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hace 10 horas

Handke y el “terror ante la historia”

Es 1989 y mientras cae el muro de Berlín y se cree por un instante en la reunificación de las ideas y el triunfo de un sistema (el capitalista) sobre el desmoronamiento del otro (el soviético), Peter Handke llega a Soria en busca de un Junkebox.

El escritor austriaco Peter Handke, galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2019. EFE

Va huyendo de noticias como esa, precisamente huyendo del murmullo de la historia, a un lugar, del que, ha leído en una revista turística, está al margen de la historia, en las mesetas frías y yermas de España. Entró por San Sebastián, se dirigió a Burgos y quiso pasar una noche en aquel casco urbano de piedra medieval de una ciudad de la que solo sabe que vivió Antonio Machado. Handke acabó por quedarse la navidad de 1989 y escribiendo allí su Ensayo sobre el Jukebox.

El ensayo se encuentra con la deriva y el cuaderno de viajes formando extraños artefactos literarios con los que Handke logró hacer de sus libros una de las obras más inclasificables de la segunda mitad del siglo XX.

En otros de sus ensayos ha probado con temas muy personales: Ensayo sobre el aburrimiento, Ensayo sobre el loco de las setas, Ensayo sobre el día logrado, Ensayo sobre el lugar silencioso (editados todos por ed. Alianza). Pero a la vez integra algunos elementos que ha llevado a una exploración más profunda en novelas como El año que pasé en la bahía de nadie o La tarde de un escritor. El diario de viaje, las observaciones de paseante urbano, la integración de recuerdos y notas bibliográficas y comentarios sobre la época, hacen de sus ensayos una de las formas menos egotistas de la biografía.

Los ensayos más asombrosos consisten en relacionar dos cosas opuestas que acaban por juntarse en una relación nueva que empezamos a ver solo cuando el ensayista nos la muestra y que acaso nunca notaríamos. En este ensayo hay varios sentidos profundos anudados: la deriva que motiva el huir del ruido del tiempo lo lleva a buscar un objeto insignificante que se convierte en un elemento liberador de la escritura represada. Es una experiencia afín a cualquier afición de coleccionista: buscamos cualquier fetiche, una vieja cámara Leica, un Walkman, un curioso muñeco de colección, una tumba aislada y descolocada como la de Borges en Ginebra, un libro descatalogado, un monolito, una ciudad de piedra en el valle de Urubamba, un determinado cuadro de un artista desconocido en una vieja capilla de Cundinamarca, una pirámide en la cima de un cerro en México o un Jukebox en España obedeciendo a un mandato secreto que Handke se encarga ahora de describir.

El motivo del ensayo parecería no ser otro que el de decir algo sobre la fascinación que provoca dicho objeto o simplemente el de constatar que ello aún existe y está en uso en un lugar apartado del mundo. Pero Handke consigue expandir los significados del objeto y acercarse a algo más: las capas de tiempo acumuladas en la existencia de ese artefacto y las capas de vida que pueden unir una máquina con la integridad de un ser humano o con la hegemonía de un sistema que derrota otro sistema económico.

Es poco lo que podríamos saber sobre la biografía del objeto, el Jukebox (en materia informativa) siguiendo el libro de Handke: una máquina perfecta de autoservicio y recaudo musical inventada en Alemania y sofisticada (convertida en caja de madera) por la escasez de metales que cambió la industria cuando necesitó insumos para construir aviones durante la guerra mundial. Pero algo podemos imaginar sobre el escritor y su modo de vivir la extranjería y sus críticas al sistema y su desconfianza en la veracidad de los entusiasmos colectivos y su búsqueda por crear una forma literaria propia.

