'La gran misa'

La bailarina colombiana Urania Lobo presenta, junto al Ballet de Leipzig, un montaje coreográfico sobre música de Mozart.

El legado de Uwe Scholz, director artístico de la compañía hasta su fallecimiento en el 2004, sigue vivo en los movimientos de sus bailarines. La visión Scholz acerca de la interpretación ideal de la danza no se limitó al virtuosismo y la perfección de los pasos. Aunque el rigor, la técnica y la precisión son un imperativo para cualquier bailarín profesional, al director y coreógrafo le interesaba desarrollar en sus estudiantes la habilidad de transmitir ideas a través del lenguaje corporal.

Siete años después de su muerte, Mario Schröder, actual director del Ballet, afirma que la obra del maestro es atemporal “y nuestro trabajo no es sólo conservarla, sino resucitarla y encenderla con nuevo fuego”. Las nuevas piezas de la compañía alemana ponen a dialogar distintos estilos, que van desde el clásico y el neoclásico hasta el contemporáneo. Para Schröder, quien no antepone la tradición a lo moderno, “las posibilidades del ballet en nuestros días se han desarrollado sin límites”. La técnica de los bailarines, consumada de acuerdo a las exigencias del estricto clasicismo, dialoga con las creaciones expresivas y acrobáticas de los coreógrafos contemporáneos.

Aunque no ha sido fácil dirigir una compañía de más de 40 bailarines de 20 países distintos, Schröder confía en el lenguaje universal de la danza. “Con el movimiento puedo transmitir ideas y emociones, narrar historias, incluso puedo contar visiones y sueños que a lo mejor tengan otros. No es importante saber hablar inglés, francés español o alemán cuando te expresas con el cuerpo”, dice el director.

La gran misa, obra que se presenta hoy y mañana en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo a las 8:00 p.m., fue concebida como un espectáculo conmovedor y perturbador al mismo tiempo. Contrastes, es probablemente la palabra que mejor define esta pieza. Sombra y luz. Levedad y gravedad. Coreografías que combinan líneas y curvas, rupturas y fluidez, violencia y gracia. Sobriedad y elegancia, ante todo. Un diálogo entre los bailarines y la música. Se hablan, se contestan, a veces gritan y luego vuelven a susurrar. Hacer visible la música fue una de las tareas que obsesionaron a Scholz.

Los celestiales bailarines —descalzos y vestidos con trusas y togas blancas—, que semejan instrumentos musicales de una orquesta, desplazándose por el espacio con movimientos precisos y armoniosos, son reemplazados en la segunda parte por otros de movimientos y gestos espasmódicos.

La gran misa lleva bien su nombre. Hay, desde luego, algo religioso en esta obra. Cierta solemnidad y la búsqueda de algo más, tal vez de relacionar lo terrestre con lo impalpable, que es la música. A final de cuentas, tal vez el mayor logro de Scholz sea materializar lo divino.

El acompañamiento musical del espectáculo estará a cargo de la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, la Coral Santa Cecilia, los solistas Felicitas Fuchs (soprano), Ulrike Mayer (mezzosoprano), Virgil Hartinger (tenor) y Eugene Chan (barítono), bajo la dirección musical de Andreas Schüller.