Historias de Vida

Fernando Posada: "El tiempo es un invento humano"

En el presente capítulo de la serie Historias de Vida, creada y producida por Isabel López Giraldo, presentamos a Fernando Posada, uno de los Jóvenes Talentos Davivienda.

Fernando Posada en un estudio de radio, uno de sus hábitats predilectos. Cortesía

Nací en una familia donde los roles de las mujeres han sido referentes para todos. Mis abuelas, por ejemplo, han ido en contravía del rol que les correspondió en su época y desde hace muchos años se empoderaron de sus causas políticas, ideológicas y familiares.

Mi abuela materna, Olga Salcedo, ha sido muy activa y crítica, y yo estuve muy expuesto a su manera de entender la realidad. Mi abuela paterna, Isabel Corpas, fue una de las primeras mujeres en obtener un doctorado en teología en América Latina y como autora, biógrafa, columnista y maestra ha sido una voz muy crítica del papel de la mujer en la iglesia y la sociedad.

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Mis padres, Eduardo Posada Corpas y Olga Lucía Ángel, se conocieron en los años setenta en Bogotá, fueron novios desde los quince años y se casaron jóvenes, llenos de ilusiones y retos. Iniciaron su vida juntos en un pequeño apartamento y a mi nacimiento en 1992 se pasaron a uno más grande. Igual ocurrió cuando nació mi hermano dos años más tarde, para que cada uno pudiera tener un cuartolo que es una clara muestra de su esfuerzo y del compromiso con la familia que empezaban a construir.

Por el trabajo de mi papá nos trasladamos a Cali en 1995. Este fue un nuevo comienzo y trajo la posibilidad de disfrutar de otro clima y de un entorno que nos ofrecía un ambiente muy sano y campestre, con lago y piscina. Allí aprendimos, además, a cuidar y amar a los animales y a ser una familia muy unida, teniendo en cuenta que todos nuestros seres queridos estaban en Bogotá.

En mi infancia descubrí la música pues mi padre, siendo administrador de empresas -como también lo es mi madre-, toca violín, órgano, piano y tiple, y yo recibí clases de violín y piano desde una edad muy temprana. Siempre me gustó la música de Mozart, tanto que a mis seis años, cuando se me cayó un diente, el Ratón Pérez me trajo una plata que quise gastar en un disfraz de él para llevar al colegio en Halloween. ¡Quería disfrazarme de Mozart a los seis años! Como no lo conseguí, terminé comprando un trapero que hizo las veces de peluca y recolecté plumas de los patos del lago para simular que escribía partituras con pluma y tinta.

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Por cuenta de mi mamá conocí la música de los Beatles, que me influyó de manera fuertísima en mi adolescencia, época de rebeldía e inquietudes en la que se disparó mi gusto por la historia y por el arte, quizás más de lo esperado, pues descuidé otras áreas como las matemáticas. Dejé el piano en pausa y comencé a tocar guitarra, que era más acorde con el rock que empezaba a llenar mi vida. A mis doce años mi papá me sorprendió con una guitarra eléctrica, un regalo inolvidable que me motivó a conformar mi primera banda, Dante. Durante los tres años que toqué en Dante ganamos dos premios como la mejor banda de Cali, participamos en diferentes concursos, hicimos conciertos en muchos colegios y grabamos canciones escritas por nosotros. Hoy lo recuerdo como uno de los tiempos más felices de mi vida.

Pero no todo fue fácil. A mis catorce años se comenzó a manifestar una circunstancia bastante inusual que me marcó la vida para siempre. Con mi familia nos empezamos a dar cuenta que no entendía muy bien cuando me hablaban y que cada vez las personas con las que hablaba me debían repetir las cosas con un mayor volumen. Luego de varias citas con diferentes otorrinos, donde la doctora Susana Santamaría fue determinante, quedó claro que tenía una pérdida auditiva mediana e irreversible en ambos oídos, por lo cual debía empezar a usar audífonos… ¡a los quince años! Esto me hizo madurar aceleradamente y me hizo entender que muchos cambios vendrían para mí. Por fortuna, mi familia y amigos me rodearon, lo que me hizo más fácil la adaptación a mi realidad, sin cambiar mis planes ni proyectos, pues he trabajado en la radio y hago música a diario, dos actividades bastante exigentes en términos auditivos.

