Grass, el joven inocente

Reconocido por su primera novela, “El tambor de hojalata”, Günter Grass fue un activo intelectual con el foco sobre la política de su tiempo y las consecuencias del pasado nazi.

Günter Grass en 2010, durante la presentación de uno de sus libros en Hamburgo (Alemania). / EFE

Tal vez exageraron quienes acusaron a Günter Grass de hipócrita cuando en 2006 se supo que había sido miembro de las fuerzas militares del nazismo. Era 1944: Grass tenía 17 años, provenía de una familia católica que habitaba en la otrora Ciudad libre de Dánzig y el futuro escritor no tenía nada más que hacer en plena época de guerra. En un texto publicado en la revista The New Yorker en 2007, Grass recordó aquel momento: “No hubo presión desde arriba. Tampoco siento la necesidad de mitigar un sentimiento de culpa por, digamos, dudar de la infalibilidad del Führer con mi afán de ser voluntario (...) El servicio no era voluntario sino obligatorio para los chicos de mi edad, aunque lo experimentábamos como una liberación de nuestra rutina escolar y aceptábamos sus poco exigentes simulacros”. En febrero de 1945 Grass comenzó su trabajo en pleno como soldado. Dijo que no disparó una sola vez; sólo existe la certeza de que lo hirieron: el 29 de abril de ese año, poco antes de la caída de Berlín, fue dado de baja. El gran soldado Grass, más afecto a las bellas artes que a las armas, estuvo tres someros meses en las fuerzas militares.

Por supuesto, hubo quien criticó que uno de los faros morales de Alemania, quien había tratado de rescatar la memoria de la posguerra a través de sus numerosas novelas y poemas, hubiera tenido tratos con la gleba nazi. En su pueblo, que ya por entonces se llamaba Gdansk, pidieron que le fuera retirada su condición de nacido en aquellas tierras. Su biógrafo dijo que era “el fin de una institución moral”. Un periodista de lanza conservadora dijo en el diario Der Spiegel: “Después de 60 años, esta confesión llega un poco tarde. No entiendo cómo alguien que por décadas se ha erigido como una autoridad moral, de hecho una muy presumida, pudo expresar esto”. Pero tal vez la explicación más plausible, que no suena a justificación ni excusa, la dio el escritor John Irving: es imposible juzgar toda la vida de una persona por algo que pasó en su juventud.

Como les sucedió a muchos alemanes, Grass hizo parte de un inmenso movimiento que no veía nada de malo en su arrasador patriotismo. Sería simple juzgar, desde ahora, reconociendo todos los errores de la era nazi, que Grass fue parte de una maquinaria fundamental del horror. Por entonces era mucho más difícil (y aún más en época de guerra) reconocer las faltas de un gobierno que se había hecho con todos los medios a su alcance para, justamente, ocultar aquellas desdichas. Fueron tres meses y Grass se retiró, fue capturado por las fuerzas de Estados Unidos y liberado en 1946. Desde entonces, con la manía propia de recuperar el tiempo ido a través de la conjugación de párrafos y párrafos, Grass se dedicó a la literatura.

Hizo parte de un grupo literario cuyo extenso nombre en alemán (Vergangenheitsbewältigung) significa en español algo así como “lidiar con el pasado”. Discutir con él. Enfrentarlo. Llegar a términos. En fin: darle su buena bofetada. Al final de los años cincuenta publicó un poemario y tres obras de teatro, pero fue reconocido por el mundo angloparlante y el resto de Occidente (o ese asomo extraño en la historia que llaman Occidente) por El tambor de hojalata, su primera novela, la iniciación de una trilogía completada después por Gato y ratón y Años de perro. Las tres novelas bien podrían ser resumidas con el concepto que dio la Academia Sueca sobre Grass en 1999, cuando le entregó el Premio Nobel de Literatura: “En su excavación del pasado, Günter Grass va más a fondo que el resto y desentierra las raíces enrevesadas del bien y del mal”. En esa misma apreciación, hay una frase de Años de perro que suena a resumen de su filosofía: “Mientras Dios estaba todavía en el colegio, en el patio celestial tuvo la idea de crear el mundo junto con su compañero de clase, el talentoso diablillo”. El comentario es preciso; hay fuerzas subterráneas, que se atrabancan por sobre el destino de los humanos, que se combinan sin cesar. En el primer capítulo de El tambor de hojalata, un enfermo mental describe el modo en que su abuela y su abuelo se conocieron. Su abuelo era un fugitivo; perseguido por un par de gendarmes (altos y flacos), él (bajo y ancho) decide esconderse bajo las faldas de una mujer que coce papas. Está el fuego, está el sudor, está la maleza quemándose alrededor. Resguardado entre sus faldas, como en un hogar arbitrario, el hombre perseguido decide bajarse los pantalones y hacer el amor a la recién conocida. El enfermo mental describe el acto así, con sutileza: “... mi abuela, que estaba allí como si hubiera echado raíces, lanzaba suspiros, retraía las pupilas bajo los párpados de forma que dejaba ver el blanco del ojo y recitaba los nombres cachubos de todo el santoral...”.

En sus comentarios políticos, en cambio, Grass tuvo más acento y se aproximó a la obviedad. Como Ossip Mandelstam, que escribió en los primeros años de la Revolución rusa un poema en contra de Stalin, aunque con menos lirismo, Grass publicó en 2012 un poema político en que acusaba, con nombres propios, a Israel de convertirse en una potencia nuclear y desequilibrar “una paz mundial ya de por sí quebradiza”. Escribía en ese poema de 68 versos, titulado Lo que hay que decir: “Porque hay que decir / lo que mañana podría ser demasiado tarde, / y porque —suficientemente incriminados como alemanes— / podríamos ser cómplices de un crimen / que es previsible, por lo que nuestra parte de culpa / no podría extinguirse”. Hubo quien dijo que era un antisemita y que su pasado nazi se revelaba sin cesar en esta declaración lírica. Hubo quien dijo que había tomado como personal un inocente choque con el público israelí. Exageraban. Pocos, en cambio, percibieron lo esencial: que era un pésimo poema.

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