¡Gracias, Gabo!

Pocas personas fueron tan cercanas a García Márquez y a su familia como la exdirectora de la revista ‘Cambio’, amiga personal y cómplice de sus proyectos periodísticos.

Archivo - El Espectador

Gabo tomó una pluma y, sobre una servilleta de papel, en un restaurante de Cartagena, dibujó una caricatura de su rostro, le colocó la fecha, la firmó, me la entregó y me dijo:

—Si un día se quiebra la revista, ¡venda esto y sale de la quiebra!

Así lo manifestó ese periodista irremediable, con dotes de pintor, de cineasta, de guitarrista y de cantante, quien se dedicaba tras bambalinas a ayudarnos a sacar adelante Cambio16, y a quien le escuché decir más de una vez que su mayor frustración era la de no poder dar la noticia más importante de su vida.

Y ahora, cuando ella se produce y El Espectador me pide que hable del tema, imágenes suyas desfilan en mi memoria:

Gabo, con su eterna camisa de pana color naranja, sentado en 1976 en la cafetería del Hotel Nacional en La Habana y, junto a él, un funcionario del gobierno cubano que lo señalaba y me decía: “Ese es García Márquez”; Gabo, una noche en París, en un invierno de fines de los años setenta, jugando con la nieve como un niño; Gabo, en esa misma ciudad, guitarra en mano, cantando vallenatos de Escalona; Gabo y Mercedes, ella con un abrigo de piel de zorro, llegando a cenar en el Bistro 121 de la Ciudad Luz, donde en una cena similar, un tiempo después, se les murió la escultora Feliza Bursztyn; Gabo, en 1978, mandándome a hacer, para la revista Alternativa, un reportaje en una cárcel de La Habana, a presos políticos cubanos que gracias a él fueron liberados meses más tarde; Gabo, un 31 de diciembre, en su casa de la isla, recibiendo en el vestíbulo a uno de sus mejores amigos, el comandante Fidel Castro; Gabo, en Barcelona, caminando por Las Ramblas, con la cabeza sucia de palomas, preocupado por el futuro de Alternativa; Gabo, hablando en México con Darío Arizmendi, con José Vicente Kataraín, con Mercedes y conmigo sobre cómo sería El Otro, ese diario cuyo nombre registramos pero que al final nunca hicimos; Gabo, regañándome en la cocina de su casa en México; Gabo, en esa ciudad, conduciendo su carro rojo, su juguete preferido, y escuchando a Vikky Carr; Gabo, en su estudio de México, forrado en su cómodo uniforme de escritor, un overol azul similar a los que se utilizan en el campo, para recordar, así, lo difícil que es el oficio de escribir; Gabo, muerto de la risa, el día en que se ganó el Premio Nobel, cuando su amigo, el pintor Alejandro Obregón, quien no conocía la noticia, al llegar de visita a la casa repleta de arreglos florales, exclamó: “¡Mierda, ¿quién se murió aquí?!”; Gabo, conspirando siempre, en México, en La Habana, en Bogotá, para realizar el sueño de lograr la paz de Colombia; Gabo y Mercedes, a mi lado, acompañándome en uno de los momentos más difíciles de mi vida; Gabo, leyéndome por teléfono, desde México, párrafos enteros de una trilogía de amor que no llegó a publicar pero apartes de los cuales reconocí en la historia de sus Putas Tristes; Gabo, editando desde México, o desde cualquier sitio donde se encontrara, los artículos que le enviaban los jóvenes periodistas de Cambio16; Gabo, llevando el ritmo con las palmas, cantando La diosa coronada; Gabo, con todos sus hermanos, un 31 de diciembre en Cartagena, en casa de su madre, doña Luisa Santiaga Márquez Iguarán, quien para entonces ya lo había antecedido en la enfermedad del olvido; Gabo, en la Ciudad Amurallada, bailando con Mercedes, como cumbiamberos expertos, una espléndida Pollera colorá; Gabo, en la playa del hotel Las Américas, hablándoles de periodismo a los reporteros de la revista Cambio16; Gabo, liderando los talleres en la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano; Gabo, hablando de Rodrigo y de Gonzalo; Gabo, diciéndome que mejor hechos que sus libros le habían quedado sus hijos; Gabo, tantas veces y en tantos lugares; Gabo, en junio pasado, en su casa de Cartagena, ya sin memoria pero repleto de ternura y de afecto; Gabo, en fin, alimentándonos con sus obras y enseñándonos el arte del reportaje y del periodismo pero, ante todo, mostrándonos el significado de la amistad; Gabo, el jueves pasado, escuchando desde su muerte a mi hija poeta, quien me decía: “yo tengo que darte las gracias porque oyéndote hablar de Gabo me mostraste la literatura”; Gabo, mirando desde la muerte su vida colmada de logros obtenidos gracias a su disciplina de hierro y a su trabajo diario; Gabo, observando desde su muerte esa vida suya repleta de enseñanzas y de páginas perfectas escritas para que sus amigos, y todos, lo quisiéramos más.

¡Gabo, paz en su tumba! ¡Gabo, GRACIAS con mayúscula por habernos regalado tanto: sus libros, sus cuentos, sus historias, sus consejos, sus anécdotas pero, ante todo, su amistad! ¡GRACIAS, GABO!