Historias de Vida

Víctor Mallarino: “Es vital ir generando identidad con un abanico cultural mucho más robusto”

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Heredero de historias de la Guerra Civil Española, y del amor por el teatro y la actuación, Víctor Mallarino habla sobre su dedicación al arte y la cultura para la serie Historias de Vida, creada y producida por Isabel López Giraldo para El Espectador.

Orígenes

Para hablarte de mi origen podríamos empezar con Lucy, la Australopithecus, pero solo te voy a contar la historia desde mis abuelos, César de Madariaga y Rafael Mallarino.

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Mi abuelo César fue un hombre que, teniendo cargos oficiales en el gobierno español (Ministerio de Minas, director de La Equitativa y de las minas de mercurio de Almadén) implementó políticas laborales que le costaron la imputación de delitos políticos con dos condenas a muerte, una por socialista republicano y otra por masón; todo por cortesía del nuevo gobierno franquista. La guerra civil estalló durante unas vacaciones, mientras la familia se encontraba en la Granja de San Idelfonso, al pie de Guadarrama. Él fue a Madrid para enterarse de la situación y, sin saberlo, se quedó al otro lado de la línea de frente. Nunca volvería a ver a su esposa.

Mi madre se quedó en la Granja, con el resto de la familia, en una suerte de “casa por cárcel”. Más tarde fue trasladada a otra vivienda donde tuvo que prestar el servicio de institutriz. Allí recibió el trato brusco y déspota de un señor alemán cuyas costumbres políticas y pensamiento no conocemos claramente, pero deduzco, con alguna claridad, era un nacional socialista. Cuando el abuelo tuvo que huir de España hacia Francia y luego a América, mi mamá se volvió la enfermera de la abuela Mara que padecía una neumonía que, junto con la desgracia de ver a su familia atomizada por el mundo, finalmente se encargó de que ella nunca saliera de España. Murió sin ver a su esposo desde aquel día de verano en La Granja.

Mi madre, Ascensión (Asita) fue la mayor de tres hijos. José Luis (Pepín), el hermano que la seguía fue reclutado en las filas franquistas. Para mi tío Pepín, cuyo sueño era una España republicana, ese episodio de su vida (y de tantas muertes) fue tenebroso; se escondía durante las maniobras o disparaba hacia arriba para no asesinar a sus amigos. El día en que, agazapado en el frente, recibió la noticia del fin de la guerra civil la fatiga le estalló y se durmió recostado sobre su fusil. Entre la vigilia y el sueño, sin saber cómo, activo el gatillo. Se despertó con el ruido del fogonazo pensando que, irónicamente, se había pegado un tiro justo el día en que el terror de la guerra terminaba. Por fortuna, para él y para quienes lo pudimos disfrutar tantos años, no fue más que un susto.

Pepín llevó a su hermano menor, César, de doce años, a la puerta del túnel de la frontera con Francia donde mi abuelo lo esperaba y le dijo: “Al otro lado del túnel está papá; si tú confías en mí, sabes que es verdad.” Se lo entregó a un oficial con unos documentos y los dos hermanos dejaron de verse por veinte años. Su reencuentro se dio en el aeropuerto de Ezeiza – Buenos Aires- y, mientras se abrazaban, mi tío César le dijo a Pepín al oído: “¡Que túnel tan largo!”

La salida de Europa de mi abuelo y el tío César fue en un barco llamado Winnipeg hacia un campo de concentración en Martinica, ese vórtex desconocido donde, a veces en los conflictos de esa índole, van a parar personas que después nunca aparecen. Un barco holandés los “secuestró”, salvándolos, y llegaron a Colombia por un llamado del gobierno.

Mi abuelo fue ingeniero metalúrgico, sabía de metalurgia tanto como los ingenieros alemanes, y llegó a trabajar en ese campo. Cargando con todo ese conflicto en sus hombros, con toda su tristeza y con la guerra, logró, en medio de la angustia por su mujer y sus hijos escribir un libro, porque él no se podía estar quieto: se llamaba algo así como La Explotación del Coque en la Guajira Colombiana. Es un libro que aborda todos los aspectos de la explotación de minas como el Cerrejón en Colombia. Era un visionario.

