Historias de Vida

Carlos Enrique Cavelier: “La educación es el camino para el desarrollo, la equidad y la transformación social”

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En esa nueva entrada de la serie Historias de Vida, creada y producida por Isabel López Giraldo para El Espectador, Enrique Cavelier hace un recorrido por sus raíces familiares, ligadas a la política y al arte, así como por su vocación por la administración pública y el trabajo social.

Me defino como un emprendedor social al reconocer que nos debemos a tanta gente que tiene necesidades que van desde un plato de comida hasta una carrera universitaria, un empleo de cualquier nivel a una pequeña oportunidad empresarial.

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Orígenes- Rama paterna

Mi bisabuela, Cristina Jiménez Vélez, cartagenera de origen de Magangué, parte de Sucre y Guajira, prima del papá de Carlos Arango Vélez, jurista y político colombiano. Se encontró en Cartagena con quien se convertiría en su esposo, el francés normando Germain Cavelier Eurtematte.

Cavelier, en compañía de uno de sus primos, había emigrado en 1880 a Panamá cuando hacía parte de Colombia. Llegaron a trabajar al almacén de sus primos Eurtematte. De su matrimonio nacieron Roberto, mi abuelo Jorge Enrique, y Cristina que se casó en Barranquilla, tuvo una hija y con quien perdimos contacto desde hace mucho tiempo.

Mi abuelo, cuando tenía ocho años, perdió a su padre debido a la fiebre amarilla tan común en quienes trabajaban en el Canal de Panamá. Quedó solo con su mamá y con sus hermanos. Su mamá fue muy emprendedora y sacó adelante a su familia cosiendo uniformes para el ejército.

Gracias a ese esfuerzo mi abuelo se hizo médico de la Universidad Nacional en 1921, luego consiguió una beca en la Universidad de Chicago donde se especializó en urología. Regresó al país y empezó a ejercer, y fue el primer urólogo que hubo en Colombia. Trajo la insulina hace cien años, evitando con ella la muerte de los diabéticos.

De ahí nuestra conciencia de la importancia de la buena educación. Un hermano de mi abuela materna, Gustavo Gaviria Restrepo, decía que la vida se sustentaba en tres cosas: educación, educación y más educación.

Poco a poco fue migrando a salubrista y, en 1948, Mariano Ospina Pérez lo nombró ministro de Higiene, hoy Ministerio de Salud. Desde su cargo montó los primeros puestos de salud del país; luego siguió ejerciendo como gerente de la Clínica de Marly donde estuvo medio siglo.

Durante la guerra del Perú, mi abuelo se trasladó a Leticia donde refundó la Cruz Roja Colombiana para atender a los soldados heridos en guerra. Luego, por su especialidad y como se impresionaba con las enfermedades sifilíticas, fundó el Hospital de la Samaritana que atendiera estos casos. En 1962 fue nombrado por tercera vez presidente de la Cruz Roja Colombiana, montó su nueva sede, construyó la piscina (la primera gran piscina de Bogotá) y la ayudó a crecer de manera importante. También fue profesor de varias universidades, entre ellas la Nacional y El Rosario; en los años 30 ejerció como decano de Medicina de la Universidad Nacional.

Mi abuelo se casó con Beatriz Gaviria Restrepo, nieta de Papa Cuco. Tuvieron cuatro hijos: Germán Cavelier, abogado que montó su oficina que cuenta con gran tradición. La segunda, Beatriz, de carácter muy fuerte, primera decana bacterióloga de la Universidad Nacional. Mi tío Jorge, gerente de la Clínica Marly y profesor de la Javeriana durante toda su vida, vivió y murió por la clínica. Y mi papá nació trece años después y fue el consentido de mis abuelos, lo que lo propulsó a vivir y trabajar por ellos hasta el fin de sus vidas.

Con los años, mi abuelo se instaló en Cajicá donde compró una finca de recreo que, en su época, podía tomarle tres horas llegar. Era muy dedicado a la gente. Llegaba con su maletín para atender a los campesinos que iban a verlo y hacían fila los sábados, cuando sabían que lo podían encontrar. Y es que no había otro médico en el pueblo.

Recuerdo mucho su maletín negro en el que guardaba su estetoscopio, las pastillas, el termómetro y demás instrumentos y medicinas. Claro que a los niños no nos dejaba acercar, pero aprovechábamos cuando lo abría para observar qué había adentro.

Mi tatarabuelo Juan de la Cruz Gaviria, Papá Cuco, nació en Medellín en 1832 y murió en Bogotá a sus ochenta y cinco años. Fue así que vivió toda la historia del siglo XIX. Varios de sus hijos, que en total fueron más de veinticinco, murieron encarcelados por la Guerra de los Mil Días. Proyectó una imagen muy fuerte en la familia, la de un liberal de muchos principios que sigue llegando esa parte de la familia, incluso hasta la masonería característica de muchos miembros del partido en el siglo XIX.

Enrique Cavelier – PADRE

Mi papá, Enrique Cavelier, de familia tradicional y asentada en Bogotá, estudió en el Gimnasio Moderno y después zootecnia en la Universidad Delaware.

En 1959 mi padre fundó la pasteurizadora La Alquería con el apoyo de mi abuelo, se consagró a ella como a la finca. Porque mi papá decidió muy temprano que quería ser campesino pues pasaba tres meses de vacaciones al año, de noviembre a febrero, en medio de la naturaleza en Cajicá cuando tenía sólo tres mil habitantes.

Cuando llegaba a Cajicá le entregaban un par de alpargatas y le decían: “son para que las use durante estas vacaciones”. Se las ponía, salía corriendo y no lo volvían a ver. Se divertía con sus amigos los Casitas, hermanos mayores de Alberto Casas, con Jorge Steiner, papá de Roberto el miembro de la Junta del Banco de la República, y otros vecinos. Jugaban en el río, en la montaña, iban al pueblo.

