Geoff Dyer: el hombre de las postales

Conversamos con uno de los ensayistas más reconocidos de Reino Unido, un hombre que lleva décadas buscando paisajes diferentes a los de su infancia.

El escritor inglés Geoff Dyer fue invitado a la Filbo por el British Council. Daniel Álvarez

Benarés, situada a orillas del río Ganges, en la India, es más antigua que la historia y que las tradiciones y que las leyendas, dijo Mark Twain. Es una de las ciudades más sagradas del hinduismo. Fue el único lugar donde, cuentan, el dios Brahmá consiguió descanso. Según esta religión, quienes mueran en Benarés se liberarán de la reencarnación —ese vagar sin fin— y quienes se bañen en sus aguas lavarán sus pecados.

Por sus calles sinuosas y estrechas y sucias trotan vientos de 35 grados. Las vacas picotean cerros de basura, los cerdos y los perros y las cabras y las ratas, también. En las escalinatas que conducen al Ganges, cubren los muertos con sudarios y los rocían con líquido inflamable: el olor a carne quemada se expande por esa ciudad sobrepoblada. El tufo se graba en la piel, enferma.

“La experiencia es maravillosa: uno no siente todos los días que se va a morir en la cama”, dice Geoff Dyer, escritor británico que visitó la pasada Feria del Libro de Bogotá, y añade: “no importa si uno  entiende o no su espiritualidad, no importa el lugar a donde entres: toda la energía del hinduismo se concentra en cada una de las moléculas de la ciudad. Estás parado ante un paisaje hermoso y de repente sientes que un olor asqueroso te rodea. Es una de los pocos lugares en donde no vale la pena estar drogado”.

Geoff Dyer es uno de los ensayistas contemporáneos más reconocidos de Reino Unido. Lo reconocen como un demoledor de géneros: sus libros saltan de la narración a la crítica musical y al reportaje. Visitó Bogotá, sobre todo, para presentar But beatiful (1991), de quien el pianista y maestro del jazz Keith Jarret escribió: “es el único libro sobre jazz que le recomendaría a mis amigos”.

El autor cuenta allí historias imaginadas que recogen anécdotas reales de Lester Young, Bud Powell y otras seis leyendas del género en Estados Unidos. “En todo momento mi propósito ha sido el de presentar a los músicos no como eran, sino como a mí me parecían que eran”, precisó en el prefacio del libro. Su mayor desafío fue reconstruir esas vidas a partir de fotografías y textos en tiempos sin internet.

 Sin embargo, no me senté con Dyer en el Hotel Wyndham para hablar de música, sino para entender un hábito: Dyer se pasa los días buscando paisajes diferentes a los de su infancia. Esas postales se encuentran en sus libros Amor en Venecia, muerte en Benarés y en Arenas blancas, entre otros.

Geoff Dyer, de 58 años, nació en Gloucestershire, Reino Unido, un condado rural clavado en una roca en medio del Atlántico. Un lugar cubierto todo el tiempo de nubes y cercado por catedrales y castillos construidos hace siglos. “Así que cuando llego a desiertos como el Valle de la Muerte, en California, esos paisajes abiertos y enormes, siento que me quito un gran peso de encima”.

Dyer dice, reitera, que no viaja para escapar ni para encontrar paz: viaja para que lo recorra la emoción extraña de un paisaje diferente. Las postales de los lugares que visita se terminan colando en la mayoría de sus respuestas. “Sólo me gustan más que los templos de jazz los templos en ruinas. Los visito como quien va de peregrinaje”, dijo en su charla sobre el jazz en la Filbo.

“Me gustan las pinturas que hizo Paul Gaugin en Tahití porque parecen fotografías de los recuerdos que vivió allá: sus sensaciones y emociones de una vida primitiva y de un paisaje tropical. Yo viajé a esa isla para encontrar similitudes con lo que vio Gaugin, pero el tiempo pasa y todo ha evolucionado”, dijo en esta entrevista.

Cuenta que una de las postales más impresionantes que ha visto son las ruinas romanas y griegas de Libia, unas de las mejores conservadas del Mediterráneo. “Ahora es difícil verlas por lo que pasa en el país (la crisis de los migrantes y bombardeos de Estados Unidos contra el Estado Islámico) y yo tuve el privilegio de estar ante ellas. A esa clase de aventuras me embarco sin importar más”.

En el prólogo del próximo libro de Dyer, una escritora estadounidense escribe que estamos en tiempos en que recorrer el mundo es tan viable como recorrer un trozo del campo. “Quiero recorrer las lugares más sorprendentes del mundo, al menos una sola vez”, dice como quien no anhela más.

Desde niño, Geoff Dyer parece haber entablado una lucha contra el aburrimiento. Sus papás no viajaban mucho y creció en una familia sin hermanos: “cuando llegaba a casa se acababa la diversión, por eso comencé a leer”. Para él, la vida —los viajes — están llenos de momentos muertos. “Mi ansiedad obedece al aburrimiento de esperar que pase algo. Necesito picos de emoción para no echar a perder los días”.

Por “picos de emoción” se deben entender las infecciones que sufrió en Benarés y lo llevaron a la cama o la sensación de estar dopado en cualquier esquina de esa ciudad por los cientos de compuestos orgánicos que liberan los cadáveres o el extrañamiento de ver vacas y cerdos y perros y cabras y ratas caminando por calles hechas de basura o los paisajes áridos de Islandia, su próximo destino.