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García Márquez y Vargas Llosa: el anhelo de una reconciliación que no fue

Los dos escritores sostuvieron una amistad por cerca de diez años. Un malentendido que ha tenido miles de versiones y que desencadenó un gancho de Vargas Llosa en el rostro de García Márquez desencadenaron el fin de una amistad atravesada por la literatura.

Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, dos de los referentes de la literatura latinoamericana en el siglo XX.Archivo

“Verlos juntos es como ver vivos a Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Porque Mario no es solo el más flaubertiano de los narradores actuales, un verdadero estajanovista de la literatura, sino que es también un cumplidísimo caballero peruano que no tiene jamás un pelo fuera de sitio, que está siempre planchado y pulcro, que es la imagen misma de la corrección. Para García Márquez, en cambio, el ideal sartórico es el Lejano Oeste: su cuerpo anda ceñido en unos blue-jeans que fueron azules, y está siempre coronado por unas camisas a cuadros de colores chirriantes, o por unos inmensos sweaters de boxeador. {...} Si Mario es todo ojos intensos y graves, cejijuntos, con una invasora sonrisa de dientes blancos, Gabo o Gabito es un nudo de muecas, de pelos hirsutos, de frente acordeonada por el esfuerzo de contener el humor o el dolor. Truculento en su máscara hasta parecer una caricatura de sí mismo, Gabo es sin embargo la sencillez personificada; casi diría que el ascetismo”. Así citó Xavi Ayén en Aquellos años del Boom las palabras de Emir Rodríguez Monegal, profesor y ensayista uruguayo que conoció a dos de los referentes de la literatura latinoamericana del siglo XX.

Gabriel García Márquez confesó el 25 de agosto de 1993 en la Casa de Nariño que tenía un pacto con Álvaro Mutis de no hablar en público el uno del otro como “una vacuna contra la viruela de los elogios mutuos”. Tal vez esa decisión la tomó basándose en sus experiencias, tal vez recordando el giro que dio su vínculo con Mario Vargas Llosa unas décadas atrás. 

La vacuna contra la viruela de los elogios mutuos entre el escritor colombiano y el escritor peruano fue un puño que este último le propinó a García Márquez en el preestreno de la película La odisea de los Andes, de Álvaro Covacevich, el 12 de febrero de 1976, en la sala de Canacine, en México. Un malentendido que surgió entre Vargas Llosa, su exesposa Patricia y García Márquez provocó la ira del peruano, pues días anteriores, el escritor colombiano acompañó a la exesposa del peruano al aeropuerto. La escena de los dos alejados de su entorno habitual trajo rumores y palabras que nunca fueron fiables. Un supuesto gesto de coquetería y múltiples y sospechosos consejos fueron divulgados e inventados, creando varias versiones sobre lo que García Márquez le pudo decir a Patricia sobre la relación que decidió tener Vargas Llosa. 

La génesis de este vínculo, que se fracturó en 1976 y que nunca más volvió a ver la complicidad, se remonta a la entrega del Premio Rómulo Gallegos en 1967 en Venezuela. Vargas Llosa sería el ganador del reconocimiento por su libro La casa verde. El colombiano, por su parte, iría a Caracas al XIII Congreso Internacional de Literatura Iberoamericana. Uno ya contaba con un reconocimiento, el otro venía dando de qué hablar por medio de susurros que fueron vaticinando la fundación del mítico Macondo, de ese universo proveniente de una aldea llamada Aracataca que, al inicio de la novela, se ilustra como un terreno con “veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas”.

