Durante Un Río de Libros,

¿Existió alguna vez el Nadaísmo?

Jotamario Arbeláez comparte con El Espectador este texto que habla de las mas recientes (y viejas) movidas del Nadaísmo. Su lectura se registró en el marco de Un Río de Libros, IV Feria de la Lectura de Montería que finaliza este domingo.

En el puente Ortiz de Cali, en 1960, Elmo Valencia, Gonzalo Arango, X-504 y Jotamario Arbeláez.Cortesía

En los albores del nadaísmo, aterrado de ver cómo en todos los pueblos de Colombia se sumaban jóvenes indecisos o fracasados o deseosos de hacer trizas el mundo que recibían, el poeta Amílcar U le preguntó a Gonzalo Arango: “Profeta, ¿qué vamos a hacer cuando todos los jóvenes de Colombia se vuelvan nadaístas?” Y el Monje Loco, que pasaba por ahí en bicicleta, le contestó: “¡Inventaremos el hippismo!”. Heredaban los hippies nuestras desafiantes melenas sobre las que nos daban garrote los militantes del opus dei, que nos gritaban hijueputas en cada esquina, constituyéndose así en el grupo literario de los “hijueputistas”, como si Chucho y sus doce socios no las hubieran usado en sus barcas de pescadores de hombres. Nuestras barbas mesiánicas también eran repudiadas como si fuéramos tripulantes del Granma, por las huestes retardatarias que nos gritaban fidelcastros. Y ni qué decir de nuestras camisas rojas que tratan de quitarnos para incendiarlas por considerarlas el uniforme del mismísimo Lucifer. Menos mal que en este caso salían en nuestra defensa las barras bravas de los equipos América, que se denominaban los diablos rojos, y Santafecito lindo. Y como la mayoría éramos unos efebos con una mezcla de rasgos angelicales y demoníacos que encendían ponzoñosas pasiones nos gritaban “¡Maricas!” como ludibrio. A diferencia de nosotros, que usábamos la palabra como un fierro caliente, los hippies comenzaron a andar por el mundo sin un centavo, pero con los bolsillos llenos de amor para repartir. Y así, sóngoro cosongo, con su prédica de la paz y el amor, y sus conciertos de música y luz, acabaron con la bonanza marimbera y hasta con la guerra del Vietn-Nam, mientras que nosotros, los atorrantes poetas de la vanguardia, tardamos casi cincuenta años más en lograr la paz de Colombia, tras cuatro años de gestiones en Cuba del sacristán nadaísta Humberto De la Calle, que por ello hubiera merecido la presidencia.

No me canso de reiterar las frases finales del manifiesto del 58, que aun mantengo sobre mi vaso, perdón, sobre mi mesa de noche:

“No dejar una fe intacta ni un ídolo en su sitio. Todo lo que está consagrado como adorable por el orden imperante en Colombia será examinado y revisado. Se conservará solamente aquello que esté orientado hacia la revolución, y que fundamente por su consistencia indestructible los cimientos de la sociedad nueva. Lo demás, será removido y destruido.”

Aunque el movimiento fue más social que literario y más filosófico que político, la costumbre nacional de banalizar las cosas impuso que se nos considerara unos humoristas, o más precisamente mamagallistas, término y actitud que cuando García Márquez hizo famosos, ya los habían agotado los nadaístas.

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Desde un principio los comunistas a la criolla, celosos de nuestro ascendiente con la juventud, nos descalificaban moteándonos de “payasos de la burguesía”, porque ésta nos celebraba con whisky de bacanales las acres y originales burlas públicas de que la hacíamos objeto. Allá ella con su masoquismo exquisito hacia esta izquierda exquisita. Éramos jóvenes y bellos, cultos y chispeantes, y en nuestras tarjetas de visita nos acreditábamos como geniales, locos y peligrosos. La flor del proletariado. Igualmente recriminaban el hecho de que envenenáramos con marihuana a los jóvenes en vía de coger las armas, y con el embeleco de que “la revolución está en otra parte”. Sólo los muchachos que se quedaron a compartir con nosotros el bareto de la paz, sobrevivieron al inane sacrificio. Valiente Eduardo Escobar tomó la decisión de marchar al monte, más fiel a la influencia rambodiana del desarreglo de todos los sentidos que a su pasión por el Che,  pero él crítico nadaísta-marxista Álvaro Medina lo paró a tiempo. Eran calendas en las que el encubridor de Eduardo cantaba (aunque hay que aclarar que al presente se encuentra revisando toda su obra, para rectificar este tipo de exabruptos):

A los que luchan en las montañas / no tengo nada que ofrecerles / y no puedo regalarles / ni un fósforo / pero prometo no decirle / al tigre de papel / dónde puede encontrarlos / el 4 de agosto”.

También se iba para la guerrilla nuestro comandante Pablus Gallinazo, pero no a recibir instrucción sino a darla, cantándole Mula revolucionaria, y volvía. Y Patricia Ariza, la teatrera de La Candelaria, a presentarles el drama de Guadalupe años sin cuenta, para que fueran viendo lo que podía pasar tras entregar las armas.

