Historias de Vida

“Busco ser universal”: Jorge Cavelier

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Jorge Cavelier hace un recorrido por su vida como artista y habla acerca del impacto que su secuestro tuvo sobre sus obras para la serie Historias de Vida, creada y producida por Isabel López Giraldo para El Espectador.

Soy Jorge Cavelier, pintor y escultor. Busco comunicar un mundo que sé que existe dentro de mí, pero que solo puedo definir en la medida en que pinto.

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Rama paterna

El origen del apellido Cavelier es francés. Proviene de Louviers, Alta Normandía, cuna de mi bisabuelo, Aimè Germain Cavelier, quien nació en el siglo XIX. Como ingeniero que era, llegó a Panamá para la construcción del canal con Lesseps.

Según cuentan mis tíos, las señoritas de Cartagena se iban hasta Panamá a conseguir marido, pues era el lugar al que llegaban los extranjeros. Y efectivamente, mi bisabuela Cristina Jiménez Vélez, viajó hasta Colón donde conoció a Germain, se casaron, se instalaron en Cartagena y tuvieron tres hijos: Roberto, mi abuelo Jorge Enrique, y Cristina.

Mi bisabuelo murió por avitaminosis antes de sus cincuenta años, entonces mi bisabuela decidió trasladarse a Bogotá donde tenía conexiones que le ayudaron a trabajar confeccionando uniformes para el ejército. Así sostuvo a la familia pues sus hijos estaban entre los trece y los dieciséis años.

Mi abuelo paterno, Jorge Enrique Cavelier Jiménez, nació el 12 de agosto de 1895. Era él alto, rubio, de cejas pobladas, ojos azules y mirada penetrante. Su presencia impactante, paralizante, autoritaria, imponente en su caminar y elegante en su vestir y en sus movimientos.

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Estudió medicina con especialización en urología. Su carrera, larga y nutrida, aportó muchas cosas al país. Entre otras, fundó y dirigió el Hospital de la Samaritana, fue gerente de la Clínica de Marly, director de la Cruz Roja por muchos años, ministro de Salud Pública y decano de la facultad de medicina de la Universidad Nacional. Durante su ejercicio logró algunos desarrollos médicos en Colombia, trajo por primera vez la insulina al país para el tratamiento de la diabetes, entre otras.

Fundó la lechería La Alquería, y compró fincas en Cajicá, una porción de la gran hacienda Fagua con su casona colonial en las que tenían un hato grande de vacas Holstein. A la leche también llegó por un tema de salud, pues él pensaba que, la forma en como esta se distribuía creaba problemas de salud porque lo hacían de cantina en cantina y sin un proceso de pasteurización. Se embarcó solo en esta misión con éxito. Con el tiempo mi tío Enrique continuó con la empresa y hoy mis primos Cavelier Lozano la manejan.

Mi abuelo tenía el consultorio en su casa, pero salía todos los días al Hospital de La Samaritana donde hacía trabajo de caridad. Los fines de semana se iba a “La Alquería”, su finca de recreo en Cajicá.

Fue, pues, mi abuelo, un personaje de una cierta prominencia. Se desempeñó como cónsul de Colombia en Chicago, tiempo durante el cual no solo adelantó la especialización en urología, sino que además se hizo padre, pues, estando allá, nació mi papá.

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Una curiosidad está relacionada con el surgimiento de un mito que se convirtió para nosotros en anécdota. Resulta que mi papá era de facciones muy distintas a las de mi abuelo, también se diferenciaba en su color de piel y de pelo, lo que desató rumores en la sociedad bogotana. Algún día, un detractor político de mi abuelo dijo algo como: “El hijo del doctor Cavelier no es suyo”. Y agregó: “En el hospital de Chicago cambiaron los bebés y este es de un hindú”. Palabras que mi papá escuchó cuando apenas tenía doce años y quedaron grabadas de una manera muy intensa en él. Esta situación le despertó un interés genuino en la historia de Oriente. Fue así como se permeó de literatura oriental. En mi adolescencia leí varios autores chinos, indios y japoneses. Me interesó siempre esa corriente de la filosofía del Oriente.

Mi abuela Beatriz Gaviria Restrepo, era caleña de raíces antioqueñas, muy metódica y de un orden impecable. Su familia se instaló en Bogotá donde conoció a mi abuelo, se casaron y tuvieron cuatro hijos: mi papá Germán y mis tíos Beatriz, Jorge y Enrique.

Mi papá fue al colegio Gimnasio Moderno. Se graduó después de la facultad de Derecho en la Universidad del Rosario. Fue autor de su primera obra a los treinta y cinco años, La Política Internacional de Colombia. Cuatro tomos de derecho, a los que añadió actualizaciones para una reedición en 1997. Mi papá fue alguien especialmente dedicado a las letras y a las leyes, un abogado prominente y tremendamente ordenado, como sus padres. Comenzó a ejercer su profesión y, poco tiempo después, fundó la firma, en 1953, con dos socios que fueron cambiando con el tiempo, hasta constituir el bufete Cavelier Abogados.

Fue una persona supremamente elegante y manejó su forma de vestir de una manera muy fina. Era muy delicado en su trato a los demás, no decía más de la cuenta pues, cuando hablaba, lo hacía con medida y franqueza. Tuvo esa capacidad de organizar cosas, fue un gran empresario que construyó el bufete más grande de Colombia en su momento, trabajando principalmente en el área de marcas y patentes, y propiedad intelectual.

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De él heredé su gusto por las cosas finas, busco siempre que los objetos de mi entorno tengan significado de alto nivel, me concentro en cosas que tengan la fuerza de la creación por dentro. A mi papá lo admiré, lo quise mucho, y creo que fue una de las personas que más me enseñó en cuanto a ética profesional y de la vida.

