Fernando y Diana

Justicia divina. La bella y risueña de la Diana recibió un bofetón tan fuerte que le hizo sangrar la nariz y en menos de diez segundos sentía caliente la quijada.

Miró a Fernando sin decir nada, entre aterrada y asqueada, se cubrió la cara con una mano para evitar otra bofetada y con la otra ayudó a sus piernas para aligerarse y salir de ahí cuanto antes. Abrió la puerta de la habitación conyugal con su mano libre y volvió a mirar a su marido que parecía pedirle perdón. Estuvo la mañana en el parque, viendo a niños juguetear y pensando en qué hacer, si ir a la policía a donde nunca ha ido, ¿a qué?, ¿a denunciar por un bofetón, una bofetada de nada? Más cosas tendrán que hacer en la policía, y cuando pregunten por antecedentes, ¿qué va a decir?, que mi marido es empleado y no conoce la cárcel, ¿pegado?, no, señor agente, ¿o me interrogará una mujer policía?, no me habrá pegado más de diez veces, de verdad, ¿que si lo he denunciado?, no nunca, a veces también es mi culpa, que él tiene su genio y hay que entenderlo, que no le gusta a veces que me vista llamativa, que él dice que parezco una fulana, una mujerzuela de la calle, y recordó que el curita le dijo, ah, el padre Santi, que es un ángel de dios, pues que les dijo que en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad, y todo eso tan bonito que dicen, y se besó con Fer, ¿en qué andará?, debe estar preocupadísimo, ¡pobre!, y sin saber si iba a ser bien recibida subió al tercer piso a pie, que el ascensor no haga ruido, entró a su casa temblándole el cuerpo pero con determinación, y si, que ya me limpié la sangre y ya no me sale nada, ¿y esto hinchadito que me siento?, un poco de nada que cualquier crema limpia, y la bella y risueña de la Diana preguntó en voz baja, ¿Fer, cariño... estás por ahí?

Justicia solemne

Fer no acudió ante el juez para dar versión de nada, no es oportuno, la justicia está para otras cosas, fallo inhibitorio alcanzó a oír Diana, en diecisiete minutos contados por reloj se falló su queja, que mi marido me pega, hagan algo, suplicó, su abogado nada dijo, un caso difícil parece que expresó entre labios. El juez no consideró pertinente oír en declaración a la denunciante, a este paso, si nos ponemos a oír todas las demencias que dicen las mujeres despechadas, nos va a dar el fin del mundo, se alcanzó a oír que dijo, que no se ve que tenga la cara reventada ni que ande con bastón, y le recomendó muy solemnemente que pensara las cosas mejor, que se fuera a su casita, que su marido debería estar esperándola. Y pasaron acto seguido a un caso de un crédito hipotecario impagado por una suma de dinero impensable de imaginar, millones de millones y ahí el juez, solemnemente, enderezó su espalda.

Justicia eterna

Me parte el alma hablar así, pero las iras de Fernando no daban para más. La llamó alguien por teléfono, o eso creyó comprender y habremos de entender su enojo. ¿Pero no eres una mujer casada?, le preguntó irónico. Golpeó la mesa y remató: ¿quién te llamó?... qué quién te llamó, ¡carajo!, qué quién te llamó, y, lógicamente, diga lo que diga Diana carece de entendimiento, nadie puede llamarla sin que él lo sepa. Y además, ¿piensas salir así a la calle?, si pareces una cualquiera, una puta, eso es lo que pareces. Sólo bastó un golpe para causar el efecto, seguramente tocó un nervio equis, una vena tal, un hueso parietal, que llaman, un punto especial, la sien tan sensible, ¿qué sé yo si sólo soy un literato?, si sólo soy un novelista transcribiendo lo que veo por la ventana, como si fuese un partido de fútbol, como si fuese un vecino que busca vecinas desnudarse, un chismoso sin oficio diferente al de mirar la vida de los otros, pero el caso es que todo fue tan rápido que no me di cuenta si ella quedó como quedó por culpa del golpe o como resultado del otro golpe contra la esquina de la mesa, uno u otro, o los dos concatenados, pero sin pretender ser fáciles con la descripción indicaremos que lo que más asombra es ver su cara, ligeramente ladeada en el piso de madera, y su boca un poco abierta y, lo peor, intuir que tal vez esté muerta. Eso es lo peor, no hay duda. La intuición con cara de certeza, de verdad. Sé de Diana, es inteligente y vivaz, bellísima, alta como una escoba, y se ve que sufre por el hombre con quien comparte su vida, aunque eso de compartir lo guardamos en la nevera. A veces nos vemos en el parque de la esquina, me pregunta que qué leo y yo le relato lo que leo, que siempre leo algo, novelas de ficción, casi siempre, mentiras inventadas, de argentinos o mexicanos, que tienen garra y te agarran como es, y a ella parece que le entusiasma lo que cuento y me oye con interés. Más se emociona cuando sabe que yo escribo, le gustan mi sombrero y mi bastón egipcio, no me digas que y, ahora, la veo en la otra ventana, lejana, allá, y no sé si tendré el agrado de que me diga mañana en el parque que leyó mi novela que le presté, que sé jugar con las palabras, que siento los sentimientos y que soy un escritor de los buenos. No me dirá eso. La veo: está tendida y Fernando no hace nada, la falda se ha subido y él se la coloca nuevamente como debe estar, seguramente mañana irá a misa, y se mantiene estático ante mi amiga y me dan ganas de gritarle, desde acá, que llame a los médicos, a los paramédicos, o que se pegue un tiro. Quiero tirarle una piedra. Veo a Fernando abrir armarios y sacar frazadas y cobijas. Me parte el alma hablar así, “me la ha matao”, como diría un gitano, y dejo este relato tal como está porque el que va a llamar a la policía voy a ser yo.

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