Bennett (1867 – 1931), posee ambos caracteres: al mismo tiempo que produce una comedia de humor sutil, permite contemplar el orgullo y la estupidez. Y como así lo desea, crea una situación que resulta poco común: Priam Farll, reconocido como uno de los más grandes pintores ingleses, escondido de la sociedad, sin amor conocido, finge su muerte. Priam Farll asiste a su propio entierro.

Todo parte de una equivocación: Henry Leek, sirviente de Farll, fallece de repente. El médico que lo atiende lo confunde con el reconocido pintor; Farll aprovecha la ocasión y se deshace de su imagen. Se convierte entonces en Leek y hereda una fortuna más o menos cómoda para vivir por un tiempo sin necesidad de trabajar. Consigue una esposa —que lo toma por Leek— y funda una vida en el fingimiento. Fingir no es, entonces, lo mismo que mentir: fingir es el modo más elegante de ocultar.

Bajo esa constante, se suceden los siguientes cinco años de Farll. Él finge, pero también los demás: toda la sociedad londinense, con sus costumbres y razonamientos y su carencia de elegancia —aunque la pretendan—, finge sus maneras y su modo de vivir. Todo, en el fondo, es una forma del fingimiento para que los seres humanos convivan, para que no sean atrapados por ciertos sentimientos primitivos. Farll es una pieza de ese juego; al hacerse pasar por otro, Farll acepta aún más a su propia persona, a pesar de la aparente contradicción. Al ser otro, Farll es más él mismo que nunca: se descubre más allá de su actividad artística, hasta el punto de abandonarla.

El resto del mundo permanece, y en esa contradicción pervive la imagen de Farll, el pintor. Todo sabe, sin embargo, a fingimiento, a impostura: quienes admiran sus cuadros, no los comprenden; quienes lo comprenden, no lo admiran.

Bennett narra con finura y sutileza esos conflictos: combina el humor y la seriedad filosófica en pocas líneas. “La manifestación de esa locura no hacía más que confirmar ciertas vagas sospechas que había tenido Alice acerca de la salud mental de su marido —escribe Bennett luego de que Farll le confiesa a su esposa, Alice, quién es en realidad—. Además, sólo era un delirio, una manía inofensiva. Y explicaba muchas cosas. Explicaba, por ejemplo, que se hubiera quedado en el Gran Hotel Babylon. Aquello debió ser el principio de los delirios de grandeza. Alice se alegró de conocer por fin la parte mala. Ahora lo quería más que nunca”.

Alice que permite variar la narración; en medio de la insistente repugnancia de esa sociedad (bien camuflada por Bennett), ella protege a Farll y hace pensar que el fingimiento del pintor no es tan terrible ni sorprendente, sino apenas un cambio de nombre. Alice, quizá el personaje mejor construido de la novela, explora a fondo el acto de fingir: para ella, que es tan sincera y honesta consigo misma, fingir no es más que una de las variaciones de la verdad. No se finge para estar bien con los demás, sino para acomodarse a su propia naturaleza.

“Era como si el pasado no hubiera existido —escribe Bennett en el momento en que Farll se encuentra con Sophia Enwistle, su anterior prometida—. (…) Según las reglas comunes que deben guiar la conducta humana, lady Sophia Enwistle debía haber acusado moralmente a Priam, señalándolo con el dedo en un melodramático gesto, y haberlo condenado al desprecio del mundo por ser un hombre que jugaba con el corazón de las mujeres confiadas (…). Pero se limitaron a darse la mano y a preguntarse cómo estaban, sin esperar siquiera una contestación. Esto demuestra hasta qué punto se han deteriorado las antiguas cualidades de la especie”.

La comedia, entonces, apunta a picos más altos. No quiere bromear con el lector, sino presentarle ese absurdo como parte de la risa o del total hastío. No hay otro modo: o se ríe o se llora. En ese sentido, Enterrado de vida es más que la puesta en escena de una locura colectiva: es la creación de un entorno donde todas las pasiones, despertadas por un hecho al parecer banal, someten a los individuos. La comedia es ese género que permite reírse de la desgracia propia, y a esa premisa harían honor Eugène Ionesco y Samuel Beckett tiempo después de Bennett. Todo acto llamado natural, puede concluirse, no es más que un producto de la refinada enseñanza del fingimiento: fingimos amar, fingimos sentir, fingimos nuestras costumbres y nuestra moral. Todo sistema es parte de una magnífica impostura que persiste y luego instituimos.

En una de sus últimas páginas, Bennett —inglés, también autor de Grand Hotel Babylon, A Man from the North y Anna of the Five Towns— reflexiona sobre la justicia en Inglaterra, un párrafo que habla por sí mismo: “Sus métodos judiciales habían estado a punto de fracasar a la hora de obligar a un hombre a desabrocharse el cuello de camisa en público. En realidad, sí que había fracasado; pero al final todo había salido bien: así que Inglaterra fingió que sólo había estado cerca del fracaso, pero nada más”.


‘Enterrado en vida’ (‘Buried Alive: A Tale of These Days’), Arnold Bennett, editorial Impedimenta, traducción de Vicente Vera, 2013, 292 páginas.


 

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