Curiosamente de la mano de la música reafirmé mi deseo de ser periodista cuando en el año 2008 Andrés Calamaro, uno de mis artista favoritos en español, visitó Cali por primera vez. El periodista Diego Martínez, muy buen amigo de mi familia, me dijo: “Mañana a la salida del colegio lo van a recoger para que vaya a entrevistar a Calamaro”. Tenía quince años y un pase de prensa en mi mano, para lo que sería mi primera entrevista. Me dio mucha ilusión preparar las preguntas, alistar la guitarra y las carátulas de sus discos para que los firmara, y también la cámara para sacarme una foto con él.

Estudié y me gradué en el año 2010 del colegio bilingüe Bolívar, y durante dos años estudié en La Arboleda, un gran colegio que me aportó muchísimo en mi adolescencia. Cali fue mi ciudad hasta mis dieciocho años, cuando regresé a Bogotá para estudiar en la universidad. Había tenido la fortuna de recibir el sabio y oportuno consejo de mi tía Pilar Calderón, de Héctor Abad y de María Jimena Duzán, a quienes les había contado que mi sueño era dedicarme al periodismo. Ellos me recomendaron estudiar otra carrera y luego especializarme en periodismo, por lo que opté por Ciencia Política en la Universidad de Los Andes.

Inicialmente me instalé en casa de mi abuela Isabel, que vivía sola hacía casi quince años. Adaptó su entorno y dispuso todo para compartir conmigo, que en esa época era un adolescente. Esto fue extremadamente generoso de su parte y para mí de inmedible beneficio, pues convivir por tres años con una mujer tan admirable, que escribe, investiga, realiza ponencias, viaja y dicta clases de manera permanente, fue un modelo enorme que despertó en mí aún más inquietudes culturales y académicas.

En mi paso por la universidad tomé algunas materias de Derecho, de Filosofía e hice doble programa con Arte, que no terminé pero que me afianzó en pintura y otras expresiones en esta área.

En el año 2012, cuando estaba en cuarto semestre, fui elegido representante ante el Consejo Estudiantil Uniandino durante unas elecciones atípicas que tuvieron lugar, donde tuve que enfrentarme al voto en blanco. Al terminar mi primer período fui reelegido por un año más. Esta fue una experiencia que me enseñó de liderazgo, a debatir y a presentar formalmente proyectos y propuestas, aunque fuera muy exigente en términos de tiempo y esfuerzo.

Como representante estudiantil me dieron una columna de opinión para escribir sobre temas relacionados con mi carrera en el periódico de los estudiantes de Ciencia Política. Esa fue la primera experiencia que tuve como columnista, enseñándome a escoger con criterio los temas para escribir, y me permitió descubrir un nuevo ejercicio que desde entonces no he abandonado y que me ha permitido participar en distintos espacios de Colombia y el mundo.

Recuerdo que en ese momento de mi carrera surgió un proyecto que se presentó en la Cámara de Representantes con el que se buscaba reglamentar la Ciencia Política y que el Gobierno otorgara una tarjeta profesional. Organizamos un equipo opositor del que hicimos parte estudiantes de las Facultades de las diferentes Universidades del país, protestamos, nos reunimos con el representante que había radicado el proyecto hasta que logramos hundirlo.

Ese activismo me permitió, a mis 20 años, participar por primera vez en debates radiales y televisivos. María Jimena Duzán me invitó a Semana en Vivo a hablar sobre activismo estudiantil y me gustó tanto la experiencia de participar en debates que al graduarme busqué hacer mi práctica profesional en un medio de comunicación. Le escribí a Juan Carlos Iragorri, en la misma línea en que le había escrito a Héctor Abad en mi época de colegio, y le pedí un espacio para trabajar en su programa Voces RCN así fuera cargando maletines o imprimiendo libretos. Iragorri me llamó en un gesto de amabilidad, me pidió mi hoja de vida y apliqué. Más adelante me contactó para decirme que tenía una posibilidad de hacer mi práctica laboral en el noticiero de la mañana que dirige Yolanda Ruíz y del que él hace parte.

