Historias de Vida

Felipe Valencia y una constante inquietud por el conocimiento

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En este nueva entrada de la serie Historias de Vida, creada por Isabel López Giraldo para El Espectador, Felipe Valencia habla sobre su vida dedicada a la economía, desde el sector público y la academia. Su formación en Estados Unidos y en Europa lo llevó a trabajar en el Banco Mundial y a asesorar estudiantes alrededor del mundo. Entre sus planes está publicar una nueva historia económica de América Latina.

Soy colombiano, un economista apasionado por el arte, la literatura y el cine.

Orígenes – Rama materna

Mi origen materno es del Valle del Cauca. Mi abuelo, Alcides Caicedo, nació en Cali. Se dedicó a la Banca. Es un profesional muy respetable, un trabajador incansable y en su vida familiar muy amoroso. Mi abuelita, Stella Concha, de Palmira (Valle del Cauca), fue muy amorosa, dedicada a su familia, a la que pasados los años congregó en su casa. Le gustaba estar a la moda, tuvo suscripción a revistas relacionadas con eso y cosía. Con ella, así como con mi mamá y mi tía, viajé muchísimo por el mundo.

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Mi mamá, Alejandra Caicedo, es una socióloga que trabajó en recursos humanos y en los negocios de la familia. Se dedicó a mí, pues soy hijo único y a ella le debo todo.

Rama paterna

Mis abuelos fueron Tulio Hernán Valencia, de Popayán, y Carlina Sánchez, de Popayán y Bogotá. Ellos murieron cuando mi papá, Luis Emiro Valencia, era muy joven, por lo tanto, no los conocí. Mi abuelo tuvo una historia muy parecida a La historia secreta de Costaguana, novela de Juan Gabriel Vásquez, sobre un personaje que fundó un periódico y se fue a Panamá a dilapidar su fortuna. Se trasladaron a Bogotá, se instalaron en una casa ubicada en lo que hoy se conoce como Rosales, donde nació y fue criado mi papá.

Mi papá hizo parte de una de las primeras promociones de economistas de la Universidad Nacional, cuando la profesión apenas llegaba al país. Escribió más de cincuenta libros, fue premio de ensayo de Casa de las Américas en Cuba, así como un apasionado por la poesía, la sociología y la historia. Fue un académico bastante político, pues integró el Concejo de Bogotá, fue asesor de Angelino Garzón cuando hizo parte de la Asamblea Nacional Constituyente, así como de tantos otros políticos y de entidades del Estado.

Casa materna

Mis papás se separaron cuando yo tenía apenas tres años, pero mi papá siempre estuvo muy presente. No faltó a las reuniones familiares de los sábados en casa de mi abuela. De mi papá heredé el gusto por la lectura, pues él fue un lector voraz, también escritor y editor. Si bien no seguí su vertiente política, sí me apegué a su interés por lo público, pues la situación del país siempre ha sido un tema familiar.

Infancia

Tuve una infancia feliz. Por dieciocho años viví en la misma casa y dormí en el mismo cuarto, al que regreso cuando visito a mi mamá después de mis viajes.

Recuerdo que en vacaciones, y sin falta, íbamos a la finca en el Valle. Disfruté en medio de caballos, vacas, cultivos, rodeado de primos y trabajadores. También tuve una mascota a la que llevé a competencias, fui coleccionista de monedas por la afición de mi tía, María Eugenia Caicedo. Ella siempre fue muy cercana y, con mi mamá y con mi abuelita, viajamos muchísimo. Se desempeñó en Terapia Ocupacional en la Universidad del Rosario.

Colegio Los Nogales

Estudié en el colegio Los Nogales desde kínder, cuando apenas comenzaba y quedaba en Suba. Me gradué con trece de los compañeros con los que empecé y ellos son mis mejores amigos. Fui scout, lo que me mantuvo muy activo y vinculado al colegio, incluso los fines de semana cuando nos convocaban a eventos campestres.