Mi papá fue el hijo chiquito, el predilecto, fortuna de los menores, entonces le dejaban hacer lo que quisiera. Reconociendo su afición y su gusto por el campo, mi abuelo se lo llevó a estudiar agronomía en un college en los Estados Unidos.

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Rama materna

La rama materna de la familia es tolimense venida del Valle y bogotana, de funcionarios públicos que tuvieron una educación básica, especialmente las mujeres pues era lo usual en la época. Mi tatarabuelo Juan de Dios Lozano, fue un conservador acérrimo que se enfrentó en batalla a su hijo Fabio Lozano Torrijos, liberal, quien tuvo un mentor muy importante, Jorge Isaacs, quien lo formó en principios liberales.

En la Guerra de los Mil Días al doctor Fabio Lozano Torrijos le quemaron la finca y se vio obligado a dejar a su familia para venir a trabajar a Bogotá, pues no le quedó nada. Cuando estuvo mucho más estable se reunió nuevamente con ella y logró educar muy bien a sus hijos. Fueron tres abogados egresados del Rosario, Fabio, Juan y Carlos, una hija pintora y otra que murió muy joven. Todos nacieron en Ibagué, menos mi abuelo, Carlos Lozano, quien nació en Fusagasugá, mientras su padre se hacía espacio a Bogotá para comenzar de nuevo. Se graduó muy joven del colegio, a los trece o catorce años, y se educó como abogado en la Universidad del Rosario de donde se graduó a los dieciocho años. Fue secretario General de la Universidad bajo la sombra de monseñor Carrasquilla.

A mi bisabuelo Fabio Lozano Torrijos, lo nombraron embajador en Lima. Firmó el Tratado Salomón-Lozano para remediar conflictos centenarios con el Perú, aunque estos no evitaron la guerra que en últimas se acabó dando.

Por ello mi abuelo Carlos estudió en la Universidad de San Marcos en Lima y luego en Italia con Enrico Ferri y Cesare Lombroso, también profesores de Jorge Eliécer Gaitán. Regresó en los tempranos veintes a ejercer su profesión de penalista. Tuvo una mente extraordinaria.

En 1930, a sus veintiséis años, cuando Enrique Olaya Herrera llegó a la Presidencia lo nombró gobernador del Tolima. Fue el primer gobernador liberal en cincuenta años. Antonio Rocha, su amigo de toda la vida y que había sido su profesor de derecho, fue secretario de Gobierno y más adelante lo sucedió en la gobernación.

Mi abuelo era tan efusivamente liberal y entusiasta que viajó a Buenaventura a recibir al presidente López cuando venía a hacer campaña. Le pidieron la renuncia de la gobernación por ser este un acto considerado de intervención en política. Lo sucedió su secretario de gobierno, el luego legendario profesor rosarista Antonio Rocha.

También fue representante a la Cámara, estuvo en el Consejo de Estado y en la Corte Suprema de Justicia. En el gobierno de Santos, fue nombrado ministro de Educación, ministro de Gobierno y canciller.

En el segundo gobierno de López volvió al ministerio de Gobierno y a la Cancillería. Lo nombraron designado a la Presidencia y se posesionó en el año 42 durante unas semanas en que tuvo López un viaje al exterior.

Una vez terminó el gobierno de López fue nombrado canciller por Mariano Ospina Pérez. Fue también presidente de la Comisión Interamericana o del Pacto de Bogotá y, ejerciendo el cargo, ocurrieron los hechos del 9 de abril y se fundó la OEA. Asimismo, fue ministro Plenipotenciario en París, embajador en Brasil y en Chile.

Escribió una docena de libros, sobre el derecho penal, el liberalismo, sobre Santander y en contra de Núñez. Fue miembro de la Academia de Historia. Fue decano de Derecho de la Universidad Nacional, también profesor de cuatro universidades.

Murió muy joven y de manera trágica a sus cuarenta y ocho años en el 52. Era depresivo y se le lanzó al tren de la Sabana en Usaquén.

Mi mamá lo perdió muy temprano, cuando apenas tenía quince años.

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Margarita Lozano– Madre

Una lección muy linda está relacionada con el hecho de ser una familia de amantes de los libros. Mi abuelo, cuando llegó de Chile en el 46, no quería que su hija estudiara en un colegio religioso, sino en uno laico, y la única opción que encontró fue el Liceo Francés de Bogotá para luego continuar en Madrid. Le faltó poco para graduarse, pues la muerte de su padre cambió sus planes.

Resulta que un cuñado de mi abuela le vendió su biblioteca a la Luis Ángel Arango. Con esos recursos mi mamá, Margarita Lozano, se educó en Europa donde estudió pintura durante cuatro años. Fue así como los libros pagaron su educación.

Mi mamá había descubierto que el arte era lo que la fascinaba, entonces viajó a impregnarse de todo ese mundo artístico y cultural que se hallaba en Italia, en Francia y en los Estados Unidos. Hizo parte de diferentes talleres y fue alumna de connotados maestros.

Cuando vivía su papá, se cruzaron cartas personales y en una de ellas mi abuelo le decía: “quiero que te vayas a estudiar a una universidad americana para que conozcas la experiencia y disfrutes del campus”. Nunca lo hizo, en cambio, como mencioné, sí se educó en pintura en Europa.

Al final de ese viaje conoció a mi papá en el año 57 cuando estaba estudiando en Nueva York.

Casa materna

Mis papás se conocieron en una Navidad donde Andrés Uribe Crane en Nueva York. En 1959, cuando regresaron al país, se casaron en Bogotá en la casa de Provenza de su tío Juan Lozano rodeados de familiares y amigos.

Mi mamá conocía a Gloria Gaitán, las dos habían perdido a sus padres muy trágicamente. Resulta que Gloria y su novio Luis Emiro, así como mi mamá y mi papá, se casaron el mismo día en la misma iglesia de Suba. Sin esperarlo, coincidieron en el aeropuerto, pues las dos parejas iban a México a pasar su luna de miel.