Después de la muerte de mi abuela, mi mamá salió de España en un barco. Cuando estaban fondeados en la bahía de Cartagena no estaba aún segura de haber escapado porque un barco, aunque esté en Júpiter, sigue siendo territorio de la bandera que lleva. Solo cuando sus pies tocaron América pudo respirar. En la Casa de España de Bogotá entró en contacto con la colonia española, que era poca porque Colombia no recibió a tantos españoles; México lo hizo con mucha más generosidad.

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Mi papá trabajaba con el gobierno español y asistía frecuentemente a los aconteceres sociales de la Casa de España. Con un par de coñacs improvisaba poemas y fabricaba cuartetos con nombre propio a cada una de las esposas de los diplomáticos. Tuvo un cerebro privilegiado.

Víctor Mallarino Botero colgó su título de abogado para convertirse en uno de los pioneros del teatro en Colombia, fue el primer director de la Escuela Nacional de Arte Dramático, también director del Teatro Colón. Cecilia Fernández de Soto, la madre y abuela de conocidos políticos y personas de negocios, fue su secretaria y mi papá le pidió dirigir el teatro. Se trepó al último piso, donde instaló “El Palomar”. De esa escuela, en la que estudiamos todos, salieron esos monstruos de la actuación como Consuelo Luzardo, Gustavo Angarita, Frank Ramírez, Teresa Gutiérrez, Delfina Guido, Jorge Arenas, Eduardo Vidal, David y Jaime Manzur, y el gordito Benjumea, que en esa época no era para nada gordo, era muy flaquito.

La tesis de mi padre fue sobre un caso jurídico teatral: Fuenteovejuna, de Lope de Vega. Tal vez estudió derecho para satisfacer a sus padres. Luego colgó su cartón y se dedicó a hacer teatro; fue conferencista de la Universidad de Salamanca y del Actors´ Studio que, para ese momento, no tenía la connotación de ser el alma mater de una cantidad de híper leyendas del cine y se concentraba un poco más en la construcción del actor teatral.

Mi padre tuvo una visión de fronteras abiertas en la construcción cultural del país. Creo que pudo entrar en conflicto con un par de corrientes de pertenencia más regional. Siempre he pensado que hubiera podido existir una mayor armonía y que cada uno podría haber dado un pasito hacia el centro de la línea. Sin embargo, él escribió y llevó al teatro, la radio y la TV cuadros costumbristas con una robustez cultural y un amor por lo nuestro que dio vida a personajes y situaciones que después sirvieron de larga inspiración, a muchos.

En ese momento se creía que la televisión sería un vector teatral para llevar a los hogares el escenario del teatro. Luego se convirtió en otras cosas que han ido mutando a través del tiempo.

Hogar Dulce Hogar, fue una serie de comedia muy bien escrita por mi papá. La atmósfera central era la casa de una señora “de sociedad”, Doña Cándida, alrededor de quien vibraban muchos personajes. El protagonista era un plomero: Otoniel Contreras. Creo que fue el primer personaje de nuestra TV inspirado en un obrero. Más tarde aparecería el Eloy de Yo y Tú, luego el Régulo Engativá y el Don Chinche, tan encantadores personajes de Héctor Ulloa. Mi padre hacía varios personajes durante los diferentes episodios de Hogar, Dulce Hogar. Se escondía detrás de una enorme nariz de plástico y unas gafas para encarnar a un poeta doloroso y patético, con el inusual nombre de Hemistiquio Gamo y Caléndula.

Hemistiquio nació en la obra de teatro, Un Poeta de Ayer y una Niña de Hoy. Era un Quijote lírico bogotano, detrás del amor de una muchacha estudiante encantadoramente representada por Consuelo Luzardo, una magnífica actriz que empezaba su carrera. Después fue siempre, para mí, un placer verla en otras obras, luego en La Mama y, más tarde, en todos los montajes imaginables. Hicimos juntos la primera obra del Teatro Nacional.

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A Josefa Botero Restrepo, mi abuela paterna, la recuerdo siempre con problemas de salud, frecuentemente en cama tras haberse fracturado la cadera por un tropezón de un transeúnte en Chapinero o en el centro. Tuvo trece hijos con mi abuelo, Rafael Mallarino Holguín, profesor de literatura del Gimnasio Moderno, a donde llegaba a caballo desde su casa en la 72. Rafael Mallarino Holguín era nieto del presidente Manuel María Mallarino, que dejó al país económicamente mucho mejor de lo que lo encontró, fue el esposo de la mujer que inspirara La María de Jorge Isaacs y suscribió un tratado que terminó bastante relacionado con la pérdida de Panamá.

