La ficción también puede contar la realidad

La novela ‘Casi Nunca Es Tarde’ está ambientada en el año más trágico de la historia reciente de Colombia una obra clave para entender el impactó del narcoterrorismo en la vida cotidiana.

El libro 'Casi nunca es tarde'. / Gustavo Torrijos

Hace algunos días luego de salir del periódico fui en busca de las obras completas de Albert Camus, en una de las muchas librerías que se ubican en los lugares tenues del centro de la ciudad, de Bogotá. Uno de los libreros que me atendía, diviso mí carnet colgando de mi cinturón y pregunto:

- ¿Cómo van en El Espectador?-

Quedé inmóvil, quieto de una pieza, no entendía como supo de mi vinculación. Jonas (como se hace llamar el librero) miró hacia el carnet, y entendí que no lo había guardado como producto del afán.

-Después del bombazo nada debe ser igual- continuó Jonas, - 1989 fue un año tremendo, yo perdí a mi hermano que estaba haciendo un trámite en el DAS cuando volaron el edificio, y por eso conozco a muchas personas para las que sus familias quedaron destruidas, sin un papá, una mamá o sin un hijo. Sabe hay un libro muy interesante para entender lo que paso ese año-. Y se trepó a una escalera que da al segundo piso de la librería.

Pensé, “ahora que me querrá vender” y continúe en mi búsqueda entre los anaqueles de la librería. Jonas tardó cuatro minutos, bajo y me extendió un libro de tapa azul metalizada que tenía en su portada un pescadito (una bailarina) y un buzo con su traje escafandra puesto, el libro ‘Casi Nunca Es Tarde’.

-Los críticos dicen que es ficción, ¿cómo desde la ficción puedo entender la realidad?- respondí.

-Mijo léalo, léalo y después me cuenta, después me cuenta, acentuaba con una sonrisa a medias, que dejaba ver los efectos que el tinto y el cigarrillo le habían dejado en sus dientes, - respondió Jonas.

No podríamos afirmar que en el año 1989 murieron más personas que en años anteriores, pero sin temor a equivocarnos, que fue el año en que la sociedad colombiana vivió los peores ataques. Asesinatos, masacres y bombazos pagados con el dinero del narcotráfico fueron los hechos que ocuparon las principales páginas de los diarios del país. La sociedad en pleno fue sitiada (para usar las palabras del sociólogo Zygmunt Bauman) por criminales sin escrúpulos, tan sólo unos valientes se resistieron, entre ellos Guillermo Cano Isaza, director de El Espectador hasta el día de su muerte en el año 1986, quien pago el precio de la defensa de la libertad de prensa con su vida.

Cientos fueron asesinados en una cadena de sangre y odio que parecía no tener fin; el dirigente sindicalista Teófilo Forero Castro; el líder de la Unión Patriótica, José Antequera; el abogado Héctor Giraldo Gálvez, apoderado de la familia Cano en el proceso por el asesinato del director de El Espectador Guillermo Cano Isaza; el sacerdote jesuita Sergio Restrepo Jaramillo, vicario de la parroquia de San José de Tierralta (Córdoba); la jueza tercera de Orden Público, María Helena Díaz Pérez; el comandante de la policía de Antioquia, coronel Valdemar Franklin Quintero; Martha Luz López y Miguel Soler, responsables de la circulación del diario El Espectador en Medellín, el árbitro de fútbol, Álvaro Ortega, además del camión cargado con 60 kilos de dinamita explotó junto a la sede del periódico El Espectador en Bogotá, el carro bomba al periódico ‘Vanguardia Liberal’, y el bus cargado con al menos 500 kilos de dinamita que explotó al costado de la sede del DAS en la capital del país, entre otros múltiples vejámenes.

En este ambiente está centrada la novela de Juan David Correa, ‘Casi Nunca es Tarde’, editada por la editorial Laguna Libros, una obra fascinante que, a través de dramas personales aborda la multiplicidad de sucesos que puede desencadenar un hecho o relacionar a cientos de manera inesperada, como una mofa del destino, convirtiendo en plausible el adagio popular ‘la vida es un pañuelo’.

A través de dichos dramas humanos es que se articula la novela; la desaparición de un padre defensor de los derechos humanos, el exilio por motivos políticos, una relación matrimonial desigual entre un hombre maduro y una joven, un joven flaco y desganado acusado de asesinar a su maestro, una socióloga egresada de la Universidad Nacional, feminista que hace de padre y madre, un oficial con un pasado oscuro que ha caído a lo más bajo de su carrera, todos unidos por la tragedia.

Dicha articulación está prevista desde el inicio del libro, en su portada se puede ver una pista, el cable del oxígeno que alimenta al buzo, está pintado en sus hojas y lo atraviesa hasta llegar a su contratapa.

Luego de leer la novela comprendí que el autor siguió un hecho de la historia reciente y supo desarrollar mediante un relato ficticio, cientos de situaciones que en su efecto, lo más probable es que se hubieran podido dar en la vida real a causa de los múltiples horrores vividos en dicho año. Cuando se conoce lo que los historiadores llaman “la historia reciente” del país y sus actores, la novela se hace más amena, y el lector puede jugar a buscar similitudes y diferencias, o en su defecto dejarse llevar sin hacer ninguna comparación.

Días después volví para hablar con Jonas, el librero, que me recomendó el libro y que no pude comprar dicho día. Me contaron que ha estado muy enfermo y por lo pronto no irá a trabajar a la librería. Me quede con las ganas de contarle que ‘Casi Nunca Es Tarde’, es un libro clave para entender el drama humano que muchos viven desde 1989, aunque sea catalogado como ficción, para ampliar una memoria histórica mucho más allá de las aulas de la academia.

 

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@StevenavCardona

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