Como Luis Emiro y Gloria eran de izquierda, estando en México convencieron a mis papás a que viajaran a celebrar el primer aniversario de la caída de Fulgencio Batista en Cuba. En ese entonces Cuba ofrecía al turista una estadía extraordinaria, con los hoteles como Tropicana, con la mafia norteamericana metida en la Isla con sus casinos y demás haciendo de las suyas.

Era normal que celebráramos las dos familias unidas los aniversarios que se cumplían los 19 de diciembre.

Mi papá venía a diario a la finca de Cajicá y, apenas tuvo la oportunidad de construir una casa, lo que ocurrió hacia el año 64, se instaló con la familia. Entonces fue donde crecimos mi hermano Juan Pablo y yo, aunque nacimos en Bogotá.

Nos llevamos dos años y recuerdo su nacimiento, febrero de 1963, cuando fuimos a recogerlo a la incubadora. Conservo la imagen de cómo estaba vestido, con un sobretodo color camel, con botones de cuero cocidos los unos sobre los otros. Esto hizo que me lanzara a darle vuelta a los botones de la incubadora, para mí eran lo mismo. Casi lo dejo sin aire y le bajó la temperatura, pero por fortuna no hubo consecuencias.

A mis catorce años mi papá fue nombrado, por el presidente López y el gobernador Hernando Zuleta, alcalde de Cajicá, lo que me brindó aún mayor perspectiva y pude ver su consagración a los temas de su comunidad. Allí estuvo casi 20 años, haciéndose elegir popularmente dos veces.

Pilares de familia

Tuve el ejemplo de mi tío Fabio Lozano Simonelli que, como mencioné, escribió varios libros que yo veía con admiración. Pero también el de mi tío Germán Cavelier que consignó la historia de Colombia y tratados internacionales en varios miles de páginas. El verlos en su escritorio, estudiando y leyendo, hizo que yo quisiera también escribir.

Compartimos con la familia del primo hermano de mi mamá Juan Lozano, papá de Juan Lozano quien a sus seis años ya tomaba clases de griego y de historia griega con Andrés Holguín, era el niño prodigio de la familia, fue siempre el primero de la clase en el Colegio Anglo-Colombiano. Ellos nos visitaban en Cajicá con alguna frecuencia.

Soy bastante mendeliano en el sentido de que afirmar que uno se parece más a los tíos que a los padres. Y mi tío, Germán Cavelier, fue muy querido y especial conmigo, me celebraba los cumpleaños, me atendía, me hacía regalos.

Mi tía Inés, su señora, tenía un espíritu muy especial. Era hija del médico Jorge Franco, primer rector de la Universidad de los Andes casado con la hija del presidente Holguín. Fue gente muy cultivada, dedicada a las letras, ejemplo para mí y así aportaron en mi formación.

Pero también compartimos con los primos Cavelier Franco que tenían finca en Tabio, situación que ayudaba a que nos viéramos con frecuencia y creciéramos juntos.

Tuve otros primos que hacía alarde de sus duras aventuras, mientras que yo era calmado, tranquilo, chiquito, flaquito y de anteojos desde los siete años, porque me estiré tan solo a mis dieciséis cuando ya me estaba graduando del colegio.

Íbamos a misa los domingos a la iglesia de Cajicá, crecimos con los niños de la finca, en ambiente de campo y muy rodeados, aunque lejos de Bogotá. En el año 60 mi papá inauguró una escuela en la finca que fue la primera escuela mixta de Cundinamarca, lo que le implicó tramitar permisos y demás hasta lograrlo. Claro que también visitábamos a la familia cartagenera y a la tolimense, esto especialmente durante las vacaciones.

Tuve una relación cercana -desde mi punto de vista- con mi abuelo Cavelier, muy exigente con sus hijos con quienes mantuvo unas relaciones distantes. Lo admiraba mucho por lo que hacía además de su descomunal altura. Pero fue muy consentidor de mi papá, entonces sin falta nos visitaba todos los sábados para el almuerzo.

A los adultos les gustaban los juegos de mesa. Por ejemplo, mi abuela Cristina el día anterior a su muerte se había levantado a las seis de la mañana a jugar póker. Toda su vida fue una jugadora empedernida que se encontraba en contravía con las señoras que iban para misa cuando ella venía de jugar. Murió a los ochenta y seis años. Es una herencia familiar porque mi papá jugó bridge, dados, y mi abuelo póker. Nosotros crecimos con juegos más señoreros, como canasta.

Unos amigos de juego le regalaron a mi papá una hectárea de tierra en su finca de La Vega para que se pudiera quedar cuando programaban sus juegos. Era una aventura de tres o cuatro horas ir hasta allá, pero hizo la casa, sembró árboles frutales y cuidó del jardín. Mi abuelo no podía creer lo que estaba pasando, quedó fascinado.

Como a mi papá le gustaba la arqueología, coleccionaba piezas muiscas que conservamos. En esto hay una anécdota: alguna vez un trabajador de la finca encontró una joya y salió a venderla, mi padre la tuvo que rescatar y pagar por ella cinco veces su precio en la joyería de Bogotá donde la habían venido. Se trata de una pequeña serpiente enrollada en un prendedor, una joya muy hermosa. Pude ver que esas cosas tenían valor, lo refrendaban los libros, los viajes a San Agustín y a las iglesias de Boyacá con su arte colonial.

Amigos de familia– Referentes

Crecí alrededor del arte, pues mi mamá tenía amigos que la visitaban con frecuencia como Alejandro Obregón, Fernando Botero, Enrique Grau, Olga Amaral, Luis Caballero, Ramírez Villamizar, Omar Rayo. Visitábamos sus exposiciones, excepto las que hacían en el exterior.

Fernando Botero se volvió mucho más presente en la vida nuestra cuando compró la casa contigua a la finca de la Alquería en Cajicá y trajo a varios amigos, a su hermano Juan David Botero y a Fernando Londoño Henao.