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Mis resultados fueron los mejores en un colegio muy exigente en lo académico, lo que me ayudó de formas muy distintas. Estaba enfocado al conocimiento duro: matemáticas, física, química. Tuve grandes profesores, como Mireia Fornaguera en Literatura, quien despertó la pasión por leer en nosotros y quien, además, me acompaña hasta hoy. Recuerdo muy especialmente a los de matemáticas, a Fernando Becerra en Física, quien fue finalista al mejor profesor del país, y a Emma Watson, en Química.

Pertenecí al equipo de fútbol, pero también participé de la vida cultural, de los paseos al Amazonas, a los nevados y a múltiples sitios recónditos de Colombia.

Decisión de carrera

Como me gustaban tantas cosas, me indujeron a estudiar medicina, especialmente mi tío médico, al ser considerada ciencia, pero también arte. Asistí a una disección que me permitió entender que debía descartarla. Busqué, entonces, una universidad en la que pudiera seguir explorando académicamente. Quise postularme a la Nacional y a los Andes, pues me interesaba su programa de ingeniería general.

Con la idea de ser ingeniero, y gracias a que mi colegio era bilingüe, pude presentar el SAT, que me dio entrada a las universidades americanas. Apliqué a cinco de ellas cuando viajé con mis abuelos maternos a Estados Unidos para evaluar diferentes opciones. Así pues, me inscribí en Harvard y Princeton, a las que no pasé. También apliqué a Yale y quedé en lista de espera. Finalmente, en Brown y Cornell pasé. La directora de los Nogales de ese momento, Luisa Pizano, me asesoró, pues sus hijas habían estudiado en Brown. Ahí tomé la decisión, bajo el discurso de la libertad para escoger el camino académico y personal, que era exactamente lo que quería.

Universidad de Brown

Comencé tomando cursos que no estaban orientados únicamente hacia la ingeniería. Como no existían pre-requisitos, el primer año tomé arte, astronomía, física y matemáticas, así como algunas clases de economía. Janeth Yellen, egresada del pregrado de economía de Brown, habló sobre la importancia del componente social en las carreras y eso para mí era fundamental.

Resulta curioso porque crucé carrera, si se quiere, con mi compañero de cuarto, Josh Dunford. Empecé con la intención de enfocarme en Ingeniería Mecánica y él en Economía. Pero él se graduó como ingeniero mecánico, y actualmente trabaja con Space X enviando cohetes al espacio, y yo terminé graduándome como economista. Al final de segundo año, cuando debía declarar carrera, tenía claro lo que quería. Estudié Economía con énfasis en Matemática, e hice doble carrera con Relaciones Internacionales.

La experiencia en mi universidad fue muy cultural. No eran suficientes las horas para todas las actividades que se ofrecían, tales como conciertos, exposiciones y conversatorios con personajes como Hillary Clinton, Robert De Niro, entre otros más. Dictaban conferencias, una o dos veces al año, personajes como Fernando Enrique Cardozo y Ricardo Lagos.

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En alguna ocasión, en mi calidad de asistente del profesor de estudios hispanoamericanos, trabajé organizando el archivo de cartas escritas por los grandes amigos de Julio Ortega, como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Jorge Luis Borges. Recuerdo que recogí en la estación del tren a Carlos Fuentes y de camino a la oficina tuve la oportunidad de hablar con él por horas, además de que firmó todos mis libros.

Me proyecté en las entidades multilaterales a las que quería llegar y que me exigían estudiar una maestría, que en efecto adelanté una vez graduado en el 2006.

Universidad de Yale

A dos paradas del tren de donde me encontraba, estaba mi nuevo destino. Después de cuatro años en Brown, dediqué dos años a Yale haciendo mi maestría en economía. Esta fue una experiencia durísima en extremo, de dedicación exclusiva a las matemáticas. Si bien me gradué de primero en todas mis clases en Brown, aquí no entendí nada al comienzo. Fue una maestría muy técnica con fundamento en matemáticas. Fue una gran preparación que me dio una excelente credencial como carta de presentación, además estudié becado.

