Fernando Soto Aparicio, una tregua con la muerte

Un escritor que no gritó para que lo vieran sino que esperó, como un sabio, a ser notado. Setenta y dos libros, innumerables obras de teatro, artículos y poemas publicados: una muestra de valentía y coraje.

Me dijo que no quería morirse. Me dijo que tenía en la cabeza otros tres libros —dos novelas y un poemario—. Me dijo que escribir lo mantenía con vida, con fuerza.

El 8 de enero de este año, Fernando Soto Aparicio (Socha, Boyacá, 1933) me recibió en su casa. Tenía sobre la mesa del comedor treinta de los setenta y dos libros que había publicado. Su voz era un zumbido, cada respiración le costaba un gran esfuerzo, por eso hacía largas pausas en medio de las frases, las dejaba en el aire y luego las recuperaba como si tuviera una red invisible.

Después de un rato de conversación, se acercó a Andrés, el fotógrafo que me acompañaba, y le preguntó: “¿Usted les podría tomar una foto a los libros que están sobre la mesa?”, y Andrés, sin decir nada, se puso de pie rápidamente y una por una enmarcó las portadas de los libros con su lente. “Es que me gusta tener el recuerdo de las ediciones. Ya saben, los recuerdos que nos mantienen en pie”.

Soto Aparicio carecía del ego inflado por benevolencias que usualmente aqueja a los de su profesión. Había que adivinarle que era escritor. Era un poco triste, pero su tristeza no era violenta. Era serena, apacible.

Esa tarde, con una luz lánguida de invierno que le cubría el rostro y lo hacía ver gris, opaco, Soto Aparicio nos mostró su casa, sus fotos, sus libros, su habitación. El lugar donde pasó noches enteras preguntándose por qué no le había bastado con publicar más que cualquier otro escritor colombiano, una cantidad de libros, poemas y obras de teatro inimaginada. Por qué tenía miedo de morir y por qué se aferraba a la posibilidad de que después de fallecer hubiera otra cosa, otro lugar. Antes de entrar a su cuarto nos dijo que no le gustaba mucho que vieran de cerca su intimidad. Se echó para atrás en el marco de la puerta, pero sólo fue un atisbo de timidez: dos pasos firmes y ya estaba dentro de la habitación. Había una cama de hospital vestida de blanco, una silla negra que le regalaron sus amigos de la Universidad Nueva Granada. “Sentado en esa silla fui mirando la gente que pasaba por la calle, los carros, la forma como llegaba la tarde, como se oscurecía… Suspendido en el tiempo”. En las paredes había fotos de sus hijos, de su esposa. Un sombrero negro colgado del perchero, una bufanda azul.

El título del último libro que publicó Fernando Soto Aparicio es un fatídico golpe de realidad: Bitácora de un agonizante (Panamericana, 2015), una compilación nostálgica en la que el escritor hace alusión a recuerdos memorables de su trayectoria literaria, del pasado y del presente. Una señal de humo a sus lectores que lo olvidaron y lo dejaron en las imposiciones académicas donde La rebelión de las ratas (Panamericana, 2011) era el primer libro en las guías de las clases de español y lenguaje.

Para ser quien fue —uno de los escritores más reconocidos del país— Fernando Soto Aparicio tuvo que ser otra persona. Mejor dicho: muchas personas. Trabajó dos meses en una mina de carbón en el municipio La Chapa para entender cómo vivían los mineros, para ver cómo se creaban los sindicatos, para ser testigo de la rebelión de las ratas. Aprendió a manejar helicóptero para escribir uno de los personajes de Funerales de América. Vivió dos meses de clausura en un monasterio benedictino en Usme para escribir otro libro.

Un día se ganó un premio internacional de novela, en Barcelona, con ese libro que nació debajo de la mugre y la peste de la minería. Le dieron siete doctorados honoris causa habiendo cursado hasta cuarto de primaria. Escribió y fue profesor. Fue papá, abuelo y bisabuelo.

