"Lo feroz era la miseria"

El autor abrirá el 26 de octubre el Festival de Literatura de Bogotá, organizado por la Fundación Fahrenheit 451. Aquí recuerda los tiempos de la dictadura de Pinochet, cuando escribió su obra.

 Raúl Zurita nació en 1950. Fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura (2000) y el Premio Pablo Neruda (1988). Durante la dictadura de Augusto Pinochet fue encarcelado y sometido a torturas. Esa terrible experiencia inspiró su obra poética, en la que ha utilizado su cuerpo como medio de expresión y ha mezclado la literatura con otros lenguajes del arte plástico. Algunas de sus obras son Purgatorio (1979), Anteparaíso (1982), La vida nueva (1993) y Zurita (2002).

Su obra es un testimonio fundamental para quienes intentan entender las barbaridades de la dictadura de Pinochet. ¿Cómo consiguió escribirla?

Lo único que alcanzaba a vislumbrar era que si la poesía continuaba, si aún podía significar algo escribir poesía, esa poesía debía ser tan potente como el dolor que se nos estaba causando, tan violentamente bella como la violencia del horror que se nos imponía. Ninguno de los lenguajes existentes que había, ni la portentosidad de Neruda, ni el humor de Nicanor Parra, alcanzaba a dar cuenta del quiebre que significaba el golpe militar en Chile. Había que aprender a hablar de nuevo. Lo feroz no era el miedo, al miedo te acostumbras muy luego, lo feroz era la miseria. Estaba separado, tenía hijos y no encontraba trabajo y sobrevivía robándome libros de medicina y arquitectura, que eran los más caros; no para leerlos, sino para vendérselos a los reducidores y a algunos estudiantes ricos. Al final me sorprendieron y fue duro. El caso es que tenía prohibida la entrada en todas las librerías de Chile, y cuando en 1979 salió Purgatorio y tres años después Anteparaíso, los libros estaban en las vitrinas pero yo no podía entrar. No sé si me mantuve firme, la desesperación no te da muchas otras opciones.

Su obra trasciende y se extiende a la plástica. Su poema ‘La vida nueva’, por ejemplo, fue escrito con humo sobre el cielo de Nueva York. ¿De dónde proviene esa relación del acto con lo escrito?

Pensar en escribir poemas en el cielo o trazar un poema sobre el desierto fue mi forma de no morirme, de no hundirme en la desesperación. No fue un gesto artístico, fue un acto de sobrevivencia. Al mismo tiempo no podía ponerme límites. Es tonto que te los pongas porque vendrán los otros a ponértelos: que eso es imposible, que eso no es poesía, etc. Con la misma nitidez con que imaginaba poemas, me imaginaba estas escrituras trazándose en el cielo y otras que sólo pudiesen ser vistas desde el cielo. Las imaginé en un segundo, pero hacerlas me tomó años. Ocho años los poemas sobre Nueva York y dieciocho trazar la inscripción sobre el desierto. Esas escrituras son mis poemas más íntimos; por muchos años vivieron sólo dentro de mí. El haberlas realizado no fue más que la monumentalización de un instante de locura.

¿Qué significó para usted el grupo Cada (Colectivo de Acciones de Arte)?

Hicimos un arte político de resistencia a la dictadura, y al mismo tiempo fue un ensayo de amistad, creatividad y audacia en medio de la oscuridad y del aislamiento. Con el Cada pude concretar algunas ideas que no habría tenido cómo hacerlas solo. Éramos tipos llenos de pasión y miedo, y las dos mujeres (Diamela, que era entonces mi pareja, y Lotty) tenían una impresionante capacidad de concretar, eran grandes productoras. Todo lo hacíamos sin un peso y debíamos al mismo tiempo sortear la represión. Duró tres años y la última acción fue invitar a todos los artistas, escritores, activistas de nuestro país a rayar “No +” a lo largo de Chile. La gente le fue agregando las palabras muerte, dictadura, hambre, asesinatos.

Su cuerpo es testimonio de su poesía. Quemó su mejilla para el libro ‘Purgatorio’  intentó cegarse para su libro ‘Anteparaíso’. ¿Cree que también se escribe con el cuerpo?

Escribo desde un cuerpo que envejece, que se dobla, que se rigidiza, que tiembla por el párkinson, pero también sobre ese cuerpo, sobre los dolores que yo mismo me he infligido, sobre su piel. No supe por qué me estaba quemando la cara, y mientras lo hacía intuí que me pasaría la vida intentando explicármelo. Nunca he salido en realidad de eso, pero fue con esa quemadura que pude encontrarme con Chile, con nuestro terror, con nuestras heridas. Fue en 1975, después de ser detenido por una patrulla militar en una micro, cuando me sometieron a las humillaciones en que son expertos los militares. Fue por mi aspecto. Me acordé del “poner la otra mejilla” y quemé la mía. No fue un performance, fue un acto desesperado y solitario encerrado en un baño, sin nadie, y no supe realmente por qué lo hacía. Pero allí pude comenzar a hablar, esa quemadura era como el primer chillido al nacer, y algo se había desatado. Imaginé una secuencia: Purgatorio, Anteparaíso, La vida nueva. Me pareció que aquello que había comenzado con un acto de autodestrucción debía concluir algún día con la vislumbre del Paraíso.

