La historia de un colombiano fabricante de violines

Entre las piezas de la muestra “La música antes de la música” está expuesto el primer violín construido completamente por las manos de Gustavo Salazar, quien dice que llegó a realizar esta actividad por accidente.

Lo vi inquieto buscando la regla. La tenía perdida sobre las demás herramientas y debí pasársela para sacarlo del lío, gesto que agradeció con una impecable sonrisa de buen tipo. Esa misma sonrisa por poco no se le borra durante toda mi visita, siempre se mostró entusiasta y complacido de hablar sobre su vida y su trabajo en el taller de lutería. “Mi papá es guitarrero, ¡y canta igualito a Leo Dan!”, comenta Gustavo Salazar mientras limpia el puente de un violín con un papel de lija número 600.

Dos años atrás, en Cali, la situación pintaba complicada. El empleo que tenía entonces ya lo aburría y andaba en búsqueda de cualquier otro que le abriera unas alas más grandes. Fue entonces cuando se dio su reencuentro con la música, aunque esta vez en un formato distinto del que conociera de niño. Jorge Valencia, su abuelo paterno, antiguo profesor de música en el Instituto Departamental de Bellas Artes y hoy en la Universidad del Valle, lo presionó para que tomara clases de música a los siete años, y entre la flauta traversa y el violín, el último terminó siendo el elegido.

Nunca se sintió verdaderamente a gusto como intérprete, por lo que terminó por archivar las cuerdas suspendiendo así la tendencia familiar hacia la música que mostraron su abuelo, su papá y su tío, quien también resultó violero (lutier de violines). Fue gracias a la invitación de Cristian Valencia, lutier vinculado a la Fundación Salvi, que el rumbo de Gustavo Salazar dio un giro trascendental. “Fue un accidente. Él me preguntó que si podía ir a ayudar unos días, así que fui, y aquí estoy todavía”. De manera que lo que inicialmente sería un reemplazo temporal como ayudante en el taller de lutería de Cali, terminó sucediendo de tiempo completo sus antiguas ocupaciones como diseñador gráfico y artista plástico. La música había vuelto a tocar a su puerta y esta vez sin intenciones de marcharse.

Allá, entre las piezas de la muestra La música antes de la música, está expuesto el primer violín construido enteramente por sus manos. Va y lo acerca para mostrármelo y aprovecha para continuar trabajando en sus detalles. Varias décadas pasaron antes de recibir en las manos este árbol. Las vetas blancas de la tapa trasera del instrumento resplandecen ante la luz amarilla de la lámpara. Es madera de arce y sus gruesas franjas asimilan las olas de una playa vista desde el balcón de un piso 19, una detrás de la otra complementando la estela anterior. Del otro lado, las líneas de la tapa delantera no son tan brillantes; son oscuras y muy delgadas, lo que habla del frío que soportó el pino antes de acabar en un pedestal de exhibición. La ruta de la música se aleja muchísimo hacia atrás de eso que finalmente percibimos en los recitales o de lo que escuchamos en el disco. Es un camino largo, y falta aún, porque este violín solo se detuvo aquí de paso, como un carro que alcanza pits.

El maestro de lutería Fabrizio Di Pietrantonio considera que son necesarios, como mínimo, diez años de formación para empezar a entender lo que es un violín. Es un proceso largo, complejo, en el que no solo se construyen o se reparan instrumentos, sino que también es una manera de conocerse a sí mismo y de entender la forma en que se es; en ese sentido, “la lutería no es un trabajo, sino el desarrollo de tu alma”, sostiene cálidamente. Van solo dos años desde que Gustavo comenzó su formación en el taller de Cali y, hasta ahora, no cambia sus planes por otro trabajo. Afirma que el adelantar estudios de la mano de los maestros italianos de la Fundación es solo una de las gratificaciones que le deja el oficio: “Con la lutería vos sos alguien, no sos otro del montón, porque somos muy pocos. La lutería me ha brindado lo que me hacía falta, es el complemento de mi vida. Siento que encontré el camino que era, y pienso seguir hasta el final. Rico ser lutier”.

Gustavo no dejó de tener en la mano el escareador, alguna lima o la regla con que mide la altura de las cuerdas sobre el diapasón. Es así como el alma de quien construye un instrumento queda impregnada en él y viaja a gran velocidad en la dirección de las vetas aflorando sobre las notas que el arco les arrebata a las cuerdas.

*Estudiante de periodismo.

 

últimas noticias

Algo llamado orgullo

Howard Phillips Lovecraft: el terror como mito

La mirada de Hebe Uhart

La galaxia de “Universo Centro”