Regresando a esa vida social activa de Bogotá, mi papá conoció a mi mamá mientras trabajaba en temas de la cultura con los españoles. Él se enamoró perdidamente y en el comienzo fue muy poco correspondido porque mi madre iba a casarse con un médico refugiado en México.

Mi mamá era una aventurera. Durante la guerra, andaba de la mano de su hermano menor desactivando minas para poder llevarle comida a los presos republicanos en los campos de concentración, así que nada le producía miedo. Con su tía, Pilar de Madariaga, hermana de mi abuelo César y de Salvador de Madariaga, tenía programado un viaje en avión hacia Cali y luego en tren hasta Buenaventura.

Mi papá, un poco despechado, muy cortés, la llevó hasta el aeropuerto y le dijo adiós para siempre. El “para siempre” duró unas dos horas, hasta que mi mamá y su tía llegaban a Cali para ver cómo mi padre había tomado un vuelo anterior o más rápido y estaba esperándolas en el aeropuerto. Terminaron todos en el safari férreo, la hizo reír, decía ella, hasta enamorarla casi tan perdidamente como él lo estaba de ella. El resto de la historia se cuenta en parte en las vidas de nosotros, sus hijos, Rafael, María Angélica, Helena y Víctor.

Infancia

Empieza para mí con imágenes de mucha gente que acudía a mi casa, partidos de “banquitas” en la calle, pan con gaseosa en Kon-Tiki, la tienda de la esquina, milhoja en Pan-Fino de la 54 con 7ª, los pesebres de mi mamá que eran de concurso, la compra de la lama y el árbol en la Caracas (el árbol era arrastrado por un muchacho hasta nuestra casa de la carrera 4ª con 56). Y eternas caminatas por la séptima, desde mi casa hasta el Teatro Colón. Luego carreras por los pasillos del Teatro en compañía de mi primo, Luis Miranda, y Celmira Luzardo; Consuelo ya estaba grande para el plan de estar jugando a las escondidas.

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Celmira, Helena y yo, fuimos desde siempre muy amigos. Lamenté hondamente la muerte de Celmira. Yo la adoré; era una máquina de sarcasmo. Nos metíamos debajo del escenario que, por diseño acústico, tenía un foso de agua. Rondaba por ahí, entre los acomodadores y los tramoyistas, el relato de una bailarina rusa que se había suicidado tirándose al foso. Nosotros corríamos una enorme tabla circular, como la rueda de una carreta, que lo cubría, para mirar a ver si, en una de esas, veíamos el cadáver o nos encontrábamos con su fantasma. Nunca quise verificar esa historia porque, más que al espectro, creo que siempre le tuve miedo a que no fuera cierta.

En ese momento vivíamos rodeados de personajes de ficción que llevaban al escenario mi papá y los demás directores de espectáculos itinerantes que pasaban por el Colón.

Después de la muerte de mi padre, llevamos una vida estrecha en lo económico. Nos quedamos con prometido viaje en barco a España. Todavía tengo sueños en los que mi casa de la 56 es un barco y la calle, mojada por la lluvia, es un mar demasiado somero para que pueda zarpar.

Despertar de la conciencia- Caza y Toros

Nací entre escopetas, balones de fútbol y corridas de toros. El respeto por las leyes del buen cazador y el amor por la naturaleza alternaban con la actividad cultural urbana de mi papá. A los nueve años yo disparaba una Víctor Sarasqueta calibre 20. Mi papá, junto con un señor que se llamaba Guillermo León Valencia, y mis tíos Alberto Mariño Vargas y Fernando Uribe Henao, mataron a la mitad de la fauna colombiana de los años sesenta.

Mis primos y yo éramos niños Retriever. Nos quedábamos paralizados entre el junco para luego recoger patos, palomas o lo que hubiera. Recuerdo verlos colgar un ladrillo de un alambre, y disparar al alambre a unos catorce o quince metros de distancia. Después de las cacerías el ritual de repartición por las casas de todas las tías cerraba la jornada.