Rama materna

Mi bisabuelo materno, Paulino Franco, tuvo una finca cafetera que iba desde Santander hasta Cundinamarca y que luego se repartió entre sus doce hijos. A mi abuelo le correspondió Santa Inés, en Cundinamarca. De esa poco y nada quedó después de vender lo que él iba necesitando para mantener su nivel y estilo de vida. Roberto Franco, mi abuelo materno, también fue médico, un científico con espíritu investigador. Participó del programa contra la malaria en Villavicencio. Fue uno de los fundadores de la Universidad de los Andes y uno de los edificios lleva su nombre.

Infortunadamente murió cuando yo tenía tres años, por lo mismo, no pude disfrutarlo ni conocerlo pues pasó sus últimos años en Nueva York.

Mi abuela materna fue Matilde de Holguín Arboleda, oriunda de Popayán. A ella le gustaba mucho la literatura, fue educada al estilo francés y tuvo institutriz parisina, pues, en esa época, la tendencia era que las cosas se hicieran al estilo europeo. Nunca fue al colegio y toda su educación la recibió en su casa.

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Conocí a Matilde, hija de Jorge Holguín, cuando ya estaba muy mayor y con un tic nervioso que le hacía balancear su cabeza todo el tiempo, entre otras varias enfermedades que padeció.

En la línea materna la historia la cuentan los objetos: a través de los bronces franceses, del león de mármol ubicado a la entrada de la casa, de los espejos dorados que decoran las paredes pude descifrar un poco de la vida pasada de mis abuelos maternos. Conservo entre otras pocas cosas, los tinteros y la bandeja de plata del escritorio de mi abuelo Roberto.

La educación que recibió mi mamá, y por ende nosotros sus hijos, fue de gran respeto a los demás, buscando no herir los sentimientos ajenos. Puedo vislumbrar que fue una mujer muy sensual y de ella recibí el amor al arte, a la cultura.

Casa materna

En mi casa había que comportarse muy bien, especialmente cuando estábamos sentados a la mesa, pues la hora de comer era muy importante y se trataban temas trascendentales. Recuerdo que a los menores nos ubicaban en una mesa auxiliar que disponían aparte. Ya más grandes comíamos con los demás.

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Mi mamá nos contaba que, de chiquita, la obligaban a pedir las cosas en verso, era la disciplina que imponían, la de trabajar el lenguaje, y fluía muy bien porque estaban acostumbrados a la poesía, a las tertulias literarias y a leer en francés; desarrollaron el arte de conversar, cuidando el contenido de los temas, buscando que con ninguno se incomodara a los otros, y todos debían aportar algo de forma inteligente. Pero también les enseñaron a escuchar porque recordemos que en esa época solo existía la radio, situación que invitaba a desarrollar el hábito de la lectura. De ella aprendí el gozo de vivir, la alegría de reunirse con la familia y la dedicación a las artes manuales.

Mi papá, una vez sentados a la mesa, nos contaba episodios de la historia universal; nos hablaba de Alejandro Magno y de Julio César, de conquistas y desarrollos de los imperios y en detalle mucho de la historia de Colombia. Era él un ávido lector.

Cuando todavía no había salido del país, pues su primer viaje a Europa lo hizo estando en el Ministerio de Relaciones Exteriores, como secretario General en los años 1963-64. La cultura europea y americana la suplía con suscripciones a revistas de varios géneros, desde política, hasta fotografía y arte, que yo hojeaba ávidamente.

Recuerdo que, en una de las revistas, Horizon, vi por primera vez la imagen de la escultura de mármol blanco del David, la realizada por Miguel Ángel Buonarroti entre 1501 y 1504. En esa misma edición estaba descrito también el desastre del aluvión del río Arno, en Florencia, cuando se desbordó en el año de 1966 inundando toda la ciudad. El río pasó a través del Ponte Vecchio, inundó las bodegas de arte de la Galleria degli Uffizzi y arruinó una cantidad de obras de arte que, voluntarios de todas partes del mundo, ayudaron a rescatar.

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Mi papá fue un gran padre de familia que, entre muchas cosas, tuvo muy en cuenta la educación de sus hijos. Solía alquilar películas culturales, de 16 milímetros, o las pedía prestadas en la Embajada Alemana. De manera muy especial recuerdo la del ballet de Alemania que hizo que yo quisiera en algún momento ser bailarín, pues la belleza de los cuerpos me dejaba completamente extasiado.

Por esa misma época, a mis nueve años, mis padres me llevaron al Teatro Colón, en esa ocasión asistimos al concierto de arpa clásica que ofreció Nicanor Zabaleta Zala, artista español, músico distinguido con la Orden Civil de Alfonso X el Sabio. Me pareció mágico, absolutamente celestial. Pero en mí germinó la semilla real del poder del arte en uno de nuestros habituales paseos al campo. Fuimos a un sitio de mucha erosión y pude apreciar una especie de riachuelos de arena, porque cuando el agua lluvia se desliza por las rocas, la empuja para formar pequeñas planicies; asimismo arrastra piedritas de mayor dureza que van quedando entre ella.

A mí me encantaba visitar ese lugar tan encantador y contemplar sus pequeños paisajes de rocas y plantas diminutas, y en algún momento el paisaje se hizo inmenso. Si bien yo estaba en un lugar de aproximadamente un metro cuadrado, de repente se volvió gigantesco a mis ojos y, sin asomo de duda, podría decir que encontré una caravana de camellos, tiendas de beduinos, cactus, yerbajos. Entonces supe que a través del paisaje podía acceder a otros mundos. Fue muy intensa la sensación de haber descubierto algo mágico, que sentí tan mío, tan propio, porque me pertenecía, quizás me perteneció siempre.

Esas memorias me han permitido dibujar, a través del tiempo, cualquier cantidad de paisajes, pero no en ese momento, porque aún no había figurado que, a través de esa mirada diferente que le daba al objeto, podría producir arte y construir un mundo que no existía, sino ante mis ojos únicamente.

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Durante mi niñez mi mamá se enfermó muy seriamente. Con los años mis papás se separaron. Mi mamá se fortaleció con la religión que le inculcó mi abuelo, pero tuvo que pasar varios años en tratamientos siquiátricos, algunos de ellos en clínicas de reposo. Mi papá, por consiguiente, se convirtió en el eje de la familia, yo me ocupé de mis hermanos pequeños; contábamos con el apoyo de una niñera y dos mujeres más que ayudaron con todo el oficio de la casa, una ayuda que considero invaluable.

