In memóriam

Felipe García, el inmortal

Falleció en Bogotá el director de teatro Felipe García. Titiritero, creador, poeta, artista de la calle, García vivió para el arte. Le rendimos un sincero homenaje con este texto de Manuel Cortés Castañeda, uno de sus innumerables alumnos.

El dramaturgo y actor Felipe García, fallecido en la ciudad de Bogotá, en una de sus tantas obras. Cortesía

Felipe García, el soñador por excelencia, el titiritero, el actor callejero, el loco, el sabio, el dramaturgo, el amigo, el hermano, el poeta, el maestro, el solitario, el eterno, el inmortal...

No hay nadie en Colombia, ni en América Latina, que encarne y represente tan a cabalidad la historia de nuestro teatro, sus fracasos, sus logros, sus luchas, su persistencia y, sobre todo, su futuro, como él. Lo escribo y lo afirmo sin temor a equivocarme y sin ninguna duda: Felipe es el texto vivo de lo que fue, es y será nuestro teatro.

Lo conocí una tarde lluviosa y fría en la Universidad Pedagógica Nacional, y cuando se enteró que yo también hacía teatro y que venía de provincia, me abrió las puertas de El muro de espuma, y me hizo sentir desde el primer momento, -aunque no había mucha plata, de dijo con una primera carcajada-, que ahí había un lugar de privilegio para mí... que juntos podríamos disfrutar de otros sueños, otras locuras, otros universos... después, vino su casa y su familia y su mesa y sus libros y sus regaños... siempre con un cigarrillo, a punto de caérsele, en los labios…

Ese día llevaba una bufanda multicolor y tan larga que parecía enredársele a cada instante en las piernas, marcándole su ritmo y su destino... una chaqueta azul marino, unos bluyines bastante empobrecidos, una gorra de lana, y la misma carcajada de siempre, y la misma mirada como metida en lo más delicado de su intimidad, y la misma delgadez descomunal, y la misma forma de aparecer y desparecer cuando uno menos se lo esperaba... tanto así que muchas veces sentí miedo, de que un día cualquiera iba a desaparecer para siempre, dejándonos huérfanos, abandonados, perdidos en la escena... en los días, en las horas en blanco... prisioneros de unos personajes sin tiempo y sin memoria...

Y sin embargo siempre estaba, incluso cuando no estaba... y su vestimenta era la misma de siempre, y la misma carcajada y la misma mirada y su delgadez descomunal nunca se borraron de mis pupilas, aunque más tarde el destino nos separó sin que apenas nos diéramos cuenta por casi treinta años... 

Treinta años que, una vez tuve la oportunidad de volver a verlo en Bogotá, hace poco, no fueron para mi más que un día... un momento fugaz... una grieta diminuta en el tiempo... algo así como si esos treinta años se hubiesen congelado en el instante en que lo vi la última vez, a punto de volver a desaparecer sin desaparecer jamás... cada vez más delgado, cada vez más aire, cada vez más “pobre,” cada vez más fugaz... cada vez más cigarrillo en los labios...

Felipe García, tan cerca de Artaud y su teatro de la crueldad y, a la vez, tan diferente, tan tierno, tan vulnerable, tan otro.... tan hermano de Arrabal y su teatro pánico y, a la vez, tan su antítesis, al otro lado del delirio y la pesadilla y del espanto... y tantas veces tan absurdo y tan vacío y tan paradójico, tan nada, como Godot… y tan gemelo, otras, de Pasolini y a la vez tan único, tan nadie, tan nunca... y de Ionesco tan íntimo, tan espejo, que yo siempre creí, y me lo sigo creyendo, cada vez más, que La silla y El rinoceronte y La cantante calva, habían salido de su pluma y no de la del rumano ... Y de  Stanislavski y de Grotowski y de Boal, la desnudez total como único instrumento, único sueño, única senda, únicopuerto... y el desprendimiento total y el vacío, el descenso a la nada, al mundo de los que nada tienen y nada quieren...

Después vino el circo a completar sus sueños cada vez más diversos y dispersos e implacables y reiterativos y “perversos” y el pelo se le encaneció y le creció, se le desbordó, se le inundó en sus delirios, como al mejor de los payasos... y la delgadez se le hizo cada vez más delgada, casi ficticia, casi fugitiva, voraz... y la camisa se le manchó de un azul cada vez más oscuro, y la mirada se le echó a volar como las mariposas nocturnas, y la carcajada se le fue dando tumbos y tropiezos y aletazos por la carrera séptima donde suele aparecer y reaparecer de vez en cuando, como siempre, como nunca, como nadie, como si volviera a recoger sus pasos, sus fantasmas, sus últimos delirios, sus títeres, su vestuario, sus gritos... sus personajes... su Baúl de ensueños...

Nadie más que Felipe García encarna la historia de nuestro teatro latinoamericano y sus luchas y sus fracasos y sus logros... lo repito y quisiera repetirlo cada vez que alguien se suba a un escenario. 

Como me gustaría saber, dónde está la grabación que hicimos con German para la televisión, de Esperando a Godot, bajo su dirección, bajo su mano mágica… como me gustaría volver a saber, sentir, soñar que, otra vez, vuelvo a ser Vladimir diciéndole incoherencias a Estragon, bajo su mirada atenta, bajo su impecable dirección... empapado de su ternura... 

Cuando no hay huecos, es cuando más estamos cerca de caernos en uno de ellos.

***

* Las exequias de Felipe García serán este 14 de mayo en la Funeraria Gaviria, sede San Bartolomé Apóstol. 

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Manuel Cortés Castañeda

Cultura

Felipe García, el inmortal

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