Pilar Moreno, historiadora extraordinaria, y Jaime Ángel fueron otros referentes importantes. En su casa conocí a Malcolm Deas, a Gerardo Reichel-Dolmatoff. Aunque mis papás no son intelectuales, les gusta la música que, entre otros, disfrutaban con Rafael Puyana. Tuvieron una vida social activa con unos amigos un poco irreverentes.

Otra tradición de la familia fue que, en un momento de su vida, a mi papá le empezó a gustar la cocina y alrededor de ella vinieron más amigos con los que montó La Chaine de Rotisseurs. El más joven era Leo Katz, mi contemporáneo.

Esta afición hizo que en sus viajes quisiera conocer restaurantes. Desarrolló esa vena heredada de mi tía abuela, Rosita, que era, lo que llamaban en Bogotá, un “cocinerón”, también daba clases y su marido, Jaime Rodríguez Fonnegra, abogado muy prestante, miembro de la Corte Suprema de Justicia, era un sibarita al que le fascinaba que le cocinaran bien.

Mi papá fue muy amigo de la hija de la Tía Rosita, pues vivía muy cerca al Gimnasio Moderno, entonces, ante cualquier eventualidad, allá iba a parar. Mi papá pasó el 9 de abril y los días siguientes en su casa.

Esta vena culinaria “la heredó” mi señora Tita cuando empezó a cocinar con mi papá y lo hacen extraordinariamente, mis hijos también cocinan, lo que para mí es extraño y a mi mamá tampoco le interesó nunca la cocina, sino la pintura.

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Liceo Francés

Estudié por un año en el Centro de Psicología Infantil recomendado por Álvaro Villar Gaviria, primo segundo de mi papá, psiquiatra sin igual.

Muy pronto mi mamá convenció a mi papá de que nos matriculara en el Liceo Francés, pues quedó en ella que la experiencia era extraordinaria. Fue, como ella bien decía, la única decisión importante que le ganó temprano en el matrimonio.

Fui muy travieso, lo que me ganó el apodo del niño más inquieto de Bogotá. Todo lo rompía, a todo me subía, lo que hoy se llama hiperactividad. Me hice amigo del que me defendía, huía a los juegos bruscos, y las confrontaciones me producían mucho escozor. Fui el más chiquito del salón, pues había sido adelantado un año: lo que considero desafortunado porque, además, yo era muy emotivo.

Nunca perdí un año, pero el Liceo Francés me generó una dificultad enorme. Cuando me iba bien con un profesor desde el primer día, me iba bien el resto del año y al contrario. Alguna vez me tocó una pareja de esposos como profesores, él enseñaba matemáticas y ella francés. Con el marido me fue muy bien, pero con ella no hubo posibilidad ninguna.

En ocasiones me gustaba la ciencia, en otras las humanidades y, aunque adoraba las matemáticas, en los últimos dos años me fue muy mal con los profesores y casi no logro graduarme. Mientras que, cinco años más tarde en la universidad, tomé unos cursos de cálculo que dejé en A+. Viví una presión muy difícil en el colegio.

Cuando cursaba quinto de bachillerato les dije a mis papás que no resistía más en el colegio y pedí que me pasaran al Gimnasio Moderno. De ninguna manera aceptaron y me hicieron terminar en el Francés.

La formación que brinda el Liceo Francés es muy dura, pues para mi época todavía quedaban profesores un poco mayores que venían desde la guerra con la formación que les había dejado esa experiencia. Su exigencia académica es muy alta y la inteligencia emocional muy baja. En las clases imprimían gran rigor, lo que hoy se agradece.

Es uno de los dos mejores colegios de Colombia, junto al San Carlos. Lumbreras como Rodrigo Uprimny, Antanas Mockus, y tantos otros, han sido sus egresados. Como la comunidad hebrea de Bogotá estudiaba en él, también la sirio-libanesa y la de color, el colegio resultaba muy diverso. En general estudiaban los hijos de los empresarios, migrantes o profesores de clase media. Todo esto da una visión de país ampliada.

Fui muy consciente de la educación que había tenido en el Liceo Francés, multicultural, pluralista, anti racista. Era muy difícil no pensar que era muy privilegiado, en especial reconociendo la calidad de la educación en mis abuelos y de mis padres.

Sus profesores, en su mayoría socialistas, criticaban las fiestas de grado en el Hilton haciéndonos ver que había un grupo social con muchas carencias y necesidades no atendidas. Esto lo confirmaba cada vez que salía de mi casa en Cajicá para el colegio y veía grupos de niños caminando a la escuela de Fagua, recibí un golpe de realidad muy fuerte con respecto a la calidad de la educación que yo recibía, que era extraordinaria.

Colegio Northfield Mount Hermon

Me gustó mucho la finca y admiré el esfuerzo de mi papá, pero me empezó a llamar poderosamente la atención la arqueología. Entonces me enviaron a estudiar a Northfield Mount Hermon en los Estados Unidos para aprender inglés.

Estando allá, tomé cursos de arqueología y antropología social, y supe que era lo que quería hacer. La antropología y en particular la etnología me atrapó y me dediqué a ella, gustándome mucho las dos, porque son áreas extraordinarias.

Viví la experiencia más parecida y cercana a un Kibutz, en un pueblo de Massachusetts a cinco horas de Nueva York. Esto fue así porque el colegio era muy democrático y diverso. Tenía todas las prioridades resueltas. El artista Mark Sheinkman fue mi roommate con quien no me entendí muy bien, aunque seguimos siendo amigos después de cuarenta años. Luego en la universidad compartí con un estudiante de color de Zimbabue (en aquella época todavía Rhodesia), lo que me generó un impacto cultural muy formador.

Este no solo fue un colegio para estudiar, sino para desarrollar otro tipo de actividades culturales y deportivas. Estudié fotografía, aprendí a revelar y lo hice desde mi pequeño estudio casero de Cajicá, mis fotos salieron en el anuario. Cubrí la visita del músico Pinchas Zuckerman y tantas otras.

