Guardianes de la tradición

La Orquesta Filarmónica de Viena, de la mano de Valery Gergiev, demostrará lo que significa cultivar un arte sin ningún asomo de modificación de su versión original.

La presentación se realizará mañana a las 8 p.m. en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo. Cortesía.

 Mientras la contemporaneidad intenta probarnos que no tiene por qué existir eso que llamamos preestablecido, o intenta desmontar los modelos verticales y demostrar que nadie tiene su lugar ganado solo por el hecho de pertenecer a un grupo o provenir de un mismo sitio, la tradición nos devuelve la seguridad de que, justamente por preservar un orden establecido, estamos a salvo.

En ese sentido, qué mejor ejemplo de una estructura inamovible –y por la cual se le atribuye su trascendencia histórica– que la de la Orquesta Filarmónica de Viena, uno de los patrimonios más preciados de Austria, y quizá uno de los mejores sinónimos, si no el más, de lo que representa la tradición.

¿Por qué lo decimos? Porque se precia de haber conservado a lo largo de sus 174 años lo que la hace única: ser una orquesta absoluta y necesariamente vienesa, cuyo repertorio es absoluta y necesariamente europeo. Por eso, un discurso de 1942, en la celebración del centenario de la Orquesta, se siente como si hubiera sido escrito ayer. Esto decía su director Wilhelm Furtwängler: “(…) nuestra Wiener Philharmoniker –tal como es–, tiene algo que es imposible de hacer, tener o sustituir ni con todo el dinero del mundo. Me dicen que una característica del nacido en Viena es que nunca saldrá de Viena excepto bajo circunstancias extremas. Este hecho se debe a que quizá Viena se encontraba en disposición, también ahora, de crear y mantener una orquesta de tales características a partir de su propio “stock”. En cualquier caso, la experiencia demuestra que es extremadamente difícil persuadir a un músico vienés, sea quien sea, de que viviese en cualquier otra parte, aunque en ese lugar también hubiese buena música. No se trata únicamente del sonido en sí mismo de los músicos de la Philharmoniker, que está condicionado por la étnica y escolástica uniformidad de su preparación. Esta uniformidad también se aprecia en la unidad de su sensibilidad, en la alineación de sus impulsos musicales. Hay en esta orquesta una destacable seguridad en todos estos aspectos, caracterizada por la pura creación musical y una fuerza y una naturalidad innatas de instintivas reacciones musicales. Aquí radica la razón del porqué encontramos todo esto como una música demasiado cerebral y excesivamente intelectual llena de dudas y obvias preocupaciones y por qué se rechaza tranquila pero firmemente todo lo que resulta forzado, simplemente mental, todo aquello que aspira a ser considerado un “progreso” en la música. Si Viena es algunas veces criticada desde fuera por una actitud extremadamente conservadora en asuntos musicales –como puede comprobarse–, también ha resultado ser bueno y tener su lado positivo”.

Así las cosas, aquí vemos que “la étnica y escolástica uniformidad de su preparación”, tiene todo que ver con la rigidez (o rigor o disciplina o consistencia o todas las anteriores) y que ésta ha sido la mejor herramienta para cobrar el éxito de una orquesta que ha tenido el honor de contar, entre otros, con directores de la talla de Gustav Mahler, Richard Strauss, Claudio Abbado, Leonard Bernstein, Herbert von Karajan, Daniel Barenboim, Gustavo Dudamel y, en dos ocasiones, el colombiano Andrés Orozco-Estrada.

Para entenderlo mejor, lo que define a la Orquesta Filarmónica de Viena es una interpretación nítida con un sonido especial que se logra gracias a la calidad de sus intérpretes y a los mismos instrumentos que utiliza, construidos especialmente para lograr un sonido muy puro enmarcado en la tradición. El sonido que emiten las cuerdas ha sido admirado históricamente porque la orquesta utiliza instrumentos de viento y metales que no tienen el brillo de los instrumentos modernos.