Al comienzo solo veremos las descripciones de la orografía de España, del frío de entonces, el periplo de un autor nómade al comienzo de su mediana edad que buscaba el silencio adecuado para escribir un ensayo. Como Handke ha dicho en entrevistas que sus ensayos eran un intento de transformar la biografía en una reflexión, se podría decir que el periplo coincide con la vida de Handke en ese 1989: no tenía casa entonces. Solía pasar temporadas en países de Europa donde ignoraba la lengua. Ya había estado antes en Andalucía donde atisbó el único Jukebox que quedaba en España. Solía escribir por temporadas en hoteles o en casas de amigos que, enterados de su devaneo, le ofrecían un espacio tibio para que fuera a escribir. Era autor de una veintena de libros y ya para entonces había colaborado en el guion de El cielo sobre berlín (1987), la multipremiada película de Wim Wenders que cuenta la historia de dos ángeles custodios deambulando por una Berlín dividida por los sistemas económicos humanos sin poder hacer nada para brindar consuelo y donde uno de los ángeles renuncia a su inmortalidad para adoptar el miserable destino de la especie que convirtió la percepción en sufrimiento. El Handke del Ensayo sobre el Jukebox es como aquel ángel que una vez adoptada la envoltura humana se hace consciente de su finitud. Y el detonante de esa conciencia es el reconocimiento de que es un escritor que envejece y que su tiempo también envejeció para él y que la humanidad no tiene remedio. Dos años después de la caída del muro de Berlín estallan las guerras Balcánicas. Es justamente en Yugoslavia donde Handke ha visto otro de esos Jukebox cuando viajaba por los pueblos con la intención de escribir un libro que (sin saberlo aún para ese diciembre de 1989) solo podrá escribir cuando estalle la guerra y se adentre en las aldeas serbias y observe lo suficiente como para atreverse a decir en contra de la OTAN-literaria que el fuego no se combate con fuego, que las bombas no unen a los pueblos.

Mejor conocido en estas tierras como radiola o rockola, los Jukebox que busca Handke desesperadamente en España durante el fin de año de 1989 son esas cajas de música a las que había que echar una moneda y apretar dos teclas para oír la canción seleccionada. Son muchos temas los que hace entrar Handke a un objeto ya sustituido para entonces como el Jukebox. Esos temas pueden expresarse en preguntas que va resolviendo: ¿Por qué se aplaza la escritura? ¿Hay algún lugar ideal para escribir y cómo se puede reconocer al buscarlo? ¿Los grandes cambios políticos son en realidad eventos rápidos? ¿Se puede estar tres semanas en estado de coma y despertar en un mundo nuevo? ¿Somos testigos de la historia o solo de sus cambios? ¿La fuga, la evasión voluntaria, es una disidencia y te convierte en prófugo del mundo? ¿Un viaje puede ser también creación? ¿Puede transferirse a la literatura los elementos creativos de la plástica o de la arquitectura? ¿Puede ser materia para la literatura, a diferencia de los grandes temas épicos, el escribir sobre cualquier producto de la creación humana, aunque sea algo tan cotidiano o pasado de moda como un Jukebox? ¿Hubo un tiempo en que la historia era clara para todos o hace 800 años las noticias simplemente eran más lentas? ¿Se acordaba alguien en la radio de 1989 de I saw her standing there, o de Memphis Tennesse? ¿Y por qué Ne me quitte pas de Brel y Satisfation de los Rolling Stones eran las canciones que siempre estaban en un Jukebox? ¿Cuál pudo haber sido el modo de distraerse de Antonio Machado en un yermo de aburrimiento como Soria? ¿Podría encontrar algún interés y contener el mundo entero una ciudad fría como esa donde los bares no tenían anuncio y los ancianos salían a sonarse a las cinco de la tarde las narices goteantes en comparación con una ciudad real con teatros donde representaban a Beckett y había cines y museos como Zaragoza donde Goya se había formado en su juventud? ¿Podría ser las seis líneas de un poema de Passolini (o el Jukebox) una buena razón para visitar una ciudad?

Al parecer hay lugares que sí pueden tener vida aunque estén muy aislados, y está Soria. Variadas reflexiones pueden surgir de las preguntas que los lectores nos vamos haciendo sin notar las intersecciones del ensayo que está construido como un fluido de cavilaciones a pie. La principal cuestión se vuelve secundaria: ¿por qué el Jukebox y por qué no el Jamón Serrano? ¿Por qué la pretensión de totalidad de las formas épicas y por qué no los destinos erráticos? ¿Acaso este ensayo es una manera de enmascarar la música que le gusta a Handke?

