Festival de Documental de Tesalónica, colombianos en Grecia

Panorama de un festival. La primera vez que se ve en la pantalla el talento del bailarín caleño Joan Sebastián Zamora.

Zamora regresa después al apartamento que comparte con otro colombiano en Nueva York y cena fríjoles con arroz. Llama a su casa en Cali para escuchar la voz conmovida de su madre y la sabia sensatez de su padre cuando le dice que no tiene nada que hacer en Colombia para avanzar en su carrera. Un año después visita a su familia. El paisaje de sus prácticas se transforma entonces en el patio de su casa, donde ensaya tropezándose con una escoba. Se prepara para competir en el Gran Premio Juvenil de Danza de Estados Unidos que se realizará en Nueva York. El suspenso de un reality sofisticado –si es posible la contradicción de términos- define la narración del multipremiado documental de Bess Kargman, First Position (2011), finalizando cuando el impresionante Zamora demuestra el vigor de sus 16 años de edad en el concurso y consigue una beca para estudiar en la Royal Ballet School de Londres. Triunfa así en la carrera contra el destino que reúne a 5.000 aspirantes de todo el país, con un rango entre los 9 y los 19 años de edad, de los que un jurado internacional selecciona 300 bailarines que pueden ver sus ilusiones hechas realidad en distintos escenarios del mundo.

Paralelamente a la historia de Zamora se narran las historias de otros seis participantes: Aran Bell, un niño de once años de edad, hijo de un doctor de la marina de Estados Unidos, con el que vive en Italia; su amiga israelí de 11 años de edad, Gaya Bommer Yemini; Miko Fogarty, de 12 años de edad, hija de japoneses, que comparte su pasión por el ballet con su hermano menor, Jules, quien a sus 10 años demuestra que tiene un talento inversamente proporcional al de su hermana; Rebecca Houseknecht, de 17 años de edad, una belleza rubia de Maryland modelada con la gracia de una Barbie; Michaela DePrince, de 14 años de edad, huérfana tras la guerra civil que devastó a Sierra Leona durante los años 90, adoptada por una pareja de Philadelphia.

El contraste entre las historias de Zamora y DePrince con el bienestar en el que viven los otros participantes del concurso, evoca el Síndrome de la Cenicienta, oculto sutilmente entre las imágenes de otras películas cuando enaltecen el privilegio de una geografía hiperdesarrollada económicamente y la forma como puede respaldar los sueños que supuestamente habrían sido imposibles en un lugar distinto a Estados Unidos. Un ejemplo cercano al mundo de la danza y sus fronteras raciales, con otros criterios en su narración, se reveló hace algunos años con el estreno de Mad Hot Ballroom (Agrelo, 2005), en el que se repite el afán competitivo de Estados Unidos, representado por 6.000 muchachos de 60 escuelas de Nueva York durante un concurso que comprende diez semanas y premia a la mejor pareja de baile. Entre Kargman y Agrelo hay una diferencia en la presentación de su tema: triunfar en el concurso de First Position es vencer en un ámbito profesional; el premio en Mad Hot Ballroom quiere recuperar socialmente a los participantes que encuentran un mundo al margen del crimen y de la pobreza que asedia a los inmigrantes en las escuelas públicas de Nueva York.

Los fragmentos en los que seguimos la historia de Zamora y DePrince en First Position, le sugieren al espectador la necesidad que tienen de cruzar el umbral de países con riesgos económicos o políticos para su desarrollo humano y, por extensión, cultural. Una circunstancia que no es del todo falsa, según el matiz con el que sea presentada, moldeando la opinión del público hacia la idea que define el Síndrome de la Cenicienta y la recompensa de triunfar al otro lado de la frontera, traducida en términos colombianos con registros distintos: Shakira o Juanes como emblemas de la industria pop versión Miami; el personaje de Catalina Sandino en los planos finales de María llena eres de gracia (Marston, 2004), despidiéndose en el aeropuerto de la amiga que regresa al infierno colombiano, mientras ella se queda en el bienestar tortuoso de Nueva York; Radamel Falcao, Edgar Rentería, Donovan Solano, logrando con su talento alcanzar la corona deportiva en los escenarios del prestigio.

