Las historias de los inmigrantes en EE.UU.

Joaquín Botero, periodista egresado de la Universidad de Antioquia, ha publicado tres libros de no ficción en los cuales retrata el día a día de los inmigrantes hispanos en los Estados Unidos.

Joaquín Botero

Su trabajo narrativo presta especial atención a los personajes cuyas vidas y acciones no reciben la luz de los reflectores mediáticos. De Montenegro a Morristown relata las pequeñas y grandes historias de una colonia quindiana que vive al tiempo la pesadilla y el sueño americanos.

"Comencemos conlo obvio: los temas de sus tres libros. El jardín en Chelsea (Aguilar 2007) Memorias de un delivery (Universidad de Antioquia 2009) y ahora De Montenegro a Morristown (Biblioteca de Autores Quindianos, 2014) versan sobre la vida de los inmigrantes hispanos en los Estados Unidos. ¿Qué encuentra en esas historias que le llame la atención? ¿Son una suerte de metáfora de la suerte de América Latina?

Yo creo que mis dos libros anteriores tratan sobre la vida de los inmigrantes y de la clase trabajadora no necesariamente extranjera. Había algunos nativos de acá que también trabajaban con inmigrantes. Varias piezas en ambos libros son sobre estadounidenses nativos, aunque fueran negros. Al estar escritos en primera persona no hay duda de que yo soy el personaje principal. Pero nunca intenté escribir nada fuera de la vida laboral. Además, aunque en ocasiones interiorizaba y opinaba, intenté más hacer lo del cronista que escribe de su entorno, en este caso el laboral. Fui el reportero que describe un ambiente en extensión. Poco hablé de mi vida privada ni salía con monólogos interiores. 

La profundidad la logré debido a que estuve en esos ambientes de trabajo por periodos largos, mientras al tiempo me ganaba la vida. Yo no era un reportero encubierto. Fui primero un empleado de un restaurante repartiendo comida, y luego de la panadería de un mercado y lavaplatos de una escuela de culinaria y en mis ratos libres fui reportero que escribía de las experiencias. Las historias me llaman la atención porque se puede encontrar algo extraordinario en medio de lo que al parecer es ordinario. Lo significativo en medio de la vida cotidiana. Creo que un empleado de cualquier negocio en cualquier lugar del mundo, con el interés y el entrenamiento adecuado, puede escribir algo valioso.
 
Mi nuevo libro difiere de los dos anteriores debido a que yo tengo mucho menos protagonismo. Aunque escrito en primera persona y con pasajes de inmersión y observación, se basa mucho más en testimonios de otras personas, a la manera de la historia oral. Si te parece que son una metáfora de la suerte de América Latina, pues está bien. No fue mi intención hacer metáforas. A todos nos toca ganarnos la vida en condiciones difíciles a veces y por poco dinero.
 
He trabajado de periodista y a los meses he cortado quesos, botado bolsas de basura o lavado platos. Hoy respondo este mensaje desde la oficina de prensa de la alcaldía de Nueva York. Hace tres años lavé platos a pocas calles de acá. Antes de eso fui redactor para un telenoticiero. Si me tocaría volver a botar basura, lo haría. Mi punto es: acá no hay embelecos con el estatus, el prestigio o la profesión. Acá hay que ganarse la vida en lo que sea. Acá nadie gana de apellido, lugar de origen ni profesión. Si no te mantienes arriba, pues devuélvete a tu país o quédate en casa. Acá hay mucha movilidad y descenso.

El relato sobre miembros de su familia ocupa buena parte de De Montenegro a Morristown. ¿Cómo enfrentó la disyuntiva de ser fiel a los hechos mientras escribía sobre personas cercanas a sus afectos? ¿Qué suerte han corrido después de finalizado el libro?

Yo entrevisté largamente a todas estas personas que alimentan las piezas sobre mi familia. Con algunos hablé más que con otros. Todos sabían cuáles eran mis intenciones y además sabían que yo había escrito libros periodísticos en primera persona. Aun la persona más discreta, como mi primo Carlos Alberto Berrio, me dio información íntima y por ello valiosa. Ayuda que la gente (montenegrina, colombiana, hispana), sea muy abierta para hablar tanto de sí mismos como de los otros.

Me sorprendió el grado de apertura sobre recuerdos y emociones tan lejanas o complejas, quizás porque me sintieron cercano, o lo encontraron terapéutico o quizás porque yo fui delicado y paciente en la búsqueda de sus testimonios. Al final hice algo que he aprendido del periodismo estadounidense: no temí leer pasajes enteros a varios de los involucrados con el fin de obtener su aprobación o desaprobación de los hechos, mas no del tono, o una confirmación de fechas y nombres. Es algo muy productivo y que evita incomodidades posteriores.

