Gracias, maestro

El artista Santiago Cárdenas le rinde un homenaje a una de las figuras más importantes de las artes plásticas en el país.

El escultor posa con una de las cientos de piezas de su estudio.
El escultor posa con una de las cientos de piezas de su estudio.Cortesía: Cromos - Inaldo Pérez

El menor de 10 hermanos, Édgar Negret, nació en Popayán en el feliz hogar del general Rafael Negret Vivas y María Dueñas Rodríguez. Cuando Égdar nació, su hermano mayor, Carlos, tenía 21 años, y su hermana mayor, María, tenía ya un hijo. Su segundo hijo nació casi al tiempo que Édgar.

Estas circunstancias, según contaba el propio escultor, dieron lugar a que creciera como niño solitario, aunque rodeado del inmenso cariño de toda su familia en su casa paterna de Popayán, pero siempre jugando solo en el jardín. Así se despertaron sus capacidades creativas: sembraba matas, armaba casas, se trepaba a los árboles. Aprendió a ser independiente, a gozar la paz y a soñar en la soledad.

Dibujar era su pasión y con unas tijeras de su madre recortaba papeles y armaba figuras tridimensionales, pues desarrolló una enorme habilidad manual en esa época.

Sus primeros estudios de arte los realizó en la Escuela de Bellas Artes de Cali y en 1949 decidió irse a Nueva York, en donde vivió 15 años. Tuve la suerte de conocer a Édgar en su estudio de Park Avenue, en Manhattan, cuando estudiaba Bellas Artes en los Estados Unidos. Un tío mío, Simón Arboleda, era hermano de Lucila, esposa de Efraín Negret, uno de los 10 hermanos de Édgar.

Desde esa época, 1958, formamos una larga amistad, pues él siempre fue muy generoso y amable, y me dio muchos buenos consejos sobre arte. Por Édgar conocí a Marta Traba cuando llegué a Colombia en 1965.

Colombia no se ha despertado todavía a la importancia de la obra que nos dejó Negret. Sin duda es el escultor más importante de su generación, junto con Eduardo Ramírez Villamizar y Feliza Bursztyn.

Negret fue un precursor del arte moderno en América Latina y abrió camino a las nuevas ideas formales y estéticas de la escultura transparente fabricada con materiales no tallados ni fundidos. Toda una innovación, similar a la construcción de puentes y aviones.

La recepción a estas formas novedosas y sorprendentes fue de rechazo en Colombia, por un público conservador e ignorante que tachó sus primeras obras de mamarrachos y esperpentos. Afortunadamente, inteligencias informadas y visionarias, como Marta Traba y otros, respaldaron y defendieron la maravillosa obra moderna de Negret.

Finalmente, somos herederos de muchas obras públicas que nos construyó el maestro. Pero su obra está regada por el mundo. No solamente existen esculturas monumentales en Colombia, también las hay en Estados Unidos, Europa, Venezuela, México y en infinidad de galerías y otras colecciones públicas y privadas en numerosas ciudades del planeta.

Para nosotros el legado de Édgar Negret representa la obra de un gran artista: un escultor que nos enaltece con su trabajo innovador y magnífico, que nos acompaña con su genialidad y talento a donde quiera que vamos.

Su obra es un orgullo para el país y para todos nosotros. Un hombre pacífico, solitario e íntegro que resaltó los más altos valores éticos y humanistas que representan las aspiraciones del hombre.

Eso hace el buen arte: limpiar lo feo, lo banal e insignificante que produce la mediocridad humana. Nos eleva y nos dignifica ante todos.

Eso hizo Édgar Negret, el maestro. Bien merecida su gloriosa existencia.

Gracias, maestro Édgar Negret.

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