Gimnasio Moderno

Estudié, al igual que mis hermanos y como lo hizo mi papá, en el Gimnasio Moderno de la época de Agustín Nieto Caballero, magnífico rector y un ser humano excepcional. El Gimnasio fue un colegio que contó siempre con excelentes profesores, la educación que recibí me permitió identificar un elemento cultural importante que me complementaba. Ya de mayor participé en la publicación de la revista El Aguilucho, fui actor de comedia y asistí a las clases de pintura que ofrecían.

Mis primeros cuadros los pinté cuando tenía ocho años, y resultaron tan cándidos como las primeras acuarelas, porque las clases formales llegaron dos años más tarde.

Armando Villegas, pintor abstracto en ese tiempo y amigo de mis papás, se convirtió en mi primer maestro; de él recibí clases durante dos años. Podría decir que me enseñaba de una manera muy académica. Yo debía pintar el bodegón o cualquier objeto, y me enseñó las técnicas iniciales como las mezclas de color, el uso de los pinceles, los procesos para armar un cuadro.

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Armando tenía una aproximación muy fresca, aunque académica, al proceso creativo. Recuerdo haberlo visto pintar en el piso, a la manera de Jackson Pollock, influyente pintor estadounidense y principal artista del Expresionismo abstracto, pues, dejaba caer la pintura sobre el lienzo de manera casual. También recuerdo que fabricaba su propio blanco, a partir del pigmento, y lo mezclaba con el aceite de linaza en su taller.

En Colombia los materiales de arte fino eran difíciles de adquirir, solo contábamos con un par de almacenes de arte. Del que más me acuerdo es de “Chantraine” de un belga que importaba materiales artísticos europeos.

Mi vida del colegio transcurrió de manera maravillosa. Recuerdo a todos los compañeros con quienes compartimos trece años juntos, la gran mayoría sin deserciones. Me vi poco con mis compañeros por fuera del colegio, tampoco tuve amigos de barrio.

Mi infancia la viví en Tabio en compañía de mis hermanos y de los hijos de los trabajadores de la finca, rodeado de elementos de la naturaleza con los que jugaba y construía mundos extraños, producto de mi imaginación. La naturaleza siempre estuvo muy presente en mi infancia. Disfruté del fuego, del viento, de las corrientes de agua, jugué con barcos de madera y con molinos de hélices creados junto con mis hermanos.

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Recuerdo el primer televisor a blanco y negro que tuvimos; la red nacional transmitía durante dos horas diarias un programa cultural y dos noticieros, otros para niños, y entretenimiento. Ese fue todo el contacto que tuvimos con lo que a mis amigos les era común, pues nuestra educación siempre tuvo otra línea. Por lo mismo, alguna vez pensé que nos estábamos perdiendo un poco de la vida del grupo.

Además, para ese momento las comunicaciones eran lentas y difíciles, recuerdo que el primer teléfono lo tuvimos en el año 1964. Vivimos una época en la que nos enviábamos telegramas y cruzábamos cartas con la familia que vivía lejos de nosotros.

Universidad de los Andes

Mi papá tuvo una manera muy liberal de educarnos. Soy el tercero de nueve hijos, de los cuales solo uno es abogado, reflejo del pensamiento amplio que nos inculcó para que materializáramos nuestros sueños.

Al momento de ingresar a la universidad le dije a mi papá que me gustaría estudiar pintura, pero que como sabía que con eso podía morir de hambre, había decidido estudiar arquitectura. Su respuesta fue: “Uno debe hacer lo que quiere”.

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Como mencioné al comienzo, mi papá fue un gran educador y estupendo escritor, autor de diecisiete volúmenes de derecho y de diez novelas. A mi mamá le gustó siempre pintar, hacer cerámica, pero mi familia fue más de científicos y gente de letras. Entonces, estudié arquitectura en la universidad de los Andes pese a las distancias, pues vivíamos en Tabio.

Después de dos años decidí que no me gustaba tanto la carrera, solo al comienzo que es cuando está relacionada con el arte, con la factura de las obras, la composición, el dibujo lineal, la proyección de sombras, la perspectiva y con las proporciones. Porque cuando me enfrentaron a las regulaciones distritales, delimitaciones de alturas y de profundidades, limitaciones de cantidades de vivienda, y a un sinnúmero de condiciones más, decidí abandonar ese rompecabezas, pues lo que a mí me gusta es sustancialmente creativo y sin límites.

Universidad de Nueva York – NYU

En ese punto mi papá me dio la oportunidad de estudiar un año de pintura en la escuela de arte de la Universidad de Nueva York, NYU. Esto resultó muy importante para mi futuro como artista. Por ser un estudiante especial, es decir, por no estar dentro del pensum académico regular, mi hermano, que estudiaba en la facultad de Derecho de la misma Universidad, me recibió en su apartamento por unos meses.

Encontré un universo nuevo, distinto, en el que el arte se produce de verdad. Pude ver los originales de los grabados de Francisco de Goya y Lucientes, pintor y grabador español que con su obra abarca la pintura de caballete y mural, el grabado y el dibujo; entonces también vi las prensas de grabado, visité museos, entre muchas otras maravillas. Fue un despertar absoluto, pero la experiencia duró tan solo un año.

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Universidad Nacional

A mi regreso presenté un muy complicado examen que me dio entrada a la Universidad Nacional. Aquí conocí a maestros como Umberto Giangrandi, Ángel Loochkartt, Carlos Rivero, Antonio Barrera, entre varios otros. Pero cada dos meses había una manifestación, por lo que, pasado un año y medio, busqué la manera de viajar a Italia.

