Gabriela Mistral: más allá de la poesía

Hace 70 años, Mistral se convirtió en la primera mujer premiada con el Nobel de Literatura. Gracias a ella, las letras iberoamericanas comenzaban a conocerse en el resto del mundo.

Gabriela Mistral (seudónimo de Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga) nació en Vicuña el 7 de abril de 1889 y murió en Nueva York el 10 de enero de 1957. / Archivo

En el mes de abril hace 70 años, la Academia Sueca otorgó por primera vez en su historia el Premio Nobel de Literatura a una mujer de facciones mestizas y, con ella, a todo a un continente. Se trataba de Gabriela Mistral, seudónimo literario de Lucila Godoy Alcayaga (Vicuña, 1889 - Nueva York, 1957), quien con su particular sencillez, recibía el galardón meses después con estas palabras: “Hoy Suecia se vuelve hacia la lejana América ibera para honrarla en uno de los muchos trabajos de su cultura. El espíritu universalista de Alfredo Nobel estaría contento de incluir en el radio de su obra protectora de la vida cultural el hemisferio sur del continente americano, tan poco y tan mal conocido”.

Hija de la democracia, llegó a ser la poetisa más notable de la cultura chilena e iberoamericana, exponente de un lirismo humano y sencillo posterior al modernismo que convivió con otras manifestaciones más vanguardistas, como las de un Vicente Huidobro. Pero hay que destacar que su obra no se ciñe solamente a la poesía, recogida en libros como Desolación (1922), Tala (1938), Ternura (1924) o Lagar (1938), y otros poemas póstumos, sino que también dejó una abundante obra en prosa, con valiosas reflexiones y descripciones propias de su fina sensibilidad y de su enorme bagaje cultural que la hacían ser un verdadero faro para las conciencias de su época.

En efecto, reflexionó sobre los problemas más importantes de nuestra sociedad, como los derechos humanos (incluso perseguida por el fascismo de Mussolini), la educación, sobre todo de la mujer (“La mujer instruida deja de ser esa fanática ridícula, esa esposa monótona que para mantener el amor conyugal no cuenta más que con su belleza física”, decía a los 17 años), al ser llamada por el gobierno de México a implementar la reforma revolucionaria iniciada por José Vasconcelos al lado de personalidades como Alfonso Reyes; pero también la defensa de los más humildes y desprotegidos, entre los más sentidos.

Pues su vida fue un vivo ejemplo de superación, siendo abandonada por su padre y luego excluida de la escuela primaria (acusada injustamente de robarse unos útiles escolares), para asumir su propia educación hasta llegar a ser maestra no sólo rural (escribía bellos poemas de contenido social y didáctico), sino de toda América, invitada con su cátedra a distintos gobiernos en el mundo.

Y para conocer esta faceta, podemos citar la magnífica compilación que de su obra hiciera el maestro Otto Morales Benítez para el Convenio Andrés Bello, que en más de 1.500 páginas nos muestra a la intelectual a través de ensayos, semblanzas biográficas, visiones y crónicas, para conocer la amplitud de sus intereses y el alcance universal de los mismos. Al respecto dice en el prólogo: “Como humanista integral alcanzó a escribir sobre tópicos muy variados que tocaban puntos sensibles de la situación política, cultura, social, económica y espiritual de los países que visitó o que conocía por estudios o referencia”, destacando entre otros “la indagación por el destino del continente y el de un lenguaje que se ha ido formando lentamente en un espacio de mestizaje creador”.

Asimismo, como escritora, pueden leerse las múltiples colaboraciones que envió a los diarios colombianos ininterrumpidamente durante más de 30 años desde 1920 hasta mediados de los 50, cuando muere, y que son un muestrario profundo de sus inquietudes literarias, filosóficas y sociales. Allí se destaca como cualidad estilística el tratamiento de los temas que “nos acercan por igual a lo cotidiano como a lo trascendental donde se exalta el trabajo de la mujer en América”. Pues de acuerdo con este juicioso estudio, ella fue una especie de “hermana mayor” de nuestra cultura nacional, comentando y ponderando a figuras como León de Greiff, Germán Arciniegas, Rafael Maya o Germán Pardo García, así como las obras La vorágine o María. Un país que tuvo la oportunidad de conocer durante el gobierno del presidente Eduardo Santos (“no he de quedarme sin subir el Magdalena y sin mirar el Valle del Cauca”), pero que por razones diplomáticas no llegó a concretarse.

Así pasó la vida de esta gran mujer, que se entregó a una vida de creación y trabajo constante en la búsqueda de esa identidad indoamericana, que estuvo marcada muchas veces por la adversidad que le dejó huellas de verdadera “Desolación”, pero que nunca dejó de expresar en su canto personal que fue cediendo paso a un canto de dimensiones americanistas. Pues sin perder las raíces vitales hundidas en la provincia, donde estaba su origen y de donde dimanaba la fuerza y la claridad de su inteligencia, afirmaba: “Errante y todo, soy una tradicionalista risible, que sigue viviendo en el valle de Elqui de su infancia”.

Por esto se ganó el título de “reina de la literatura iberoamericana” cuando recibió el Premio Nobel el 12 de diciembre de 1945, siendo cónsul vitalicia (una proeza para una mujer de su época) y cumpliendo cargos diplomáticos en países como Italia, Francia, Portugal, Brasil y Estados Unidos. Seis años después, recibiría el Premio Nacional de Literatura, consiguiendo el fervor popular y el reconocimiento nacional.