También escribí en el periódico, aunque con alguna dificultad. Practiqué deportes, mi favorito, el fútbol.

Mucho tiempo después supe que de este colegio se habían graduado personalidades del mundo como Nat King Cole y su hija, luego recordé que había compartido con un grupo de niñas Cole, que resultaron ser sus sobrinas. En 1900 se graduó el sudafricano que montó el Nationalist Congress Party, Sharad Pawar, y varios otros muy ilustres.

Universidad de Vermont

Como mis notas del colegio no eran particularmente buenas, no era fácil entrar a una buena universidad. Pero un día me dije: “no puede ser posible que yo siga siendo el mediocre”. Cuando saqué una C me prometí que sería la única, la última. Por fortuna los gringos tienen una habilidad extraordinaria de sacarlo a uno adelante, de devolverle la autoestima, porque son grandes pedagogos.

Una vez en la universidad pude reconocer que la sociología era una hermana de la antropología, pero en sociedades modernas. Decidí entonces tomar un curso de etnología extraordinario que me resultó mucho más interesante que la misma arqueología. Por esas circunstancias del destino también tomé cursos de educación.

Estas áreas del conocimiento me permitieron estudiar el comportamiento humano y de sociedades milenarias y cambiaron mi perspectiva del mundo.

Aproveché muchísimo a mis profesores, pues muchos de mis compañeros preferían irse a esquiar y a fiestiar mientras que yo me quedaba a estudiar. Estreché vínculos muy fuertes con los docentes, más que con los compañeros de mis cursos que me recordaban la fiesta y el ruido que desde siempre he evitado. Era su “nerdo preferido”.

Tan pronto comencé mi carrera, me comprometí con una columna de opinión quincenal en el periódico universitario. Esta ha sido una disciplina que asumí desde muy temprano y que continué en mi vida profesional por algún tiempo. Tiene para mí mucho valor y considero que ayuda a formar criterio pues obliga a plantearse los temas de actualidad.

Recuerdo que alguna vez me encontré, en uno de los vuelos, al presidente Misael Pastrana, amigo de mi familia a quien con frecuencia veía en mi casa y mi abuelo, cuando era canciller en el gobierno de Ospina, lo nombró en Roma donde conoció a María Cristina y se casó con ella. El hecho es que conversamos de manera fascinante durante todo el trayecto que duró cinco horas.

Con el tiempo lo busqué, no sin antes consultarle a Luis Carlos Galán, pues quería escribir en La Prensa. Cuando publicaron mi primer artículo, a los quince días mataron a Galán. Recuerdo las palabras de Pastrana cuando le llevé mis artículos: “ten en cuenta una cosa, es mucho más fácil escribir todos los días que una vez por semana”. Lo hice por tres años.

Estaba en un dormitorio experimental, asistí a uno de los clubes de Vermont y durante un año dirigí el Club de Antropología de Vermont. Invité a speakers de sitios muy distintos, manejé el presupuesto, rendí cuentas y, al mismo tiempo, dirigí el auditorio cuando tenía diecinueve años con veinte muchachos a cargo. Esto me formó en todo el tema de manejo de personal, de interrelacionamiento con las personas.

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Fui voluntario en un thanksgiving asistiendo a un anciano que vivía a pocos kilómetros de la universidad. Se trató de Hernando Lobo-Guerrero, galanista que me dijo: “recuerde esto: Luis Carlos Galán va a ser el próximo presidente de Colombia, así que vamos a trabajar por él”. Su comentario sembró en mí una inquietud muy grande, una necesidad de participación. Al señor lo mataron en unas vacaciones que hizo a nuestro país, todo por robarle el carro.

Encontré a Frank Sampson, profesor magnífico que había enseñado en Harvard, me volví su asistente en el último año de carrera. Muy exigente, pero formador. Fue un mentor tan importante, al grado de que, hace cinco años su señora me regaló su biblioteca para donarla a la Universidad de los Andes. Se trataba de ocho mil libros de sociología y ciencias sociales.

Tesis – Universidad de los Andes

Tuve muy claro que quería hacer política. Entonces vine a los Andes al Departamento de Antropología y al de Economía donde tomé cursos con Hernando José Gómez y Armando Montenegro como mis profesores.

Por recomendación del profesor Morales de la Universidad de Los Andes, hice mi tesis con los guambianos. Me recibió el profesor Aranda, en la vereda El Cacique, por tres semanas en su casa en el Cauca con su numerosa familia.

El día de mi regreso, a las cinco de la mañana, me bajaron del bus y fui detenido en el cuartel de la policía por varias horas. Esto fue así porque me habían visto conversar en la plaza con un militante del M-19. Por fortuna no pasó nada, tan solo un retraso en mi itinerario, aunque fue una experiencia poco amable.

Como anécdota recuerdo que conformamos un grupo de amigos y primos con los que tomamos la iniciativa de lavar las fachadas de las diferentes facultades de la universidad y organizar el campus, pues consideramos que estaba en malas condiciones de aseo. Pintamos paredes, podamos el césped. Todo esto contra la voluntad de los profesores.

Conocí en ese momento a Rodrigo Escobar Navia, el rector, e hicimos una muy buena amistad el resto de su vida en la que aportó de manera valiosa en mi construcción personal.

Experiencia comunista – Alemania

Resulta que durante los cuatro años de carrera y en las vacaciones de verano viajé a Alemania Oriental y Occidental para estudiar el idioma motivado por mi deseo de vivir la experiencia de un país comunista. Además, porque aprender ruso o polaco era un imposible.

El doctor Octavio Arizmendi Posada, primer rector de la Universidad de la Sabana, decía: “el tema no es que la gente visite Moscú, pues apenas lo pisan descubren que el sistema es un desastre. El problema es que se vayan como a París, pues ser comunista allí es delicioso”.

