Correspondencia tardía

Gonzalo Arango: el ídolo de la nada que me hizo buscarlo todo

El escritor buscó romper con su movimiento varios aspectos de los años sesenta por medio de la palabra y la escritura.

Imagen del escritor Gonzalo Arango, la figura más conocida del movimiento nadaísta en la década de los sesenta.Archivo El Espectador

Escribo esto porque hace mucho debía hacerlo. Debí haberlo hecho después de esas noches del año 2.012 cuando concebí la insolencia de la muerte de uno de mis seres más amados, cuando sentí que los sueños no eran nada porque no sabía para qué tenerlos. Hoy, con mil golpes a favor y mil derrotas que las siento como victorias, sé el para qué de ellos. Aprendí que cuando se cumplen sirve como venganza, como puñal que se clava en otros, como odio que se supera día a día con el propio esfuerzo. Tú me acompañaste con tus letras, aunque no fueran las precisas para sopesar mi desasosiego y fueran esas mismas las que me llenaban de preguntas y respuestas. Tú, Gonzalo Arango, te convertiste en el ídolo que no quería representar nada, pero en mí lo estabas forjando todo.  

Tu bondad empezó con mi hermano Lucas cuando tenía quince años. Sus pensamientos curiosos e inconclusos sobre todo lo que pasaba alrededor de su mundo lo llevaron a buscarte. Encontrarte a ti fue como leer a un loco que entendía sus preguntas, me dijo una vez él, y al mismo tiempo era como recoger en un solo sentimiento todas esas cosas que estaban regadas en él, como su ideología política y sus ganas de comerse el mundo en medio de trazos de pintura. Fuiste su ídolo caído porque también entendió en su momento que no quisiste estar arriba de nadie. Por él te conocí y por él te recuerdo a diario, su cariño y su poder de cambio se parecen al amor que impartiste en este mundo.

Te conocí en uno de los momentos más álgidos de mi vida. Era la adolescencia y me estaba inundando de una tristeza que no parecía tener razón. El colegio se convirtió en el escenario en el que podía profundizar en lo que decías porque en el fondo tenía una fascinación por ser como tú, pero supe que debía abandonarte. Preferí abandonarte a ti antes que a mi moral y ética cristianas, por eso te mantuve debajo de mi cama o en los rincones donde entraba más el polvo. Te abandoné porque estaba sintiendo la paz que hace mucho tiempo estaba buscando y que por obvias razones tú no me estabas dando. Me llené de susto porque no quería seguir con mis preguntas y mi tristeza, preferí lo fácil y por eso no te elegí a ti.  

Antes de abandonarte me serviste como puente para encontrar a alguien que también compartía el mismo fervor por ti. Tú me ayudaste a forjar la esperanza de poder encontrar una amistad que sirviera para todos los momentos, que me ayudara a buscar mi propio camino, que me enseñara lo que no pude vivir contigo cuando existías con tu grupo de Nadaistas. Por ti creí en Luisa María Gallo, quien estuvo en un principio cerca de mi vida porque también quería conocer a Dios y tenía el mismo miedo de perder la fe que estaba construyendo por seguir con el idilio que teníamos contigo.

Yo ya no quería leer nunca más A mi padre, quien con su bondad desbordó los moldes de la gloria, porque me recordaba que tú y yo compartíamos un amor profundo por nuestros padres y encontrarme en esas letras era volver a sentir que me podía volver a enamorar de ti y no lo quería.  En cambio, pasé cuatro años tratando de comprender lo que me decían de Dios, intentando anclar ese amor que decían que él podía tener para mí y así resguardarme de todo dolor. Me ilusioné al creer que ese podía ser el camino, aunque supiera que para alcanzar esto tenía que permanecer con miedo de no consentir una vida mundana porque así no podría merecer su amor.

Me aferré al ideal de alcanzarlo todo por medio de ese ser, intentando olvidar lo que me enseñaste en tu texto La moral del miedo. También me aferraba a eso porque sabía que tú también habías buscado ese camino y que por eso habías logrado llegar a la nadasabía que debía buscar diferentes maneras de encontrar lo que me llevara a lo más profundo de mí, aunque tuviese que pasar toda la vida en esa búsqueda.

Al final terminé matando a Dios. Al morir mi padre sólo hallé el silencio y con eso el profundo asco de la fe. De nada había servido mi servicio en su iglesia ni mis oraciones para que nunca se llevara al amor de mi vida. Así volví a ti.  Maté a Dios para que tú me siguieras consintiendo.

Esta vez me arriesgaría a amar a una mujer como tú lo habías hecho con Angelita y así conocer lo que decías en Un seductor diario: “A veces, en noches de desamparo y amargo ateísmo, en brazos de una mujer, he descubierto el rostro de Dios.”  Al mismo tiempo quería arriesgarme a empaparme del mundo y de sus cosas más asquientas, quería ser ese médico que abre las vísceras y ve la enfermedad para después sanarla por medio de unas letras como lo decías en tu texto Mi destino estaba en ser hombre y me elegí escritor.

 

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