Gabo, en la parranda eterna de los poetas

Un repaso por el archivo abierto en la Universidad de Texas revela desde la obsesión periodística de Gabriel García Márquez por corroborar cada dato periodístico o de ficción hasta sus contradicciones entre la ideología y la vida.

El cuarto de lectura del Ransom Center de la Universidad de Texas, en Austin, está bordeado por bustos de escritores y objetos que obligan a la veneración. El busto de Gabo, obsequiado por la familia, permanece al lado del gran James Joyce. Acceder a los archivos de García Márquez en este ambiente reverencial caoba transporta al lector a un tiempo en el que el inmortal muchacho de Aracataca, de bigote ralo, se debatía entre lo mundano y la gloria solitaria obtenida con el golpe preciso de sus dedos.

En este santuario de la literatura reposan los archivos de los escritores tutelares de Gabo: Ernest Hemingway, William Faulkner y Jorge Luis Borges, y se espera que dialoguen entre ellos con el transcurso del tiempo a través del trabajo de los investigadores y aficionados a la literatura que tenderán puentes entre esas voces inmortales.

Marcas de colores sobre la novela inédita

En Agosto nos vemos, la novela inédita de García Márquez, conserva seis versiones distintas con correcciones. En la versión tres del texto mecanografiado escrito de junio a julio de 2004 se lee la llegada a una isla de Ana Magdalena Bach con el propósito de visitar la tumba de su madre, ubicada en el “cementerio de los pobres”, y depositar sobre ella un “ramo de gladiolos frescos”. Gabo, que ha metido mal el dedo y ha escrito “gladiolas”, tiene que pasar por el trabajo de tachar la a y agregar una “o” flotante a lápiz.

Ana Magdalena debe hospedarse en un hotel y esperar hasta las nueve de la mañana del día siguiente por el único transbordador que la llevará de vuelta a casa. Durante estas visitas anuales a la tumba de su madre, la mujer vive una serie de aventuras extramaritales que la arrojan al vértigo y al hastío. Gabo describe a la mujer al final de su relato cargando un saco con los huesos de su madre, llena de remordimiento hacia la isla.

Gabo dobló algunas hojas y pasajes de la historia, sujetó los dobleces con pinzas y señaló con grandes flechas rojas los lugares donde debería ser puestos esos pedazos en una versión futura. También usó colores diversos para significar distintos tipos de ediciones. Otras veces simplemente tachaba con furia. Circulaban palabras repetidas, verbos flojos o sustantivos que hacían referencia a una época lejana, como “neceser.”

“La gran impresión que me queda del autor de Cien años de soledad, de El Otoño del patriarca y de El coronel no tiene quien le escriba, obras maestras de la literatura universal, es que después de todo Gabo era humano. Tenía que sudar y batallar con la creación literaria como un simple mortal, de una manera no muy distinta a la de un estudiante que corrige y revisa su ensayo final para una clase”, dijo José Montelongo, especialista en literatura y quien viajó a la Ciudad de México con el director del Ransom Center para revisar los papeles de Gabo antes de su compra.

Gabriela Polit, profesora de literatura del Departamento de Español de la Universidad de Texas, aseguró: “Lo que me parece interesante es esa forma de corregir que se ve aquí. Todos sus conocidos decían que él marcaba con verde y rojo (sus textos). Me parecería interesante saber qué significa el verde, qué significa el rojo, en un proceso de composición, que creo que es musical, que creo hay que hacerlo en voz alta para realmente entender lo que significan esos colores”.

Técnicas de reportero

La lucha de Gabo no es sólo con la corrección del lenguaje, sino con la memoria y la precisión casi periodística de los datos. El fólder que contiene los materiales de investigación de sus memorias Vivir para contarla (1948-2003) revela su obsesión por confirmar cada dato. La soltura despreocupada del recuerdo en sus memorias es entonces un artificio, porque Gabo tenía a su asistente Margarita confirmando cada uno de los pasajes con llamadas telefónicas, faxes y archivos de prensa.

Los artefactos de verificación son numerosos: un cuadro con los hijos, nietos, bisnietos y tataranietos de la familia García Márquez, al mejor estilo del árbol de los Buendía; los teléfonos y datos de sus compañeros del Liceo en Zipaquirá; la confirmación de quiénes eran los rectores o párrocos de los lugares de su juventud; comunicaciones directas con historiadores, periodistas y testigos para corroborar hechos; la edición fotocopiada de la revista Semana del 24 de abril de 1948 con el extenso reportaje sobre el asesinato de Gaitán; relatos periodísticos de la muerte de Camilo Torres y de Guadalupe Salcedo; el número de guerras civiles en Colombia; la fecha de la renuncia del expresidente Alfonso López Pumarejo; los detalles de la invasión peruana a Colombia, en 1932; carta a la Sociedad de Historia de Missouri preguntando por la visita del piloto Charles A. Lindberg a Cartagena el 26 de enero de 1928, y la distancia exacta en kilómetros entre Bogotá y Chiquinquirá.

