Gabo y El Espectador

Gabriel García Márquez pasó por este diario mientras se consagraba como periodista y escritor, y dejó una huella indeleble.

—Señora, su niño tiene una enfermedad grave: está muerto. Sin embargo —prosiguió— haremos todo lo posible por conservarle la vida más allá de su muerte […] Sabremos de su vida por el crecimiento que continuará también normalmente. Es simplemente “una muerte viva”. Una real y verdadera muerte...”. Esta cita, que parecería el presagio tanto de su muerte como de su inmortalidad, pertenece al primer cuento –que es también el primer texto– de Gabriel García Márquez publicado en El Espectador: el 13 de septiembre de 1947, en el suplemento cultural de los sábados que coordinaba Eduardo Zalamea, apareció “La tercera resignación”. Ese cuento marcó el comienzo de una relación estrecha.

De 1947 a 1952 se publicaron en el periódico quince cuentos de García Márquez, que a petición de Álvaro Mutis se trasladó a Bogotá en 1954 para trabajar en El Espectador como reportero y crítico de cine. Pronto se convertiría también en un brillante cronista: “El tiempo y el mismo oficio han demostrado que el sistema nervioso del periodismo circula en realidad en sentido contrario. Doy fe: a los diecinueve años —siendo el peor estudiante de derecho— empecé mi carrera como redactor de notas editoriales y fui subiendo poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso”, decía.

En 1955 se publicó en el diario, Relato de un náufrago, la serie de catorce crónicas basadas en las entrevistas que García Márquez le hizo al joven marinero que sobrevivió a un naufragio, Luis Alejandro Velasco. La publicación de los artículos dio lugar a una controversia pública por la que fue enviado a París para ser corresponsal extranjero de El Espectador. Allí, García Márquez escribió sobre sus experiencias en El Independiente, el periódico que sustituyó a El Espectador entre 1953 y 1957, durante el gobierno militar del general Gustavo Rojas Pinilla: “La prensa estaba censurada, y el problema diario de los periódicos de oposición era encontrar asuntos sin gérmenes políticos para entretener a los lectores. En El Espectador, los encargados de ese honorable trabajo de panadería éramos Guillermo Cano, director; José Salgar, jefe de redacción; y yo, reportero de planta”. Ninguno era mayor de treinta años. De ese equipo nació el “periodismo literario” o “nuevo periodismo”, una corriente que se mantiene viva en la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano, iniciativa de García Márquez, su hermano Jaime García Márquez y Jaime Abello Banfi en 1994.

Tras el triunfo de la revolución cubana en 1960, García Márquez viajó a La Habana, donde trabajó en la agencia Prensa Latina, creada por el gobierno cubano. Seis años después se publicó el texto más importante que se ha publicado en El Magazín literario de El Espectador: el primer capítulo de su novela más ambiciosa y reconocida, Cien años de soledad.

Luego vinieron años de gran producción literaria. Por ello, por esos mismos años, se publicaron en el periódico varios textos importantes de y sobre García Márquez: “La cuerda floja”, el 20 de agosto de 1967, un texto de Luis Hars que exalta la figura y el trabajo novelístico del entonces futuro ganador del premio Nobel en un país que, antes de García Márquez, se había destacado “por producir algunas de las peores obras del continente”; una entrevista que gira en torno a la publicación de El otoño del patriarca, el 29 de noviembre de 1970; el cuento “El ahogado más hermoso del mundo”, el 12 de marzo de 1972; “El rastro de tu sangre en la nieve”, entre muchos otros.

Junto a intelectuales y periodistas de izquierda, en 1974 García Márquez fundó Alternativa, una revista que duró hasta 1980 y marcó un hito en la historia del periodismo de oposición en Colombia. Dos años después llegó el Nobel, que lo consagró definitivamente como el escritor más importante de las letras colombianas. “Le debo al periodismo la mitad del tiempo”, dijo por esos días García Márquez, y luego volvería a escribir para el periódico en el espacio de una columna semanal.

Su historia con El Espectador no se acaba con su muerte. Le rendimos y le seguiremos rindiendo homenaje a aquel que hizo literatura, periodismo y una fusión fantástica entre ambos, desenfocando las tradicionales divisiones: “Mi problema original como periodista fue el mismo de escritor: cuál de los géneros me gustaba más, y terminé por escoger el reportaje, que me parece el más natural y útil del periodismo. El que puede llegar a ser no solo igual a la vida, sino más aún: mejor que la vida. Puede ser igual a un cuento o una novela con la única diferencia —sagrada e inviolable— de que la novela y el cuento admiten la fantasía sin límites pero el reportaje tiene que ser verdad hasta la última coma. Aunque nadie lo sepa ni lo crea”.

 

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