Haruki Murakami: "Lo que permanece en el tiempo son las obras, no los premios"

El autor japonés, que cumple 70 años este sábado, sintió que debía empezar a escribir cuando estaba viendo un partido de béisbol en 1979.

"La muerte del comendador" es el libro más reciente del autor japonés, Haruki Murakami.EFE

El bateador logró pegarle a la pelota. Corrió a segunda base y los hinchas que estaban en el estadio de Jingu aplaudían la jugada. Haruki Murakami tenía una cerveza en la mano. De la nada, como un chispazo, a su mente llegó la idea de ser escritor. Se adueñó de ese repentino atrevimiento y lo tomó como un designio que surgió del escenario más insospechado posible, pues hasta ese entonces Murakami solamente vivía en función del club de jazz que dirigía con su esposa, persiguiendo su sueño de ser músico y de tocar, quizá, como The Jazz Messengers, una de las bandas que vio en su primer concierto de jazz cuando apenas tenía 16 años. 

Más allá de la cultura japonesa y del budismo que profesaba su abuelo, Murakami estuvo siempre en contacto con la cultura del otro lado del mundo, de esa cultura que llaman occidental y que la han contado como universal y hegemónica. Escuchó los sonidos del jazz, del blues que nació timidamente en África pero que se desenvolvió y se potenció en Estados Unidos en aquellas tardes en que los esclavos se imponían por encima del cansancio y de la tortura. Leyó a Kerouac, un hombre al que le abotonan la bandera de una Generación Beat que escribió contra lo correcto y que no es apta para quienes esperan ver en la literatura un manual de buenos modales y costumbres. 

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El autor de libros como 1Q84 o Tokio Blues ha sido señalado por la crítica japonesa por tener un estilo que se aparta de la literatura de su país. Y aunque en la última novela, La muerte del comendador, existe una serie de referentes sobre la cultura del Japón, su narrativa y sus gustos siempre han estado permeados por las historias y las ventanas de América y Europa, lugares de los que se ha nutrido para escribir, para hallar su diapasón y el tintero de su pluma. 

El japonès hace de su escritura una melodía. Entre su colección de vinilos de jazz está la musa que lo acompaña cada vez que se sienta a escribir una historia. Entre las partituras de su piano y los libros de Borges, Puig y García Márquez, Murakami halla la esencia del arte, de la escritura que se rebela al contexto que la permea. En la insistencia de escribir historias construye una frontera entre lo real y lo fantástico. El surrealismo que se le adjudica a su narrativa es solamente el resultado de un paréntesis que el autor plantea a su forma de ser, al caos que lo rodea y al cual acepta con los brazos abiertos. 

Acepta que su seriedad es inversamente proporcional a la libertad que se permite a la hora de escribir. Él mismo juzga sus historias como relatos raros, inusitados, creados a partir de los padecimientos de la humanidad. Se ha adelantado siempre al amanecer, a los tiempos que dicen mucho pero aportan poco. Se aparta del balbuceo y de la algarabía. Sabe que no es escribe para ser reconocido con estatuillas. Escribe porque insiste, porque no cree en el éxito, ese al que le apuestan las personas inteligentes que creen en la eficacia y en la inmediatez. Escribe y reconoce que ese ejercicio requiere de tiempo, de resiliencia, de abrazar la soledad que le suma a sus personajes como una oda a su aislamiento. 

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La narrativa de Murakami no puede entenderse sin el jazz. Su escritura está llena de la improvisación del género musical. De la improvisación entendida como la libertad que no está dictada por lineamientos ni estándares.  A diferencia de la mayoría de autores que acepta que su literatura está permeada por otros escritores, Murakami acepta que su arquetipo está basado en el trompetista y compositor de jazz, Miles Davis, uno de los titanes de este género musical que marcó el compás y el ritmo de la escritura del japonés. 

Hablar de los premios que le han otorgado al escritor de libros como Kafka en la orilla, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, De qué hablo cuando hablo de correr o El elefante desaparece, es desconocer su temor a la fama, a no poder salir a trotar habitualmente sin interrupciones, a desconocer que escribe porque ahí es donde crea ese híbrido de lo fantasioso y lo real. Hablar del ritmo de sus letras, del hechizo de sus historias y de la especificidad con que narra el amor, el sexo, la libertad y la violencia es intimar con las reflexiones y desvarios del autor, es conversar con él sobre los comportamientos más rechazados y los pensamientos más desatinados. Leer a Murakami es brindarle un homenaje en vida y es una posibilidad de conocer ese mundo del que no nos hablan porque desde siempre fuimos colonizados por la cultura occidental, esa que también lo ha marcado a él pero que desde siempre lo ha relegado por una supremacía inventada y configurada para no consumir algo diferente a lo que las grandes potencias ofertan.