Hipótesis de Colombia 1948

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No es igual en modo alguno el desconcierto general del público que asiste con esa intención —prefigurada como una primera fase del acto mágico— al espectáculo de un prestidigitador profesional.

No es igual porque en el primer caso obran además de la destreza del mago varios elementos favorables, entre ellos el irrevocable deseo del público de apaciguar el pago de cuando menos dos boletas de ingreso. Y no es igual porque en el segundo caso el público es tan inesperado como el acto mágico, de lo que fácilmente puede inferirse que el acto mágico —si en realidad lo hubo— fue verídico.

Por cosas así la vida, de vez en cuando, se apropia del único sentido que comparten sin rencillas de orden lógico u ontológico locos, cuerdos y psiquiatras: el caos.

Consciente del caos inminente del que se revestiría aquel día después del acto mágico del oficinista, el transeúnte, para efectos estéticos llamado en adelante Juan, entró en una especie de paranoia que ya nunca podrá esclarecerse, o al menos catalogarse como aguda o crónica, debido a su desangramiento a manos de cierto nutrido grupo de liberales. Como hubiese sido, Juan-en-paranoia alzó su cuerpo, según reportes oficiales de estatura y peso promedios (lo que, después de todo, en un país con tales diferencias nutricionales no significa nada), de esa incómoda banca de madera y caminó atravesando la Av. Jiménez hasta la carrera 7ª. ¿Qué perseguía? ¿Qué persigue un paranoico? ¡Nada! Quienes con planeada frecuencia migran —les llaman peregrinaciones por tratarse de un vocablo más antropomórfico— hacia santuarios de diversa índole, lo hacen persiguiendo algo que no existe, pero encuentran plenamente razonable, justificado. Así también Juan estaba convencido de que perseguía, pero en realidad no perseguía sino que caminaba hasta tropezarse en su paranoia con un hombre bien parecido, gomina en el cabello, de un aspecto físico y moral que algunos llamarían imponente, y le resultaría de cualquier manera familiar. ¿Y qué sucede en la mente de un paranoico que persigue algo si, de golpe, tropieza con algo que cree haber visto antes?

Por eso Juan extrajo su arma y disparó tres veces contra algo. Si ocurrió un 9 de abril, a unas cuadras de la Plaza de Bolívar, y el incidente involucró a un aclamado político, son cuestiones que en el fondo jamás concernieron a Juan. En su mente, acaso mientras liberales puños lo asesinaban, sólo fulguró la certeza de que aquel día había contemplado un genuino acto de magia, y de que en ese acto había comprendido la naturaleza caótica de la que, de vez en cuando, se reviste la vida. No deja de ser una lástima que Juan fuera asesinado antes de la visión de los hechos posteriores, del caos que emanó de un sencillo acto de magia que, sea el momento de confesarlo, no consistió en el hundimiento de un oficinista, sino en la momentánea levitación del cuerpo famélico y vacío de un miserable.

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