Su novela ‘El día más blanco’ presenta objetos de su niñez, como la imagen de su padre. ¿Cree que los objetos nos definen?

Sí, era la foto de mi padre muerto a los 31 años, cuando yo tenía dos. Cuando hacíamos con mi hermana alguna barbaridad, mi abuela nos decía “vayan a ver a su papá”, y mirábamos la fotografía y su expresión era severa, y cuando hacíamos algo que a ella le parecía bien, nos decía “vayan a ver a su papá”, y al verlo, su cara en la fotografía nos sonreía. Eso nos definía: ver la foto de mi padre. Los objetos nos definen no porque sean objetos sino porque son las formas que le damos a nuestra fragilidad.

Su obra tiene relación directa con la naturaleza, el desierto, los ríos. ¿Ser humano y paisaje son la misma cosa?

He llegado a creer que son dos caras de lo mismo, que los paisajes son como grandes telones en blanco que la pasión de vivir va llenando, y a la vez son inmensos retratos de nuestra ausencia. La muerte nació cuando algo, un ser tembloroso, separando sus manos del suelo, vio las montañas y comprendió que seguirían allí cuando él ya no estuviera. La montaña que miras es también la suma de miradas que la han visto, y no deja de ser emocionante sentir que algo de esas miradas muertas te saludan cuando tú la ves. Muerte, paisaje y poema no son términos separables. La poesía nace con la muerte, es la primera respuesta a esa montaña que te sobrevivirá.

¿Qué importancia tiene la poesía de Nicanor Parra para usted?

Nicanor Parra liberó a las palabras obreras (aquellas que fundan cotidianamente nuestras vidas) de la sumisión que les imponían las palabras sagradas. Con eso le devolvió la vida a la poesía y a nosotros un nuevo entusiasmo. Su obra nos muestra el mar general del habla del cual todo surge y al cual todo vuelve. Pero es un error separar a Nicanor Parra de Violeta Parra. Son un solo soplo. El genio le pertenecía a ella, que escribió los poemas más sublimes de la lengua castellana. Pero Violeta no existiría sin la lucidez de su hermano. Ella nace de la antipoesía.

Para su libro ‘La vida nueva’ entrevistó a varios pobladores de caseríos en 1983, en plena dictadura, y les preguntó por sus sueños. ¿Qué valor tienen?

Se trataba de 5.000 familias sin casa que se tomaron un sitio en septiembre de 1983, e íbamos con otros artistas a apoyarlos. Me di cuenta, escuchándolos, de que los sueños también tienen un carácter de clase. El primero que escuché me marcó para siempre. Era un sueño con una india boliviana que estaba en el medio de una avenida y tenía un parto múltiple, que no acababa. A un hijo lo seguía otro y otro, y mientras nacían, a cada uno le cortaba el cordón umbilical mordiéndolo. Esos sueños inician La vida nueva. Pero hay otro sueño. Ese lo soñé catorce años más tarde y fue increíble: desde un acantilado veía el océano resplandeciente, luminoso, pero al bajar hasta su borde y poner mi pie en el barrido de la rompiente, me daba cuenta de que el mar eran infinidades de cadáveres, que se extendían ondeando hasta el horizonte, infinitas caras exánimes que se doblaban elevándose en la cresta de la rompiente para después caer como si fueran hilos de miles de colores. Llevaba casi diez años trabajando en un libro llamado Zurita, en el que no podía avanzar. Ese sueño me escribió las últimas 250 páginas.

A pesar de que su poesía no busca el canto, tiene musicalidad en su propia voz. ¿A qué se debe este fenómeno?

Yo leo, no actúo, jamás he actuado. Por lo demás, salvo Vittorio Gassman o Laurence Olivier, los actores son los peores intérpretes de poesía del universo, la masacran. Por lo que nunca sé si esa emoción a la que te refieres se va a producir o no. Suele sucederme que al leer en público me conecto con el momento que estaba escribiendo. Un libro de poesía debe ser capaz de resistir todos los niveles, desde la mirada del tipo de pie en la librería que lo hojea rápidamente —ya así debe ser elocuente—, hasta las lecturas más exhaustivas y exigentes, incluso las más malintencionadas. Más aún, un poema debe resistir su paso por lo oral, el paso por la lectura. Un poema sin sonido, sin música, es nada. El sonido es la ética del poema.

Este año el tema central del Festival de Literatura de Bogotá es la desaparición forzada. ¿Puede la poesía mantener vivo el recuerdo de los ausentes?

La poesía es el recuerdo.

 

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