Fijación (Cuentos de sábado en la tarde)

Me excitan los vellos de Clara. El prado naciente de su piel cada mañana. Es mi momento favorito del desayuno. Bajar la vista y ver los lagos en sus poros florecer. Clara aún no descubre esta fascinación.

Cortesía

Debe ir despistada por estos días en que, al primer chance, acerco mis dedos hasta sus piernas y deslizo mis palmas secas sobre su pantorrilla. A veces mi caricia es todo lo diciente que se puede ser a través de un roce y todavía así, su inocencia me hace desear ese instante con mayor fervor. 

Se ha vuelto una infalible rutina: Clara duerme más que yo, así que la espero después de tomarme acaso media hora para despertar. Preparo café, si es que no está listo. Algunas mañanas fumamos con los recién levantados en la sala. Mientras espero hasta verla caminar hacia nosotros con paso somnoliento, su rostro apenas alumbrado por el sol. 

Sin reparar en lo que más ansío de ella, la estimo. Me cae bien. Mi fijación por sus vellos la ha embellecido al igual que el bozo de Claudia me mantuvo con ella poco menos de un año, o las cejas pobladas de Elena me retuvieron en un amorío que duró lo suficiente para irnos a vivir juntos. 

Siempre pasa algo en el camino. Un día se levantan y podan todo lo que las viriliza como mujeres. Sus delicadas espinas. 

Aún no tocamos el tema, supongo que hace parte de la emoción: observar con disimulo la humedad de su pelo cuando sin mucha claridad su figura se asoma a lo lejos, entre los arbustos. Esa es la primera pista, poco confiable, a la que echo mano al verla. 

Luego, al caminar hacia nosotros, puedo reparar en otros asuntos. Si ese día ha preferido llevar pantalón, no invierto mi tiempo en averiguar que hay debajo. Volteo el rostro y sin cuidado, la trato con la misma formalidad de siempre, sin tanto manoseo, ni mirada escondida. 

Repito: a ella le da igual. Podría ni siquiera saludarla y Clara, concentrada en quién sabe qué intimidad, se daría el lujo de vivir como siempre. Dice que vino a saldar deudas con su madre, pero de la susodicha no sé mucho, nada más que está muerta. Clara no dice mucho de sí, apenas que tiene veintitantos y abandonó los lácteos, salvo el queso, “por supuesto”, dice. 

Me tienen sin cuidado esas nimiedades. Clara no sería nada sin su vello o por lo menos para mí. Temo que los otros pronto deduzcan mi interés y especulen más allá, he agotado tantos rodeos que cada noche de las que llevo acá pongo sobre la mesa un dicho que, sabiendo el actuar de mis viejos amigos, atraiga su nombre a la conversación robándole el tiempo a otras palabras o silencios que naturalmente habrían de salir. 

Eso dura hasta que me aburro de referirme a ella a través del mundo. Sé que lo lamentan, porque juego con ellos, pero qué más da, acostumbramos a perdonarnos fácilmente. 

El caso es Clara y la raíz brotando sobre sus extremidades. ¿Qué pasaría si decide quedarse así? Si gusta también de su terciopelo y encuentra placer en rozas sus palmas con la capa que es su vello. Si llegase a ser así, me casaría con ella. 

Ninguna mujer con su aspecto, su piel ligeramente acaramelada, sus pupilas encerradas en los ojos, la punta respingada de su nariz. Su nombre le hace justicia a mi parecer: Clara, Clara de huevo. Clara de luna. Claraboya. Clara oscura, Clara. 

 

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