La exposición que nunca fue

El Bogotazo impidió una muestra de arte que Gabriel de la Mora retoma conceptualmente.

Gabriel de la Mora es un artista que trabaja con ideas y conceptos.  /Gabriel Aponte
Gabriel de la Mora es un artista que trabaja con ideas y conceptos. /Gabriel Aponte

Cuando el artista mexicano Gabriel de la Mora recibió la invitación de exponer en la galería NC-arte tenía claro que quería encontrar un vaso comunicante entre México y Colombia, pero también tenía claro que quería evitar tres temas: narcotráfico, política y violencia.

Con la intención de buscar narrativas culturales que unieran a los dos países, llegó a un hecho histórico que le llamó la atención. En el marco de la IX Conferencia Internacional Americana de 1948, que se realizó en Bogotá y en la que se creó la OEA (Organización de Estados Americanos), México pretendía exhibir una muestra con los grandes maestros del arte mexicano bajo el nombre de Exposición panamericana. La muestra, organizada por el museógrafo Fernando Gamboa, estaba compuesta por 138 obras, piezas desde el siglo XVII hasta 1947 que incluían pinturas de Frida Kahlo y Diego Rivera y 100 obras gráficas que en ese entonces tenían mucho tono político y social. La exposición estaba planeada para ser exhibida en el Palacio de Comunicaciones, hoy día el edificio Murillo Toro, pero las obras nunca salieron de los guacales por la irrupción del Bogotazo. Al ver el caos que se estaba formando alrededor del Palacio de Comunicaciones, Fernando Gamboa salvó las cajas y las devolvió a México, quedando casi como un héroe.

De la Mora, con lupa en mano, con olfato de sabueso y caminar de investigador, se metió en este proyecto hilando datos, haciendo pesquisas y siguiendo la pista de cabos sueltos. Antes de intervenir el espacio de la galería, antes de realizar su primera acción como artista, fue al lugar de los hechos, contó los pasos que había entre el sitio del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el Palacio de Comunicaciones y el hotel Granada, del cual se había utilizado el papel membreteado para consignar en una lista general las obras de la exposición. Ahí empezó a integrar documentos y archivos fotográficos que iban dando forma a su propuesta artística.

Con mente matemática, De la Mora no deja nada sin escrutinio. Todo en su obra está relacionado y tiene una razón de ser. Todo está dispuesto con obsesión de causa y efecto sin dejar ni una línea al azar. Su intervención consiste en un hoyo en la pared a la altura de 1,50 metros, simbolizando una pintura que no está. En ese agujero hay unas bocinas de las que sale una grabación de 13 minutos en la que Gamboa es entrevistado a su llegada a México y relata cómo se salvaron las obras. En esa pared, en vez de agregar pintura, como se suele hacer cuando una nueva exposición se presenta, raspó y con soplete en mano develó en distintas capas la memoria de muestras pasadas. Así mismo, situó ocho marcos de metal que recrean las medidas de las ocho cajas en las que iban embaladas las obras. Su intención es evocar la presencia a través de una ausencia. El vacío de esos ángulos metálicos y del agujero donde supuestamente debería haber obras sugiere ese espectro que significó la Exposición panamericana, la que nunca fue, ese recuerdo fallido.

Dispuesta como en una mesa de consulta está la lista de obras que obtuvo de toda la investigación y tres fotografías, intervenidas con su recurrente técnica del raspado, de la única imagen que encontró de Gamboa cercana al evento. En ellas evoca las tres versiones de la historia: la real, la de Gamboa y la propia.

En el segundo piso dispuso 48 retratos fotográficos, haciendo alusión al año del Bogotazo, los cuales sacó de unos negativos vintage del estudio Vilón en Bogotá. La intención era mostrar a la sociedad colombiana de la época, a quienes seguramente fueron testigos de los acontecimientos a los que alude la muestra. Así mismo, diez dibujos hechos con pelo humano dan cuenta de imágenes, objetos y eventos que llamaron la atención de De la Mora durante su estadía en Bogotá. Son dibujos figurativos y reales que suponen perfección y obsesión en la técnica. Cuando el espectador se da cuenta de que es pelo humano, la imagen se transforma y cobra otro significado. Esa línea continua fuera del papel crea, además del elemento escultórico, el de información genética y de reliquia.

Gabriel de la Mora no es pintor, ni escultor, ni dibujante. Es un artista que trabaja con ideas y conceptos, y cada obra le dicta una técnica particular.

NC-arte. Cra. 5 Nº 26B-76. Tel: 282 1474. Hasta el 15 de diciembre.

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