Vemos, entonces, que la seguridad nos la brinda ese sentimiento de que lo que estamos oyendo ES lo que se tenía previsto, lo que debía ser, tal como debía serlo, tal como fue concebido. Nada de inventos extraños que asustan o perturban el orden o que proponen otro camino. Hay allí cierta idea de lo que es el pasado que resulta fascinantemente idealizada. Y que, al final de cuentas, pretende hacer resistencia frente al olvido (al que le tenemos pánico). La cruzada de muchos hoy es evitar que las enseñanzas del pasado se pierdan, intentando a como dé lugar entrar en una cápsula del tiempo que nos lleve a ese “mejor tiempo pasado”, que no es sino ilusión. Por eso, el retorno a los orígenes (tantas marcas hoy juegan con ese nombre), a las recetas tradicionales, a la pureza del sonido, a las buenas costumbres…

Doble faz
En un momento en el cual tantos se sienten en caos por una libertad que, paradójicamente, asusta, entregarse al orden calma las aguas. De ahí que la idea de grupo, de comunidad, de congregación, de partido político, de equipo, de ejército, de orquesta sea el empaque ideal que convoca, junta o crea identidad. Identidad. De eso estamos hablando también. De lo que permite que nos sintamos parte de algo, de un proyecto común. ¿Qué es Francisco si no un sentimiento universal? ¿Qué mejor para crear orgullo nacional que un partido de la Selección? ¿O una orquesta? ¿El ejército? La iglesia, así como el deporte y la cultura, han sido caballitos de batalla para unir a la sociedad en los momentos en que más lo necesita. Por eso, tantos los han usado para legitimar sus muchas veces non sanctos propósitos. El nacional socialismo nació de una perversa convicción del imperativo de volver a la tradición. A ese pasado mejor. Y condenó todo lo nuevo calificándolo de “degenerado”.
Por eso nunca es tan sencillo hacer que el arte (o el deporte, o la religión) pase como la más pura expresión. Aislado del mundo en el que vive. Protegido por un aura que lo libera de la carga de la historia. Basta ver cómo luego de la Segunda Guerra Mundial, la Orquesta Filarmónica de Viena y la de Berlín fueron duramente cuestionadas por el silencio que mantuvieron frente al nazismo. Es un fardo que cargan, como tantos otros, en tantos otros episodios oscuros de la historia. Allí queda demostrada la profunda relación de las artes con la política, una que muchos explotan y que otros prefieren conservar silenciosamente. O, simplemente, como Valery Gergiev, director ruso que dirigirá la OFV, la ignoran y siguen con lo suyo, haciendo lo mejor de lo suyo pese a que su amable vínculo con Vladimir Putin siempre intente empañarlo (ver perfil).

Y, sin embargo, y justamente por el poder de la música, del arte, de la disciplina en su ejecución, del talento, es imposible quedarse únicamente en el juicio político. Son hombres quienes lo ejecutan, sí, son almas que posiblemente se dejan seducir por el poder, o que le temen al poder, pero que, como lo dijo años después el director Wilhelm Furtwängler, tan duramente criticado por haber dirigido durante el periodo nazi, no quería que la música dejara de sonar en Alemania. No quería que los alemanes dejaran de sentir la música, como único lugar de escape a lo vivido. ¿Cómo juzgar esto? Como cuando en El abrazo de la serpiente, Richard Evans Shultes pone a sonar la vitrola.

Al final, y visto con ojos de hoy nos queda claro que volver al pasado tampoco es la solución. Allí no hay redención posible. Lo que sí queda, luego de los filtros de la historia, de los egos, del autoritarismo, son las partituras y quienes, aunque crean que están detenidos en el tiempo, se convierten en anacrónicos guardianes de la belleza.
* Teatropedia es un proyecto educativo del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo en pro de la formación de públicos en temas culturales. Más información en www.teatromayor.org.

 

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