Una noche, en los Llanos Orientales, mi hermano iba sentado en el techo de un Toyota y yo en las sillas laterales de la parte de atrás, donde no se veía hacia adelante y agarrarse era bien difícil entre brincos y frenadas y curvas. La camioneta, de repente, se detuvo. Alcancé a asomar un ojo, como un cangrejo, para ver a un conejo paralizado delante del campero, cegado por las luces. Sus pupilas brillaban como dos faros. De inmediato volví a caer sentado mientras escuchaba dos tiros. Acto seguido abrieron la puerta de atrás, justo donde yo estaba, y lanzaron al conejo que permaneció con su mirada fija en la mía y con su vida segada. El pobre lagomorfo fue la receta del almuerzo del día siguiente. Ahí supe que no quería participar más de eso y que algo estaba muy mal en creer que solo porque las especies no disminuyen su población, tenemos derecho a matar todo lo que sirva de alimento.

Una actividad usualmente paralela a cazar es la fiesta brava. El plan estrella era ir al Hotel Tequendama para tener el honor de ver vestir a diestros como Paco Camino, Santiago Martín y Diego Puerta. Luego, caminábamos hasta la Santamaría. Desde el burladero sentí el aroma de la muerte. Vi la hemorragia y sentí la asfixia; ahí me pregunté qué estaba haciendo yo en ese lugar. Éramos omnívoros y acudíamos a cualquier corrida para ver si aparecían las jóvenes promesas.

Alguna vez, cuando un toro bizco embrocó catorce veces a una maletilla que repetidamente salía de la enfermería forrado en esparadrapo, ya confirmé que aquello debía quedarse en los carteles pintados y la poesía de García Lorca. Ya no más. La costumbre de enseñar a los niños que eso es normal y que tenemos derecho a reflexionar sobre nuestro propio paso “a mejor vida” maltratando a otro animal porque somos dueños del universo, no tenía sentido para mí.

El queridísimo Alfredo Molano mencionó en un debate un argumento que me sorprendió y que no comparto. Era algo así: “La fiesta brava es una alegoría, una metáfora, a través de la cual nosotros reflexionamos acerca de nuestra propia muerte”. Pero una metáfora es figurativa, mientras que la muerte del toro es real, porque matar a un toro no es ficción, entonces no es metáfora. Se trata del derecho que creemos tener sobre la vida de los demás.

Su gran libro y sus mascotas

Mi abuelo era un hombre de ciencia y me regaló un libro llamado Mi gran libro de animales, con unas ilustraciones y unos textos que me metieron en ese universo del cual no quiero salir nunca: la ecología de los territorios que llegué a conocer con tal detalle que, a los diez años, sabía que en América no había leones sino jaguares y que en Asia los elefantes tenían las orejas más chiquitas.

Algún día mi papá rescató a un cachorro bóxer minúsculo y desnutrido de una camada de once. Mi mamá se negó a recibirlo, pero a los tres días la vimos sentada en la cocina dándole leche en biberón al perrito. Finalmente se volvió un perrazo muy bonito de una fuerza increíble. Mi papá no lo volvió a mirar más que para saludarlo desde la ventana de mi cuarto que daba al patio de la casa. Yo era el único que lo sacaba a caminar y me hacía patinar por todo el barrio.

Yorick nos acompañó durante muchos años hasta que mi hermano tomó la buena decisión de llevarlo a un lugar donde tenía más espacio y lo querían mucho.

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Influencia de la música y el teatro

Mi hermana María Angélica recibió clases de tiple y guitarra en la casa. Algún día me enseñó un par de acordes y muy pronto me mudé de El Cucarachero y Moliendo Café a Satisfaction y Back in the USSR. Empecé a tocar con una banda del colegio llamada The Youngsters.

Los Teipus era una banda colombiana estupenda donde tocaba el novio de María Angélica. Gracias a las fiestas que hacían en nuestra casa, de jam en jam, fui aprendiendo a tocar con alguna decencia… Estoy seguro de que ni siquiera Manolo Bellón ni los hermanos Cuéllar saben de dónde salió el nombre, pero, Mario Ochoa, director del grupo, me dijo: “Teníamos claro que queríamos ser “los putas”, entonces le dimos la vuelta a Los Tapus, pero seguía siendo muy evidente. Así que pensamos que, en inglés, debía sonar algo así como: Los Teipus”.

