Holden Caulfield y el cine

Se cumplen ahora 65 años de la publicación de The Catcher in the Rye (El guardián entre el centeno), y la pregunta que se plantea uno es la de si debemos jubilarla, o bien jubilar al protagonista al llegar a la edad preceptiva para el retiro.

J.D. Salinger en una imagen poco difundida. EFE
J.D. Salinger en una imagen poco difundida. EFE

El final del relato, escrito en una institución donde le están aplicando una terapia, no nos induce a pensar que Holden Caulfield haya madurado mucho desde entonces. Lo curioso del caso es que como persona hubiese llegado a la edad de jubilación en 1999, y estoy convencido de que seguiría siendo el mismo inmaduro de 1951, mientras que a la novela no hay manera de pasarla al retiro: como el proverbial buen vino, gana con los años.Una de las cosas que más me llaman la atención en ella es la relación tan, pero tan paradójica que Holden Caulfield, protagonista y narrador de la misma, mantiene con el cine; ese cine al que dice odiar con toda su alma, pero al que no deja de acudir a cada rato. Sólo que, además, ese nombre, ¿Holden Caulfield...? En los años 40 hubo una pareja que protagonizó dos pelis de títulos muy parecidos, Dear Ruth y Dear Wife, y los nombres de los actores que la formaban eran William Holden y Joan Caulfield. Honni soit qui mal y pense!

Entiendo, eso sí, el repudio que Holden siente por “ir al cine y ver estúpidos cortometrajes y las novedades de la moda y el noticiero semanal. ¡El noticiero semanal, por todos los santos! En ellos sólo se ven siempre estúpidas carreras de caballos y una señora que tira una botella contra un barco y un chimpancé en pantalones montado en una bici”.

Pero leamos atentamente la larga e hilarante sinopsis que hace de una peli en el capítulo 18: “Era tan horrible que no podía apartar la vista de ella. Trataba de un tipo inglés, que se llama Alec no sé qué, que va a la guerra y pierde la memoria en el hospital y todo eso. Sale del hospital con un bastón y luego se patea todo Londres cojeando sin saber quién demonios es. Es un duque, pero él no lo sabe. Luego conoce a una chica muy inocente y muy sincera que está subiendo a un autobús. El viento le vuela el maldito sombrero y él se lo recoge y luego suben al piso alto del bus y se ponen a hablar de Charles Dickens. Es el autor favorito de los dos. Él lleva un ejemplar de Oliver Twist y ella también. Como para vomitar. Bueno, pues se enamoran enseguida porque a los dos les chifla Charles Dickens y él la ayuda a llevar una editorial que tiene ella. Es editora. Sólo que no le va muy bien porque su hermano es un borracho y se gasta toda la plata. Está muy amargado, el hermano, porque era médico durante la guerra y ahora no puede operar porque tiene los nervios a la miseria, así que bebe todo el tiempo, pero es muy ingenioso y todo eso. Bueno, pues Alec escribe un libro y la chica se lo publica y los dos ganan con él un montón de plata. Van a casarse cuando aparece otra chica, Marcia. Marcia era la prometida de Alec antes de que perdiera la memoria y lo reconoce cuando lo ve en una librería firmando libros. Le dice a Alec que es duque y todo eso, pero él no la cree y no quiere ir con ella a ver a su madre ni nada. La madre ve menos que un murciélago. Pero la otra chica, la inocente, le obliga a ir. Es muy noble y todo eso. Así que él va. Pero no recupera la memoria ni cuando su gran danés se le tira encima, ni cuando su madre le pasa los dedos por toda la cara y le trae el osito de peluche que él llenaba de babas cuando era chiquito. Pero luego unos niños que están jugando al criquet le atizan en la cabeza con una pelota. Entonces él recupera de golpe la maldita memoria y va y le da un beso a su madre en la frente y todo eso. Pero entonces empieza a ser duque de verdad y se olvida de la chica inocente de la editorial. Les contaría el resto de la historia, pero si lo hiciera podrían vomitar. No es por no estropeársela ni nada de eso. No hay nada que estropear, por el amor de Dios. Pero bueno, al final Alec y la chica inocente se casan, el hermano se pone bien de los nervios y opera a la madre de Alec para que pueda volver a ver, y el hermano borracho y Marcia se gustan. Termina con todos sentados a la mesa desternillándose de risa porque el gran danés entra con un montón de cachorros. Todos creían que era macho, supongo, o algo así. Sólo les digo que no vayan a verla si no quieren vomitar.

Pero lo que me dio la puntilla fue una señora sentada a mi lado, bañada en lágrimas desde el principio al fin. Cuanto más falsa era la peli, más lloraba ella. Se hubiera podido creer que era tiernísima de corazón, pero nada de eso. A su lado se sentaba un chiquillo que se moría de aburrimiento y que tenía que ir a los servicios, pero ella no quería acompañarlo. Le decía siempre que estuviera tranquilo y se comportase con educación. Era más o menos tan tierna de corazón como un lobo. De la gente que se le caen los malditos ojos de llanto viendo estas pelis mentirosas, el noventa por cierto son en el fondo leños sin corazón. No bromeo”.

La película podría ser Random Harvest (Niebla en el pasado), de 1942, pero no lo es, y hago mías las palabras de una perspicaz lectora anónima que encuentro en un blog sobre cine: “Estoy por completo convencida de que la trama de la peli es invención de Salinger. Al igual que Holden, Salinger repudia el cine y cuenta el argumento estúpido de una peli de veras idiota. Pienso que la escena es de veras como para morirse de risa porque Holden dice que no puede soportar la peli, a pesar de lo cual la recuerda y refiere hasta el más mínimo detalle”.

Y esa opinión me reafirma en lo que estuve pensando durante toda la relectura de la novela, y que vi confirmado en unas palabras de un director de cine genial, Frank Capra, ganador de tres óscares: “El cine es una enfermedad cuyo único antídoto es... el cine”. Aunque confieso que si me atreví a hacer la larga cita precedente es también para sugerir esto: que Manuel Puig debe haber leído muy atentamente ese capítulo de El guardián entre el centeno al estar escribiendo El beso de la mujer araña, y en ella las narraciones de Molina contándole las pelis a Valentín.

Sea como fuere, Holden es fiel a sus principios: “Juego muy bien al golf. Si dijese con qué pocos golpes hago la ronda completa nadie me lo creería. Una vez estuve a punto de aparecer en un cortometraje, pero en el último momento decidí que no. Si odio tanto el cine y a pesar de eso trabajaba en un cortometraje, pensé, flor de hipócrita sería yo”.

Y cuando habla de retirarse a un bosque del Oeste, en una cabaña, y que Phoebe lo visitaría en las vacaciones de verano, de Navidad y de Pascua Florida, Holden añade que “también D.B. [su hermano escritor, que vive en Hollywood, prostituyendo su talento] podría venir por algún tiempo, si necesitase un sitio hermoso y tranquilo para escribir, pero guiones de cine no podría escribir en mi cabaña, sólo cuentos y novelas. Mi ley sería que nadie que me visitase podía hacer algo que fuese mendaz”.