En enero del 2015 llegué como practicante profesional a la radio y sin haber estudiado periodismo. Di mis primeros pasos y aporté las fortalezas que había adquirido en mi carrera, aunque al inicio sufrí porque no sabía qué era una cuartilla ni conocía las diferentes formas de periodismo pero muy rápidamente aprendí a editar audios, a escribir textos y demás.

Comencé a trabajar en investigación al tiempo que tocaba la puerta de Yolanda con mucha intensidad proponiendo temas. No puedo sino agradecer su infinita paciencia y el que supiera cómo canalizar mi energía, lo que solo un buen líder sabe hacer. Mi primer jefe fue Juan Manuel Ruiz en RCN, un periodista muy completo de quien aprendí muchísimo y con quien desarrollé proyectos de investigación que me enseñaron herramientas que utilizaré por el resto de la vida.

También fui asignado durante parte de mi práctica en el noticiero Alerta Bogotá, de La Cariñosa de RCN, un noticiero más judicial y local, lo que significó un cambio tremendo. Me presentaron a Francisco Romero, su director, que me lanzó al aire de inmediato. Cubrí Presidencia de la República, aprendí a defenderme al aire, e hicimos muchas transmisiones en tarima móvil por los barrios de Bogotá y municipios vecinos. Me divertí muchísimo y en una de las salidas aprendí a bailar carranga en plena plaza de Zipaquirá, un recuerdo inolvidable. Al mismo tiempo me enseñó la importancia de la radio en la vida cotidiana de los colombianos, algo que deberíamos tener siempre presente los periodistas.

Una vez terminada la práctica regresé a la Universidad a graduarme. Temí que Yolanda me hubiera olvidado así que le escribí que estaba pendiente del diploma pero listo para comenzar en caso de que hubiera alguna posibilidad. Hacía un mes había renunciado la periodista que cubría investigación así que hubo lugar para mí.

Esta experiencia me permitió hacer, de la mano de Juan Manuel Ruiz, por ejemplo, la primera entrevista que concedió Plazas Vega sobre el Holocausto del Palacio de Justicia después de mucho tiempo sin hablar en medios. También en esa época hice un reportaje sobre el paramilitarismo en Bogotá, lo que significó mucho riesgo, y conocí víctimas del conflicto que me marcaron mucho. Recuerdo que haciendo un reportaje sobre los 30 años del Palacio de Justicia, finalista en el Premio de Memoria del Círculo de Periodistas de Bogotá, nos hicieron un seguimiento ilegal durante una entrevista, algo muy intimidante. Una especie de bautizo de fuego en esta difícil labor.

En mi segundo año como periodista de radio quise tener una columna pero me limitaba mi falta de trayectoria, dada mi juventud. Sin embargo, le pedí a Yolanda Ruiz un espacio de opinión en la página web de RCN Radio, que me concedió en un gesto de confianza que agradezco siempre. También abrí cuenta en Twitter que mostró mis inquietudes más allá del periodismo noticioso, y me empezaron a tener en cuenta para los comités editoriales.

Cuando se dio una vacante en temas digitales en la mesa de trabajo de Yolanda, me la ofrecieron y finalmente me escogieron. Recuerdo que la noche antes de empezar casi no dormí de la dicha. Participé en debates, en discusiones, en entrevistas. Fui una especie de miembro ‘junior’ de una mesa de grandes periodistas a quienes siempre he admirado: Juan Manuel Ruiz, el capi Romero, Jorge Restrepo, Jorge Espinosa, José Manuel Acevedo, María Elvira Samper y Yolanda Ruiz. Ahí supe lo difícil y exigente que es el mundo de la radio, las jornadas son extenuantes y, en medio de la adrenalina, psicológicamente también resulta estresante estar al aire.

Viví situaciones muy simpáticas. Alguna vez Yolanda me invitó a tocar el banjo al aire, pues había hecho un comentario sobre mi gusto por la música en privado y me preguntaron al aire por mi banda y los instrumentos que toco. Creo que les pareció inusual que les dijera que tocaba banjo. “Mañana esperamos que lo traiga”, me dijeron mis compañeros de mesa al aire y realmente no sabía si era en serio. Al día siguiente llegué con el banjo y con la armónica en el cuello ¡y les cumplí a los oyentes con una tanda de Bob Dylan en plena franja nacional de noticias!