Visto en el panorama de un festival de documentales como el que se realiza en Tesalónica a mediados del mes de marzo, la forma y sus contenidos según First Position también contrastan con los riesgos de otros realizadores que escapan al reportaje periodístico estilo Kargman y a sus intenciones plasmadas en el montaje, despertando emociones semejantes a las de un programa televisivo en el que la audiencia vota por sus minihéroes.

First Position no quiere desmentir la realidad y los propósitos de sus protagonistas. Es una película sincera en sus criterios y en su manera de establecer diferencias. Manifiesta una postura maternal cuando filma a Zamora y DePrince –a los otros bailarines no les hace falta que nadie los arrulle o los compadezca-. Kargman utiliza la fórmula narrativa de las historias fácilmente digeribles, narrando paralelamente, con la actitud de una cronista eficiente, la aventura de los seis bailarines hasta el momento de la premiación. Se sitúa en un terreno mucho más seguro que las excepciones y el arrojo de otros documentales exhibidos en Tesalónica: El Bella Vista (Cano, 2012), sobre las paradojas que enseña la moral conservadora cuando la sede de un club de fútbol en Uruguay se transforma en un burdel de travestis y, posteriormente, en una casa para que los niños estudien el catecismo; The Act of Killing (Oppenheimer, Cynn y los directores anónimos que tuvieron que ocultar sus nombres para evitar represalias, 2012), sobre el cinismo de los paramilitares que asesinaron en menos de un año a más de un millón de personas en Indonesia durante la dictadura militar que se tomó el poder en 1965; Char… The No-Man’s Island (Sarangi, 2012), acerca de un muchacho de 14 años de edad que sobrevive con el contrabando de arroz entre India y Bangladesh; El capitán y su pirata (Wolf, 2012), donde vemos al capitán de un barco alemán recuperándose del traumatismo que significó el secuestro por parte de un grupo de piratas somalíes, alternando su historia con los testimonios del jefe de los piratas; La máquina que desaparece todo (Tinatin Gurchiani, 2012), un clásico instantáneo del cine sobre lo que significan las imágenes registradas por una cámara y la vida que transmiten durante su proyección.

En este panorama, a la historia de Zamora se sumaron en la programación de Tesalónica tres documentales sobre lo que puede significar Colombia en la óptica de sus realizadores: Mama Coca (?ekerci, 2012); Colombianos (Mårtens, 2012); El viaje del acordeón (Tucker/Sabigni, 2013).

La coca como hoja ritual desvirtuada por el narcotráfico; la fracturación de una familia repartida entre Estocolmo y Medellín; el vallenato como música emblemática del Caribe colombiano, viajando hacia Alemania en las manos de un acordeonero y sus amigos, ordenaron la imagen de un rompecabezas acerca del país, filmado desde varias fronteras con ideas accidentalmente similares, de manera consciente o, quizás, inconsciente cuando la obviedad del prejuicio, la visión de un paisaje exótico visto con curiosidad antropológica o la sorpresa de las diferencias culturales, están asimiladas como algo natural que explica el orden económico del mundo.

Mama Coca y El viaje del acordeón empiezan con la visión del paisaje –acompañado por una percusión profunda en las montañas que enseña Mama Coca y por un breve parlamento sobre los misterios del acordeón y su rumbo hasta el Caribe en El viaje…-, y continúan retratando a los habitantes que viven en ese paisaje. La primera es un repaso juicioso sobre la historia reciente del país, puesta en foco por los testimonios precisos de Jorge Cardona, editor general de El Espectador. Un recuento del archivo criminal que descompuso a Colombia, variando el estilo según la gerencia de sus mafias, desde Pablo Escobar hasta las Farc, matizando la recopilación de la historia y sus tragedias con la presencia de la tribu yanakona, que preserva sus rituales alrededor de la coca en San Agustín.