En uno de los telegramas le pide a Margarita averiguar durante cuántos años Gonzalo González escribió su columna para El Espectador.

Margarita le cuenta por escrito que habló con Stella y que es muy difícil determinar los años del columnista en el diario, pero agrega: “Me contó que un día Gonzalo caminaba por la Jiménez, un poco debajo de la carrera séptima donde quedaba un salón de té llamado Monteblanco, muy contento con un abrigo elegantísimo. Se encontró contigo, (Gabo), y te contó que lo acababa de comprar. Entonces le contaste que ibas para el mismo almacén a recoger un abrigo exactamente igual que tú también habías comprado”. La ocurrencia no viene directamente de la memoria del escritor, sino de la memoria de un tercero que recuerda el encuentro.

Las notas al margen de El otoño del patriarca y su investigación alrededor de la vida de Bolívar para El general en su laberinto también desentrañan esa misma meticulosidad en la ficción.

En una de las correcciones, cuando el dictador del Otoño aparece herido de amor y deambula por el palacio cogiéndose el corazón, Gabo inserta a mano un párrafo largo en el que agrega la escena en la que el caudillo llama a su ministro de la Salud y le pide que le corte el brazo derecho. El ministro le responde que esa orden no la cumple aunque lo fusile, porque “es un asunto de justicia, general, yo valgo menos que su brazo”. En sus notas de investigación complementarias exhibidas por el Ramson Center incluye las fechas y las anécdotas de otros dictadores latinoamericanos sobre los que basó la construcción de su patriarca, así como los detalles de Simón Bolívar y sus dolencias.

Voces inmortales que dialogan

Desde la oscuridad de los archivos, en el espacio apacible de lectura de la biblioteca de ébano, surge la voz hostil de Ernest Hemingway. En una carta dirigida a Mr. Rider, escrita desde la finca Vigía de San Francisco de Paula, Cuba, y fechada el 29 de julio de 1956, Hemingway se refiere a la literatura de William Faulkner en términos soeces. “Lo más leíble de Faulkner es Santuario y Pylon. Pienso que no es tan cabrón como yo. Algunas de las cosas sureñas son buenas y algunas cosas de negros son muy buenas; también un cuento titulado El oso vale la pena leerlo. Su más reciente libro, Una fábula, no es pura mierda. Es mierda impura diluida..”.

Un recorte de prensa anexo recuerda que esa carta de Hemingway insultando a Faulkner fue vendida por Gregory Mozian por US$1.500 el 8 de diciembre de 1964 en una subasta pública, junto a la correspondencia de John F. Kennedy.

Luego están los pasajes de Hemingway escritos a mano, de pie, con las letras “y” y la “g” en forma de anzuelos, como si tendiera a cada trazo redes de pescador sobre una bahía luminosa. Luego están sus innumerables palabras en español perfecto: sus “plazas”, mares y “burladeros”, sobre páginas amarillentas que el tiempo amenaza con devorar y hacer polvo.

La voz sureña de Faulkner se levanta apacible desde los archivos como el susurro de un río. Ha escrito en tinta azul el borrador de su cuento Intruso en el polvo. A lo largo de las páginas deja ver su lucha por replicar las voces y el tono de los trabajadores negros del sur. Una versión de Absolom, Absolom! (1936) está escrita a mano con su letra menuda de insecto y párrafos largos agrupados en bloque, como batallones de soldados sobre un campo abierto, listos para embestir unos contra otros.

Con huellas de tinta de la máquina de escribir, en la página 84 del borrador de su libro Mientras yo agonizo (As I Lay Dying), Faulkner describe cómo la familia ha metido a la protagonista en el ataúd. Esas imágenes, cargadas del peso de la muerte, marcarían la técnica y el ritmo de La Hojarasca de Gabo en 1955.

Luego Faulkner dibuja sobre esa página a pulso la forma del cajón para ilustrar la forma en que Cash ha tallado la madera en forma de un reloj de pared. Y agrega una nota al margen para su editor con el fin de tranquilizarlo: “Puedes hacer este dibujo con regla fácilmente. Necesitas forjar un grabado”.

Después aparece la voz de Jorge Luis Borges avanzando a tientas con la fineza de su ceguera de poeta. Borges fue traductor al español de Faulkner y calificó de incómodas y exasperantes algunas de las novedades técnicas de escritor estadounidense.