Vargas Llosa leyó por primera vez a García Márquez con una versión en francés de El coronel no tiene quien le escriba; mientras que el autor de este último libro mencionado leyó al peruano por primera vez con La ciudad y los perros. A partir de este texto empezaron a surgir intercambios de misivas en los que, inclusive, se habló de escribir un libro entre los dos sobre la historia de la guerra entre Perú y Colombia: “La coincidencia del burdel me ha inspirado una idea que tarde o temprano tenderemos que llevar a cabo tú y yo: tenemos que escribir la historia de la guerra entre Colombia y el Perú. En la escuela, nos enseñaron a romper filas con un grito: «¡Viva Colombia, abajo el Perú! ».[…] Si tú investigas la historia del lado del Perú y yo la investigo del lado de Colombia, te aseguro que escribimos el libro más delirante, increíble y aparatoso que se pueda concebir […]”, escribió García Márquez.

El libro jamás salió. Un texto en conjunto que retara las versiones oficiales de la historia que compartían ambos países y que anudara dos narrativas tan disimiles pero tan iguales en destreza hubiera sentado un precedente en la literatura de este lado de Latinoamérica y, de paso, habría incomodado algunos sectores de los gobiernos, pues la idea era contar, entre otras cosas, la versión en la que, supuestamente, los presidentes Olaya Herrera y Sánchez Cerro pactaron el enfrentamiento para atornillarse en el poder.

Varios meses pasaron para que la fraternidad se realizara frente a frente. El 1 de agosto de 1967, en el aeropuerto de Maiquetía, en la Guaira, se dio el primer encuentro entre los dos escritores. Desde entonces surgió una complicidad que fue compartida por muchos años, casi diez. La familia de García Márquez y la familia de Vargas Llosa compartían juntos en Barcelona, aquella ciudad erigida como meca por los autores del fenómeno literario que por su acogida y auge fue apodado por los dueños del mercado como el “Boom”. Entre las calles que fueron lienzos para Gaudí, García Márquez y Vargas Llosa compartían las tardes tomando té, jugando con sus hijos y reuniéndose con escritores como Julio Cortázar, Sergio Pitol, Pablo Neruda, Jorge Edwards, Bryce Echenique, entre otros.

En 1971 Vargas Llosa presentó como tesis de doctorado un análisis narratológico de la obra literaria de García Márquez, en especial de Cien años de soledad. Ese texto de más de 660 páginas es uno de los reflejos más fidedignos de la fascinación que predominaba entre los autores. Un escritor no elige sus temas, los temas lo eligen a él. García Márquez no decidió, mediante un movimiento libre de su conciencia, escribir ficciones a partir de sus recuerdos de Aracataca. Ocurrió lo contrario: sus experiencias de Aracataca lo eligieron a él como escritor. Un hombre no elige sus ‘demonios’: le ocurren ciertas cosas, algunas lo hieren tanto que lo llevan, locamente, a negar la realidad y a querer reemplazarla. Esas ‘cosas’ que están en el origen de su vocación, serán también su estímulo, sus fuentes, la materia a partir de la cual esa vocación trabajará. No se trata, desde luego, ni en el caso de García Márquez ni en el de ningún otro escritor, de reducir el arranque y el alimento de la vocación a una experiencia única: otras, en el transcurso del tiempo, complementan, corrigen, sustituyen la inicial. Pero en el caso de García Márquez la naturaleza de su obra permite afirmar que aquella experiencia, sin negar la importancia de otras, constituye el impulso principal para su tarea de creador”, escribió Vargas Llosa en Historia de un deicidio, tesis que se convirtió en un libro gracias a Barral Editores.

Un jueves santo, igual que la muerte de Úrsula Iguarán, y más específico, un 17 de abril de 2014, se esfumaron todas las posibilidades y se respondieron todas las inquietudes entorno a una posible reconciliación entre Vargas Llosa y García Márquez. La muerte del autor de El amor en los tiempos del cólera terminó por confirmar que su lazo con el escritor peruano era una amistad contrariada, que Mercedes, la esposa del colombiano, tenía razón cuando afirmaba que no era posible recuperar aquella fraternidad del pasado, que con los años los recuerdos se redujeron a una clandestina insignificancia.

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Andrés Osorio Guillott

Cultura

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