En 2015, Fernando Soto Aparicio fue diagnosticado con cáncer gástrico. Recibió quimioterapia y radioterapia, más tiempo de la última. Ese día de enero me contó que habían reemplazado ambos tratamientos por inyecciones especiales. Que habían suspendido lo tenebroso de la quimio y lo doloroso de la radio.

—A comienzos de febrero me di cuenta. Fue un golpe muy duro. La palabra cáncer tiene algo que lo estremece a uno, un sonido trágico. Es una conmoción interna terrible. Le dio mucho más duro a mi familia: a mis hijos, a mi esposa, a mis hermanos, a los amigos. A ellos les sigue dando mucho más duro que a mí. Yo no lo he tomado por el lado trágico sino con mucha tranquilidad, y trabajar me ayuda muchísimo. No me quedo quieto, no me puedo sentar a esperar que me llegue la muerte, y tampoco salgo a buscarla. Hago lo que puedo para que la vida tenga sentido.

No fue una entrevista. Con Soto Aparicio hubo una conversación, un cuento, una historia. Me regaló una de las anécdotas que le dan cuerda al oficio de escribir:

—Cuando escribí Los bienaventurados (su primera novela publicada) busqué por todas partes quien me la editara: el Ministerio de Cultura, cualquier universidad, alguna firma. Nada. Me di cuenta de que estaban haciendo un concurso de novela en España y mandé el manuscrito. Como en esa época era con papel de carbón, una cosa horrible, sólo había hecho una, no tenía copia. Pasaron dos meses y pensé que se había perdido, hasta que me llamaron del correo: tenían una caja para mí. Recuerdo que me entregaron un paquete café, lo abrí y había cuatro ejemplares de la novela. Los olí, los detallé. Había, también, un cheque. Me senté a llorar en el andén; en esas pasó una señora y me dio un dulce. Me lo comí entre sollozos. Fue el mejor dulce que me comí en toda mi vida.

Hace un mes, Soto Aparicio tuvo una charla académica en la Universidad Nueva Granada, donde fue profesor, que fue su otro trabajo, el de sobrevivir, con el que pagó el precio de ser escritor. Cuando bajaba las escalas que conducían al auditorio, dejó de sentir fuerza en el pie derecho, su cuerpo, como un edificio antiguo, se vino abajo. Su mano derecha se apoyó en la baranda para amortiguar el golpe. Un tirón, un quiebre. El dolor.

Cuando se puso de pie se limpió las rodillas y entró al escenario para hablar durante una hora de sus experiencias como escritor y maestro.

Llegó a su casa y todavía le dolían el brazo, la pierna, la cabeza. Una visita del médico, fractura de clavícula, fue el diagnóstico, y una orden: “Usar cabestrillo y no escribir”. La peor orden, el peor designio.

Soto Aparicio se rehusó, con sangre y con fuerza. Comenzó a dictarle a un ayudante algunos poemas y correos electrónicos que tenía pendientes. Duró así tres semanas.

“Me siento bien de las cejas para arriba”, le dijo a Fernando Rojas, su editor de Panamericana, dos semanas después del accidente.

Ayer, a las seis y media de la mañana, en su casa en Bogotá, rodeado de sus fotos, de sus libros, de sus hijos, de su esposa, Fernando Soto Aparicio murió.

No lo mató el cáncer, ni la edad, ni la fractura. Creo que lo mató la tristeza de no poder seguir haciendo lo único que suponía para él una tregua con la muerte. Lo único que lo seguía haciendo valiente. La cobardía viene de no amar lo que se hace, o no amar bien, que es lo mismo. Y cuando el hombre es valiente y veraz, mira cara a cara a la muerte, como lo hacía Soto Aparicio mientras escribía, y sólo así era posible apartar a la muerte de cualquier lugar.

 

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