Escucho la banda sonora imaginando cada escena donde un Jukebox resuena como si se tratara ya no de un texto sino de un conjunto de fotografías en Polaroid o como cuadros de Hopper: Like a prayer, de Madonna. Diana, de Paul Anka. Sweet Little Sheila, de Dion, Gypsy Woman, de Ricky Nelson. Escucho sus influencias musicales norteamericanas, pienso en esos lugares donde el alter ego de Handke dice que solía ir a gastar las monedas para repetirse canciones que le permitían esa extraña forma de meditar o de estar en silencio y al mismo tiempo atento al mundo. Escucho las primera canciones de los Beatles, que fueron los primeros discos que el escritor se compró también después de oírlos en las cajas de música. Se pregunta si Estados Unidos es la patria donde mejor se apropiaron el Jukebox, y si él, por preferir esa música, pertenecía entonces a donde estaba la melodía de su corazón. Se acuerda de aquel bar en Anchorage donde una mujer india lo invitó a bailar y él dejó por primera vez que una decisión de su vida la tomara otra persona y luego ella lo invitó a acompañarla a su cabaña pero él, entonces, recuperando las riendas de su razón europea, se negó a ir. De modo que perder una oportunidad es también una desviación. Un error puede conducir a una conducta nueva. ¿Qué hacer ante esa constatación? Poner en un bar de Andalucía (el único Jukebox que quedaba en España, insiste) una moneda y marcar alguno de los nombres escritos a mano y esperar la aparición de otra oportunidad del destino. Pero la oportunidad jamás se repite. Entonces el escritor se queda viendo y describe el funcionamiento del brazo mecánico al extraer el disco y escanciar por todo el recinto una serie de canciones: Hey Joe. Me and Bobby McGee. Redemption Song. The roaring of the Mississippi (que suena bajo el agua en un cuento de Faulkner, -ver: Cuentos de Nueva Orléans-). Entonces estaba en Soria por un acumulamiento de todo eso: porque hay oportunidades que no vuelven, porque se estaba volviendo viejo, porque se caía el muro de Berlín en el “centro de la civilización” y porque había elegido escribir sobre el Jukebox en el rincón más alejado de Europa, el Jukebox, un objeto que no era único, que había sido fabricado en serie, pero que él había hecho único, al vincular la música con su propia existencia. La médula del ensayo es esa música, esa selección de hits de la segunda mitad del siglo que finalizaba con la caída de la Unión Soviética, supremacía del capitalismo, y que anunciaba nuevos cataclismos (que vendrían por esa metáfora pasajera de una Europa unificada), esa música era la expresión máxima de la nostalgia.   

Sentimos atracción por lo que se extingue, por lo obsoleto. Es lo que nos llama la atención de lo pasado de moda, de lo ahora llamado Vintage, de las ciudades antiguas, de las calaveras mexicanas: evocan un tiempo que ya no existe. El encanto del folclor, de lo inevitablemente desaparecido. Una tarde el escritor que no tiene casa y que anda errante y que leyó en una revista de turismo lo desolado que resulta la ciudad de Soria en España llega a San Sebastián para dirigirse a ese sitio desolado en busca de un aparente retiro que se irá convirtiendo en búsqueda desesperada para escribir un ensayo sobre esas cajas de música que se activaban con una moneda. Luego veremos los lugares y momentos donde esa caja estuvo presente en una vida, la forma en que se usaba, los cambios con que se adaptaba y corregían a mano o en tiritas escritas a máquina las nuevas canciones, los aparatos que lo reemplazaron, la música que contenía con canciones que hicieron época (Hot Summer Nites, de Helen Schneider). Luego nos enteraremos de los ritmos lentos de la vida en la ciudad de Soria. La atracción que provocaba en su corpórea arquitectura el claustro de Santo Domingo. Sus recuerdos súbitamente vinculados a la música. Aquel Jukebox enorme en un hostal del Karts yugoslavo. Allí se hospedaba el escritor y estaba lleno el local de gente joven. En una pared el retrato del dictador Tito y en la opuesta el retrato del dueño del local que se había suicidado. Echaron una moneda en el Jukebox y entonces todos los presentes corearon esa canción infantil de la que solo recordaba la única palabra entendible para él en el estribillo: “¡Jugoslavia!”.

Era la navidad de 1989. En un hotel de Soria encontró el silencio suficiente para retomar el impulso de escribir durante un mes y medio. El mundo había cambiado mientras escribía. Con un diccionario en la mano intentaba descifrar las noticias de ese mundo ligeramente parecido al de mes y medio atrás: una mujer alzaba un llavero en una manifestación en Praga. El presidente de Estados Unidos mostraba el pulgar y calificaba de “exitoso” el baño de sangre en Panamá. “La noticia de la ejecución de la pareja Caucescu no la leyó con satisfacción sino con el viejo, recién despertado, terror ante la Historia”.

30 años después del muro de Berlín hay muros en Marruecos, en el norte y sur de México, en Israel, en Indonesia, en Austria, Hungría, en Ceuta y Melilla. Muros visibles y otros invisibles para separar migrantes, pobreza, sociedades y pensamientos.

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Daniel Ferreira

Cultura

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