Homenaje

Alicia Alonso: el lucero de la técnica cubana

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Mañana 17 de octubre se cumple un año de la muerte de la artista cubana Alicia Alonso, considerada por Alejo Carpentier como una de las más grandes bailarinas de todos los tiempos.

Es paradójico encontrar en una patria que ha sido olvidada, ignorada, prostituida y difamada por los grandes y pequeños países, la cuna del arte y la anfitriona de una lucha que fue acompañada por las artes. Cuba tiene un encanto místico, una magia singular. Magia que ha sido el llamado para que Federico García Lorca dedicara poemas a sus ciudades, que Gabriel García Márquez fundara la Escuela Internacional de Cine y Televisión, y que desde Argentina viajara en bicicleta un hombre envuelto por la escritura y apasionado por la libertad. La Habana, su capital, ha sido testigo del pisar de los soldados, pero también de los particulares círculos que dejan las zapatillas de ballet por los interminables giros que hace una bailarina. El danzar de las olas golpeando sobre el malecón, un grupo de son cubano y un abuelo fumando tabaco, fueron testigos del nacimiento de una estrella sobre el firmamento, un lucero llamado Alicia Alonso.

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Al pronunciar su nombre se escucha la historia del ballet clásico del siglo XX. Un andar que comenzó en 1929 en el ballet Pro-Arte Musical, donde hizo su primera aparición escénica con el vals del Cascanueces. Posteriormente, al tener quince años, viajó a Nueva York, lugar donde se casó con Fernando Alonso y se formó en el American Ballet Theater. Su debut como bailarina se dio gracias a que la bailarina principal, Alicia Markova, no pudo presentarse, así que la cubana tomó su papel e interpretó a Gisselle. En esta academia fue solista durante dos años. En su estadía como artista estuvo bajo la dirección de Lucia Chase, coreógrafa estadounidense. A sus diecinueve años comenzó a brotar su lado como docente, ya que perteneció a los fundadores de la compañía neoyorkina. En el American Ballet Theater pudo trabajar con bailarines como Michel Fokine, George Balanchine, Léonide Massine, Bronislava Nijinska, Anthony Tudor, Jerome Robbins y Agnes de Mille. Pero el mejor dúo fue con el bailarín ruso Ígor Yushkévich. Junto a él pudo participar en el Ballet Ruso en Montecarlo, en 1955.

Un alma que lleva toda su vida bailando, es un alma libre y espontánea que ve sencillez en lo complejo. La naturaleza de cada ser se manifiesta de igual manera. La obra de Alicia Alonso no solo se trató de lo que dejó en las aulas a nivel internacional, sino también en su lucha constante por las artes y el valor que estas tienen. En su regreso al país en 1948, como bailarina invitada, pudo materializar su lucha y creó su propia escuela: Ballet Alicia Alonso. Una década después cambió el nombre a Ballet Nacional de Cuba, compañía que, actualmente, se encuentra entre las mejores escuelas de ballet clásico en el mundo. Antes de que Estados Unidos cercara la isla y viera a los cubanos como una amenaza a su discurso político y del poder, la diva del ballet turnaba su estadía entre Nueva York y La Habana.

Con el triunfo de la revolución y el posicionamiento de Cuba como un Estado socialista, Alonso salió contadas veces del país. Una de esas escapadas fue en plena Guerra Fría a presentarse en el Teatro Kirov de San Petersburgo y el Teatro Bolshói de Moscú.

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En su libro Diálogos con la danza se plasmó el ideal de: “El valor de la cultura como baluarte para el artista, el conocimiento de la tradición, el compromiso ético y estético con el ballet desde tres perspectivas: como expresión nacional de los pueblos en su idiosincrasia; como manifestación de carácter universal por la potencialidad física y expresiva del cuerpo humano; y como una manifestación artística íntimamente ligada al sujeto y el destino, ligado a los signos del tiempo”. Su denuncia sobre las actitudes discriminatorias por prejuicios raciales y culturales, y las locuciones que atañen a la diferencia entre escuela y estilo; el elemento primitivo y originario de la danza frente a la búsqueda de la perfección en la compostura y movimiento del cuerpo humano, son temáticas que abordó en uno de sus testamentos artísticos.

Alicia Alonso fue el ejemplo vivo de que la danza solo necesita ser sentida y escuchada. En su juventud, mientras ensayaba, sufrió el desprendimiento de las retinas. Entre quedarse invidente y bailar, dejó que sus pies fueran la brújula en la decisión. Un tiempo después fue intervenida quirúrgicamente por el mismo problema. En sus últimos años como directora se dedicó a ver por medio de su memoria y a oír el ritmo de los bailarines y el tiempo de la música para así seguir exigiendo el máximo nivel de su compañía.

Alejo Carpentier, autor de El siglo de las luces, dijo que: “Alicia Alonso pertenece a la excepcional estirpe de bailarinas que han dejado no más de cuatro veces por siglo. Si en Giselle se nos muestra como una incomparable intérprete romántica, si en El lago de los cisnes se nos sitúa en la más pura tradición del ballet neoclásico, en su extraordinaria Carmen, alejándose de toda norma coreográfica habitual, se nos vuelve una criatura fatídica, indomable como una fuerza natural, que conduce la acción, inexorablemente, hacia su desenlace trágico, dentro de un expresionismo constante que “hace hablar”, por así decirlo, el menor ademán, el menor movimiento, la dinámica de los pasos, la breve inmovilización de una actitud, con una elocuencia y una sensualidad ausentes —por la necesidad de doblegarse a las observancias de un estilo dado— en otros de sus ballets. Por la diversidad de sus recursos técnicos, por la fuerza de su sensibilidad, por su entendimiento de cuanto atañe a la danza, Alicia Alonso es una de las más grandes bailarinas de todos los tiempos. Y no es este el juicio de quien firma estas líneas, sino el de las ya innumerables ciudades del mundo donde el público, con su acogida triunfal, ha dicho más de lo que se puede afirmar en palabras... Alicia, dueña absoluta de su país de las maravillas.”

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