Hijos del mismo sol

En la montaña, la playa, el mar, la ciudad, o incluso bajo la lluvia, es el mismo sol que nos guía, símbolo de la fuerza divina, de la luz y el poder que era el sol para los nativos latinoamericanos prehispánicos.

Latinoamérica es una fuerza potencial y diversa, pero también dividida ente fronteras y banderas. Soy colombiana y por supuesto latina, y he sido víctima y victimaria de la discriminación entre países hermanos, porque, apartándome de la generalización, he convivido con latinos sumergidos en una competencia nacionalista.  

Los estereotipos se posan en el aire de las fronteras, sobre el aura de los inmigrantes, y en las voces ignorantes que desconocen las diversas realidades de un continente. Nos es difícil a veces, escapar de las palabras que bamboleamos haciéndolas verdad, disparando insensatos disparates para etiquetar personas bajo el yugo de una imaginada nacionalidad, que, tangiblemente no existe, sino que no es más que una fantasía de separación de un territorio, de un pueblo que se levanta y se acuesta cada día bajo la luz del mismo sol.

Me pregunto: ¿cuál es la necesidad de etiquetarnos? Durante un viaje que sumó dos años desde la Patagonia hasta Ciudad de México, recorrí Latinoamérica escuchado en repetidas ocasiones, de cientos de bocas, en catorce países, desde las playas hasta las montañas, y desde las ciudades hasta los pueblos, mensajes de discriminación hacia los países vecinos y sus habitantes. Discriminación entre personas que hablamos el mismo idioma, compartimos la raza aunque sea diversa en color y procedencia, y nos alimentamos de la misma tierra. 

Todos parecemos tener una marca indeleble, que nuestras palabras insensibles ratifican, apoyando sin siquiera saberlo una segregación de la que también somos víctimas. Con fuerza y convencimiento, habré escuchado tantas veces que me harté, que los colombianos y mexicanos somos narcotraficantes; los salvadoreños y hondureños son Maras; las cubanas son todas prostitutas que venden su cuerpo para salir de la isla; nicaragüenses ladrones que roban en países vecinos; chilenos y argentinos arrogantes y egocéntricos; panameños y costarricenses vendidos al capitalismo, materialistas y falsos; peruanos, bolivianos y paraguayos… así, simplemente, como si fuera un insulto su nacionalidad; venezolanos y ecuatorianos guerrilleros, y no sé cuántos estereotipos que están de más.

En ese mismo viaje, con suerte, no sólo me invadieron aquellas palabras punzantes, sino que logré percibir mi identidad latinoamericana en los ojos y la sonrisa de las personas; en la piel de colores indígenas, mulatos, negros, blancos, zambos, en la piel del mestizaje; en el trabajo, en los paisajes, en la comida, en la tierra y en el sol. 

Así que me propuse amalgamar esta raza diversa con mis palabras, para que todos, quienes vivimos aquí y hacemos parte del continente latinoamericano, nos podamos ver en los otros como si fuéramos espejos. Que a cambio de romper nuestro reflejo, lo iluminemos con las diversas identidades que nos hacen una sola América Latina.

Propongo una revolución de pensamiento personal, es tarea de cada uno, averiguar si ha perdido sus raíces y volverlas a hacer fuertes, para levantar el tronco que sostiene a nuestro continente. Propongo vernos en el café que tomamos cada mañana, en el cacao, el maíz, en la cordillera, en los volcanes, en los mares que nos bañan de sur a norte, en nuestra mezcla de color, en la música, la alegría, el tesón y sobre todo, en el sol.

Al verlo, en cada amanecer y cada atardecer, recordemos que hemos nacido bajo el mismo sol y bajo el mismo cielo; que la luz nos cubre casi al mismo tiempo en cada país de América Latina; que el mismo poder y la misma fuerza que ejerce sobre el continente, nos da de comer cuando calienta la tierra que trabajan los campesinos; que mientras en el sur se esconde tras la poderosa Cordillera de los Andes, también lo están viendo refugiarse en el Pacífico, que baña las costas centroamericanas y mexicanas.

En la montaña, la playa, el mar, la ciudad, o incluso bajo la lluvia, es el mismo sol que nos guía, símbolo de la fuerza divina, de la luz y el poder que era el sol para los nativos latinoamericanos prehispánicos, y que podemos seguir tomando como guía para volvernos a unir como raza.

América Latina, no olvidemos que ¡Somos Hijos Del Mismo Sol!

 

 

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