Academia de Bellas Artes – Florencia

De manera dedicada estudié italiano como preparación para mi viaje, presenté un examen para la Academia de Bellas Artes de Florencia donde fui pre aceptado. Una vez allá tuve que presentar otro examen, muy formal, que tomaba tres días y en el que debía escribir algo sobre arte, en italiano, pintar en óleo y dibujar en carboncillo. Por fortuna fui aceptado e inicié un estudio que se extendió por cinco años.

Cuando llegué a Florencia experimenté una sensación maravillosa, no sentí que estaba llegando, sino volviendo. Esta es una ciudad de muy buenas y generosas memorias, de mucha historia, pero, además, está volcada hacia el exterior.

La Academia de Bellas Artes de Florencia está dividida en escuelas identificadas por el profesor que las dirige. Fue así como entré a la escuela del maestro Fernando Farulli, artista que tenía cierto renombre, comunista hasta la médula, en la posguerra participó en los movimientos de Arte Oggi, nacido en 1923, hizo su debut en 1950 en Milán.

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A mí me acompañaban inquietudes místicas, fue así como empecé a pintar cosas que respetaban mi línea, pero con esto generé altos grados de desesperación en mi profesor que me pidió que pintara con bomboletas de aerosol, técnica que él consideraba más eficiente por ser más rápida. Además, para Farulli siempre fue importante que sus alumnos tuviéramos un compromiso con el arte político, pero para mí no había nada más ajeno. Fue así como, un año más tarde, me cambié de escuela.

Fui acogido por el maestro Gustavo Giulietti, que significó en mí una experiencia muy reveladora. El primer día nos recibió con estas magníficas palabras: “Este es el sitio donde ustedes van a estudiar sus cuatro años de pintura; es aquí donde vamos a hacer los dibujos y pinturas de desnudos alternando con las técnicas de rigor. Pero hoy no vamos a hacer clase. Aquí tienen una lista, por favor, diríjanse al mercado por estos ingredientes”.

Preparó con nosotros spaghetti al pomodoro, y con tan exquisito plato, dispuso nuestros sentidos, agudizó nuestro olfato, y despertó el gusto necesario para entender cómo debían quedar bien preparados, en su punto, cuidando cuánto fuego se le debía poner a la preparación y demás detalles que una persona desprevenida no se hubiera detenido a observar. En conclusión, puedo decir que el cambio fue extraordinario, una verdadera introducción a la sensibilidad artística a través del paladar.

También nos dijo: “Ustedes no van a ver mi trabajo, sino hasta que termine la escuela. Les voy a dar otra noticia: yo no les puedo enseñar a pintar. Cada quien lo hará como mejor piense”. Tenía tal sensibilidad que, cuando alguien empezaba a pintar, le hacía recomendaciones particulares, por ejemplo: “Me gustaría que revisara a Paul Klee” o “Vaya usted y dele una mirada a Giorgio Morandi”. Era su manera de encauzar a cada uno con la línea de un artista reconocido.

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También teníamos que hacer lo de rigor. El dibujo al desnudo se daba todos los días por cuatro horas, y en la tarde pintura, tomábamos clases de grabado, de anatomía y técnicas de pintura, además las electivas que para mí fueron historia de la música, fotografía y restauración. Estudié restauración por tres años con un profesor extraordinario que tenía un estudio impresionante. Contaba con la experiencia de haber restaurado a Sandro Botticelli y a Rafael Sanzio, entre otras obras antiguas.

Nos volvió agudos en la observación y nos mostró la verdadera esencia de la construcción de una pintura. Recuerdo que ese profesor tenía la ilusión de comprar un lote en la parte alta de la Toscana para sembrar lino, cosecharlo y fabricar su propia tela para pintar. Era tal su refinamiento sobre los materiales de pintura. Fue así como aprendimos el proceso completo, desde todo lo relacionado con la fibra del lino, pasando por la técnica de hacer el color, de mezclar a partir de los pigmentos, hasta su conservación.

Restaurar me dio fundamento y estructura en la técnica, es así como puedo garantizar mis pinturas, porque sé que los materiales que uso son de la mejor calidad para que las obras permanezcan por generaciones.

La parte mística fue muy importante. Hay mucha fuerza en la pintura religiosa de la iglesia y en la imaginación de los pintores. Muchos historiadores decían que estaban muy reprimidos porque tenían que pintar siempre cosas religiosas, pero la imaginación les permitió pintar la misma escena de maneras diferentes. Por ejemplo, Beato Angélico fue un monje pintor que en el claustro de San Marcos, en Florencia, decoró las celdas de los monjes con escenas bíblicas y con una imaginación candorosa sin igual. Ningún Cristo nunca será igual a otro pues cada uno lleva el sello del artista. Todo esto lo encuentro formidable.

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En mis recorridos de mi apartamento a la escuela, frecuenté la Iglesia de la Santa Trinidad, Santa Trinità, madre de la Orden de Vallombrosa, de monjes, fundada en 1902 por un noble florentino. El descendimiento de la cruz, de Pontormo, Jacobo Carrucci, conocido como Jacopo Da Pontormo, pintor renacentista italiano que me ha fascinado por su capacidad de transmitir estados anímicos a través del color. La escena por su naturaleza llena de tristeza lleva intrínsecamente una alegría subyacente pues el pintor le imprimió colores de alegría, rosados, verdes, amarillos, azules vibrantes, y caras muy expresivas. Es como la crisálida de la mariposa. El artista supo manejar su creatividad ampliamente.

Después del renacimiento el arte se abrió ante el mundo y fue supremamente sensual. Tintoretto, Jacopo Comin, uno de los grandes pintores venecianos, representante del estilo manierista, dejó desnudos de una sensualidad extraordinaria. He tenido la sensualidad a flor de piel, todas las manifestaciones sensuales me atraen sobre manera, la danza, la música y la comida, cada estímulo sensorial que estimula y despierta la creatividad.

El aprendizaje en Florencia me permitió desarrollar gran capacidad técnica, y producir obras de arte que rompen el espacio, donde la bidimensionalidad no existe más.

