Golpe a golpe, verso a verso

Joan Manuel Serrat no sólo ha recibido una profunda influencia de la poesía, especialmente, sino que ha musicalizado a algunos de los poetas más recordados.

Joan Manuel Serrat, nacido en Poble Sec, Barcelona, en diciembre de 1943. Más que un músico o cantante, una leyenda del arte. / AFP

“¿Para qué querrá un buzón Machado?”, preguntó Joan Manuel Serrat en una ocasión. Y lo tiene, al costado derecho de la tumba en la que yacen sus restos; Antonio Machado tiene un buzón. Quien quiera puede escribirle indicando en un sobre, o en el reverso de una postal, las siguientes señas: Antonio Machado. Cementerio de Collioure. P.O. Box 66190, Collioure (Francia). “¿Para qué querrá un buzón Machado?”, preguntó Serrat. Como aquellos que en otro tiempo preguntaron: “¿Para qué querrá Machado que canten sus poemas?”. ¿Querrá?

“Golpe a golpe, verso a verso”, Serrat tomó el testigo de Antonio Machado. Dedicado a Antonio Machado, poeta fue la primera apuesta discográfica en la que Serrat sonaba, íntegramente, en castellano; once poemas de Machado —excepto Retrato y Las moscas, originalmente adaptados por Alberto Cortez— que el cantautor catalán sometió a modificaciones mínimas. La hazaña: musicalizarlos sin trastocar su métrica. Sólo una de las canciones —En Collioure— es una composición que Serrat incluye en el disco como homenaje personal al poeta sevillano.

Corre el año 1969. El joven Serrat tiene veinticinco años cuando, en un acto cargado de simbolismo, decide visitar Collioure, pueblo costero del sur de Francia que acogió a Antonio Machado durante los últimos días de su vida. Destino de peregrinaje para los antifascistas que resuelven, como pueden, la desesperación. A Serrat lo impresiona la gran losa de granito. Dice que es como “un templo expiatorio”, cubierto de recuerdos, de poemas en frascos de cristal —aún no existía el buzón—, de flores naturales y de plástico. Ese será un año de acontecimientos importantes en la vida del cantautor: nace su primer hijo y, en primavera, los versos cantados de un poeta censurado por la dictadura franquista alcanzan en su voz —también censurada por la dictadura— una popularidad insospechada. La apuesta de Serrat pasa, haciendo caminos sobre los mares, dejando una huella perdurable, no sólo en España, también en América Latina. El fenómeno desconcierta a los incrédulos. Los versos de Machado y los compases de Serrat —con la colaboración del arreglista Ricardo Miralles— se cuelan en las listas de éxitos, se contagian, se quedan en la memoria colectiva de la gente. Serrat canta a Machado y el público lo sigue, “golpe a golpe, verso a verso”.

Musicar a Machado, según la opinión de algunos críticos, era una manera de irrespetar el legado del poeta. En opinión de Serrat, las críticas de los puristas no estaban dirigidas a él sino hacia “la incultura general del país”. Reconoció que, en cierta medida, había contribuido a la difusión de la obra de Machado. Pero al mismo tiempo expresó que eso no era contribuir a la difusión de la poesía: “La auténtica contribución a la poesía no ha de venir a través de un cantante popular, sino que ha de venir a través de un ministerio de educación y cultura, que tiene que tener cualquier país organizado. Y si el país (España) no conocía a Machado, antes de que Serrat lo cantara, es culpa del Ministerio de Educación y Cultura que no se ocupó nunca de educar a su pueblo; y que hizo de la educación algo puramente clasista”.

Después de un azaroso peregrinaje, después de permanecer alojados en una finca abandonada de Barcelona, en la que Machado y su familia malvivieron en la miseria, y ante la llegada inminente de las tropas franquistas, los Machado huyeron junto a otros españoles hacia la frontera francesa. Un exilio breve: apenas un mes después de su llegada a Collioure, el poeta falleció —22 de febrero de 1939— en una modesta pensión del pueblo, aquejado de afecciones pulmonares. Sus dos últimas palabras: “Adiós, madre”. Un papelito arrugado, con notas escritas a lápiz, fue encontrado por su hermano en el bolsillo de su abrigo. La primera anotación: “Ser o no ser”. Un verso de añoranza: “Estos días azules y este sol de infancia”. Un verso de amor —recuerdo a Guiomar—: “Y te enviaré mi canción: ‘Se canta lo que se pierde’, con un papagayo verde que la diga en tu balcón”.

En declaraciones ofrecidas a la televisión francesa, Serrat lamentaba las penosas circunstancias que rodearon el exilio de Machado: “A los poetas de salón no les suele pasar esto. A los poetas de librería no les suelen pasar estas cosas. A los que viven en su torre de marfil, difícilmente les ocurren estas cosas. Esto les pasa a los poetas que bajan a la calle, caminan a paso de hombre y se suben al metro con los ojos llenos de sueño; a estos sí que les suelen pasar estas cosas”.

