En primera persona

Fracasos I

El miedo al fracaso se ha vuelto una constante entre las nuevas generaciones. Publicamos un texto de María Paula Acosta Lozada al respecto en nuestra sección "En primera persona".

Cortesía

¿Por qué? ¿Por qué no hacer elogio al ­fracaso? Cada vez que miro esas letras ajenas de una supuesta lucha, de querer estar a la par con la vida misma, que de por sí se defiende sola, y te ­frustras, porque al mirarte al espejo solo ves hipocresía, las circunstancias se tornan monótonas al ver que no lo logras, ni en lo público (twitter), ni en lo privado (tu esencia), no lo logras porque prefieres creer y tener esperanza, ¿esperanza de qué? ¿de ti?, no, no quiero escucharte por medio de ­frases reflexivas y al lado una fotografía, yo, lo que quiero es que me hables de tus miedos y tus fr­acasos, de ese ser imperfecto que está al borde y no tiene aliento, de que sales de ver una gran conferencia de derechos y privilegios, pero vuelves a tu casa y no cambias nada, de que sabes que se te acabaron las posibilidades, porque no hay fe, incluso no hay lealtad, ni contigo, ni con nadie, ni siquiera odio ni humildad y de que dejaste de pensar en lo malo o bueno del caso, quiero saber que no estigmatizas la razón, tu razón, quiero saber de tus verdades porque la verdad no tiene color, ni nombre, ni estilo, ni formas, porque es única y auténtica como para dis­azarla de palabrerías, de un afán de exponerse a costa de siempre querer tener la razón, y que te aplaudan para sentir aprobación y que cuando te dan cuerda inventas un personaje ajeno a ti, dices que no es así, pero eres necio, ni siquiera terco, necio, necio porque te obsesiona el hecho de estar en la “jugada”, de defenderlo todo y a la vez juegas a nada, no se puede jugar solo, sigues repitiendo el mismo discurso, ¿a quién quieres convencer?, ¿a ti?, ¿a dónde quieres llegar? Has creado una tormentosa certeza de eso que no eres, puedes decir lo que no eres, ¿está mal? ¿está bien? solo dilo, es verdadero y te creeré, te creerán si es lo que deseas, se puede llegar a un consenso del sentido común, del error y la pertenencia, pero no estás dispuesto a ceder, ¿por qué?

El mundo arde allí afuera. 

 

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