Estando allá viajé por Europa como mochilero. Recorrí toda la RDA, durmiendo en autopistas, echando dedo, conociendo gente de todo tipo que contaba historias de la Guerra Mundial y de la Guerra Fría. Estudié todo un verano en la universidad de la ciudad báltica de Rostock con compañeros polacos, checos, búlgaros e italianos. Entendí a fondo la Guerra FrÍa y el efecto de la Cortina de Hierro sobre Europa del Este.

Maestría en Harvard

Pensé que debía hacer algo práctico y que en la política encontraría la manera de aplicar mi vocación de servicio. Fue así como decidí hacer la maestría en políticas públicas antes de devolverme a Colombia.

Era ya el momento, conté con todas las credenciales que me permitieron el ingreso, tenía muy buenas notas del Vermont y de los Andes, y actividades extracurriculares para mostrar. Además, había aprendido alemán.

En Harvard aprende uno a medirse intelectualmente con la gente grande de verdad, entiende las capacidades de los profesores, el tamaño de los compañeros. Allí se siente uno chiquito de verdad, a la estatura intelectual que le toca.

Tesis de grado

La tesis la basé sobre desarrollo económico de la agricultura colombiana en el largo plazo, porque siempre tuve claro que quería hacer algo por mi país, participar haciendo política, pero de un modo diferente. Entrevisté a Virgilio Barco, a Carlos Lleras Restrepo, y recorrí el largo y ancho del territorio nacional para entenderlo.

Asociación Nacional de Industriales – ANDI

Me vinculé a la ANDI a la Cámara de Alimentos durante un verano de vacaciones e hice un estudio sobre las ventajas competitivas del sector palmicultor colombiano. Desempeñando mi cargo, me gustó muchísimo más la política económica.

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Concejo de Cajicá

Llegué al Concejo como parte de la lista del galanismo cuando mi papá era alcalde de Cajicá. Me concentré en el tema de la educación, principalmente logrando becas universitarias para los mejores ICFES del municipio.

Universidad de los Andes

Enseñé políticas públicas gracias a la decana de la Facultad de Administración Manuel Rodríguez Becerra con quien mantengo una profunda amistad y conocí al doctor Mario Latorre Rueda, personaje extraordinario, cucuteño, sociólogo, constitucionalista, representante a la Cámara y muy cercano a Barco. Fui su profesor asistente en el curso de administración pública y fue una formación académica en extremo rigurosa que me llevó a enseñar en los Andes por siete años, desde 1985 hasta 1992.

Diputado en la Asamblea de Cundinamarca

En 1986 fui elegido diputado de la Asamblea de Cundinamarca. Este es un cargo absolutamente improductivo, un remanente arcaico político que quedó de los Estados Unidos de Colombia. Dos años después no salí electo, me quemé en las siguientes elecciones.

Logré pasar un proyecto de ordenanza que beca a los mejores estudiantes del departamento. Esta había sido una de mis banderas como concejal de Cajicá que privilegia a los mejores ICFES.

Visité, como diputado, Casa Verde, donde pudimos conversar con Jacobo Arenas, Alfonso Cano, Manuel Marulanda “Tiro Fijo”, Pastor Alape, a quien me encontré hace cuatro años en La Habana. Viajé con Jesús Aníbal Suárez diputado de la UP quien organizó el viaje y con otros seis diputados de todos los partidos; el recorrido lo hicimos en mula desde el Sumapaz, a diferencia de como lo hacían periodistas y demás personalidades de la vida nacional que buscaban reunirse con la cúpula de las FARC.

Esto es conocer el país a pie y en mula como verdaderamente se conoce. Íbamos guiados por guerrilleros que vestían de civil, pero se veían en pésimas condiciones, lo que luego cambió para ellos cuando sumaron a su negocio el narcotráfico.

Fueron tres días los que permanecimos en el campamento al tiempo con algunos conservadores, liberales y gente de la UP.

Para esa época su discurso era bastante romántico, expresaban que, si tuvieran diez mil fusiles, se tomarían a Bogotá. Hablaban de paz, pero en términos de guerra. Era una población básicamente campesina con algún influjo urbano y estructura absolutamente militar.

Sumaban a su movimiento infantes que sacaban de sus casas con la promesa de comida, dormida y un futuro como ministros de gobierno cuando la guerrilla se tomara el poder. Pintaban un reclutamiento forzado como voluntario, aunque no hay duda de que en muchos parajes los niños también aspiraban a llevar un fusil y mandar.

Era claro que no había ningún propósito ni ideología, sino que era un movimiento manteniendo un ideal irrealizable.

Una curiosidad fue que me encontré con un compañero de colegio, mucho mayor a mí, pero se había ido para la guerrilla. Se trataba del comandante Daniel, quien murió tres años después en un enfrentamiento con el ejército.

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Esta experiencia me recordó mi viaje a Alemania, donde quienes cargaban fusil eran hijos de la anterior revolución (la Segunda Guerra Mundial), hijos del pasado.

Pese a todo, fue un aprendizaje muy interesante que me animó a continuar con mi propósito en la vida pública.

Ministerio de Agricultura

De 1988 a 1990 trabajé con el galanista Gabriel Rosas y con Germán Vargas, su secretario privado, como director del Plan Nacional de Rehabilitación – PNR en el Ministerio de Agricultura del gobierno de Virgilio Barco.

La conclusión clara es que el tema agrícola de los campesinos es un drama, y sé que lo que estoy diciendo no es ninguna novedad.

En esa época viajar al interior de la selva profunda, a las zonas más apartadas, significaba un verdadero riesgo, pues el país estaba plagado de guerrillas.

Me frustré profundamente, no vi cómo sacar adelante los proyectos con unas instituciones politizadas y corruptas.

Además, ejerciendo este cargo mataron a Galán, por eso no llegué a Soacha, pues era funcionario público y no podía acompañarlo. Llegué tarde en la noche cuando ya habían ocurrido los lamentables hechos; estábamos haciendo el curso prematrimonial con Tita, mi futura señora. Fue una noche dolorosa, oscura y muy larga, que para las costumbres políticas perdura todavía. Nunca cambiarían como las hubiera hecho cambiar él.