The Youngsters sonó por algún tiempo con algún éxito entre bazares de colegio y concursos de “murgas”. Camilo Pombo, hoy en día presentador y DJ, aprendió a tocar bajo cerca de mi casa. Mi mamá no tenía con qué pagarme clases y yo, con el pretexto de acompañar a Camilo, aprendía de gorra y llegaba a ensayar con la guitarra de mi hermana. Hace unos años volvimos a vernos y tuvimos un par de sesiones entrañables.

Conocí al baterista Danny Heller, un músico admirable (alguien contaba que llegó a grabar con Aerosmith) de la banda Hope. Me invitaron a tocar con ellos y los acompañé por tres meses, fue en su casa donde vi por primera vez una batería Ludwig con dos bombos. Una total locura. Yo me sentaba en un rincón a ensayar y no recibía ni una Coca-Cola. No todos sobrevivimos a esa época en que a los psiquiatras les dio por experimentar con la juventud.

Mi padre falleció cuando yo tenía diez años y, dos más tarde, a María Angélica la invitaron a hacer un papel en una telenovela. Ella tenía buenas horas de vuelo sobre el escenario y le fue muy fácil. Mi hermano mayor, Rafael, también actuaba, aunque fue el único que no se dedicó finalmente a la actuación.

Mi hermana trabajó en Crónicas de un Amor, escrita por Bernardo Romero Pereiro, y protagonizada por Alí Humar, y yo iba a verla hacer su capítulo a diario.

Yo había rondado por la Escuela de Arte Dramático tomando clases de actuación, esgrima, expresión corporal y mimo. Me gustaba y me dedicaba mucho a estudiar; siempre me ha encarretado estudiar cualquier cosa. Salvo Basile trabajaba para Leo Burnett (empresa de publicidad que impulsaba una comedia para televisión) y me invitó a una audición. Según Salvo, nos presentamos más de sesenta niños, pero estoy seguro de que sólo éramos tres o cuatro, y fui seleccionado. Me pagaban quinientos pesos por episodio de media hora, a los tres o cuatro meses de estar trabajando, fui a una relojería en el centro, por donde pasaba todos los días y veía un reloj Seiko y me lo compré. Meses más tarde compré una bicicleta Fiorelli de carreras.

Mi papá anduvo en taxi toda su vida. Creo que invertía más bien en viajes y nunca tuvimos un carro. Así que con mis ahorros y una herencia que llegó de España al fallecer una tía materna, compramos el primer automóvil de la casa. Separamos un Renault 6 que vimos en un catálogo. Cuando llegaron y lo fuimos a retirar, mi hermano dijo: “eso se voltea en la primera curva y además es muy feo”. Nos devolvieron la plata y compramos un campero Nissan Patrol de segunda mano que nos costó ochenta y cinco mil pesos.

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Carrera profesional

Terminado el colegio, entré a estudiar ciencias biológicas en Los Andes. Mi plan era estudiar etología evolutiva y hacer investigación. Entré en contacto con un centro en España para planear mi doctorado. En esa época no era fácil encontrar recursos y sucedió además que el biólogo, que era mi contacto, falleció. En ese limbo momentáneo, pensé que a lo mejor me gustaría más hacer documentales, entonces me fui a estudiar dirección y producción con el producto de la venta del carro y un préstamo del Icetex y Focine que nunca tuve que pagar porque habían inventado una modalidad nueva que se llamaba: “condonable por rendimiento académico” y obtuve muy buenas calificaciones.

Estudié Dirección y Producción de Cine y Televisión, también Dirección de Actores, conocí a Lotti Haeger (directora de arte, Production Designer de Cine y Televisión). Nos casamos y yo recibí una muy buena oferta de trabajo en Colombia. Vinimos para capitalizarnos y volver a Londres. Comenzaron a llegar proyectos, uno tras otro, después mi hijo, nuevos proyectos, mi hija, y, finalmente, el divorcio. Esto cambió por completo mi destino porque ya no podía viajar con mis hijos y decidí quedarme en Colombia.

Mi hijo Sebastián es publicista, creativo, mi hija Christina es médica. Los dos han encontrado mejor destino fuera del país; mezcla fuerte de sensaciones.

En mi vida profesional lo fundamental han sido las relaciones humanas. El estar abocado a estudiar uno u otro personaje me alimentó la búsqueda de diferentes perfiles, tanto de construcción psicológica como de comportamiento emocional, ese que se da instantáneo, en escena.

