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hace 10 horas

"La grandeza de los libros la hacen sus adversarios"

La necesidad de promover una nueva relación con la naturaleza y las tareas de los jóvenes ante un panorama de desconcierto son temas de discusión de su más reciente obra.

Para William Ospina, los jóvenes de hoy tienen enormes tareas que hacer. / Pamela Aristizábal - El Espectador

William Ospina vuelve a sorprender a sus lectores con su nuevo libro, ‘El dibujo secreto de América Latina’. Ganador de diversos e importantes galardones literarios, entre ellos el Premio de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada, de Casa de las Américas, y el Rómulo Gallegos, Ospina se consagra como el ensayista más exitoso en el campo literario colombiano. En esta entrevista habló de la importancia de reflexionar sobre el arte como herramienta crucial en la lucha contra la mercantilización de la naturaleza y la vida misma.

‘Pa’ que se acabe la vaina’ desató un gran debate en torno no sólo al género del ensayo, sino también a la visión de la historia del país que usted desarrolla en el libro. ¿Cómo recibió la crítica?

En primer lugar, habría que decir que estoy muy contento de que mis ensayos se lean tanto en Colombia, ya que en nuestro país no existe el hábito de la lectura y el ensayo es el género que menos tiende a ser leído por los grandes públicos. Estos ensayos, que son polémicos y de opinión, son afortunados de encontrar quién los discuta. Agradezco por igual todo lo que se escriba sobre mis libros, ya sea a favor o en contra. La grandeza de los libros la hacen sus adversarios más que sus partidarios, porque un libro, cuando despierta mucha reacción en contra, está tocando fibras sensibles de la época. Escribo contra los poderes de la época, contra los poderes egoístas y los poderes mezquinos.

¿En qué género se siente más cómodo?

Me siento cómodo en todo lo que hago en mi vida. Asimismo, todo lo que tiene que ver con la literatura me interesa por igual. Para mí no es una cuestión de “escoger” si es mejor ser novelista, poeta o ensayista, porque me parecen tres maneras de vivir lo mismo, que es la necesidad de expresarse a través del lenguaje y de crear obras que tengan fuerza literaria con distintas tonalidades. El ensayo es más reflexivo y argumentativo, la poesía es más introspectiva y es un laboratorio de experimentos verbales, y la novela requiere una continuidad y una paciencia distinta también, sumado a que hay que dejarse arrebatar por una historia. Necesitó de lo uno y lo otro. Descanso de mis novelas escribiendo ensayos y descanso de mis ensayos escribiendo poemas. Siempre procuro que en todos esos géneros esté siempre presente la poesía. Para mí una novela sin poesía es aburrida y un ensayo sin poesía carece de magia.

Pero, ¿ha acudido al ensayo porque le permite poner sobre la mesa, de manera desenvuelta y contundente, una opinión en el campo político?

Creo que la política está presente en todo. El hombre es un animal político, decía Aristóteles, o por lo menos esa es una de las traducciones que hacen de esa frase, y en esa medida es imposible no ser políticos, es decir, no pertenecer a una comunidad, no tener que ver con los asuntos que tocan a esa comunidad. Lo que pasa es que cuando uno escribe un ensayo, la política se expresa como opiniones, como puntos de vista polémicos, y el ensayo privilegia el orden de la argumentación, la racionalidad y el pensamiento. Cuando uno escribe poesía no es que la política no esté, es que la política asume otra forma en la poesía.

¿Cómo es la planeación de sus ensayos?

En la mayoría de los casos, cuando publico libros de ensayos, sólo responden a dos características: se trata de un libro pensado como unidad, desde el comienzo, así esté compuesto por distintos ensayos —por ejemplo, publiqué hace 20 años un libro que quiero mucho y que cada vez quiero divulgar más, que se llama ‘Es tarde para el hombre’, y fue concebido como un libro que iba a abordar varios temas, pero todos estaban abarcados por el mismo espíritu—, y en otros casos dicto charlas o ensayos sobre temas diversos y luego los agrupo por afinidad.

¿Y en el caso de ‘El dibujo secreto de América Latina’?

El libro contiene muchos ensayos y conferencias que he dictado. Ensayos que abordan los desafíos de América Latina en la actualidad, preguntas sobre la identidad latinoamericana, así como la importancia de cuidar nuestros recursos naturales. La naturaleza está verdaderamente en peligro. Hay voces muy alarmadas anunciando que en muy poco tiempo se puede desatar, en progresión geométrica, una serie de accidentes nacidos de la intervención humana sobre el planeta. En esta serie de ensayos me pregunto qué papel va a desempeñar América Latina en este escenario. Por supuesto, ya no somos invitados de segunda a los grandes acontecimientos del mundo. La literatura latinoamericana es una de las más notables a nivel planetario y el pensamiento latinoamericano tiene unas tareas cruciales que cumplir ante este escenario. Es por ello que me ha parecido importante reunir todos estos temas en este libro.

