Historia oral de un ídolo, Gabriel García Márquez

'Soledad y compañía' recoge testimonios de personas que vieron de cerca al nobel antes y después de 'Cien años de soledad'. Silvana Paternostro, autora del texto, es una de las invitadas al Hay Festival en Cartagena y presenta el libro el domingo en el evento.

Silvana Paternostro. /Pamela Aristizábal

Hablar del hombre sin hablar con el hombre. Hablar de 'Cien años de soledad' cuando apenas era un puñado de papeles que se apilaban con los días en un escritorio en México. Hablar del mito y la leyenda a través de quienes vieron surgir al ídolo y, con éste, a una especie de culto que atravesó idiomas y fronteras para inscribirse en la historia.

"Sobre García Márquez se ha escrito mucho pero, por más que se escriba, la prosa del autor, la censura de sus recuerdos o el análisis del biógrafo pesan. (…) Este libro es pues un boleto de entrada para una fiesta en la que todos hablan, todos opinan y hasta dicen mentiras".

La advertencia es de Silvana Paternostro, autora de 'Soledad y compañía', un libro en el que más de 40 personas comparten recuerdos de la vida de Gabriel García Márquez antes y después de que escribiera 'Cien años de soledad'. La advertencia no sólo le hace justicia a un texto que es más historia oral que otra cosa, sino que funciona como una invitación a entrar a una charla contada en distintos acentos, desde muchas distancias y perspectivas. Aquí la memoria es una cuestión colectiva y contradictoria por momentos: el hombre contado por muchas voces, como el reflejo en un espejo roto.

"Hice muchísimas entrevistas, aunque las que me iban a ser muy difíciles de conseguir no las intenté. Claro, me hubiera encantado hablar con Bill Clinton o Fidel castro. Hubo un momento en el que quise acercarme a Francis Ford Coppola porque me habían dicho que él se moría por llevar 'Cien años de soledad' al cine y que le había propuesto a García Márquez unas cifras enormes para comprar los derechos y siempre le dijo que no. Ese intento sí lo hice y su publicista no me dio la entrevista. Los personajes muy cercanos al escritor tenían ese pacto de que las historias o no se contaban o si lo hacían era de una manera muy armada entre ellos, y ellos son expertos armando historias".

En la variedad, así sea todo un cliché, hay un placer secreto, pero rotundo, pues los testimonios del libro se estrellan, se sobreponen, aclaran o confunden, pero siempre arrojan alguna luz sobre el humano espectáculo de la creatividad. No biografía, aunque con datos biográficos, con fuentes y fechas y lugares. No estudio critico, aunque también hay crítica. En el sentido más estricto del asunto, esta es la transcripción de muchas conversaciones en una sola, partida por capítulos y momentos, en la que cada uno aporta un pedazo para descifrar la genialidad del hijo del telegrafista de Aracataca.

Hay quien recuerda paseos de tarde con García Márquez por el D.F. y cuenta que al escritor siempre le impresionó que uno de sus acompañantes en esas salidas tenía un gato que sabía caminar por calle. Alguien más sabe exactamente cuál fue la primera edición que adquirió de 'Cien años de Soledad': "En Colombia no se consiguió nunca esa primera edición, que es el barco abandonado en la mitad de la selva, la edición de Sudamericana. (…) La edición que tengo se imprimió el ‘día 25 de abril de 1968 en los Talleres Gráficos de la Compañía Impresora Argentina, S.A., calle Alsina 2049, Buenos Aires, para la Editorial Sudamericana (calle Humberto I 545, Buenos Aires)’. La compré el 15 de junio de 1968 en la Librería Nacional. La portada es de Vicente Rojo". La memoria a veces es así, caprichosa con los detalles.

Otro más cuenta cuál fue su primera impresión del escritor en una casa, también en México: "Llego a casa de mi mamá un día y había una fiesta. Ya estaba aprendiendo fotografía con Guillermo Angulo y (…) veo a un señor joven que no me cayó tan bien por la actitud arrogante que tenía. Era Gabriel García Márquez, que estaba tendido en un sofá como una madonna hindú, como si el sofá fuera de él y estuviera en su palacio. En ese momento era un escritor, un colombiano de tantos, había ganado algún premio. Pero tenía a todo el mundo embobado oyéndolo hablar".

Uno de los tesoros que guarda el libro es una entrevista con María Luisa Elío, una de las personas a las que el escritor dedicó 'Cien años de soledad', además de Jomí García Ascot, su esposo: "…Fue tan generosa con sus historias como lo había sido con el Gabriel García Márquez que conoció en una cena, cuando él la abordó para contarle la historia del libro que estaba pensando escribir. Esa idea se convirtió en ‘Cien años de soledad’ y la primera edición está dedicada a ella. Si lo contó antes no lo sé, pero esta es la única entrevista formal y grabada de María Luisa Elío".

"Y entonces, al llegar a la casa de Álvaro, un departamento chiquitito, la gente ya lo había oído, pero se fue desperdigando por un lado y por otro. Yo me estaba emocionando tanto por lo que me estaba contando que seguí pegada a él. Le decía: ‘Cuéntame más, ¿cómo sigue? ¿Y luego qué pasó?’ Entonces se fueron y yo me quedé sola con él y me contó todo, todo Cien años de soledad (…) nos fuimos Jomí, Mercedes, Gabriel y yo hacia la casa en coche, manejando Jomí… Y dijo Gabriel a Mercedes: '¿Te parece bien que le dedique mi próxima novela a María Luisa?'. Y dice Mercedes: 'Cómo no'. '¿Y a ti te parece bien, Jomi?'. 'Sí, cómo no'. Y así fue…".

Sobre los audios, Paternostro comenta que "a veces pienso que quiero hacer un audiolibro con este material. Estoy en esas. Algunas son grabaciones no profesionales, pero a mí eso me gusta, tienen ambiente. Se oye el pito del bus, el mesero que trae la botella de whisky. Las cintas sí dan una historia muy ambientada y muy oral y por eso decidí usar este género para este libro, es muy fresco, divertido e íntimo y da una semblanza más honesta del personaje y le da voz a todo el mundo: no sólo habla el autor".
 

Temas relacionados
últimas noticias

Dispensador de historias

Ser una nihilista: Sofía Kovalevskaya

Rusia: héroes nacionales del fútbol

Hospitalizan a Mario Vargas Llosa por una caída