La guerra, pan de cada día

Cuando los nazis cercaron Leningrado, en septiembre de 1941, Lena Mujina escribió un diario que retrata el hambre, el miedo y el inagotable valor frente a la invasión.

Tres hombres buscan entre las víctimas de la guerra en el cementerio Volkovo, en Leningrado. / RIA Novosti

Cuando el ejército nazi entró a la Unión Soviética con fuegos de artillería y avanzadas aéreas, el 22 de junio de 1941, Lena Mujina tenía 16 años y vivía en Leningrado con su madre adoptiva, Elena, y una anciana a quien solía llamar Aka. Vivía la vida de cualquier soviético: estudiaba en la escuela Nº 30 de Leningrado, actual San Petersburgo, estaba enamorada de un chico de nombre Volodia, tenía una mejor amiga, Tamara, y se relacionaba de tiempo en tiempo con los niños de su clase. Pensaba en enamorar a Volodia y en pasar su existencia junto a él, y si no era él podía ser cualquier otro: sólo importaba ser feliz.

Aquel día de junio, sin embargo, las tropas nazis rompieron los tratos que tenían con el gobierno de Stalin y cruzaron la frontera. Entonces comenzaron dos de las batallas más asesinas de la Segunda Guerra Mundial: la batalla de Stalingrado y el cerco a Leningrado. Por esos días, Lena Mujina registró en su diario cuanto escuchaba en la radio: el acercamiento a Smolensk, la preparación de la ciudad cavando trincheras y levantando fortalezas, en las que Mujina trabajó doce horas, a veces veinticuatro. Mientras escribe en el diario, un cuaderno pequeño que era de su madre, Mujina muestra la valentía de sus ciudadanos, su odio por los nazis, la terrible afección de la ciudad. Se siente incluso salvada.

Pero la guerra es engañosa. El 2 de septiembre, los nazis llegan a Leningrado y cierran todas sus salidas, salvo una, el lago Ladoka. La ciudad queda atrincherada.

“Esos malditos alemanes acosan Leningrado con el fuego continuo —escribe Mujina el 7 de diciembre de 1941—. Por la noche de nuevo suena la maldita sirena y se vuelve a estremecer el edificio por la cercanía de la explosión de las bombas. La muerte nos acecha constantemente a cada uno de nosotros, y estamos tan acostumbrados que hemos dejado de darnos cuenta o, mejor dicho, simplemente no queremos darnos cuenta. Pero aun así vivimos bien”.

Viven bien: aunque cada tanto se escuchan la carga de las armas de largo alcance y los ataques de artillería, y a pesar de que las bombas destrozan tranvías y edificios enteros, Mujina va a cine con sus amigas, los hombres juegan a las cartas, todos van al teatro. Los centros de comercio están taponados con tablas y en las ventanas los dueños de hogar pegan gasas para que, en caso de destrozo, el vidrio sólo se desmorone y no dañe a nadie. El horror, sin embargo, sabe cómo mantenerse: “En ese momento cayó una bomba, sepultó la entrada al refugio y enterró a todos los que se encontraban junto a ella. Los que estaban dentro permanecieron enteros, el techo sólo se derrumbó un poco. Arrancaron una de las ventanas y salieron a rastras al exterior”.

Hitler pensaba tomarse la ciudad antes del invierno, pero el invierno llegó y el Ejército Rojo se resistía a la rendición. Entonces hubo que recortar las comidas y había días en que cada persona recibía 100 gramos de pan, quizá alguna sopa, cacao, levadura y, si había suerte, carne. “Hoy hemos tomado una sopa deliciosa con carne y macarrones —dice Mujina el 18 de diciembre—. Aún tenemos carne de gato suficiente para dos veces, y para tres veces de la americana, después no se sabe qué ocurrirá. Estaría bien conseguir en algún sitio otro gato, así volveríamos a tener suficiente para un tiempo. Sí, nunca pensé que la carne de gato sería tan sabrosa, tan tierna”. El hambre produce desánimo; el desánimo, desesperanza; la desesperanza, indiferencia. “Cuesta mucho estudiar en la escuela. El edificio no se caliente, en algunas clases se ha congelado la tinta, menos mal que a los estudiantes se les da sin cartilla un plato caliente de sopa. Pero no pasa nada. Pronto mejorará la situación. Sólo es cuestión de tiempo”.

Aquel invierno fue duro. En las calles, la gente corría con ollas y platos para servirse su ración diaria y llevar la de su familia; otros más, a falta de agua pura, recogían la que se derretía de la nieve sucia en la Avenida Nevski, por entonces bautizada Avenida 20 de Octubre. Los partes de guerra que Mujina escuchaba por radio eran ambiguos: los nazis estaban a 150 kilómetros de Moscú, el Ejército Rojo había recuperado zonas de frontera y eliminado a una tercera parte de las brigadas nazis. Mientras tanto, en su hogar, Mujina desesperaba. “Aka está muy mal (...) A decir verdad, si Aka muere será mejor para ella y para mamá y para mí. Tenemos que repartirlo todo entre tres, y así mamá y yo lo partiremos todo por la mitad. Aka es sólo una boca de más. Ni yo misma sé cómo soy capaz de escribir esto. Pero ahora tengo el corazón de piedra, no tengo miedo de nada. Me da igual si se muere Aka o no, pero si se muere que sea después del 1º (de enero), así nos quedaremos con su cartilla. Soy una insensible”.

La guerra cambia a los hombres: en las calles de Leningrado hubo humanos que se comieron a otros humanos porque no había más carne; otros se acabaron las palomas y los perros. Morían, en ocasiones, 10 o 20 personas por hora. Y de pronto subían las raciones de comida y luego las disminuían de nuevo. Luego las cortaron. “No nos queda más que acostarnos y morir”, escribe Mujina en enero de 1942.

Mujina salió de Leningrado en junio de 1942, no se sabe cómo. Pasó su vida en Moscú, trabajó en algunas fábricas, se pensionó. El 5 de agosto de 1991 murió en Moscú. “Ojalá pudiera aferrarme a un final —escribe en noviembre de 1941—, pero cuando parece que todo empieza a verse nítido y real (...), de repente todo se oscurece como una niebla y no entiendo nada”.

 

Una mirada al cerco

Entrada de los nazis
El Ejército nazi entró a la Unión Soviética en junio de 1941, apoyado por Finlandia. Desde entonces, la ciudad se defendió.
Llegada a Leningrado
En septiembre de 1941, los nazis cercan Leningrado. Los alimentos escasean y cada día mueren entre 10 y 20 personas.
Duración del cerco
Los soviéticos resistieron durante 872 días, hasta enero de 1944, cuando las últimas tropas son retiradas.
Un millón de muertes
Entre 700.000 y un millón de personas fallecieron a causa del cerco. Leningrado fue declarada ciudad héroe.

 

 

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@acayaqui

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