Con su muerte sentí que había quedado sin norte, pero no solo yo, sino también el país. Gaviria, al recibir las banderas del movimiento, hizo una gestión importante en materia constitucional y política, pero siempre como todos los colombianos lamentaré la ausencia de Galán.

Cámara de Representantes

Me lancé a la Cámara en 1990 y un año más tarde la Asamblea Nacional Constituyente revocó el mandado. Pero no me quise volver a presentar, pues mi papá lo hizo para la gobernación, aunque no ganó. Le ayudé en su campaña, pues cómo no hacerlo. La verdad disfruté poco la experiencia en el Congreso, entendí que era mejor para cargos ejecutivos donde suceden hechos, se hacen cosas tangibles.

Ministerio de Justicia

Llegué al Ministerio cuando Fernando Carillo era ministro y se habían creado un número importante de instituciones como el Consejo Superior de la Judicatura, la Defensoría del Pueblo, la Corte Constitucional.

Vivimos la situación de la Cárcel de la Catedral y la consiguiente fuga de Pablo Escobar, en julio de 1992. No fue fácil asimilar este desastre, pues Pablo Escobar siempre hizo lo que quiso y a todos nos culpaban por el hecho de estar involucrados con el ministerio. Esto en la búsqueda de chivo expiatorio.

Me retiré en octubre del 92 para instalarme definitivamente a trabajar en Cajicá al lado de mi padre.

Alquería

Decidí retirarme de la política, pues la presión y el riesgo de las amenazas que recibimos por parte de Pablo Escobar robaron mi paz y la de mi familia. La política hace que uno arriesgue a los suyos, no permite espacios distintos a dedicarse a ella, entonces el costo personal es muy alto.

Comencé a trabajar en la lechería al lado de mi papá, aunque él ya un poco ausente por el cansancio de haberla manejado él solo por 25 años. Hice equipo con un par de ingenieros uniandinos que estaban a cargo de la administración y la producción. Formamos una tríada financiera, técnica y yo me encargué de la comercial.

Fue esta una nueva etapa para Alquería cuando lanzamos la leche larga vida en bolsa y nuevos productos, crecimos la distribución e implementamos nueva tecnología. Pasamos de tener un equipo de 200 personas a uno de 4.500, de vender 120 mil litros a un millón diarios, de 1.800 tiendas a 170 mil.

También firmamos alianzas, una de ellas con Danone por espacio de diez años, también con Quality Chekd y la IFC. Actualmente estamos trabajando mancomunadamente con el grupo Meso América.

Trabajamos con el Padre Daniel del Banco de Alimentos ÁBACO y desde allí hemos impactado de manera poderosa en asocio con Nutresa y la Fundación Éxito. La leche que quedaba, y que estaba en buenas condiciones, se la dábamos a los terneros, ahora llega a las familias más necesitadas de todo el país.

Esta ha sido una transformación muy importante para una empresa que en 1999 enfrentó una crisis profunda que casi le significa la quiebra, pero que gracias al apoyo irrestricto del banquero Juan María Robledo (qpd) salió adelante.

Coordinador de sueños

Diez años más tarde, cuando presidí la empresa, me hice llamar Coordinador de sueños y no Presidente, pues no me gustan las jerarquías al considerar que estas generan distancia con el equipo de trabajo. La gente necesita dirección y sueños, herramientas para crecer y retos.

Contamos con la asesoría de Peter Senge profesor de MIT, quien nos contaba que es muy difícil ser un líder cuando lo que se generan son barreras que impiden la comunicación. Lo que me propuse fue tener una Alquería mucho más igualitaria, meritocrática y transparente en la comunicación.

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Fundación Cavelier

La Fundación Alquería Cavelier se preocupa por el bienestar y el desarrollo de su comunidad de muy escasos recursos económicos desde hace más de diez años. Entendemos que la educación es el camino fundamental para el desarrollo, para lograr equidad y para transformar la sociedad.

Para lograrlo tenemos muy claro que debemos impactar en las políticas públicas que ayuden a elevar el nivel educativo y que permita a los jóvenes talentosos acceder a una educación superior de calidad.

Nuestro propósito es cerrar la brecha entre el sistema de educación pública y el de educación privada.

Iniciamos con el proyecto Talentos Excepcionales con el que se han becado a más de trescientos niños, los preparamos para que potencien sus capacidades y mejoren su ICFES. Hemos hecho campamentos de verano con ellos y demás actividades con foco.

Pero nos dimos cuenta de que si no se trabaja en la calidad de los colegios, la situación seguirá siendo la misma. Entonces decidimos trabajar también de la mano de la alcaldía y de los comuneros. Quien lo sucedió, Orlando Díaz, se interesó muchísimo en el proyecto, entonces logramos ubicar a los colegios en calificación A y Cajicá fue el municipio que más niños Ser Pilo Paga tuvo en todo el departamento.

La actual administración no está interesada, pues todo lo mide como una ruta económica y política.

También trabajamos de la mano de los rectores de los colegios, no solo de Cajicá, sino de varios municipios del departamento de Cundinamarca. Estos se vuelven líderes del proceso, comienzan cambios curriculares, arreglamos locativamente sus instalaciones y les brindamos coaching a rectores y educadores.

Tenemos alianza con universidades como los Andes, la Javeriana y varias otras a fin de acompañar la capacitación de los maestros.

Actualmente estamos trabajando con el gobernador Nicolás García Bustos y Pilar Noriega, directora de la Fundación que es secretaria de Educación de Cundinamarca. Con ellos buscamos replicar el modelo en cincuenta municipios donde Cajicá, Chía, Zipaquirá, Tabio y Tenjo fueron los primeros.

Nuestra meta es tener el departamento mejor educado de América Latina para el año 2030. Y aunque la pandemia no nos está ayudando, seguimos en nuestro propósito.

