La historia que se repite

El relato de estas cuatro mujeres es una muestra de lo que significa hacer parte del género femenino en un país donde ser madre soltera es natural.

Ilustración: GOVA

Cuando la maestra Alaís Carvajalino llegó a Cúcuta, se echó la cruz frente a todos los edificios grandes: creía que eran iglesias. Con los días descubrió que esas construcciones no eran los lugares de Jesucristo. Por eso en las noches se ponía de rodillas para excusarse con su Dios

—Perdóname, Señor, no fue mi intención santiguarme en vano.

Había decidido dejar San Calixto, lugar donde nació, porque ya estaba cansada de la vida de pueblo. Su hija Aurora recuerda que Alaís se levantó una mañana y les dijo a ella y a su hermano:

—Hombre, yo quiero saber qué hay detrás de esas montañas.

La curiosidad la martirizó hasta diciembre de 1962, cuando empacó maletas e hijos y salió de San Calixto. Habló con una amiga que tenía otra amiga en la Secretaría de Educación de Cúcuta y consiguió un traslado para irse a trabajar allá, a una escuela de Puerto Santander, una vereda cerca de la ciudad que le pareció enorme, porque San Calixto solo tenía y tiene dos calles: Tamaco y Guamalito. Era —y es— un pueblo sumergido en la neblina, frío, aislado del mundo. Como si no perteneciese al país, como si fuese un invento. Macondo pero con hielo.

Sigifredo y el fin de la alegría

Dos años después, Alaís vio unos edificios realmente grandes en Bogotá. Fue un viaje no planeado ni deseado. No sabía cuánto iba a demorarse y apenas tenía con qué pagarlo. Pero todo por su varoncito que estaba enfermo. Los médicos del Instituto Colombiano de Cancerología lo examinaron.

Llegó a Bogotá en febrero de 1964. En marzo dejó a su hijo en el hospital y volvió a Cúcuta para seguir trabajando.

“El 27 de mayo de 1964 murió Sigifredo”, recitó Alaís alguna vez con la voz entrecortada. Días antes, el teléfono de su casa sonó. “Señora, es necesario que viaje porque su hijo no se encuentra bien”. Viajó y su niño de 16 años solo vivió dos días más después de verla.

“Al principio no acepté que mi pegote se muriera, ya después me tocó recogerme el corazón y preocuparme por el entierro. Si yo les prestaba a mi niño, ellos pagaban los gastos del funeral”. Entonces Alaís se los prestó a los médicos para que estudiaran el cadáver en una época en la que la investigación sobre cáncer en Colombia era casi nula.

Así, Alaís pudo sepultar a su hijo —y con él, la mitad de su existencia—. “Se volvió amargada con todo el mundo, pero a mí fue a la que me tocó aguantarla”. Cómo no —agregaba Aurora—. Si a ella le tocó enterrarlo solita, allá no tenía a nadie.

En el momento en que se le mencionaba el tema, la vencía. Hablar de Sigifredo era lo único que la doblaba.

La muerte del varón dejó a Alaís con una sola hija: Aurora. Ella y Sigifredo habían sido el producto de un romance con Ramón González, el amor de su vida.
Cuando nació Aurora, el sacerdote quiso echarla del pueblo porque no tenía padre, pero Alaís se quedó, sólo por llevarle la contraria.

Aurora no pudo estudiar porque en San Calixto no había colegios, y en los colegios de Ocaña y Convención no la recibían pues era “hija natural”. Las miraban mal a las dos. Las rechazaban. Aurora piensa que a Sigifredo, en cambio, no le fue tan mal: “Yo creo que a él nunca lo humillaron. Es que con los hombres hay más respeto”.
La esposa de Ramón González jamás supo que los hijos de Alaís, tan mal vistos por todo San Calixto y por ella misma, eran los hijos de su marido. Ya cuando los niños estaban grandes, cuando los ánimos exacerbados por sus embarazos se habían calmado, Alaís quiso al fin marcharse del pueblo.

Ni en Cúcuta ni en ninguna otra parte fue capaz de volver a enamorarse, de tener algo siquiera fortuito con otro hombre. La moral cristiana que tan mal la había tratado, que no le había impedido meterse con un hombre casado, le impidió, sí, “poner otro hombre”. Sin importar que el hombre que escogió nunca se hubiera preocupado por ella o sus hijos; que, tan pronto supo que Alaís estaba embarazada, se marchó de San Calixto.

Sigifredo era el hombre de la casa. Cuando murió, ya no hubo hombre en la casa. Solo eran ella y Aurora. Dos mujeres sobreviviendo solas con sus problemas económicos. Con sus caprichos femeninos.

Aurora y su breve matrimonio

Cuando tenía 21 años, Aurora conoció a Baltasar. Un tipo alto, trigueño, con porte y con sombrero. Pobre pero altivo. Se casaron por la iglesia. Si se le pregunta si estaba enamorada, la pregunta la confunde.

—¿Enamorada? —contrapregunta—. Pues es que uno no pensaba mucho en eso.

¿Qué la conquistó, cómo, dónde? Nada de eso lo tiene claro. Se conocieron en una feria. Y no sabe más. Se casaron y se puso su apellido.