Pero en el archivo no se encuentran rastros de esas impresiones. Por el contrario, hay un espíritu eufórico hacia los escritores. En una carta que envía a Güiraldes y a Brandón, Borges lamenta la desaparición de la revista literaria Proa, que él dirige. Les escribe a sus amigos el poema En una muerte (ya resucitada) de Proa. La misiva, escrita a mano y fechada con letras “en julio del novecientos veinticinco” dice: “...Eso será el Juicio Final. Todo bicho viviente será justificado y ensalzado y se verá que no hay ningún Infierno, pero sí muchos Cielos. En uno de ellos (Uno que daba a Buenos Aires y que mi novia tuvo en los ojos) nos encontraremos reunidos y empezará una suelta tertulia, una inmortal conversación sin brindis ni apuros…”.

Las voces poéticas resuenan contra las paredes del santuario, brindan a carcajadas en medio de la conversación inmortal propuesta por Borges, se mezclan como fantasmas sobre las bóvedas heladas y arrojan un viento suave que estremece los bordes del papel marchito.

Montelongo asegura que lo enriquecedor del archivo del Ramson es precisamente esa capacidad de “poder comparar y contrastar el proceso creativo de los escritores y entender la influencia importante que tuvieron sobre Gabo, hasta convertirse finalmente en sus pares” en la línea circular del tiempo.

Cartas marcadas por la contradicción

“Hay cartas que también reportan las reacciones de Gabo a la traducción de un libro o incluso al divorcio de un amigo. En una de ellas le escribe (al despechado), ‘¡todas las mujeres son Úrsula Iguarán!’ Entonces habrá ese tipo de comentarios divertidos que tienen más que ver con el chisme del archivero, pero son las joyas que a veces te encuentras”, asegura la profesora Polit, quien obtuvo antes que nadie acceso al archivo.

Repasando la correspondencia temprana de Gabo con el periodista y escritor barranquillero Álvaro Cepeda Samudio, su amigo del alma, se encuentra uno con sorpresas. Gabo le recomienda a Álvaro en una carta fechada el 25 de junio de 1967:

“Escriba la novela pero no la mande a la Esso: Vidal Buzzi la está esperando, y si lo que quiere es un premio yo le consigo el Biblioteca Breve, que para eso soy jurado. Acuérdese que si yo vuelvo a nacer volveré a hacer todo exactamente igual, menos ganarme el premio Esso: Es la única mancha en mi carrera virginal (…) El otro día estaba contestando una entrevista para Life y ya iba a decir con toda mi boca de sapo que nunca me ensuciaría las manos con el oro del imperialismo, cuando me acordé de ese cabrón premio, y tuve que cerrar a tiempo la jareta del culo. No hay que trastornar la coherencia inalterable de un concurso cuya gloria se funda precisamente en demostrar que la novela colombiana es una mierda”.

Las cartas precisamente revelan las contradicciones entre la ideología y la vida diaria de Gabo. Su ansiedad, por ejemplo, por comprar una casa grande en Barranquilla, sus líos importando un auto y su empeño en que sus hijos entraran a buenos colegios y aprendieran inglés.

En las cartas a su compadre le cuenta con emoción el éxito en ventas que ha tenido en Estados Unidos la traducción al inglés de su novela Cien años de soledad.

El 27 de abril de 1968 le escribe un mensaje a Cepeda en el que revela su desdén por la Unión Soviética: “El verano lo pasaremos en París, dos meses, y uno en Londres. Tengo una invitación para Moscú, pero no voy, porque esa es la aldea más aburrida del mundo y el marxismo no da para tanto”.

En otra misiva narra una entrevista que ha tenido con la agencia de noticias americana UPI: “Me preguntaron que por qué no vivía en Colombia y contesté por la tangente que el único lugar del mundo donde no puedo vivir es en Estados Unidos, porque es el único que me niega la visa”, le cuenta a Cepeda.

Su posición hacia el gobierno de Estados Unidos se ablandaría durante Bill Clinton, gran admirador de su obra, y por su mediación en los 90 para restablecer las relaciones entre La Habana y Washington, pero es curioso que su legado se encuentre ahora en el corazón de uno de los estados más grandes de la Unión, en un país al que temía y que en el pasado lo trató como un paria.

Pero una cosa son los gobiernos y otra los poetas, como indicó Charles Hale, director del Instituto de Estudios Latinoamericanos de UT, durante la inauguración de la conmemoración de Gabo. Y los poetas se embriagan con palabras en cualquier esquina y trasciende con sus imágenes a toda forma de poder e inmortalizan a la pobre condición humana.

 

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