La fabulística fantastiquera de Leo Legris

Hosco y solitario, fue un poeta que sólo supo imitarse a sí mismo en obras como ‘Tergiversaciones’ y ‘Variaciones alredor de nada’. Creó un lenguaje propio, lleno de personajes ficticios que reflejaban su personalidad.

León de Greiff, aquí en su biblioteca, tuvo varios cargos diplomáticos, uno de ellos en la Embajada de Colombia en Suecia. / Archivo - El Espectador

El peripatético y fumador de pipa León de Greiff dio por llamarse, en principio, sólo León de Greiff. Pero cumplió 19 años, o quizá 20, y la testa mudó el sentido y trocó la visión, y fue de esta razón, y tal vez también de otras más lucubradas, que ingenió en sus versos caras ajenas de nombres sonoros, de música, pura música, reflejo de sí y reflejo de no, que poblaron Leolandia, de cuyas tierras fue jefe ingente y que poseyó y levantó a fuerza de verbos y adverbios vahídos y nubosos, que de existencia carecían y él hizo existir. Entonces León de Greiff dejó de llamarse León de Greiff y fue Leo Legris, Sirg-el-Oel, el Fabulador Paradislero, Bogislaus von Griphius, Palinuro el Nauta y el Catabaucalesista.

Boina, bigote, gabardina, sombrero de ala ancha y pipa enjalmados, De Greiff versó sobre un mundo cuya geografía imaginaba y fue hilvanando en poemarios como Tergiversaciones, Variaciones alredor de nada, Libro de signos, Fárrago y Nova et Vetera. Parte de esa obra infinita está reunida en Antología, que el Fondo de Cultura Económica y la editorial Pre-Textos publicaron en estos días. El poeta Darío Jaramillo Agudelo realizó la selección, comenzada en 2004, y agregó a la edición un epílogo que expande con detalle y con habilidad rítmica (que de Greiff le agradecería) las variopintas aristas de la poesía greiffiana: sus otros yoes, los otros túes, su definición de la poesía y su juego constante con el lenguaje.

Jaramillo introduce al lector, primero, en una breve biografía del poeta y luego, para preparar el terreno próximo, en su personalidad siempre esquiva. De Greiff era un hombre solitario que bien podía vivir en su casa, en medio de su biblioteca copiosa, alejado de amigos y amores (aunque también los amores estuvieran allí, escalados en las primeras poesías nostálgicas). ¿Por qué era De Greiff de esa guisa? Jaramillo explica su contexto: en una ciudad que va en carrera de industria y que tiene el pecho henchido de orgullo productivo, De Greiff escribe el elogio contrario: el elogio a la pereza, a la inactividad, al ocio y a la creación. “Vano el motivo / desta prosa: / nada... / Cosas de todo día. / Sucesos / banales / Gente necia, / local y chata y roma. / Gran tráfico / en el marco de la plaza. / Chismes. / Catolicismo”, escribe en Villa de la Candelaria. Y más adelante, en Cancioncilla: “Voy a incrustarme en el silencio / de donde no debí salir”. Libráculo de fugas, que cita Jaramillo, dice: “Yo, por mí, me recluyo en mi cubil / en mi buharda, en mi chiribitil...”.

Como compañera de aquel encierro voluntario está la creación de un nuevo sistema, una sintaxis propia, una “sintemática” que arribe, quizá con suerte, al estadio de la música. “No es que la obra de León de Greiff carezca de contenido —escribe Jaramillo Agudelo—. Hay unos temas obsesivos y un hilo conductor que es la autobiografía. De Greiff habla de lo que le sucede, de lo que le interesa, de sí mismo, tan proteico, con tantos nombres. Pero lo esencial es la forma”. Esa forma está expresada en la inversión de los adjetivos en la oración, en la creación de palabras con sufijos que le donan un nuevo significado: la poesía de De Greiff está hecha, en buena parte, para ser leída en voz alta, para “adiestrar la garganta”. “Más que el vocabulario, es la sintaxis lo que lo individualiza, esa construcción tan enrevesada y que resulta tan graciosa, casi siempre efectiva, tan reveladora, tan autoconsciente”, escribe Jaramillo. Y así es: “Yo me soy Bogislao el Incongruente, dador del opio, despojo derelicto, hez de resaca, juguete del viento veleidoso, veleta de la veleta, zurrapa supérstite en vilo sobre el cimero crestón de la ola, o el propio crestón cimero ad-líbitum”.

Crear un mundo propio, ese lugar común cuando de literatura se habla, en De Greiff toma posesión real: significa someter las palabras a la forma, no la forma a las palabras. Hacer que ellas digan cuanto se quiere decir. A razón de ese fundamento viene la bella definición de poesía del poeta (Beremundo en veces, Ebenezer en otras, de mil rostros siempre): la poesía es “la Quimera entre hielos”.

 

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@acayaqui

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Juan David Torres Duarte

Cultura

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