Vivieron juntos tres años. Aurora se esmeró por ser una esposa íntegra: cocinaba, alistaba la ropa, preparaba café y cuidaba muy bien a la niña de los dos: Claudia. Cuando Claudia tenía tres años, Baltasar se fue.

—No me aguanto más a esa mujer. Está loca —le dijo Baltasar a Aurora el día que la dejó. Se refería a Alaís, quien se esforzó mucho por hacerle la vida imposible a su yerno.

“Si vos te vas, así sea con tu propio marido, te olvidás que tenés mamá”, le dijo Alaís a Aurora un día que sintió sus intenciones de volver con él.
Aurora decidió quedarse con ella de por vida. “Yo no habría sido capaz de quedarme sin mamá”, dice todavía. Claudia la juzga hoy por eso, por su falta de carácter, de autonomía. Pero se le olvida que ha vivido la misma historia.
Claudia y su amor desmesurado

¿Eso es un alumno o un maestro? —preguntó Claudia a su madrina Estela.

—Es el coordinador —respondió Estela.

Claudia siguió al coordinador con la mirada. Le encantaron sus dientes y la forma de sus labios. Había ido con su madrina a ese colegio buscando trabajo. Acababa de graduarse a los 19 años como bachiller pedagógica de la Normal María Auxiliadora en Cúcuta. En casa, la mamá y la abuela le exigían que encontrara trabajo.
La contrataron y en la primera reunión le presentaron al coordinador. Ese día hablaron largo rato. “Es una coquetería que no puede describirse, pero que sabes que está ahí, uno sabe”.

Empezó a notar que, mientras ella estaba dando clase, Javier se le acercaba por detrás y le olía el cabello. Ella se giraba y él estaba ahí, con los ojos cerrados, respirándole cerca. A él le encantaban sus churcos largos y alborotados. Por eso Claudia siempre los llevaba sueltos al colegio.
Javier era un poeta y a Claudia le encantaba. Un día que ella no podía salir lo invitó a la casa, se sentaron en el sofá de la sala y Aurora pasaba cada diez minutos hasta que Javier, cansado de tanto fisgoneo, la detuvo.

—Doña Aurora, Yo quiero decirle que quiero mucho a su hija.

—Me alegra —respondió—. Ojalá sea cierto.

—Yo soy un desgraciado, pero la adoro.

—Bueno, a demostrarlo con hechos.

Ocho días después de aquello, Laura, la secretaria del colegio donde Claudia y Javier trabajaban, resultó embarazada. Javier era el papá de ese bebé.

Pero Claudia ya estaba condenada a amarlo. La herencia de las mujeres de su familia la embrujaba.

Una noche en que tenían una fiesta, Claudia se excusó porque tenía muchos exámenes por calificar. Javier la había llamado de nuevo y, ¿cómo no recibirlo si lo amaba? Alaís y Aurora salieron esa noche de la casa.

—¿Hacemos el bebé hoy?— preguntó Javier.

—No hay ni el más remoto chance —contestó Claudia entre carcajadas. Sus cuentas le decían que por esos días del mes no quedaría.

Pero esa noche hicieron el bebé. Dos meses después, Claudia se enteró de la noticia. Lo confesó a sus mujeres. Nadie dijo nada. No pusieron el grito en el cielo. No la echaron de la casa. Solo le pidieron a Javier que fuera a vivir con ellas.

El primero de noviembre de 1994 nació Alicia. Ese día Javier no estaba, no estuvo. Llegó al día siguiente a conocer su beba. Esa fue la primera señal. “Cada vez que él se va, yo siento algo muy feo en el pecho”, explica Claudia. “Como si se me desprendiera algo. Es como un anuncio de Dios de que algo malo viene”. Javier no duró mucho más. Cinco meses después, las dejó a ambas.

—Me enamoré de otra mujer —le dijo a Claudia.

Se enamoró y se casó al poco tiempo. Pero Claudia no se perdió la boda. Lloró en silencio toda la misa. Al final, cuando ya estaban casados y los novios salían de la iglesia, se acercó, sonrió, le dio un beso en la mejilla al recién casado y les dijo:

—Que tengan un próspero matrimonio.

Cada vez que Claudia intentó enamorarse de nuevo, Alaís y Aurora se encargaron de impedírselo, siempre. Porque “cuidadito va a poner otro hombre”.
Estirpes

Alaís, Aurora, Claudia y Alicia vivieron quince años en la misma casa. A los 86, y en completo uso de todas sus facultades, Alaís murió. Nadie lo esperaba. Cuando las cuatro estaban juntas, las órdenes para la menor de la familia nunca eran claras. Cada una representaba una generación distinta y querían formarla a su manera. La cabeza de Alicia se llenaba de voces distintas y no sabía cuál de todas era la más acertada.

Pero en un asunto no eran distintas. Aurora aún firma con el apellido de su esposo. Claudia espera que Javier la busque nuevamente. Y Alaís murió sin conocer a otro hombre que Ramón. Les enseñaron a olvidarlo todo, menos el primer amor. Se amarraron a sus miedos y no escaparon. Como este país, que se repite a diario, se repitieron la una a la otra hasta condenarse para siempre al caos de existir juntas.

* Los nombres de los protagonistas fueron modificados para proteger su intimidad.

 

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