Joan Manuel Serrat Teresa —conocido como el Noi (el niño) del Poble Sec— cantaba, en catalán, a esa barriada barcelonesa en la que nació —27 de diciembre de 1943— y creció. Decía en su canto: “Mi calle es oscura y torcida. Tiene sabor a puerto y nombre de poeta. Estrecha y sucia, tiene olor a gente y tiene los balcones llenos de ropa tendida”. Fue en su barrio, en ese pequeño universo de juegos y personajes pintorescos, donde asegura que su conciencia social empezó a germinar de un modo totalmente intuitivo. La asumió como algo que nació con él, algo que fue cultivando con los años. Se entregó a las curvas de una guitarra con un único fin: utilizar el sonido de las cuerdas como infalible arma de conquista. Pero la música lo tomó. Abandonó los estudios. Y con el gusto por la música le sobrevino el sentido de la responsabilidad. Reconoció la trascendencia alcanzada por sus canciones. Y el Noi del Poble Sec, que también sería el Nano en Argentina, descubrió que aquellas canciones eran mucho más que un ardid melódico para atraer noies maques (muchachas lindas). Se dio cuenta de que, “golpe a golpe, verso a verso”, sus canciones ya no eran sólo suyas.

Serrat compartía con Machado la predilección por los “mundos sutiles”, por la gente sencilla, “gentes que danzan o juegan, cuando pueden, y laboran sus cuatro palmos de tierra”, que “no conocen la prisa ni aún en los días de fiesta. Donde hay vino, beben vino, donde no hay vino, agua fresca”. A ellos cantaba Serrat los versos de Machado, a ellos se debía: “Yo soy un artista popular. Si esta popularidad me ha llegado, ha llegado gracias, debido, a una gente, un pueblo que es el que escucha mis canciones, compra mis discos, me viene a ver al teatro. Cuando existen problemas que implican a toda esta gente, me implican a mí”.

No había sucedido el incidente del tacón de zapato, roto a la salida de un cine —motivo que unió las soledades de Josep Serrat y Ángeles Teresa, padres de Joan Manuel Serrat—. Aún faltaban seis años para el nacimiento del cantautor. Era el verano de 1937. La Alianza de Intelectuales Antifascistas celebraba su II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. El discurso de clausura estuvo a cargo de Machado, que empezó diciendo: “Cuando alguien me preguntó, hace ya muchos años, ¿piensa usted que el poeta debe escribir para el pueblo, o permanecer encerrado en su torre de marfil —era el tópico al uso de aquellos días— consagrado a una actividad aristocrática, en esferas de la cultura sólo accesibles a una minoría selecta?, yo contesté con estas palabras, que a muchos parecieron un tanto evasivas o ingenuas: ‘Escribir para el pueblo —decía mi maestro— ¡qué más quisiera yo! Deseoso de escribir para el pueblo, aprendí de él cuanto pude, mucho menos —claro está— de lo que él sabe. Escribir para el pueblo es, por de pronto, escribir para el hombre de nuestra raza, de nuestra tierra, de nuestra habla, tres cosas de inagotable contenido que no acabamos nunca de conocer. Y es mucho más, porque escribir para el pueblo nos obliga a rebasar las fronteras de nuestra patria, es escribir también para los hombres de otras razas, de otras tierras y de otras lenguas. Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes, en España, Shakespeare, en Inglaterra, Tolstoi, en Rusia. Es el milagro de los genios de la palabra. Tal vez alguno de ellos lo realizó sin saberlo, sin haberlo deseado siquiera. Día llegará en que sea la más consciente y suprema aspiración del poeta. En cuanto a mí, mero aprendiz de gay-saber, no creo haber pasado de folk-lorista, aprendiz, a mi modo, de saber popular’”.

El poeta no sabía. El poeta nunca supo. El poeta partió, como predijo, “ligero de equipaje”, sin sospechar siquiera que treinta y dos años después de que pronunciara aquel discurso, “golpe a golpe, verso a verso”, y sin perseguir la gloria, sin quererlo, su poesía se volvería canto que vuela libre. El poeta no sabía. El poeta nunca supo. Marchó en la nave que no vuelve, sin saber que escribir para el pueblo sería —también— llamarse Antonio Machado.

Aquí las otras entregas:

Un vallenato de 300 páginas

Letras refinadas de Chico Buarque

El diccionario de Joaquín Sabina

La armonía verbal de Milan Kundera

Bob Dylan, el eterno hippie

Ante las puertas de la percepción

La eterna nostalgia de Fernando Vallejo

Friedrich Nietzsche vs. Wagner

 

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