Banco Mundial

Como ya estaba preparado, me postulé y fui aceptado en el Banco Mundial en el 2008. Mi profesor de macroeconomía de Yale, Eduardo Engel, a quien Guillermo Perry menciona en Decidí contarlo, me recomendó un par de grupos de investigación del Banco, uno de ellos fue el de Bill Maloney.

Me entrevisté con un número importante de personas de la oficina del economista jefe para América Latina, donde finalmente me contrataron. Cuando llegué, Guillermo Perry se retiraba, entonces trabajé con Augusto de la Torre. Con él y con Nancy Birdsall escribimos el artículo The Washington Consensous: Assessing A “damaged Brand”, editado por el profesor José Antonio Ocampo.

Más que un trabajo, para mí significó un nuevo grado el aprender de economistas tan ilustres en una oficina de tanta importancia. Me dediqué a la investigación y aún hoy continúo escribiendo y revisando artículos con Maloney.

Aquí dejé grandes amigos que aún conservo, así como la satisfacción profesional con los aportes que hicimos en cuanto a política pública de la región.

En un momento dado quise continuar con mi formación académica y opté por hacer un doctorado. Como llevaba nueve años en Estados Unidos, quise experimentar el modelo europeo y tenía una fijación especial por el London School of Economics and Political Science– LSE, al cual apliqué y fui aceptado.

Universidad Pompeu Fabra

También fui aceptado en la Universidad Pompeu Fabra – UPF, de Barcelona. Opté por ella, ya que me permitía comenzar con investigación, pues ya contaba con la maestría.

Fue una experiencia nueva, pues como estudiante se es mucho más libre para trabajar, aunque se cuenta con asesores que no llevan tanto de la mano. Me encantó el hecho de que pudiera viajar por la facilidad en transporte y distancias, y así lo hice al visitar sitios que ya conocía (en esta ocasión con mucha más profundidad y disfrutando de su vida cultural), así como a otros que no.

Si bien se trabaja, también se disfruta. Barcelona ofrece un equilibrio propio de la vida mediterránea en la que, por ejemplo, me encontraba en el transporte con gente en traje de baño cuando me dirigía a estudiar.

Ayudó a mi decisión por esta universidad el hecho de que cuenta con programas de intercambio, European Doctoral Programme – EDP, aspecto bastante más europeo que americano. Así tuve la opción de irme por un año a mi soñada LSE.

London School of Economics (La Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres)

Esta fue una experiencia espectacular. Tuve profesores y amigos magníficos. Visité museos, asistí a teatro, en general disfruté ampliamente todo lo que una ciudad como Londres ofrece.

Regresé a Barcelona para defender la tesis que hice sobre desarrollo y crecimiento económico, temas de mi predilección. Para hacerla, me encontré con Antonio Ciccone, especialista en crecimiento económico, y con el profesor Hans-Joachim Voth, mi asesor de tesis, quien hizo una combinación novedosa entre historia, crecimiento y desarrollo económico. Se convirtió en mi jefe, pero también en mi figura paterna, aún con toda su severidad. Fue uno de mis grandes referentes. Marta Reynal Querol, mi otra asesora de tesis, es experta mundial en conflicto.

Mi tesis, Three essays in long-term economic persistence, consiste en tres ensayos gestados desde que trabajé con Bill Maloney. Un primer artículo en The Economic Journal, la revista más prestigiosa en economía de Reino Unido, se refiere a los asentamientos indígenas antes de la llegada de los europeos a las Américas, que hoy en día son los sitios más densamente poblados y ricos. El segundo tiene que ver con la importancia de la inversión a largo plazo en capital humano técnico, específicamente ingenieros en los Estados Unidos. El estudio muestra que donde hubo más ingenieros, los estados fueron más ricos. El tercer ensayo trata cómo te vendes en el mercado de trabajo, así como las misiones jesuíticas guaraníes en la América colonial, en Paraguay, temas cubiertos por el Washington Post y por El Espectador.

Luego vino el proceso de publicación que tomó tres años y que se dio en 2019, después de arduos procesos de revisión, edición y recomendaciones por parte de los críticos internacionales. Con ella me gané un premio en España que incluía su publicación, algunos recursos y que el Rey Felipe me entregara el premio, situación que nunca se dio, pero con mi mamá y mi tía disfruté de la recepción.