Al principio mi producción libre fue el paisaje, pero Florencia es una ciudad de calles estrechas en la que las perspectivas son hacia arriba o hacia abajo, no es muy profunda, ni amplia, entonces yo hacía paisajes urbanos pero mirados desde arriba. Por mi inquietud espiritual también pinté monjes y visité con mucha frecuencia San Miniato al Monte, monasterio ubicado cerca de la Piazzale de Michelangelo, de la bahía y de una iglesia del siglo XIII de monjes benedictinos que oficiaban misas acompañadas de cantos gregorianos. Estas experiencias me elevaban, y aún hoy me generan fascinación.

En algún momento consideré llevar vida monástica. Eso sí, en mí quedó la fascinación del retiro completo, de una vida dedicada al estudio de la divinidad sin importar la religión. He visitado monasterios, el benedictino en Nueva York, en Toscana y recientemente en New México.

Cuando estaba en último año, tuve la fortuna de que una familia amiga me prestara un estudio en Fiesole, a las afueras de la ciudad. Tenía una terraza que miraba sobre el amplio valle de Florencia. Estando allí me di cuenta de la capacidad que tiene la realidad de sorprenderme, aún en el mismo sitio y a la misma hora cada día. Es posible también, que yo estuviera percibiendo diferente, pero fue tan fascinante que se manifestó la niebla en mi producción artística, un velo que tiene relativamente escondido el paisaje y de manera insospechada lo revela. Por espacio de un año hice unas cien acuarelas de paisajes inspiradas en el lugar.

Su familia

Siempre gocé con todo, desde los materiales de arte y en general con todo el mundo que gira alrededor de él.

Mi primera hija nació en Fiesole, Florencia. Isabel, fue y es, junto con Catalina, mi otra hija, una luz en el camino de mi vida. Cuando Isabel tenía seis meses, regresamos a Colombia.

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A Luz Elena la había conocido en la Universidad de los Andes. Cantábamos en el coro siendo de diferente facultad, nos casamos, viajamos juntos a Italia donde ella estudió un curso de Derecho y otro de Literatura Italiana.

¡Cómo describir la emoción que significó la llegada de mis hijas! Me permitió entender la razón de la capacidad generadora que hay en cada uno de nosotros. En adelante mi obra logró mayor profundidad, más mística.

Regreso a Colombia

Había llegado con la idea de dictar clases pues no resultaba nada fácil entrar al mercado con mi obra, por lo menos no en ese momento. Entonces me dispuse a montar un taller de arte y lo logré con la ayuda de Luis Vargas, pintor bogotano que fue compañero de estudios en Florencia. El nombre del taller “Trazo”, buscaba transmitir lo que sucede en un instante creativo en las artes plásticas y rescatar la marca de cada persona, la huella del artista, en ese instante que plasma el trazo en una superficie.

El taller fue muy concurrido, hizo las veces de galería porque organizábamos exposiciones que tuvieron gran acogida. Allí comencé a vender de manera relativamente constante.

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Nueva etapa de vida

Mi matrimonio con Luz Helena terminó en 1987. Mi papá me ayudó a construir en Tabio una casa con estudio. Cerré la academia, me dediqué a pintar, a hacer exposiciones, a leer y a escribir, e inicié una búsqueda muy profunda en mi mundo interior.

La pregunta desde el comienzo era: ¿cómo llegar a la liberación real? Es decir, ¿en dónde y en qué reside la paz interior completa?

Su secuestro

Pasado un tiempo me volví a casar. Con Margarita fuimos víctimas de secuestro por parte de las FARC.

Eran las siete de la mañana, justo el día de nuestro séptimo aniversario de matrimonio, cuando teníamos dispuesta una fiesta en la noche. Yo recogía flores del jardín en la casa de Tabio y levanté la mirada para encontrarme con un par de uniformados militares con botas de caucho. Mala señal, pensé. Dijeron estar perdidos. Quise alejarlos, pero otros ya habían entrado a la alcoba principal donde se encontraba Margarita.

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Nos ordenaron empacar, y yo no sabía qué llevar. Entonces, además de la ropa de los dos, empaqué pinceles, acuarelas, una libreta, dos libros. El que tenía en la mesita de noche, Meditaciones metafísicas de Paramahansa Yogananda, lo guardé entre el bolsillo del pantalón. Pero la maleta nunca llegó con nosotros.

Quedamos con lo que teníamos puesto, lo que incluyó el libro del pantalón que, sin lugar a duda, fue de gran apoyo emocional. Estando en cautiverio pedimos una biblia que leímos completa tres veces, de pasta a pasta. Nos brindó muchos pasajes de esperanza y nos permitió mantener el equilibrio mental.

Vivimos cada día la observación directa de la lucha entre el pensamiento y el sentimiento. Pasamos por episodios de miedo intenso, en especial, por la amenaza constante de una muerte inminente y violenta. Recuerdo el golpe cuando me metieron entre el platón de una camioneta y sobre la cabeza me botaron un bulto con granadas.

Con el paso del tiempo vino una sensación muy extraña. En algún punto me sentí liberado del deber ser, de las apariencias, del montaje, todo eso desapareció en la oscuridad a la que fuimos sometidos.

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Nos tenían en un cuarto de tres metros por dos, de una casa muy rústica, con piso de tierra y techo de zinc. Solo podíamos hablar en susurros pues la familia que allí vivía no sospechó nunca de nuestra presencia.

Todo el tiempo estuvimos custodiados por cuatro guerrilleros, uno muy cerca, los otros alternados y vigilantes del entorno. Las armas nunca a la vista. Nos sacaban eventualmente, por lo general a las cuatro de la mañana, al abrigo de la oscuridad, a las laderas empinadas de un cafetal doscientos metros abajo. Allí permanecíamos sentados todo el día, en un metro cuadrado de una pendiente muy inclinada. Al no poder ponernos de pie ni una vez durante el día ni durante la noche, venía el vértigo de la pendiente invertida que no dejaba dormir las pocas horas que la intranquilidad nos permitía. Pero ver el azul del cielo en esos escasos días de salidas, resultaba muy reconfortante.

