Günter Grass visto por su amigo mexicano

Desde Londres, el poeta Homero Aridjis exalta la obra del fallecido Nobel de Literatura alemán.

El alemán Günter Grass, de bigote, y Homero Aridjis, el rubio a su derecha, durante el Festival Internacional de Poesía de Morelia en 1981. Los acompañan Vasko Popa, Allen Ginsberg, Andrei Vosnesenski y Lasse Soderberg. / Especial para El Espectador

Uno de los escritores que mejor conocía al fallecido Nobel alemán Günter Grass era su amigo mexicano, el poeta Homero Aridjis. El Espectador lo encontró en Londres, donde esta semana presenta su más reciente selección de poemas ‘Un ángel habla’ en el Swedenborg Hall.

Eran tan cercanos porque la gran literatura tiene puntos de coincidencia. Aridjis, de 75 años, siempre ha estado en los altos círculos literarios de su país junto a vecinos de cuadra como Juan José Arreola y Juan Rulfo, a quienes agradece haberle enseñado a pulir su talento en talleres improvisados entre partidas de ajedrez y borracheras. En cafés y bares su vida se cruzó con las de Octavio Paz, Carlos Fuentes, García Márquez, Álvaro Mutis, Fernando Vallejo. Fue amigo de Borges, de Neruda. En París, Cortázar fue su compinche y en Berlín su cómplice fue el Nobel alemán Günter Grass. Así Grass, a través de este autor de más de 40 libros traducidos a 15 idiomas, se acercó a la literatura latinoamericana.

Desde Inglaterra, a través del correo electrónico de su esposa Betty, comparte fotos de una lejana juventud y evoca: “Conocí a Gunter Grass en el Festival de Poesía de Berlín de 1975, todavía las dos Alemanias divididas”. Los versos propios se hicieron comunes y empezaron a viajar juntos. “Leímos juntos en Maastricht, Países Bajos”. Luego se lo trajo a su país: “En 1981 lo invité al Festival Internacional de Poesía de Morelia, junto a Thomas Tranströmer (el Nobel sueco recién fallecido), Jorge Luis Borges, Joao Cabral de Melo Neto, Allen Ginsberg y Vasko Popa”.

El alemán se acercó tanto a la cultura mexicana que en Morelia “le entró pasión por un pescado endémico, el blanco de Patzcuaro, que comía tres veces al día; desayuno, comida y cena con apetito pantragruélico”. Como la mujer en ‘El Tambor de Hojalata’, que tiene una tremenda avidez por comer angulas.

Luego coincidieron en foros como el Congreso Mundial de Escritores de Moscú, en 2000, donde Aridjis fue elegido por segunda vez presidente internacional del PEN Club. Grass acababa de ganar el Premio Nobel y estaba dichoso. Homero recuerda que “frente a una dacha fuera de Moscú -creo que había pertenecido a Boris Pasternak-, se echó una danza frenética con una muchacha rusa que tendría medio siglo de edad menos que él. Le tomé muchas fotografías bailando”. Lamenta no tenerlas a la mano.

La última vez que se vieron fue de nuevo en Berlín. El autor alemán de ‘Malos presagios’ (1992) estaba melancólico: “Con gran preocupación me dijo que pronto cumpliría ochenta años”. El mexicano, también autor de novelas como ‘1492, vida y tiempos de Juan Cabezón de Castilla’, ganadora del Premio Ginzane Cavour en Italia, sintió que empezaba la despedida. Fue el último abrazo y hoy valora a su amigo no desde la distancia física sino desde la cercanía a su obra: “Si la primera parte del siglo XX el gran escritor alemán fue Thomas Mann, en la segunda fue Günter Grass”. Un tema para todo un seminario. Y así parezca lugar común a la hora de recordarlo, dice: “aunque escribió muchos libros, creo que ‘El tambor de hojalata’ fue la gran novela de Günter”.

Homero Aridjis está triste por la partida de su amigo: “con él muere uno de los más grandes escritores contemporáneos, bastante controvertido en su vida y en sus opiniones, pero de una personalidad original y apasionante”.

Lo de controvertido lo dice con conocimiento de causa. Muchas veces discutieron sobre esa tracionera frontera de política y literatura, entre el panfleto y la ficción. El último debate no lo tuvieron cara a cara. Fue hace tres años, cuando al indignado autor alemán le dio por publicar en plena Semana Santa ‘Lo que hay que decir’, el pronunciamiento del Nobel sobre el pulso Israel-Irán. Un discurso político en supuestos versos.

El mexicano, reconocido defensor de causas ambientales, le dijo entonces a El Espectador: “porque hemos platicado juntos, por eso manifiesto mi objeción y duele porque lo conozco. Yo como poeta digo que lo que publicó no es un poema. Günter no sabe lo que es poesía, nadie que sepa qué es la poesía puede decir que eso es poesía. Cualquier persona con sentido crítico sabe que es un panfleto. A mí me recuerda los peores poemas de Neruda, sus odas a Stalin. Apenas lo leí dije: por qué lo llama poema si sólo partió las líneas como en versos. El aspecto formal no lo tiene y en el contenido no encontré un solo verso poético”.

Estuvo a punto de llamarlo, pero finalmente el regaño no se lo comunicó personalmente teniendo la confianza y la autoridad para hacerlo. Sí lo hizo público sorprendido de que “los medios cayeran en el juego de llamarlo poema, que no cuestionaran el género; es como si yo hago un garabato y lo llamo obra de arte”.

Sí señor. Si alguien sabe qué es un poema es el maestro Aridjis, Premio Roger Callois por el conjunto de su obra poética y novelística. En 2012 dictó un taller a los alumnos de la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional en Bogotá y presentó el poemario ‘Diario de sueños’, editado por el Fondo de Cultura Económica de México, donde explora desde lo mitológico la violencia de hoy en México. En 2011 la Universidad Externado de Colombia le editó la antología ‘Mirándola dormir y otros poemas’.

En cierta medida –otro tema para tertulia- Aridjis era el poeta que Grass no fue y Grass el novelista de referencia de Aridjis. Su visión del mundo resulta complementaria. A los dos debemos seguir leyéndolos.

 

 

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