Fútbol, drogas y heridas: el círculo cerrado de Walter Casagrande

El deportista fue el único brasileño que ganó el Mundial de Rusia. La Seleçao cayó en cuartos, pero el exídolo del Corinthians se llevó un premio mayor: irse totalmente sobrio, algo que no había conseguido en las otras Copas donde trabajó como comentarista, ni en la que disputó en México-1986.

Casagrande creció admirando al carismático Sócrates, nueve años mayor, y alcanzó su sueño de jugar con él en el 'Timao'.AFP

Fueron 38 años de adicciones que no le mataron de milagro, hasta que hace una década comenzó un duro tratamiento que acabó compartiendo con todo Brasil.

Pilar de la Democracia Corinthiana junto a su 'hermano' Sócrates, al que el alcoholismo mató en 2011, nunca pensó que vería a un exmilitar como Jair Bolsonaro llegar al poder solo 34 años después del fin de la dictadura que ayudaron a derribar. 

Rockero, competitivo y rebelde, en 2019 debe arrancar el rodaje de una película sobre su vida. Material no le falta a quien vivió casi cuatro décadas en el infierno.

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"Yo ya consumía drogas antes, pero después de dejar de jugar se convirtió en algo voraz, mi poder de autodestrucción creció mucho", explica este corpulento exdelantero, que a los 55 años aún mantiene sus característicos rizos negros de cuando era un ídolo del Brasil de los 80. 

Después de cuatro sobredosis por cocaína, 'Casao' tocó fondo en 2007 tras un grave accidente de coche. Al despertar, estaba ingresado en una estricta clínica de rehabilitación en las afueras de Sao Paulo. 

"Estuve internado un año y allí comencé a hacer terapia para tratar de arreglar mi vida. Me di cuenta de que parar de jugar al fútbol me había dejado un agujero enorme, que me estaba haciendo sufrir muchísimo", cuenta agitando sus dedos decorados con dos anillos de calaveras. 

Intenso, si volviera atrás cambiaría muchas cosas de una carrera que le llevó a jugar en el Oporto o a triunfar en el Torino, pero sobre todo se regalaría una despedida del deporte que le montó desde muy joven en una vida que iba demasiado deprisa y que, de repente, le soltó la mano a los 32 años. 

"Yo no hice una despedida del fútbol, Sócrates tampoco, y fuimos dos personas que se lanzaron a un camino de muerte", lamenta en una sala de la TV Globo, donde es uno de los comentaristas más queridos. 

Libertad

Hijo de una familia obrera de Sao Paulo, Casagrande creció admirando al carismático Sócrates, nueve años mayor, y alcanzó su sueño de jugar con él en el 'Timao'. Inseparables, simbolizaron la Democracia Corinthiana, el revolucionario sistema asambleario que instauraron en el equipo en los coletazos de la dictadura (1964-1985).

El doctor fue el caótico padrino de su boda y su cómplice, aunque los últimos años estuvieron distanciados. Se reconciliaron cuando una hemorragia digestiva derivada de la cirrosis mandó al genial centrocampista al hospital. Falleció cuatro meses después. 

"Sócrates bebió mucho, toda la vida. Murió de alcoholismo porque le gustaba beber, pero estoy seguro de que era para olvidar lo que le hacía daño. La droga conmigo hizo el mismo papel", confiesa.

Juntos subieron al palco del histórico mitin por las elecciones directas que llevó a un millón de personas al corazón de Sao Paulo en 1984. Imposible imaginar para aquel impetuoso 'Casao' de puño en alto que alguien como Bolsonaro -abiertamente nostálgico de aquella dictadura- seduciría al 55% de los brasileños tres décadas después. 

"Nunca pensé eso, porque fue una lucha de 20 años para que los militares salieran y volviera la democracia, para que acabara la censura, las personas vivieran sin miedo...", reconoce. 

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"Muchos militares en el gobierno asustan, pero no se puede decir qué va a pasar", añade cauto, sin querer hacer comparaciones con la nueva administración -donde hay siete miembros del Ejército-, que en el momento de la entrevista aún no había arrancado oficialmente. 

Pese a no compartir en nada la ideología del ultraderechista, Casagrande no dudó en defender al volante del Palmeiras Felipe Melo cuando dedicó un gol a Bolsonaro durante la campaña electoral.

"Todos los jugadores tienen derecho a manifestarse. Ahora nadie opina nada, cada uno se ocupa solo de su vida y parece que el futbolista brasileño vive en otro planeta. Eso me incomoda mucho", replica.

No le gustó lo que dijeron Melo, Jadson o Lucas Moura -que apoyaron a Bolsonaro-, pero sí que se expresaran.

Victoria

Él ya está del otro lado y se siente más libre. 

"Es mucho más placentero jugar, pero mucho más cómodo ser periodista deportivo", reconoce sonriendo. 

Centrado en mantener bajo llave a sus demonios, ahora disfruta de la música, el cine y el teatro, placeres que reencontró al liberarse de las drogas. 

Lleva cuatro años sin probar siquiera el alcohol, pero con sus psicólogos lejos, Rusia era la prueba de fuego. Y tras cuatro décadas en el abismo, por fin, antes de que arrancara en Moscú la decisión Francia-Croacia sintió que había ganado. 

"Pasé una página en la Copa del Mundo, cerré mi pasado de drogas", asegura.

Ahora tiene toda la vida por delante.

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Fútbol, drogas y heridas: el círculo cerrado de Walter Casagrande

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