Por esa misma época me fue concedido un espacio de opinión en la sección de Blogs de El Tiempo, sin abandonar mi espacio en la web de RCN, lo que me permitió llegar a la audiencia de otro medio de comunicación. Y en marzo del año pasado, cuando comencé el proceso de aplicación a mi maestría, decidí renunciar a RCN Radio y concentrarme en volver a la academia.

En ese entretanto me invitaron del periódico a comenzar a escribir, además del Blog, una columna de opinión quincenal en el portal Web, lo que significó un nuevo e inmenso reto en mi vida profesional cuando apenas contaba con veinticinco años.

Actualmente estoy en Toulouse cumpliendo mi meta de aprender francés mientras comienzo la maestría en estudios de política latinoamericana en UCL-University College London, una universidad donde durante mucho tiempo soñé estudiar. Finalmente fui aceptado este año luego de un largo proceso.

Aficiones

Entre lo poco que pude traer de Toulouse está mi guitarra, que me acompaña siempre. También hace poco aprendí a tocar la mandolina y me propongo interpretar la trompeta de jazz. Extraño mucho mi piano que dejé en Bogotá. Otra de mis aficiones son la historia de la música y el cine.

Mascotas

Las mascotas han ocupado un lugar protagónico en mi familia. Recuerdo que cuando mi hermano y yo éramos niños nos encontramos un búho y, aunque no sabíamos lo que era, lo cuidamos hasta que aprendió a volar. Ya en el apartamento de estudiantes en Bogotá, mi hermano y yo, de manera inconsulta decidimos adoptar un perro. Para buscarlo teníamos una consigna: que fuera un criollo, el menos afortunado y menos agraciado, y que tuviera pocas oportunidades de encontrar hogar. Lo encontramos y lo llamamos Tomás.

Tomás sorprendió a mis padres cuando nos visitaron pasados dos meses de estar viviendo con nosotros. Al principio no aceptaron la situación pues, además de otras razones, eran ellos quienes asumían nuestros gastos. Una noche al llegar de una fiesta Tomás no aparecía en su cama, que estaba en la sala. Después de un rato, lo encontré arrunchado en la cama de mis papás. Ahí se les acabó la prohibición (risas).

Lo triste de su historia es que no nos acompañó el tiempo que hubiéramos querido, pues no superó la anestesia de una cirugía. Tomás nos enseñó gratitud, lealtad y lo que es el amor incondicional, nos aportó una mayor sensibilidad y nos fortaleció como familia. Hoy su recuerdo todavía nos conmueve, en medio de una mezcla de nostalgia y tristeza por su muerte temprana.

Después de algún tiempo rescatamos a Nala y Antonia, dos perritas hermanas en el centro de Bogotá que ahora viven con mis padres en Cali. Ellas nos conmueven inmensamente, nos llenan de alegría y nos han cambiado en temas tan sensibles como el taurino, porque no concebimos una corrida de toros por todo lo que implica en términos de sufrimiento para un animal. Esto para citar solo un ejemplo.

Píldoras

Muchos hablan con nostalgia sobre otros tiempos. Y aunque en términos culturales, por ejemplo, me identifico más con décadas como los sesenta y setenta, me quedo con la época en la que nací, donde los recursos tecnológicos nos han democratizado el acceso al conocimiento y a la información como ninguna otra generación había podido.

Considero que el tiempo es un invento humano, y muy relativo, que nos obliga a priorizar en medio de millones de posibilidades. Tan relativo es, que en los últimos dos o tres años de mi vida han ocurrido casi tantas cosas como en los diez años anteriores.

Mi mayor preocupación está en el bienestar colectivo y creo que el periodismo es el mejor canal para aportar en esa dirección, en defensa de los intereses de toda la ciudadanía y de la construcción de una sociedad más transparente.

Espero poder aportar desde mi ejercicio profesional a la construcción de un debate público donde cada vez sean más fuertes el criterio, la ética y la búsqueda de innovación.

www.isalopezgiraldo.com

 

 

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Isabel López Giraldo

Cultura

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