El ensayo es un género ‘moderno’, producto de la modernidad. ¿Qué tanto tocó la modernidad a América Latina?

Ese es un tema fascinante porque América Latina es hija de la modernidad. Es decir, durante el siglo XVI ocurrió un hecho asombroso: dos grupos de la humanidad que habían crecido independientes durante milenios se encontraron. Desafortunadamente, por las características del mundo europeo, que se encontró a América en su camino, y por la barbarie que lo caracterizaba en aquellos tiempos, ese encuentro no fue un diálogo, sino un choque violento de culturas y civilizaciones, y no configuró precisamente un encuentro sino un genocidio. Eso mismo nos ha dejado muchas lecciones que no hemos aprendido a asimilar.

¿Qué es lo más importante de ese encuentro?

Podría señalar que al llegar la avanzada de la modernidad y la sociedad mercantil se vio desde el comienzo que América no iba a seguir las mismas pautas del mundo europeo y ese mismo orden histórico que intentó resumir Hegel y también Marx. Ese desorden de las secuencias históricas sólo es una muestra de la originalidad del destino americano y la necesidad de pensarlo desde otros puntos de vista. Nos enseñaron demasiado una lógica lineal, y creo que a América Latina sólo se la puede comprender desde una serie de paradojas. Pero las paradojas no son una pura contravención del supuesto orden lógico, sino una manera distinta de pensar, tal vez esa es la importancia de Lewis Carroll y de ‘Alicia en el país de las maravillas’, que nos enseña a mirar el mundo desde las paradojas y no desde el supuesto orden de la racionalidad. Si algo podemos decir es que los demás países de América Latina y Colombia son países típicamente modernos porque nacieron de las aventuras de la modernidad, y viven todas las paradojas de la modernidad. Aquí coexisten todos los tiempos, vivimos con un pie en el Génesis y otro en el apocalipsis.

El esbozo que usted hace de una realidad latinoamericana marcada por discontinuidades me lleva a preguntar si una obra como la de García Márquez se hubiera podido dar en Europa...

Las cosas son de donde son, todo lo demás sería un juego ilusorio. Juan Rulfo sólo puede ser mexicano, García Márquez sólo puede ser colombiano y casi que específicamente caribeño. Faulkner sólo puede ser del sur de Estados Unidos y Borges sólo puede ser argentino. Muchos dicen que es muy europeo, pero un europeo no es capaz de escribir la obra de Borges, no es lo suficientemente universal. Borges nació en un país de inmigrantes donde a partir de mediados del siglo XIX convergió el rumor de multitudes de la humanidad. En ese sentido, la cultura es un factor de desciframiento del mundo, siempre desde una perspectiva precisa.

Sigamos con la línea discursiva de la identidad. ¿Por qué es importante reflexionar sobre ella?

Cuando nuestros países se independizaron de España existió el imperativo de tener naciones y tener identidades propias. Queríamos ser repúblicas y se fue formando la identidad colombiana, la “leyenda nacional colombiana”, pero su construcción dejó por fuera un montón de cosas que eran Colombia. El tema de la identidad es apasionante, qué tanto somos distintos unos países de otros, en qué somos idénticos, en qué somos afines, qué tanto necesitamos ser colombianos, qué tanto necesitamos tener una identidad latinoamericana y qué tanto necesitamos que superar eso y llegar a una identidad genérica como seres humanos, defendiendo un planeta en peligro, en donde tenemos los mismos propósitos con los habitantes de Kenia, Filipinas y Sudáfrica. Ya no bastan nuestras respuestas únicamente locales para los desafíos de la época.

Háblenos de las exclusiones que hizo la “leyenda nacional colombiana”

No sólo el mundo indígena, el africano y la naturaleza, porque no parecían corresponder al ideario europeo de la república liberal. Hemos descubierto que pertenecemos a la modernidad desde el comienzo, pero nuestra conciencia de nosotros mismos no acaba de asumir la plenitud del país y todavía estamos en deuda de construir una nacionalidad incluyente que incorpore todos esos elementos que han quedado por fuera en una época en que las naciones están dejando de ser la prioridad y el mundo se está abriendo a otro tipo de identidades, donde tenemos tareas comunes.

Cuando se refiere a tareas comunes, pienso que se refiere a la agenda ambiental planetaria. ¿Cuál cree que es la tarea de los jóvenes en este escenario?