Todos estos parientes siguen viviendo y haciendo más o menos lo mismo que ya está escrito. No ha habido ninguna fractura familiar o mudanza, o gran éxito o gran fracaso.

En varios momentos del libro habla usted del periodismo de lo cotidiano. Háblenos de en qué consiste dicho periodismo y qué tal es recibido por la industria editorial. ¿Se puede vivir de obras escritas con este enfoque?

El periodismo que he escrito en los tres libros mencionados no trata de hechos o personajes extraordinarios, sino de gente y situaciones comunes que he encontrado dignas del interés general porque cualquiera se puede identificar con ellas. Como explico en la introducción, son el 99,9 por ciento de los emigrantes de los que ningún medio como El Tiempo, SOHO o Semana publicarían un reportaje. No hay cargas altas de violencia, éxito o engaño.

No he vivido de lo que he escrito. Mi recompensa ha sido el proceso y verlas publicadas. Por El jardín en Chelsea recibí un adelanto de $1,300 dólares y, según me dijo la editorial, con los ejemplares vendidos no se ha cubierto lo que me dieron. Con los dos siguientes libros no recibí dinero, solo ejemplares. Pero debo decir que la Universidad del Quindío me dio el triple de los que me dio la Universidad de Antioquia por el anterior, Memorias de un delivery.

Pienso que en tiempo neto me demoré un año escribiendo el primer libro y mira el pago. Eso me ganaba en tres semanas cortando quesos en ese mismo tiempo. Por eso no vivo de los libros. No me quejo, es la realidad de la industria editorial cuyos dueños también sufren en la actualidad.

Inevitable la pregunta: ¿qué debe aprenderle el periodismo colombiano al estadounidense y en qué los reporteros colombianos les llevamos la delantera a los colegas gringos?


Pienso que una periodista como Juanita León, de La silla vacía, ha aprendido mucho del periodismo estadounidense pues estudió acá, aunque trabajó antes en Semana. Una persona como Alberto Salcedo Ramos no estudió acá pero ha aprendido del periodismo estadounidense (leído en español) y del oficio tras muchos años. Aunque no lee en inglés, lee mucho y viaja y es un hombre culto, con experiencia. O sea que ambos son periodistas sobresalientes con distintas formaciones, aunque la primera haya aprendido más que el segundo del llamado periodismo anglosajón y puede leer en inglés, cosa en la que se puede llevar una ventaja pues muchas cosas buenas no se traducen. El universo periodístico se expande si se lee en inglés...

No sé en qué les lleven la delantera los periodistas colombianos a los estadounidenses. Hay muy buenos periodistas en Colombia y malos acá y viceversa. Lo mismo se aplica a los editores. Acá creo que los estándares de algunos medios son muchos más altos (aunque muchos medios con plata, tiempo y buenos periodistas terminan haciendo trabajos muy malos). Ante todo está el individuo que se esfuerza y hace un buen trabajo donde quiera que esté. En Colombia hay muchos opinadores. Hay muchos menos de los que se toman el trabajo para reportar sobre lo que se debe reportar y meterse al fango a buscar la verdad. Sobre el poder, el crimen, la corrupción, etc. Hay mucha dependencia de los medios de la gente en el poder, llámese los grupos económicos, los políticos o los jueces.

Para cerrar, ¿en qué trabajos periodísticos de largo aliento anda metido? ¿Qué pueden esperar los lectores de Joaquín Botero en los próximos años?

No ando metido en nuevos reportajes de largo aliento. Lastimosamente no tengo un tema ni un mundo por descubrir. Mi trabajo actual me deja sin energía para escribir algo más. Soy reportero de un diario local, entonces el ritmo es muy pesado. Llevo catorce meses en ese trabajo y he aprendido mucho de la ciudad, de su política, de sus problemas, de la economía, de sus grupos de poder y en conflicto. Ni siquiera tengo cabeza en los días libres para hacer algo que me gusta, un género que me siento cómodo cultivando: la crítica de cine. A veces hago traducciones cortas porque son ocasionales y la plata me sirve. Nada más.

Ojalá en un tiempo encuentre un tema novedoso sobre el cual escribir. O también podría escribir un libro por encargo, si me resultara una buena propuesta. Sólo por hacer algo distinto a lo que me he acostumbrado. Por hacer algo que no me interese de entrada pero de lo que me puedo ver forzado a encontrar interés. Por ejemplo sobre criminales colombianos encarcelados acá...
 
 

 

 

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