Cuando padezco cosas como actor y en mi relación con mis colegas, voy entendiendo este universo pues me permite visualizar sus conflictos y reflexionar sobre los míos, porque las vivencias se reciclan para el funcionamiento de los que trabajamos en las artes escénicas.

Después llegaron más lecciones de vida, porque es innegable que cuando se lee desde cuento latinoamericano hasta novela europea, uno se apoya en todos esos padecimientos o alegrías, para construir los suyos propios, quizás alguna frase de alivio me ayudó a superar alguna situación adversa.

También viví un aspecto superficial y es aprender diferentes disciplinas y destrezas, por ejemplo, aprendí conducción de precisión de automóviles y algunas actividades físicas muy específicas que, si el personaje no hubiera requerido, a lo mejor nunca las hubiera intentado, como hacer dobles de riesgo en mis propias escenas, combate escénico que exige muy buena condición física y deportes para hacerlos de una manera más o menos creíble. Aprendí desde un swing de golf hasta tejer un suéter de lana a mano.

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Al interiorizar a los personajes me acerqué a entender la manera como podían pensar, es una disciplina parecida a la que te proporciona la ciencia que tanto me gusta, es estructura de pensamiento que ayuda a solucionar problemas cotidianos. Esto me dio siempre mucha luz sobre el comportamiento. La etología siempre tendrá mucha relación con la actuación.

Cuando estaba trabajando el personaje de John – Joseph Carey Merrick, conocido como “El Hombre Elefante”, ciudadano inglés famoso por sus malformaciones físicas, por alguna extraña razón pasé un tiempo muy largo sin ver sus fotografías. Cuando ya lo tenía bastante interiorizado, Julio César Luna, el director, me consiguió unas fotografías y el impacto de esas imágenes me golpeó durísimo. Pero ese tipo de golpes no van más allá de nuestra relación con el personaje. No me veo afectado trascendentalmente como algunas versiones que se oyen sobre otros actores y su relación traumática con personajes. Físicamente fue más fuerte por la exigencia corporal que tiene la obra. Tuve problemas de espalda.

Yo no construyo los personajes desde cero. Parto de quién soy y de lo que tengo. Reflexiono un poco acerca de lo que vieron en mí para invitarme a representarlos. Hay aquellos que requieren de mayor invención, como el de un asesino en serie, por ejemplo. Entonces, en casos como ese, realizo un trabajo que me permita responder a la pregunta: ¿Qué se siente ser “fulano de tal” ?, porque voy más allá de la forma, de una manera de caminar o de hablar, de la apariencia.

Creo mucho en las identidades, he trabajado en la búsqueda de rescatar las nuestras. Me interesa contar las historias que contienen personajes reales y que se apoyan en prototipos verdaderos.

Animalista- Ambientalista

Lo importante y a la vez duro de afrontar, en este estado delirante de pandemia, es la materialización de un pronóstico que hicieron muchos, entre ellos dos Papas. La respuesta por parte de la naturaleza al mal manejo de nuestra relación con el territorio y los demás seres que lo ocupan, con gran frecuencia, es la infección.

John Muir, Rachel Carson, Konrad Lorenz, Yuval Noah, y muchos otros han tratado de cantarle la zona a los mandatarios y a los artífices del sistema económico desde hace años. Hicimos caso omiso por codicia, el enriquecimiento inmediato y nuestros hábitos de vida que no procuran una sociedad austera para poder hacerla sostenible. Apenas hoy estamos oyendo hablar con suficiente frecuencia y elocuencia acerca de lo que se requiere para reparar nuestra falta de visión en cuanto a cuál es la verdadera riqueza que poseen las regiones. Algún día todo esto va a cambiar y los países van a ser medidos en su riqueza biodiversa.

Hoy vemos que, como lo asegura Konrad Lorenz en su libro Los Ocho Pecados Mortales de la Humanidad Civilizada, los campesinos tienen un valor mayor para la sociedad que los especuladores de valores económicos virtuales y saben que la tierra hay que prepararla y permitir su recuperación. Asimismo, hay que propiciar la resiliencia de los ecosistemas.

Entonces no hay otra salida que entender al homo sapiens y el historial gravísimo de su relación con el territorio y con el resto de los seres. Sin duda lo que estamos viviendo es la respuesta a la sobrecarga que le hemos impuesto por siglos a la tierra.