Los jóvenes no se pueden quejar de que no tienen nada que hacer. Las tareas son cada vez más grandes y urgentes, además toman un tamaño épico, porque pienso que de lo que se trata realmente es de salvar un mundo en peligro. En ‘Es tarde para el hombre’ expresaba mis inquietudes sobre el rumbo de la civilización y el riesgo de que la humanidad estuviera poniendo en peligro la supervivencia de la vida, al menos en este planeta. En ese libro había más intuiciones y reflexiones personales que cuestiones técnicas. De hecho, el libro tuvo la fortuna de tener muchos crítico, hasta el punto de que los grandes intelectuales colombianos en ese momento salieron a contradecir mis ideas. También Mario Vargas Llosa publicó un artículo en El País de Madrid —celebrando, cosa que le agradezco— el estilo en que el libro estaba escrito y valorándolo literariamente, pero apartándose mucho de las ideas que mi libro sostenía, hasta el punto de que un amigo me dijo: ‘Vargas Llosa te hizo un doble homenaje, habló bien de tu estilo y dijo que no estaba de acuerdo con las ideas’. Ahora, 20 años después de su publicación, tengo la posibilidad de decir que todas las cosas que dije en él son perfectamente accesibles como datos estadísticos.

¿Cree que desde el arte y la cultura se puede luchar contra la visión del hombre como amo y señor de la naturaleza?

El arte lo ha hecho siempre. Si algo ha tenido el arte como característica principal es su respeto a la naturaleza, casi su veneración. La pintura, por ejemplo, ha sido una aventura de contemplación, de respeto e interrogación del universo natural. La literatura siempre ha pensado esa relación de lo humano con lo no humano, que puede ser llamado lo divino o que puede ser llamado lo natural, y creo que muchas de las grandes claves de la solución de los males de la civilización están en el arte de todos los tiempos. Porque si algo puede decirse es que el arte, no es, único de una época histórica específica, sino que pertenece a todos los tiempos. Quiero decir que Homero es tan actual como Borges y como García Márquez. En el arte hay quienes piensan que existe una especie de progreso como se plantea en términos técnicos, pero los dibujos de las cuevas de Altamira o los dibujos de Picasso, todos tienen el mismo valor y actualidad estética, nadie habla de que Modigliani o Fra Angélico perdieran su vigencia, nada de eso. Todo el arte le habla a nuestra sensibilidad como un hecho contemporáneo, entonces frente a dichos dogmas, a la mercantilización de la naturaleza y la vida, esa atemporalidad del arte y esa capacidad de hablarle a nuestro presente y a nuestra actualidad es muy importante.

Como usted lo ha mostrado en su libro, en un mundo que promueve el afán de lucro, pocos le dan espacio al arte y se tiende a disociar el arte del trabajo, donde la mayoría de la humanidad pasa su tiempo vital.

Creo en la necesidad del retorno a un tipo de trabajo en el cual cada quien tenga no solamente una posibilidad de obtener la supervivencia, sino donde haya una forma de la felicidad. No sé para qué estamos en este mundo si no aspiramos a ser felices o si nos toca renunciar a la felicidad en aras de la subsistencia. Las dos cosas no pueden andar separadas. El arte siempre fue una forma de felicidad como ejercicio. Además, en el arte hubo un componente de cuidado por los detalles, por el acabado, que es muy importante en una nueva definición del trabajo. Esto va a ser un tema muy urgente, porque si vamos a poner en debate el modelo industrial con su sordidez y su insensibilidad, su capacidad de producir basuras, algo que hay que decir es que la humanidad nunca produjo basuras antes de la Revolución Industrial.

Hablemos de la basura, ¿qué hace que sea lo que es?

Las basuras reales son aquellas que no pueden devolverse al ciclo de la vida y la naturaleza; las cascaras de banano, de diversas frutas, etc., los desechos orgánicos, muy rápidamente vuelven a ser como lo dice un hermoso poema de Walt Whitman: “Este estiércol”, haciendo alusión a los desechos que la humanidad arroja sobre el mundo y que rápidamente se convierten otra vez en cebollas y en nabos, porque el planeta es un laboratorio de alquimia maravilloso que recicla todo eso, pero cuando surgió la Revolución Industrial surgieron los desechos, que como ya lo señalé, no cumplen su ciclo natural. Pronto estaremos naufragando en un mar de basura si no arrojamos una mirada más lúcida sobre el modelo. Científicos han señalado que los lechos marinos están saturados de desechos químicos y de plásticos. Un modelo de producción distinto va a tener que poner seriamente en cuestión una economía que genera basuras, que deterioran el medio ambiente y que no vuelven al ciclo de la naturaleza.