Gabo, instrucciones de uso

Cinco autores en alza desgranan su fascinación por el Nobel colombiano.

Gabriel García Márquez y su particular manera de aplaudir, descrita por Juan Cruz. /EFE

Muchos son los escritores que han expresado su admiración por el mundo de Gabriel García Márquez; otros cinco autores hispanohablantes, de gran proyección, rindieron en 2012 homenaje al Nobel colombiano y dieron claves sobre su territorio literario.


* Vida Hecha Literatura

Por: Wendy Guerra

Esperaba llorosa con un par de maletas en la puerta de la Escuela de Cine, la que él fundó. No era una buena alumna, me escapaba de San Antonio de los Baños. Solo quería escuchar a Gabo pero me había portado mal. Al fin llegó, todos se apilonaron para verlo… yo no podía subir a su clase; lo miré para no olvidar su cara; entonces él se abrió paso entre la gente y preguntó: “¿Quién es Wendy Guerra?”. Entre la confusión lo condujeron a la esquina donde esperaba la guagua. No se habló más, juntos caminamos hasta el comedor donde “las tías” le sirven y explican lo que les ha gustado o no de sus últimos libros. En clase entendí que la naturalidad con la que Gabo atina lo mágico se debe a la capacidad de aceptar y manejar su delirio caribeño usando con maestría los instrumentos clave que otorga la lengua española, fusionada a la atractiva oralidad colombiana. No existe una novela suya que no esté basada en la realidad, ¡ah! pero de esa realidad emergen asuntos interiores que aquí, en estas costas, uno siempre disimuló. Los vasos de agua para los espíritus, el cordón rojo que llevo en mi cintura, el dorado con que cubrimos los mitos de la pobreza para remontarla. El peso de los muertos, el entresijo vernáculo del poder, la manía de comernos la cal o… la dilatación del deseo en un brebaje almendrado (último recurso para amarse en la eternidad), Gabo descubrió la literatura del subcontinente. En aquellas clases (que se conservan grabadas) cada vez que alguien trataba de resolver puntos de giro con repentinos desastres o algún incoherente misticismo, él lo impedía, sus reglas de verosimilitud eran claras: “Alguien quiere algo y alguien o algo se lo impide”. Lo irreal debe sentirse cierto y ese “algo” debe ser realmente creíble en su contexto; porque sabemos que aquí, mientras sucede lo maravilloso, lo sublime, lo increíble, la ropa se seca tendida al sol y los plátanos se pudren en el traspatio, eso somos, y él solo vino a decirlo, muy bien dicho, con música que recuerda los Cantos Rodados de la costa. Su asistente en Cuba se llama Alquimia y su amiga de los años, Lola, a ambas les he preguntado cómo fue que llegué yo hasta Gabo, y ellas siempre me contestan lo mismo: “Volando, mi niña, volando”.


* Alquimista del cuento

Por: Eduardo Halfon

García Márquez es un cuentista de laboratorio. Acude al cuento como a un espacio donde experimentar y poner a prueba sus ideas. “Un género de práctica”, ha dicho. “Ejercicios de piano”, los ha llamado. Al terminar Cien años de soledad, García Márquez de nuevo recurrió al cuento como un “buen purgante para la indigestión del pasado”, y resultó escribiendo la colección de relatos La cándida Eréndira. “Cuentos experimentales” los llamó, a través de los cuales “encontré el embrión de El otoño del patriarca”. En sus cuentos, es ese pintor de bocetos que cree estar solo practicando para su obra más importante, alistándose para su lienzo total, casi sin darse cuenta de que en esos rápidos bosquejos, en esos esbozos y experimentos de laboratorio, ha ido plasmando una obra quizás más sincera y espontánea, quizás mayor. Hay algo aun más sublime y humano en los bocetos mismos del Guernica.


* Voz Universal

Por: David Monteagudo

He disfrutado mucho leyendo Cien años de soledad, y las otras novelas “grandes” del autor, o los relatos de La hojarasca; y he reconocido el aliento del gran narrador de voz universal. Pero la revelación más poderosa la tuve con la lectura de Relato de un náufrago, una obra en la que —como ocurre en A sangre Fría, de Capote— se empieza revelando al lector el final de la historia y el destino de sus protagonistas, y además de forma radical en el caso del colombiano, que parece que tiene prisa por soltar lastre de cualquier tipo de suspense, y lo hace en el mismo título, larguísimo, explicativo y de resonancias clásicas. El autor desaparece por completo en esta narración: renuncia a su universo personal, escogiendo un hecho real, convirtiéndose en periodista de un suceso reciente, se convierte en la voz del protagonista, un hombre sencillo, inteligente pero no culto, y a pesar de todo consigue interesarnos, y más aún: apasionarnos con un relato tan aparentemente fácil como intenso, que lleva de la mano al lector, que lo arrastra en un placentero “querer seguir leyendo”. Lo que hay detrás de ese pequeño prodigio es simplemente un gran escritor, y para mí fue una revelación, un referente, porque ejemplifica lo que desde el principio, de forma intuitiva, ha sido mi ideal del escritor: Un narrador que renuncia a lo referencial, a la intertextualidad, que prescinde de discursos y de coartadas ideológicas o intelectuales, y se limita a la tarea humildísima de contarnos una historia con las palabras más adecuadas para hacerla comprensible.


* Hechicero de títulos

Por: Clara Usón

Recuerdo cómo descubrí a García Márquez. Mi madre había dejado abierto sobre el brazo de un sofá el libro que estaba leyendo, El coronel no tiene quien le escriba y ese título me llamó la atención. ¿Por qué nadie escribía al coronel? ¿A qué se debía su espantosa soledad? Tenía que averiguarlo con urgencia, de modo que secuestré el libro y no se lo devolví a su legítima y airada propietaria hasta que sacié mi curiosidad. Él tiene algunos de los mejores títulos de la literatura castellana: Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, La mala hora, Crónica de una muerte anunciada (quizá el más parafraseado de nuestra literatura) o La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada (el más divertido). Para una adolescente de la España franquista, acostumbrada a títulos parcos, austeros, casi severos, como Las ratas, El camino, La colmena o El Jarama, los asombrosos títulos de García Márquez prometían la entrada a un mundo desconocido donde se respiraba un aire de libertad.


* La fortuna de leerlo

Por: Patricio Pron

Quizás lo que distinga a un escritor realmente grande de uno mediano o pequeño no sea más que la imposibilidad de leer sus textos pasando por alto lo que sabemos de él; cuando ese escritor es Gabriel García Márquez, la dificultad es enorme. A la figura del premio Nobel se adhieren algunas imágenes surgidas de sus libros y otras que le son extrañas pero que lo persiguen insistentemente a raíz de sus posiciones públicas y su compromiso político. Más interesante que ellas es el hecho singular de que su obra haya sido, de algún modo, “secuestrada” por un cierto tipo de literatura comercial que se ha valido de una entonación y de unos procedimientos y recursos que le son propios para producir textos inferiores a los del colombiano y en las antípodas de su visión de la literatura y de la vida. Naturalmente, nada puede impedir que los escritores latinoamericanos vuelvan a inventarse pueblos imaginarios donde la gente vuela, pero es importante discutir el secuestro de la obra de García Márquez por parte de esa litera.
 

 

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