En un secuestro no se tiene la posibilidad de ejercer la voluntad y las vicisitudes son muy complejas. Nos amenazaron con encadenarnos, separarnos y hasta matarnos, en caso de que intentáramos escapar. Todo el tiempo temimos que intentaran rescatarnos, pues lo veíamos igualmente como una sentencia de muerte.

Fui liberado después de seis meses, pero Margarita padeció esta pesadilla por un año, de manera valiente e íntegra. Para mí fue muy angustiante el no tenerla conmigo, el saber que seguía secuestrada en las circunstancias que ya había experimentado, sin poder hacer nada. Seguir las negociaciones desde afuera fue tal vez aún más penoso. Hubiera preferido mil veces haberme quedado.

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Con un secuestro la vida se altera de formas muy distintas, emocional y síquicamente. Y ni decir de la evolución en la carrera. Por ejemplo, para revisar solo un aspecto, antes del secuestro mis proyectos iban bien, estaba en un momento de expansión con exposiciones proyectadas en Miami y Nueva York, pero todo se frenó. Pasar un año por fuera de la escena del arte es complicado. De cualquier forma, seguí pintando y completé una exposición en Bogotá. La vida de arte continuó una vez nos instalamos en los Estados Unidos. Las afectaciones nos han acompañado desde entonces.

Puedo decir que no se trató de un nuevo comienzo en el arte, sino de una nueva mirada, con un peso diferente, con un carácter distinto, pues si bien mi esencia siempre ha sido la misma, las emociones sí cambiaron, se hicieron más intensas, tanto la tristeza como los miedos, y me acompañaba una sensación de inseguridad. Mi obra se hizo más oscura, no hubo espacio para el color, la producción fue neutra y parca, porque cuando se cambia de sitio y de estado de ánimo, los colores siguen al espíritu del artista de forma no consciente.

Sin duda alguna puedo afirmar que la pintura me rescató en esos aciagos meses mientras esperaba la liberación de Margarita. También escribí muchísimo.

Yo le había pedido a la vida, a Dios, una experiencia que me abriera el camino espiritual un poco, pero nunca pensé que me podría sacudir tan fuertemente.

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Regreso al arte

Cuando retomé mi vida de artista hice muchas exposiciones. Tuve una acogida extraordinaria por parte de la galería The Americas Collection en Miami que me representaba desde un buen número de años atrás y que me ayudó a abrir mercado en Miami. A ellos debo especial gratitud pues me compraron obra por unos meses para afianzarme en el mercado. Al mismo tiempo, Beatriz Esguerra Arte, galería que me representó por más de quince años en Bogotá.

En estos últimos años participé en diferentes concursos y ferias internacionales. Un premio me fue otorgado en un concurso en Florencia y, con el tiempo, establecimos una buena relación con PeishuYang, la galerista china en Florencia. Con ella expuse en Shanghái, luego en Florencia y en Milán.

Me concentré en abrir mercado en Italia, donde he tenido exposiciones importantes, también en China, y la más reciente en Venecia en el marco de la Bienal de 2019. En el entretiempo realicé varias exposiciones en La Florida, Nueva York y en Santa Fe – Nuevo México y California. Vivimos en un apartamento muy pequeño que me obligaba a pintar en el balcón y a manejar todas las vicisitudes del clima. Recuerdo que sacaba mis elementos de pintura, pero la lluvia me obligaba a entrarlos nuevamente, tuve también que soportar el intenso sol y la incomodidad de los mosquitos que llegaban atraídos por el aceite. Esta fue una reafirmación de mi vocación, pues durante doce años tuve que darles manejo a estas condiciones, adaptarme y producir.

¿Qué giro ha dado el arte en los últimos tiempos?

Quizás el de la introducción de las ferias internacionales. En ellas ocurre un fenómeno muy curioso, la afluencia de público masivo, de galerías, de intercambio de curadores, todo en muy pocos días. Son el catalizador del mercado del arte y el eco de lo que ocurre en el resto del mundo.

La más importante es Art Basel.

Es una de las primeras ferias internacionales de arte del mundo con sucursal en Miami, y se convirtió en la más importante por la presencia de coleccionistas internacionales.

Su éxito se multiplicó. Desde hace varios años funciona en Hong Kong y está en proceso en Buenos Aires. Perfectamente vende entre 300 y 500 millones de dólares en cuatro días. Realmente es un mercado significativo y en crecimiento, y transformó el mercado por completo. Este fenómeno hizo que muchas galerías cerraran, otras tuvieron que reducirse, porque los clientes fueron atrapados por la facilidad de tener en un solo recinto, en el que pueden comparar, todas las obras y precios.

¿Cómo destacarse en medio de tantos artistas?

En una feria como ART BASEL es necesario presentarse mínimo tres veces para que haya posicionamiento. Para ello se requieren recursos considerables, y no todas las galerías son admitidas. Sobra decir que los artistas no podemos presentarnos por nosotros mismos, ni aún teniendo los recursos.

¿Qué papel juega el curador en una feria?

Los curadores son el puente entre la obra y el comprador. Una posición que asesora sobre la calidad de las obras de arte, y deciden las posturas de las galerías, de las ferias y de los museos. A ellos llegan para asesorarse los coleccionistas del alto nivel.

¿Cuál es el tipo de pintura con la que identifica su obra?

Me identifico con la pintura tradicional, pues llevamos treinta mil años pintando en este planeta. El hecho de plasmar una imagen sobre una superficie de dos dimensiones se genera un cambio en la consciencia tanto para quien la produce, como para quien lo observa. Este proceso creativo no va a cambiar. Las nuevas tendencias en el panorama del arte tendrán que considerar en cualquier forma la pintura tradicional

¿Cuáles son las otras tendencias?

En el siglo XX hubo cualquier cantidad de ellas, todas muy marcadas, fuertes e iluminantes. Por ejemplo, el cubismo de Pablo Picasso o Juan Gris, quienes afirmaron que la realidad no se puede mirar desde un solo punto de vista, es completa cuando se representa desde todos los puntos de vista posibles.