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Las religiones aparecen ante la necesidad de explicarse el mundo; han dirigido los destinos de sociedades enteras y, aunque tienen en su haber muchos proyectos positivos y construcción de obras que enriquecen las culturas, dejan más perjuicio que beneficio al final del día. La ribera del Ganges es un ejemplo; las sociedades indígenas confundidas y destruidas culturalmente son otros. La pobreza en nuestras fronteras agrícolas es, quizás, el más grave de todos.

Los humanos hemos creído ser el centro del universo. Es un pensamiento que prevalece por encima de los datos que nos trae la ciencia todos los días.

Fotógrafo

Mi mamá era directora de teatro, escenógrafa y luminotécnica. Pero también fue fotógrafa y mi afición comenzó con su cámara réflex. Fue la propia mujer renacentista y, para mí, un gran referente.

En mi trabajo como director me apasiona buscar la luz apropiada, quizás debí ser director de fotografía, pues me concentro mucho en eso y le dedico toda mi atención.

En foto fija trato de llegar a un nivel más alto que el de enmarcar la sensación de un cuadro determinado. Parece paradójico, pero a veces cubre más tiempo que una pieza en vídeo. La complicidad con el observador es que logre captarse el antes y el después de ese momento, de ese instante, y el contexto puede contar una historia, mucho más larga.

En este momento registro animales silvestres en sus sistemas biológicos tratando de causar el menor impacto posible. Pero también busco capturar la expresión de los que están privados de su libertad y llenos de padecimientos. Y, con ellos, a unas generaciones que lo han normalizado y que les han enseñado a sus niños que, para aprender sobre ellos, hay que encerrarlos en jaulas de pocos metros o tanques de agua como Sea World o el Loro Parque y demás. Por lo tanto, con mi fotografía también estoy tratando de construir un lenguaje político, porque la actitud frente al medio ambiente tiene que ser un discurso político.

Deportista

Monto bicicleta, y soy buzo, faceta que me sirvió para llevar a cabo mi estudio de la biología y vino a reemplazar el trabajo de campo del biólogo que finalmente no ejercí. Al cambiar de profesión me quedó abierta una búsqueda de satisfacción personal que era el contacto en el medio natural.

Alguna vez hice las veces de guía de buceo, lo que me dejaba muy cerca del estudio de algunos aspectos de la biología y el mar se me convirtió en escenario fascinante y necesario.

Proyección

La industria de la televisión ha cambiado drásticamente. Como medio de entretenimiento gratuito debe gozar de un apoyo público mucho mayor. No es barato para una madre, un padre o un acudiente, entretener a su familia. No podemos seguir teniendo una televisión abierta donde no cabe la experimentación con géneros que no dependan de ser éxitos inmediatos. Es vital ir generando identidad con un abanico cultural mucho más robusto.

No se piensa suficientemente en el Teatro como opción cultural importante.

Antes de las emisiones de programas debe advertirse si contienen “escenas de sexo y violencia moderada”. Y, sin embargo, éstas son la base de su sintonía.

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¿Dónde están sus temores?

Algunos de nosotros construimos nuestra subsistencia en la televisión y ver que esta cambió en tantos sentidos nos deja en un plan de acudir a otras cosas que son atractivas, pero no dejan de dar miedo.

¿Cuál ha sido la situación más crítica que ha tenido que afrontar en el trabajo?

En un par de ocasiones tuve que estrellarme contra algún productor general que, sin proporcionar los elementos para desarrollar los proyectos a los que les tomamos mucho afecto y tenemos la ilusión de verlos bien realizados, nos obligan a hacer muchas concesiones; me produjo momentos muy complejos que me hicieron dudar aún de mis capacidades. Me afecta ver cómo el perfil de lo que debe ser un buen director, como capitán de barco, se desestima.

¿Qué reflexiones hace cuando revisa su historia?

La más clara es que mi profesión se ha desarrollado en saltos coyunturales más que en decisiones estructurales. Mi vida ha sido una lista de proyectos, más que de objetivos.

Sumo más de ochenta horas en series, mil trescientas horas de televisión, pero ninguna ha obedecido a un plan de vida, entendida como la de contar mi posición, editorial-filosófica, ante el mundo, algo que me ha generado más una seguridad de subsistencia que orgullo profesional.

¿Cómo define su carácter?