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Vida familiar

Como me han pasado las cosas importantes en la vida, cuando no se esperan ni se imaginan, conocí a mi señora, Tita. La conocí de “chiripa” el serendipity colombiano por estar metido en causas sociales.

Viajé a Cali en 1986 en una visita motivada por la Universidad de Harvard cuando organizábamos la conformación del club de egresados. Visitamos la Fundación Carvajal donde nos recibió la subdirectora, María Vitoria Córdoba de Piedrahita, quien, al año siguiente, me presentó a su hija María Teresa Piedrahita, Tita.

Tita es arquitecta, una artista a la que le gusta diseñar, tener las cosas muy en orden, para quien la belleza y la estética en el hogar son muy importantes. Es muy organizada, de carácter y con un sentido social muy grande.

La vi trabajando un verano en Aguablanca mientras diseñaba los planos de las casas de auto construcción, pues ella consideraba que bien podían tener una habitación digna y hermosa, independiente de su disponibilidad de recursos. También diseñó los carritos coloridos de las ventas callejeras. Eso me enamoró, pues en mi familia este tema ha sido crítico.

Tita hizo muy buenas migas y fue muy cercana a Luis Carlos Galán. En alguna cena le dije a Galán:

— Mire, doctor Galán. Aquí le presento a una bisnieta del doctor Hernando Zawadzki, fundador de El Relator, el único periódico liberal de Cali.

— ¡No! Y qué eres de Clarita Zawadsky, mi amiga de Roma, maravillosa persona.

Alguna vez íbamos para Zipaquirá en el carro con Galán y Tita le dijo:

— Doctor Galán, se casa Carlos Enrique.

— No me digas, ¿y con quién? Preguntó despistado.

Le contesté:

— ¡Pues conmigo!

Después de dos años de noviazgo nos casamos. Ese 18 de agosto estábamos en curso prematrimonial y llegamos tarde a Soacha. La boda fue en diciembre.

Nos fuimos a vivir al centro, lugar estratégico para mi trabajo, pues había sido electo a la Cámara y para Tita resultaba muy cómodo caminar hasta la Javeriana.

Con los años Tita se lanzó al Concejo de Cajicá, su misión fue frenar los exabruptos políticos del volteo de tierras y la corrupción rampante. El año pasado se lanzó a la Alcaldía, pero no ganó precisamente por la corrupción que compró votos y trajo gente de afuera para que votara.

Sus hijos

Dos años después, también inesperadamente, nacieron los mellizos que hoy tienen veintiocho años.

Enrique artista que estudió arquitectura, estudió en la Universidad de Virginia, trabajó con el arquitecto Mazzanti que cuenta obras como la Biblioteca de Medellín, la Nueva Clínica Santa Fe con la fachada flotante extraordinaria; sigue cursando la maestría en Londres virtualmente desde Bogotá debido a la pandemia.

Pablo estudió igualmente en la Universidad de Virginia economía e historia, trabajó en Grey, empresa de publicidad de Nueva York, y lleva tres años en McKinsey Colombia.

Los dos son hijos del Liceo Francés y muy enfocados en sus trabajos. Años después nació Ana María, educadora, estudió en el Liceo Francés, luego en el Clara Casas. Actualmente estudia pedagogía infantil en la Javeriana.

Hace quince años nació Pedro, estudia en el Francés y ahora mismo que hablamos está golpeando el balón, pues quiere ser futbolista.

Reflexiones

Cuando hace este recorrido de vida, ¿qué reflexiones se generan?

Ha sido una vida muy satisfactoria en todo sentido, de logros académicos, de tejidos de amistad muy fuertes y absolutamente pleno en lo familiar.

Me siento muy satisfecho con mi entrega en lo social desde lo empresarial, aunque tengo una cojera intelectual que aspiro corregir pronto de regreso a ser profesor universitario y hacer investigación, publicar más libros aparte de los tres que ya hice en los años 90.

¿Quiénes son sus pilares fundamentales en la existencia?

Mi familia, Tita y mis hijos, han sido el mayor soporte y me han permitido avanzar a través de esos dos “impostores” de Kipling que son el éxito y el fracaso.

Sin ellos, sin su aporte y apoyo permanente de cariño y psicológico, no habría llegado a donde estoy.

¿Cómo lo impacta el tiempo?

Creo que los seres humanos tenemos unos parámetros de nacimiento a muerte con el propósito de darlo todo en el transcurso, buscando servir a la mayor cantidad de gente posible.

¿Cuál es su mayor sueño?

Tener una familia siempre unida en felicidad, en la que mis hijos cumplan sus proyectos. Pienso en la frase de Thomas Jefferson: “A mí me tocó ser militar y político para que mis hijos sean ingenieros y arquitectos, y mis nietos sean músicos y filósofos”.

¿Cuál es su ideal de felicidad?

Que los niños, hijos de familias de pocos recursos, tengan la oportunidad de formarse con excelencia y estén dispuestos a comerse el mundo. Esto es hacia lo que hemos avanzado en la Fundación Alquería Cavelier, pero los 350 niños que tenemos en colegios, universidades, graduados y en el exterior son sólo el inicio.

¿Qué le gusta dejar en las personas que se acercan a usted?

La idea de que siempre se podrá hacer algo bueno que beneficie a alguien. Uno de mis profesores de Harvard, el doctor James Austin, nos dejó como mensaje que todos somos “llaveros”. Tenemos llaves para abrirles las puertas a tanta gente con cosas sencillas: una llamada, un mail, un contacto, una pequeña donación.

¿Cómo quiere ser recordado el día de mañana?

Como alguien que verdaderamente hizo el bien. Me acordaba, precisamente hoy, de la campaña a la gobernación de mi papá: “El poder para servir a la gente”.

¿Cuál debería ser su epitafio?

Tengo dos:

Sirvió a la gente.

Sudó todas las camisetas que se puso.

No matter how educated, influential, talented or rich you are, how you treat people ultimately tells all. Vala Afshar.

#HISTORIASDEVIDA #ISALOPEZGIRALDO

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