Los futuristas manifestaron lo ecléctico de un mundo en constante movimiento, del frenesí que la revolución industrial en el que el mundo se precipitaba en ese momento. Boccioni, me llega a la memoria con su bronce de un personaje que se está transformando en el tiempo, en el movimiento.

Los conceptuales como Duchamp. Recuerdo el desnudo bajando la escalera, obra futurista, o el orinal invertido expuesto como obra de arte en una galería. Quiso significar que la obra de arte no es lo importante, lo importante es cómo el artista piensa, cómo la obra se genera en su interior, cómo el concepto puede ser preponderante en el proceso creativo. El expresionismo abstracto de Nueva York en los años cincuenta es otra etapa de relieve; no planear nada, dejar a la casualidad determinar la obra de arte. Desde Jackson Pollock hasta Mark Rothko el abstracto fue un punto crítico en la evolución de la pintura del siglo veinte.

¿Qué es la creatividad?

La real creatividad es una criatura nueva que, cada día, nace de lo atemporal.

Este paisaje que pinté no sería posible sin todas las interacciones que tuve antes de llegar a producirlo, comunicaciones con todas las personas que me han rodeado, inclusive los grandes pintores del pasado, los lugares en los que he estado, la suma de todo lo que el espíritu recogió en su paso por la vida.

¿Qué es el arte?

Un medio sublime que sirve para comunicar hacia el futuro una realidad completa para elevar del espíritu de quien observa.

¿Qué exige?

Dedicación, resistencia, compromiso, confianza en lo que se es y en la capacidad que se tiene.

¿Qué quiere comunicar con su obra?

Busco ser universal. Una persona de otra parte del mundo puede sentirse identificada con cualquiera de mis cuadros. Intento crear imágenes que pertenezcan a una memoria global, no a un lugar particular.

No me gusta la anécdota dentro de la pintura, es decir, no pinto el retrato de ningún sitio, porque, aún en los más recónditos paisajes, sus elementos, y la naturaleza en sí misma, son universales. Me ha interesado siempre la ciencia, la física, la mecánica cuántica. En esta última el observador juega un papel primordial. Todo depende del observador, nada existe si no es por la observación.

¿Dónde radica el misterio del observador?

En la física cuántica los estudiosos bombardearon con partículas atómicas una placa que tenía ranuras por donde aquellas pasaban dejando una impresión en una placa sensible.

Las partículas, según el experimento, podían estar en dos lugares al mismo tiempo. Un resultado diferente se obtuvo cuando se observaba el experimento que cuando se dejaban de observar las partículas.

Dependiendo de la presencia del observador, la partícula se comporta de diferentes maneras: puede ser energía o puede ser materia. Entonces la pregunta sería: ¿qué es la partícula: energía, materia o ambas cosas?

Muchos pensadores saben que todo existe por la observación. Uno fabrica su realidad en la medida en que la observa. Las cosas no son lo que son sino lo que representan según la observación.

¿Qué es lo que más inquietud le genera?

El misterio de la existencia y la muerte. He sido muy inquieto con los temas del pensamiento y del espíritu. He experimentado la fuerza del vacío, la elocuencia del silencio, todo lo que sucede cuando nada se busca, nada se espera, la aceptación completa.

¿Qué es inspiración para usted como artista?

Inspiración es un vocablo que proviene de inspiritu, “en el espíritu”. Para mí es exactamente eso, es la capacidad de acceder al punto espiritual para poder plasmarlo en una obra artística.

¿Dónde halla su gozo de ser artista?

Leyendo a Rabindranath Tagore, gran poeta de la India. Recuerdo su pensamiento: podemos atravesar el océano solamente mirando las aguas en la orilla del mar.

Cito otra frase muy especial suya: “I slept and dreamt that life was joy, I awoke and found that life was service, I acted and, behold, service was joy”. (Dormí y soñé que la vida era gozar, desperté y vi que la vida era servicio, pero mira, el servicio era gozo).

Todo puede ser un motivo de gozo, todo, especialmente cuando se sirve. La comunicación que existe con cualquier persona ha de ser una forma de gozo.

¿Cómo aborda la adversidad?

Sigo aprendiendo a manejar la adversidad como una lección, confrontándola, observándola, analizándola para aceptarla con tranquilidad y paz. Al extraer la enseñanza se puede actuar para corregir o aceptar las circunstancias.

¿Cómo vive su espiritualidad?

Considero fundamental resolverse a sí mismo, revisar cómo se manejan las emociones y los pensamientos, la relación con Dios, o como se quiera llamar a esa inteligencia suprema universal y omnipresente.

¿Qué experiencias ha tenido en ese plano de la existencia?

En mi juventud compartí con los carismáticos, con quienes tenía grupos de oración. Era toda una disciplina alrededor de la iglesia católica. Después empecé a girar, cuando no pude entender muchas cosas y cuando discrepaba de las normas. Ahí empezó mi búsqueda, o quizás, simplemente, un nuevo concepto llegó a mí por atracción.

En una época mi papá estaba trabajando en su oficina cuando lo visitó Álvaro Copete, abogado con mucho prestigio, iba vestido de manera casual y en sandalias. Le dijo: “Germán, acabo de llegar de la India donde me ordené como monje”. Enseguida mi papá lo recibió en la firma sin preguntas ulteriores, según me relató después el mismo Dr. Copete.

Su hija, Pilar Copete, habiendo a su vez llegado de un largo periodo en la India, en un día cualquiera nos encontramos en el ascensor de la firma Cavelier Abogados y me manifestó su deseo de integrarse a los talleres de Trazo porque le era imposible retomar la vida citadina. Este reencuentro a la cotidianidad le produjo un golpe emocional muy fuerte; el estudio fue la apertura de su vida. Más tarde, en Trazo, Pilar conoció a mi hermano Ernesto. Ellos se casaron unos años después.

De esta forma me fui interesando en los temas de Oriente, en Paramahansa Yogananda y su libro Autobiografía de un Yogui. Desde ese libro resultó mi interés en la técnica de meditación Kriya yoga, y en tantos otros aspectos que han sido reveladores en nuestra vida.