Trato de ser organizado y proactivo. Necesito tener consideración y objetividad. Cuando el trabajo de mucha gente depende de nosotros es necesario serlo. Soy muy inseguro y nunca sé si estoy preparado para empezar el día. Repaso obsesivamente lo que voy a hacer cada jornada. Tengo adicción por la actividad física y no me puedo quedar quieto. Tengo que trabajar en mi impaciencia porque a veces no sé esperar.

¿Sus obsesiones lo llevan a ser ordenado?

Puedo ser ordenado, pero en últimas, resulto un desastre en lo que concierne a mis finanzas, sin dejar de pagar cumplidamente mis impuestos, y obligaciones. Pero me cuesta mucho entender la vida práctica. Lo logro gracias a la contadora que atiende estos asuntos; a mí me generan pánico.

¿Cuáles son sus certezas?

La única certeza que tengo es que mis hijos van a ser muy felices y sólidos en sus profesiones. Eso ya está fraguado.

Dudo de mí mismo, todos los días, y cada vez que empiezo un nuevo proyecto, pues no concilio más de dos horas de sueño el primer día, después encuentro fascinación y felicidad.

Siempre pienso que debo tener las respuestas para todo, que lo que hago tiene que ser a prueba de bala, antibombas, lo que me lleva a estarme revisando, y a dudar. Quizás esta es la razón por la que no he emprendido mi proyecto de hacer una película, teniendo tres o cuatro temas claros en mi cabeza.

¿Tiende a la perfección?

Mi mamá fue una persona súper tolerante, pero todo lo hacía perfecto por pura fluidez y talento. Y lograba la perfección justamente porque no la buscaba. Mi papá fue diferente, él sí era más detallista, buscaba cada luz, cada sombra, cada palabra. Creo que se exigía mucho y eso le hizo daño. Yo heredé la visión de mi mamá del color y de la imagen teatral o fotográfica, y un poco el látigo de mi padre.

Como el animalista que es, ¿qué no comería?

Tengo una razón que no está en mi racionalidad para no comer peces. Es por haber nacido prácticamente en el océano. Me molesta consumirlos. Sobre todo, de arrecife; no me como un pulpo ni a bate. Trato de ser cada vez más vegetariano. Creo que la práctica de comer animales dependiendo de ciertas sociedades y culturas, más que ser, en sí misma, una equivocación, está totalmente equivocada en la proporción que ha alcanzado. Es un tema agudísimo en sostenibilidad, cambio climático y bioética.

Hábleme de sus hijos.

Como te comenté, en Londres conocí a la mamá de mis dos únicas posesiones, las más valiosas que he generado.

Sebastián es una persona que sin haber sido amante del colegio culminó sus estudios sin perder nunca una materia, eso lo valoro enormemente; tiene la claridad de un agudo observador, es capaz de ver cosas que luego descubrimos que siempre han estado ahí y nadie más ha visto; y es una fábrica de ideas. Trabaja como vicepresidente creativo de una empresa de publicidad, entonces, ejerce bajo la presión de las campañas, lo que habla de su carácter aplomado y tranquilo, porque es alguien que genera serenidad, no importa dónde se encuentre. Muy joven adquirió un pánico súbito a los aviones después de una experiencia tenebrosa que vivimos en un vuelo, luego se sumó lo del 9-11 cuando los vio como proyectiles de guerra por voluntades humanas. Esto le afectó profundamente, entró en un territorio en el que le daban miedo estas cosas, pero las superó y ahora es casi piloto. No lo ha formalizado, pero tiene en su casa un simulador enorme. Es Senior Vicepresident Creative director en Neon Advertising, Nueva York.

Christina es estudiosa compulsiva, es estudiante por vocación, cuando niña se metió al colegio ella misma acompañando a su hermano al jardín, porque un día se fue con él y al siguiente hubo que darle uniforme, lonchera y tareas. Se fue en el bus con su hermano y las dueñas del jardín la recibían como si estuviera matriculada. En el colegio y en la universidad jugó fútbol. Algunos pensaron que podría haber sido profesional. En la actualidad está terminando su especialización en medicina interna y proyecta estudiar enfermedades infecciosas para lo cual ya está matriculada en Emory University, Atlanta.

¿Cómo se ve en el corto plazo?

Como un nómada capturando fotografías de animales.

¿Cuál debería ser su epitafio?

Tal vez, tenía razón.

#HISTORIASDEVIDA #ISALOPEZGIRALDO

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