Fotografía e historia, de frente

Una colección que muestra las fachadas de importantes ciudades y pueblos colombianos desde una nueva perspectiva: resalta las texturas de la arquitectura y elimina el ruido visual.

Un fotógrafo que retrata ciudades y una editora que arma libros a partir de esas fotografías. Un trabajo compartido en el primer piso de una casa que, por fuera, parece un castillo. Una oficina de mesas altas, computadores y premios. Una editorial, letrarte. Dos personas que buscan ciudades y pueblos colombianos para fotografiar, historiadores ‘naturales’ que les escriban sus textos y personas que se emocionen al ver los libros, porque esa es la mayor recompensa.

Llegaron los dos por caminos distintos y fueron los libros los que los fueron uniendo. Ella, María Soledad Reyna, estudió hotelería y turismo y llegó más adelante al mundo editorial. Él, Antonio Castañeda, estudió arquitectura y siempre fue amante de la fotografía. Se dedicó a la segunda, pero nunca olvidó la primera, por una sola razón: por sus historias.

La historia de él, en un principio. Trabajaba en el centro de restauración, cuando existía Concultura, hacía parte del equipo que estaba restaurando las iglesias en Boyacá. Llegaron, entre tantos lugares, a la iglesia de Santo Domingo en Tunja y empezaron a trabajar. Quitaron capas y capas de las paredes, una detrás de la otra y, de repente, detrás de una de esas capas encontraron una pintura mural bellísima. Eso dice él, que era bellísima. Entonces agarró su cámara y le tomó una foto. No quedó contento, sin embargo. La foto general estaba, sí, pero “cuando tú te acercabas a la pintura”, cuenta Castañeda, “veías la pincelada, el color, la textura, el detalle. Estaba descascarada en algunas partes porque se había deteriorado en algún momento de su historia”. Eso no aparecía en la imagen revelada.

Así fue que se le ocurrió la idea. Empezó a tomar fotos pequeñas, una detrás de la otra, de toda la pintura. Las tomaba por fragmentos, por cuadritos, asegurando el detalle de las texturas. Luego los fue uniendo, a través de una ampliadora, hasta que apareció ante sus ojos aquel mismo mural, en una fotografía, evidenciando todos sus tejidos. Eso lo hizo en tres meses, con una cámara análoga, antes de que encontrara una nueva oportunidad de probar su técnica.

Trabajaba, ahora, para la alcaldía, haciendo el reforzamiento estructural del palacio municipal. Llegó un día a trabajar y se encontró con andamios regados por todo el lugar y con un montón de muchachos midiendo con un metro las paredes del palacio y dibujando después de medir. Entonces les dijo que se bajaran, que desarmaran los andamios, que así no iban a acabar nunca. Eran como 15 o 20 muchachos. Y lo hizo de nuevo, tomó las fotos de los fragmentos, esta vez con una cámara de placas, digitalizó las placas y las escaneó. Así se dio cuenta de que con una cámara digital sería todo más fácil.

“Entonces le dije a Sole, ¿por qué no nos vamos para Cartagena y hacemos esto mismo?, y nos fuimos, recorrimos calles, y de ahí salió el primer libro sobre Cartagena: ‘La historia de Frente. Arquitectura de Cartagena de Indias’”, cuenta. Se llama La historia de frente porque es así, de frente, porque las imágenes que resultan no son las mismas que otras que se tomen en ese mismo lugar: fondos blancos, sin cielo ni postes de luz, las fachadas tal cual son sin el ruido visual de avisos publicitarios o de ropa tendida para secar.

Además de las imágenes el libro tiene textos en los que un historiador, experto, se encarga de darle pautas de interpretación al observador de las imágenes, para que ésta sea mucho más concreta. Pero el historiador no se entromete, no cuenta hechos históricos en sí, porque para eso está la arquitectura: “No es una historia de carácter político, ni social, ni económico. Es una historia contada por la arquitectura. No hay un historiador de por medio que pueda tener sesgos religiosos o políticos, que oculta ciertas cosas o enfatiza otras. No. La arquitectura es un testigo mudo que lleva 300 o 400 años ahí parado en distintas situaciones. Tuvo momentos de gloria, de belleza, representa que en algún momento hubo dinero o intereses económicos, que hubo cierto nivel de cultura, que hubo muchos recursos económicos porque, por ejemplo, ese tipo de casas no pudieron construirse sino en un periodo de bonanza económica, con patrones estéticos europeos”, afirma Castañeda.

El libro sobre Cartagena fue un éxito, ganó premios y todo. Después de ese vinieron más, uno sobre Mompox, otro sobre Bogotá y luego otros, un poco distintos, sobre diferentes pueblos colombianos. La gente, entonces, se les acercaba y les agradecía. “No me había dado cuenta de que eso era tan bonito y paso por ahí todos los días”, empezaron a escuchar. La gente se emocionaba al ver, de frente, el lugar en el que vivían, les contaba que habían llorado, que se les había saltado el corazón. Otros contaban otras cosas. Que los libros los habían impulsado a viajar, a conocer a su país, porque no era posible que no conocieran esos lugares tan bonitos.

“Esa es la mejor recompensa” afirma Maria Soledad Reyna, “ver cómo la gente responde a nuestro trabajo”. Y siguieron haciéndolo, metiéndose a los pueblos, a los barrios donde nadie se mete y presentándolos en un libro. Porque quieren hacer valer lo propio: “A ver si aprendemos a querer el patrimonio que tenemos. En la calle no lo vemos, es imposible, hay mucho ruido visual. Pero tenemos que cuidarlo y no empezar a demoler sistemáticamente como se hace en las ciudades. ‘Ah, eso es viejo, tumbémoslo”. No, esa es nuestra historia, puede que no sea tan espectacular como la de París, pero es la nuestra. Siempre decimos que los colombianos no tenemos raíces, claro que las tenemos. A nuestro modo y a nuestro nivel, pero claro que las tenemos”, dice Castañeda.
*Letrarte está presente en el pabellón 6 de la Feria del Libro.

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