Frases de la vida

Hay en México un dicho tan hermoso como enigmático: “El que come y canta loco se levanta”.

En noviembre de 2008, Gabo aparece en la celebración de los 80 años del escritor mexicano Carlos Fuentes. /AFP

Siempre he tenido la curiosidad de averiguar su origen, aunque pienso que es una deformación poética de otro dicho español: “Al que come y canta un sentido le falta”. Comer cantando fue uno de los sueños de la infancia, sueño prohibido como tantos otros, pues siempre se nos dijo que cantar en la mesa espantaba a los duendes.

Estamos llenos de frases como esa desde el nacimiento. La costumbre de vivir con ellas, de regir por ellas nuestra conducta, se atribuye con demasiada facilidad a los abuelos, cuando en realidad es la vida toda la que nos llena con ella cada instante.

Los viejos refranes españoles fueron los primeros, y tal vez los que más temprano nos despertaron el sentido de la poesía. “Culos conocidos de lejos se dan silbos”, decía uno de ellos, por desgracia caído en desuso. Las madres que no querían ver a las hijas coqueteando en la calle, viendo bailes ajenos por las ventanas, tenían una manera de disuadirlas: “El buen paño en el arca vende”. Para referirse a alguien muy atolondrado, decían: “Es de las que confunden el culo con las témporas”. Durante muchos años lo oí decir, y nunca tuve el cuidado de averiguar qué eran las témporas, hasta hace muy poco tiempo, cuando una necesidad del oficio me obligó a preguntárselo al diccionario, y este me contestó: “Tiempo de ayuno que prescribe la Iglesia en las cuatro estaciones”. La absoluta falta de relación entre los dos términos del refrán me hizo apreciarlo más de lo que ya lo apreciaba desde niño.

No todos los refranes españoles estaban al alcance de los niños, por su puesto. Había uno bárbaro pero indiscutible: “Más pueden dos tetas que dos carretas”. Los valencianos decían lo mismo, pero más a la valenciana: “Tira mes un pel de figa que una maroma de barco”. Para hablar de una mujer que nunca se puso la ropa, decían: “A la que nunca llevó bragas las costuras le hacen llagas”. Sin embargo, casi tan deslumbrantes como los refranes son las desfiguraciones que se suelen hacer de los más corrientes. “Ojos que no ven, pisan mierda”. Dice uno. Y otro, muy chulo de Madrid: “Mal de muchos, epidemia”. Y otro, de un realismo inclemente: “Al que a buen árbol se arrima, si no lo ve nadie, se orina”. Un escritor original tituló su libro reciente: “Cría ojos”. Con todo, en materia de desfiguraciones ningunas me parecieron tan divertidas como las que hacíamos en la juventud a la obras de misericordia: visitar al desnudo, enterrar a los enfermos, dar posada a los muertos, dar de comer a los agonizantes. Las posibilidades eran enormes, y cada quien las arreglaba como mejor convenía a sus gustos.

En México —tierra de grandes dichos— hay uno estupendo para referirnos a algo que nos deja indiferentes: “Eso me hace lo que el viento a Juárez”. El origen, de acuerdo con un informador bien ilustrado, fue un huracán en Oaxaca, que arrasó con toda la población, pero dejó intacta en la plaza mayor la estatua de don Benito Juárez. El más certero de los refranes que recuerdo es del departamento colombiano de Antioquia: “Habla más que un perdido cuando lo encuentran”.

Ramón Gómez de la Serna —a quien algún día habrá que reivindicar como uno de los grandes escritores de la lengua castellana— nos llenó la adolescencia de frases hermosas con sus mejores greguerías: “El melón sabe a fresca y limpia madrugada”, dijo. Y otra: “La flauta canta por la nariz”. Y otra entre miles: “Puso a secar tantos guantes que parecía haber recibido una ovación de aplausos”. Por la época en que las greguerías estaban de moda, una generación entera de poetas colombianos dio en la flor de jugar con las palabras. Arturo Camacho Ramírez, cuya inteligencia del idioma asombraba a todos, hizo conversaciones de frases corrientes: a la vida social la convirtió en la socia vidal, a Santa Teresita la convirtió en Tanta cerecita, y al contraalmirante Piedrahíta en el Piedraalmirante Contrahíta. Con esa técnica, hizo la mejor. “Se botan forrones”. Al poeta Jorge Rojas se le atribuyen dos frases de aquella cosecha: “La tortuga es una totuma llena de lentitud”. Y otra: “La sirena no abre las piernas porque se quedó escamada”. La cartilla de leer había marcado la pauta con aquellas frases que no pretendían nada más que aliteraciones útiles, y sin embargo se asomaban a los límites de la poesía: “Otilia lava la tina”. “La mula va al molino”. “El adivino se dedica a la bebida”.

Ya de adultos, la publicidad nos ha ido llenando la vida de frases y consignas que terminan por ser refranes de nuestro tiempo. Durante muchos años, una empresa aérea se anunció con una frase que se incorporó a nuestro hablar cotidiano: “Volar es natural a los holandeses”. La imagen del holandés errante, que tal vez nace dentro de nosotros, se hizo más vívida con esa frase, que al fin y al cabo no decía una verdad. Durante la Segunda Guerra Mundial, una famosa marca de cigarrillos se vio obligada a quitarle a su cajetilla el color verde tradicional. “El verde se fue a la guerra”, fue su explicación publicitaria. Se decía de un modo corriente, que tarde o temprano su radio sería Philips, o que había un Ford en su futuro, aunque en el fondo del corazón todos sabíamos que no era cierto. En Colombia, en cambio, una compañía de seguros contra incendios concibió la frase de la verdad. “El fósforo tiene cabeza pero no tiene corazón”.

Los sabores, los sonidos y los olores nos han obligado siempre a forzar el idioma para describirlos. Hace muchos años, en una alcoba ajena, oí durante toda la noche a un cordero amarrado en el patio que lanzaba un balido idéntico y de una regularidad inclemente. La dueña de la alcoba, deslumbrada por la simetría de aquel lamento, dijo en la obscuridad. “Parece un faro”. Hace mucho años en París, la bella y voluntariosa Tachia Quintana improvisó una tisana con cuantas hierbas secas encontró en los armarios, y cuando la probé creí encontrar la descripción exacta: “Sabe a procesión”. Por eso entendí tan bien al Che Guevara cuando probó la primera bebida que hizo en Cuba para sustituir la Coca Cola, y dijo sin vacilar: “Sabe a cucaracha”. Nadie, que sepa, se ha comido una cucaracha, pero es difícil que alguien no entienda a qué sabía aquel refresco nuevo. Cuántas veces hemos tomado un café que sabe a ventana, un pan que sabe a baúl, un arroz que sabe a depósito, una sopa que sabe a rincón. Un amigo probó en un restaurante de París unos espléndidos riñones al jerez, y dijo suspirando: “Sabe a mujer”. En un ardiente verano en Roma probé una vez un helado que no me dejó la menor duda: sabía a Mozart.