Hadas eróticas

Ciertos cuentos de hadas dejaron de ser aptos para los niños cuando a algunos adultos del siglo XVII y XVIII les dio por escribir historias de encantamientos, protagonizadas por brujas y hadas, con un inesperado ingrediente: el erotismo.

Claude-Henri de Fusée de Voisenon nació en Francia en 1708. / iStock

Ciertos cuentos de hadas dejaron de ser aptos para los niños cuando a algunos adultos del siglo XVII y XVIII les dio por escribir historias de encantamientos, protagonizadas por brujas y hadas, con un inesperado ingrediente: el erotismo.

Para la muestra una obra picante del francés Claude-Henri de Fusée de Voisenon, titulada El sultán de Misapuf y la princesa Grisemine, que recoge la tradición de Las mil y una noches.

El sultán y la princesa son marido y mujer y esa intimidad les permite poner sobre la mesa todo su pasado. Misapuf es el primero en revelar que su madre lo puso en manos de la hada Tenebrosa para formarlo en las cosas de la vida, con tan mala suerte que la mala mujer lo transformó en bañera, liebre y zorro.

En calidad de bañera le preservó las facultades de ver, oír y pensar. En esa condición, lo primero que hizo la injusta hada fue llenarlo de agua caliente para darse un baño, sin importar las quemaduras que le producía. “Mis ojos, cuyo uso me había dejado, me permitieron conocer que aquel peso era un gordo trasero negro y aceitoso perteneciente al hada”. Después llegaron las otras metamorfosis, bajo cuyas formas sufrió todo tipo de maltratos.

El turno del relato le llegó a la princesa. Muy niña, cuenta, fue sometida a un viaje de castidad para aspirar a convertirse en la esposa del rey de Finlandia. En el camino, un hada la convirtió en pez barbuda para salvarla del capitán acosador y luego, humana otra vez, la vistió de hombre para salvaguardar su virginidad.

Estando en esas, conoció a un joven que le contó su historia y con quien compartió lecho, porque no había más camas en una estancia. Temiendo perder su castidad si el joven se daba cuenta de su condición de mujer, optó por pasarse al lecho de una dama que le confesó que era hombre vestido de mujer porque así lo había ordenado su madre.

Los sonidos que producía una pareja de recién casados en la habitación contigua desató la pasión de Grisemine, que decidió contarle al joven quién era en realidad. Los suspiros cercanos se seguían oyendo y el juego de manos terminó haciendo de las suyas.

Contrario a lo que podría pensarse, la revelación no enfureció a Misapuf. “Por tu sinceridad te perdono el haberte presentando como virgen cuando no eras nada de eso; me di cuenta de algo la primera noche de nuestra boda; creí, te lo confieso, que era culpa de mi dedo meñique”.

Con sus obras, el abad Visenon demostró que estaba hecho para convertirse en maestro de un género de cuentos que hizo historia en la literatura erótica universal, aunque hoy nadie hable de ellos. 


* Subdirector de “Noticias Caracol”.

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