¿Había practicado la meditación?

En el pasado había hecho ejercicios de meditación profunda que me reafirmaron en consideraciones como la de que, cuando uno tiene un cuerpo flexible su mente también lo es. Reconocer la necesidad imperiosa de desarrollar la capacidad de oír más allá de las palabras, lo que permite comprender la existencia desde otro punto de vista. En la medida en que vamos entendiendo la vida se transforma desde el interior, siempre hacia la paz.

¿Cuál es su realidad?

Mi realidad, que es la realidad común a todos, tiene muchos estratos. No reside en las cosas tangibles sino en los mundos espirituales. Todas las cosas que suceden se mueven con anticipación en un mundo que está por encima de lo sensorial.

Cuando tenía quince años me miré al espejo y dije: Soy Jorge. Pero no sabía dónde estaba, si en el pensamiento, si en la imagen que proyectaba o dentro de lo que pensaba que era según la imagen. Era un triángulo indefinible, y ahí me di cuenta de que no estamos en el cuerpo, sino más allá de él.

Nos identificamos con el cuerpo y pensamos que eso somos, aunque aquél es solo un vehículo para experimentar maya, el de las categorías, del bien y el mal, de los gustos y disgustos. Al experimentar el mundo de los sentidos podemos descifrar, con prácticas espirituales, el universo de las energías primordiales del poder de la co-creación a partir de la observación.

¿Quién ha sido su más grande maestro?

Mis padres. Todas las demás personas que han estado en mi vida. La naturaleza. El que me habita, mi conciencia, es el Yo superior, el que sabe, el que permite el desarrollo hacia la integralidad completa; es una voz tan intensa como se permita que sea. Todo lo que me ha sucedido tiene que ver con el despertar de la conciencia.

¿Cuál es su destino?

Mi destino es llegar a un punto donde todas las intenciones, las de mi cuerpo, de mi mente y de mi alma, estén en contemplación. Un ejemplo de esto es lo que me ocurre cuando estoy ante un paisaje: todas las células, toda la intención, están en él y el mundo vibrante de luz y de formas llegan a hacer parte de mi ser en esos instantes.

¿Quién es cuando renuncia a su ser?

Me convierto en una especie de amable vacío, en una especie de gozo de la existencia. Experiencia que sucede en muchas actividades, no solamente pintando, observando el paisaje o escuchando a una persona sabia. También ocurre en un encuentro de amor, en la emoción de sentir ese flujo de identificación con el ser amado.

¿Qué lo disuelve?

Me disuelve una presencia de gran observación, una presencia sobrecogedora, casi abrumadora. Me disuelve la presencia de los más queridos, un corazón sin caparazón.

¿Podría ser alguien distinto?

No concibo la posibilidad de ser nada ni nadie distinto. Quisiera ser todos, el guerrillero que me secuestró, el maestro que me enseñó, el pintor que me mostró la vida. Podría ser mi esposa, un gran líder que sabe exaltar la energía de las masas, la escritora, el escritor, el entrevistador, la entrevistadora, el artista que deja huella. Pero, sobre todo, una persona cada vez más amable y compasiva.

¿Cuál es el sentido real de la existencia?

Aprender. Aprender a manejar mi mente, mi espíritu. Entender que las emociones, los sellos del pasado, dictan modos de comportamiento que se deben dominar de manera adecuada. Esto está sujeto a la observación de los caminos espirituales que son los que contienen la realidad. La real sabiduría resulta de saber usar la mente como un instrumento para descubrir la realidad espiritual y no permitir que ella nos gobierne.

En esta vida que experimentamos, la conciencia de esta nos impulsa a conservarla, la propia, la de nuestros descendientes y en general cualquier manifestación de la vida como tal. Ella es ante todo gozosa. Cuando se pierde el gozo se está perdiendo la vida, cuando se está perdiendo la alegría de vivir, estamos en la anti-vida, estamos en contra de la vida, estamos muriendo, un poco dejando de existir.

¿Qué es un inamovible en su vida?

El amor, que es su esencia. Las circunstancias pueden cambiar, pero no la esencia. El amor, no cambia.

¿Qué cosas no se permite?

Los pensamientos destructivos. Está bien sentir tristeza, por ejemplo, está bien aceptarla y vivirla, pero uno no debe quedarse en ella. Es necesario desarrollar la capacidad de superarla para no sumirse en la depresión que absorbe tanta energía y enferma.

¿Qué son las emociones?

Fuerzas internas en cada uno de nosotros que hacen parte de nuestros impulsos. Pueden ser constructivas o destructivas.

¿Qué es el tiempo en su vida?

El más grande de los misterios. La mente juega en ese marco, anticipa y recuerda. La espera no tiene espacio dentro de mis esquemas, porque están ocurriendo una cantidad de cosas mientras llega el otro momento.

La anticipación puede ser gozosa o dolorosa. Es mejor usarla para llenar la vida tranquilidad y de amor.

¿Tiene la capacidad de perdonar?

Considero que el perdón es totalmente posible, es imperativo, necesario y saludable, es el primer paso para el resto de todo el desarrollo personal.

A las primeras personas que uno tiene que perdonar es a los padres, por haber sido tan buenos, porque nos dejaron un modelo insuperable o porque no llenaron mis expectativas en algún momento.

¿Vigila sus pensamientos?

Sí. O al menos trato. Una cadena de pensamientos negativa deja mucho desorden.

¿Qué le gusta dejar en las personas que se acercan a usted?

Me gusta dejar una sensación de paz. Quiero siempre conservar cada uno de los momentos de comunicación real que con cada una de las personas que han cruzado mi vida. Lo único que uno se lleva de la vida, son los actos de amabilidad, la elevación del espíritu hacia las altas virtudes.

Ojalá en esa ocasión la maleta de los buenos actos sí llegue (risas).

¿Cuál debería ser su epitafio?

Jorge Cavelier, hombre de paz.

#HISTORIASDEVIDA

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