Hacer audibles las voces inaudibles

Yolanda Reyes acaba de publicar con Alfaguara “Qué raro que me llame Federico”, una novela que cuenta a dos voces la historia de dos encuentros: el de una exitosa editora española con la maternidad y el de un joven colombiano con los olores y las calles de su temprana niñez.

Yolanda Reyes es conocida a nivel internacional por su trabajo pedagógico de promoción de lectura en la infancia y la adolescencia.  / Cortesía “Cromos”
Yolanda Reyes es conocida a nivel internacional por su trabajo pedagógico de promoción de lectura en la infancia y la adolescencia. / Cortesía “Cromos”

“Qué raro que me llame Federico”, su más reciente novela, narra las búsquedas de una mujer y de su hijo. Cada uno por separado procura dar sentido a su vida. En su caso, ¿cuáles han sido los hechos importantes que la han llevado a ser quien es hoy? ¿Qué papel ha jugado la escritura en su vida?

La escritura —y, por supuesto, la lectura— ha significado la posibilidad de no conformarme, en todas las acepciones de la palabra. No recuerdo exactamente cuándo descubrí ese poder transformador de la vida que nos confieren las palabras, pero sí tengo claro que fue en la infancia, y también que fue antes de saber leer por mi cuenta. Tal vez por eso asocio la voz —la melodía, el tono, el timbre, las pausas, los silencios— con la lectura y la escritura. Esas primeras voces que me leyeron tienen mucho que ver con mis oficios. He dedicado media vida a indagar en torno a esos primeros años en los que alguien nos lee y nos descifra, y la otra mitad de la vida, en simultánea, a rastrear, a recoger, a inventar o, mejor dicho, a “escribir” voces. Incluso cuando escribo columnas de opinión, una de mis preocupaciones es hacer audibles ciertas voces inaudibles. Leer y escribir son las únicas constantes en medio de todos mis trabajos, a veces tan dispersos. Leer y escribir para buscar la propia posibilidad y para no conformarme con una sola versión de ningún hecho.

La adopción —lo que implica para el adoptante y para el adoptado— es el núcleo de su novela. ¿De dónde le vino la idea de escribir sobre un asunto tan complejo? ¿Cómo fue el proceso de elaboración del libro?

Una vez me buscó un muchacho francés que había venido a Colombia a buscar a su familia biológica y quería trabajar como voluntario en proyectos de formación de lectores. Me contó sobre la extrañeza de ver su cara, tan parecida a la de tantos llaneros (su familia biológica era de los Llanos), y de ser tratado como un extranjero (¡un llanero con acento francés!)… Hablamos de su sensación de no encajar ni aquí ni allá y hablamos de la lengua: de la necesidad que había tenido de borrar su acento de la infancia para pertenecer al otro “nuevo mundo”. Ese fue el detonante: la pregunta por cómo se construye una identidad y también las preguntas sobre la filiación: ¿somos, o nos hacemos hijos de alguien? ¿Cómo es ese proceso, tan lleno de ambivalencias y de cosas no dichas, que va mucho más allá de lo biológico? Y, al hacer esas preguntas, resultaba apenas obvio que hubiera aparecido el otro lado: ¿cuál es la historia, o mejor, la prehistoria de la invención de un hijo? ¿Cuál es el trayecto que recorre una mujer para adoptar o “tener” un hijo, ese trayecto que casi siempre queda en penumbra para el hijo? Quizás el proceso de escritura era construir esos dos trayectos: de la madre al hijo y viceversa. Pero, como suele suceder en los procesos de escritura, me fui centrando en lo que había justo en la mitad: en esa relación llena de fisuras, de preguntas, de zonas negras y de zonas luminosas.

En el libro, las historias de Belén y Federico se alternan, señalando las similitudes y diferencias de sus respectivas vidas. ¿Desde el principio supo que esa alternancia en la óptica le daría un ritmo particular a la historia?

Desde el principio esa fue la estructura que pensé: suelo dedicar bastante tiempo al comienzo de la escritura a pensar en ese trazado —esa especie de mapa en borrador— que me da libertad para explorar, para perderme, incluso, pero manteniendo ciertos puntos de referencia que luego, en el proceso, muchas veces terminan transformados. Pensé que la historia de Belén avanzaría lineal hacia Federico, en tanto que la de Federico iría en sentido contrario: desde ella hasta la búsqueda de sus orígenes, y que las dos harían un contrapunto. Lo que descubrí por el camino, y lo que hizo apasionante y más difícil el trayecto, fue trabajar en la zona intermedia: en eso que no está de un lado ni del otro. Ahí encontré un campo de tensiones para la novela y descubrí que en esa cuerda floja se iban revelando los personajes. De cierta forma, el uno se miraba en el otro para saber quién era: así como los niños pequeños se miran en los ojos y en los rostros de las madres para saber qué es lo que sienten, y así como las madres llenan de narrativa (de sentido) los agujeros negros entre una imagen y otra: esos agujeros que son parte del paisaje terrible de la infancia.

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