Universidad de Bonn

El mercado a nivel doctoral está centralizado en miles de puestos de trabajo. Los doctorandos nos postulamos a esos cargos, vamos a las mismas ferias (hoy virtuales): una en Londres para el mercado inglés, una en España, para el mercado europeo, una en Estados Unidos, que se rota la ciudad.

Apliqué a doscientos sitios, fui llamado a entrevista por treinta e invitado a quince universidades en Australia, Brasil, Doha, Alemania, España, Inglaterra. Entonces, llegué a la Universidad de Bonn como profesor asistente, con contrato condicional por tres años renovable, antes de decidir si quedo de planta.

Fue una experiencia rigurosa, productiva y placentera en lo profesional y en lo académico al tratarse de una de las siete mejores universidades de economía de Europa, en la que dicté cursos de desarrollo económico, historia económica y un seminario de desigualdad. Pero fue difícil socialmente: sobreviví sin hablar alemán en un pueblo que no ofrece lo que las grandes ciudades sí. Quise, entonces, aplicar a otras universidades: Science Po (Paris) y British Columbia (Vancouver).

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British Columbia - Vancouver

La British Columbia, que dudé que me respondiera, lo hizo primero. Es excelente en los rankings, al estar entre las mejores veinticinco del mundo. Soy profesor asistente para dos ciclos de cuatro años y estoy pendiente de la evaluación que determine si quedo de planta.

Estoy en un sitio en el que el clima de trabajo es muy agradable, porque en estas universidades de frontera el ambiente puede ser tan hostil, que los casos de suicidio son frecuentes. Es más, cuento amigos que tomaron esa decisión sobre sus vidas.

Vivo en una región eminentemente asiática, de gastronomía exquisita, muy internacional.

Proyección

Quienes optamos por economía y carreras afines, tenemos tres grandes caminos por los cuales podemos transitar: el sector privado, en política pública (de manera directa o desde entidades multilaterales) y la academia.

Pienso que todo tiene un retorno marginal decreciente, es decir, resulta siempre más interesante el primer año que el décimo. Reconozco el valor del rigor de la academia, pese a la presión psicológica que ejerce, y su importancia al tender puentes con otros sectores.

Como historiador económico, estoy en proceso de publicar una nueva historia económica de América Latina, de la que seré su compilador en un libro de veinte capítulos. Me interesa el impacto que pueda tener en las comunidades de países en desarrollo, el clúster de innovación en los Estados Unidos, el desarrollo de las ciudades. También estoy considerando el posdoctorado, quizás, mejor, una especie de agenda de investigación, porque me gusta el análisis en temas de conflicto histórico. En ese sentido, adelanto con otros coautores un trabajo sobre este tema, así como otro sobre la destrucción de la confianza civil española y sobre la Guerra de la Triple Alianza en Paraguay.

Actualmente, acojo estudiantes colombianos con quienes escribo y a quienes asesoro, además de que desarrollamos temas de importancia para el país y escribimos artículos de amplia difusión. Participo en conferencias y seminarios en Colombia y en la región, como el que tuvo ocasión en Uruguay y del que hizo parte José Antonio Ocampo, entre varios colegas más.

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Reflexiones

¿Cuáles son los costos que ha asumido en su camino de búsqueda por la excelencia académica?

La distancia geográfica de la familia, la dificultad para mantener una relación de pareja estable y construir una familia. Mi mayor dificultad fue afrontar la muerte de mi papá cuando estaba fuera del país.

¿Cuál es su código de ética?

Recuerdo aquí los aprendidos en el colegio: responsabilidad, honestidad y respeto. Obrar bien, ser buena persona.

¿Qué le gusta dejar en las personas que se acercan a usted?

Una buena impresión.

¿Cuál es su sentido de la existencia?

El aporte a la sociedad.

¿Cuál debería ser su epitafio?

Valoró la vida cada segundo.

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