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La última generación pensante en Colombia constituida en movimiento o en grupo fue el Nadaísmo –único de vanguardia para más señas y que siguió poniendo el pecho cuando la vanguardia quedó atrás–. A pesar de tener 5 años más que las Farc y 6 más que los Rolling Stones, no ha podido colgar la lira porque no ha habido otro grupo más berraco que la recoja. Ni siquiera la llamada Generación que no se atreve a decir su nombre.

Cuando se crearon las huestes de Tirofijo, ya Gonzaloarango había pagado sus canazos por terrorista verbal. ¿Y qué fue el M-19 sino una especie de nadaísmo que se le descolgó a la ortodoxia farquiana? ¿Gusanos, parásitos, alimañas? Ya viene M.19. Se anunciaron como un desinfectante o como un vermífugo, bajo la chispa publicitaria de nuestro aliado Nélson Osorio. Al recién llegado a las Farc lo adoctrinaban con las Teorías de la Plusvalía de Marx, los del M lo ponían a leer Cien años de soledad, según afirmaba Fayad. Los que entraban al Nadaísmo debían haber leído por lo menos a Chuang Tsu, el primer anarquista chino y Los evangelios apócrifos.

Por la época de los hippies, en Mayo del 68, las barricadas de París se poblaron de grafitos juveniles, entre ellos: “Pedid lo imposible”. Como para las Farc el tiempo no pasa, el único gesto nadaísta que han tenido es el de haber acudido a la mesa de negociaciones, en Cuba, frente a Humberto De la Calle, representante del gobierno y nadaísta frentero, a “pedir lo imposible”. Como que desde Palacio se decretara y promulgara la revolución que no hicieron. Continúo con el primer manifiesto para darles un aire:

“¿Hasta dónde llegaremos? El final no importa desde el punto de vista de la lucha. Porque no llegar es también el cumplimiento de un destino”.

Al finalizar mi intervención en el Caguán me bajé de mi Mont-Blanc y se lo regalé al Secretariado para cuando se decidiera a firmar la paz. Hasta que se llegó el momento en que hicieron buen uso de él.

Sobrevivimos a la tela de los hilos perfectos, al fracaso del comunismo, a la quiebra de las ideologías, a la caducidad de la lucha armada y a la vejez de los hippies. De todas las formas de lucha, el nadaísmo fue la primera que sacó el culo, pues gonzaloarango había dicho en un trance ultrapacifista: “No hay que luchar, ni por la vida”. Nunca fuimos realistas pero tampoco patriotas. Nos hicimos antisociales mientras llegaba el socialismo. Nos propusimos nuestra revolución, y la hicimos, sin quebrar una pata. Se impusieron la yerba y la minifalda, el verso libre y el amor libre. Todos los ídolos cayeron y las fés como velas se derritieron. El único mito que queda, si queda, es el nadaísmo.

Porque en una ocasión llegamos a declarar en defensa propia, ante fuerzas oscuras de la Academia que nos buscaban para barrernos, y para contestar a la pregunta capciosa de si existió alguna vez el nadaísmo, que el nadaísmo nunca existió, que había sido un invento de nuestros enemigos para desacreditarnos, y salir de nosotros. Pero les quedó tan bien hecho que nos condenaron a la inmortalidad. De la cual hemos cobrado ya 60 años.

Y en este año sesenta entregamos a la Biblioteca Nacional nuestra memoria poética en 400 páginas, “33 poetas nadaístas de los últimos días” y preparamos las cajas de los Sagrados Archivos que contiene la obra de todos para el Banco de la República, como ya la Biblioteca Piloto de Medellín dispone desde hace 20 años de la parte primera. 

Ya todos los jóvenes de Colombia son o aspiran a ser nadaístas, por lo menos los que tienen peso en la cola y cólera en la razón. Podríamos convertirnos en esa cosa que nos asquea que es un partido político, si quisiéramos, así no hubiéramos accedido al solio presidencial que nos merecíamos. Pero ya nada queremos porque lo que tuvimos se agotó en la tenencia. Cada año por la fecha del nacimiento del Profeta se celebra en múltiples ciudades del país, coordinadas por Michael Smith desde Nueva York con materiales audiovisuales de sus archivos, una Internacional Nadaísta. Preferible debatirnos entre librepensadores, gnósticos, masones, bilderbeg e illuminatis, que entre liberoconservadores, seudodemocráticos, farcócratas y otras yerbas. Por ello, en la próxima reunión de nuestro Presidium –así quedemos 3 y estemos divididos en 4–, voy a proponer que nos transformemos en una sociedad secreta, a la que nos dedicaríamos con el ingenio que nos quede a hacerle mucha publicidad, para que toda la gente buena de Colombia ingrese.

Y qué carajo, también los bandidos arrepentidos.

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Jotamario Arbeláez - Especial para El Espectador

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¿Existió alguna vez el Nadaísmo?

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