El viaje… es una crónica sentimental de la ruta inversa que sigue un acordeón desde el Caribe colombiano hasta la fábrica de acordeones Hohner, al sur de Alemania. Sus directores no evitaron la tentación de un lugar común en la ficción: el humor para explicar al personaje que viaja y aprende lentamente a conocer otro lugar.

Disfrutaron de la candorosa ingenuidad con la que el grupo vallenato se sorprende ante la nieve, la comida y el sueño hecho realidad cuando los músicos atraviesan de un lado a otro el mapa. Reciclaron una forma condescendiente de observar los comentarios que motiva la curiosidad ante las diferencias y su forma espontánea de expresarlas. Narraron dos historias paralelas que no se encuentran en el transcurso del documental –solamente cuando un funcionario de la fábrica alemana le regala al acordeonero, Manuel Vega, el instrumento con el que quizás obtenga algo tan esquivo como puede ser la fama-. Las dos caras de la moneda son el viaje hacia Alemania y la eterna frustración de Vega, un artista al que la suerte le ha hurtado desde hace varios años la corona de rey vallenato. Tucker y Sabigni revelaron el mundo del grupo con una perspectiva similar a la del público, curioso o desconcertado, que asiste al concierto en el auditorio de Trossingen, conteniendo en sus rostros la perplejidad que les causa el vallenato. Aprovecharon el folclor del Caribe –expresado frente al paisaje donde cada músico explica el origen y la relación que tiene con su instrumento-, sin escapar a las trampas del folclorismo para describir el talento de tres personajes entrañables.

Del plano general al primer plano que puede enseñar un país, el tercer documental exhibido en Tesalónica, Colombianos, es una crónica familiar que hace público lo íntimo a través de la cámara. Narra la historia de Fernando, que vive en Estocolmo con su madre, y de Pablo, el hermano mayor de Fernando, que lo espera en Medellín para lo que podría ser visto como una ironía fantástica: que Fernando viaje de Suecia a Colombia para desintoxicarse de su adicción a las drogas. A pesar de las reiteraciones que se hubieran aliviado con una edición, literalmente, más cortante por parte de Martens, el relato familiar que evoluciona entre Suecia y Colombia vía skype –cuando los parientes se comunican y tratan de organizar el escenario ideal para ayudar a Fernando-, Colombianos es un drama con la posibilidad de convertirse en un melodrama a través de la novia de Pablo o de la angustia de la madre y su devoción sin límite por sus hijos, cargando cada uno a cuestas con el adjetivo que generaliza y rotula a “los colombianos” –un hábito hecho vicio en gran parte por los mismos colombianos- como una forma de ser que intenta resumirnos a pesar de las diferencias regionales que separan al país. Tras el tobogán emocional que mantiene en vilo a Pablo y a su madre, la paternidad y el futuro de la familia que construye Fernando cuando regresa a Suecia, permiten suponer que siempre hay un resquicio para la redención. También que surja la pregunta acerca de lo que agrega una película a la vida de su espectador cuando contrasta su experiencia con la experiencia que se narra en la pantalla.

No deja de causar curiosidad que los tres documentales sean coproducciones: entre Colombia y Alemania –Mama Coca y El viaje del acordeón-, y entre Suecia y Finlandia –Colombianos-. Una fórmula efectiva para financiar un rodaje y sostenerse en el mercado. También que sus directores sean turcoalemanes –?ekerci-; suecos –Mårtens-; australianos –Tucker- y colombianos –Sabigni-. ¿El país está de moda? Es posible. Lo compruebo en Stereodisc, un almacén de música en la Plaza Aristóteles de Tesalónica. Dos discos anuncian en la vitrina, de forma esplendorosa, un ritmo en sus carátulas: Cumbia Colombiana Vol. 1 y Vol. 2. Quizás alguien los escuche en algún lugar de Grecia, Alemania, Suecia, Finlandia o Australia y sueñe con hacer otra película en esta geografía.