El Cisne: libros y espacios

Amor constante más allá del fútbol

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Mi padre era la versión colombiana de Merlí, el protagonista de la serie catalana, pero dictando matemáticas salpicadas de filosofía. Fue mejor profesor que padre y mejor esposo que futbolista.

Barcelona

Así como existen momentos inconscientes (y felices) en donde a uno se le olvida que hay un virus “vivo”, hay otros en que tampoco se acuerda que algunas personas ya están muertas. Pero son solo segundos en los que no se puede ni se debe confiar. Leí hace unos días el título de un artículo que decía “La biblia maradoniana” y pensé: voy a preguntarle a mi papá si prefiere a Pelé o a Maradona, después sacudí un poco la cabeza. Mis hermanos, que heredaron su humor, creen que elegiría a Pelé, pero proponen una güija por Zoom para confirmar el dato; mi papá se apuntaría a cualquier charla con nosotros si alguien le ayudara a conectarse.

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No me interesa el fútbol, pero era uno de nuestros temas. Me gustaba hablar con él de libros, del vaticano, de comida y de fútbol. De mis problemas no, tenía una forma de evadir las preocupaciones que solo varios días después sus palabras se convertían en consejos. El fútbol era lo que más le interesaba en el mundo, más que yo. Competí con un partido el día de mi nacimiento y perdí. Ganó el fútbol 1 – 0, mi papá llegó a la Clínica Bucaramanga noventa minutos después de que nací, mi madre aún no lo olvida y yo me pregunto si su equipo ganó o perdió y en qué posición jugaba. Una operación en los meniscos lo alejó de las canchas y los reflectores, dice uno de mis hermanos. Se convirtió en la versión colombiana de Merlí, el protagonista de la serie catalana, pero dictando matemáticas salpicadas de filosofía. Fue mejor profesor que padre y mejor esposo que futbolista.

Una de las chicas con las que comparto apartamento en Barcelona juega fútbol, es uruguaya, es delantera, a veces centro, nunca defensa, su apellido es Nilo y es del Barça. En sus partidos hay hombres y mujeres, todos los problemas se le olvidan cuando comienza a correr en la cancha, me dijo la primera vez que volvió a jugar al terminar la cuarentena en España. ¿Qué pensaría mi papá de un partido mixto, de las mujeres futbolistas? Una de sus últimas lecturas fue un libro de Florence Thomas, no recuerdo el título. Hablamos durante un largo rato por teléfono sobre lo que él había hecho o dejado de hacer en sus relaciones de pareja. Me estoy dando cuenta un poco tarde de ciertas cosas, dijo. Las mencionó, él no tenía problema en contar lo que quisiera; no creía en los secretos. Sí, le dije, a mi mamá le tocó su versión menos feminista.

Me gustaba llamarlo para que me explicara por enésima vez la diferencia entre la Champions League, la Europa League y la Supercopa de Europa, se convirtió en un chiste que se lo preguntara cada cierto tiempo, se emocionaba en detalles hasta que yo le decía ya no más, todo es un sudoku imposible en mi cabeza, mejor hagamos crucigramas. Ese era su pasatiempo preferido durante el fin de semana, llegó a alucinar con respuestas en algún episodio de fiebre alta. “Placer solitario, cuatro letras”, era nuestra pregunta secreta porque no era posible hacer trampa con Google. Al principio él pensaba que yo sabía muchísimo porque le ayudaba a solucionar más rápido el crucigrama, después le conté que lo que yo sabía era preguntar, que no había magia en escribir en un buscador: “Miedo en Catalunya”. Y entonces le hice una entrevista, grabé su voz en 2008. Estos días lo he escuchado varias veces, alegre y vivo por casi doce minutos, atrapado en un archivo .wav. Me cuenta que su primer recuerdo es patear una pelota, que le da miedo estar sólo, que se robó un Álgebra de Baldor en 1977, que su héroe de la infancia era cualquier jugador de fútbol y que quiere que en su epitafio escriban: “Ríase, güevón”.

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Últimamente también escucho el programa de Hernán Peláez y Martín de Francisco en radio porque son temas de conversaciones posibles con mi papá, quiero estar al día por si acaso. Hace unas semanas discutían sobre quién había sido el mejor jugador de cada país en Latinoamérica, dejé de hacer lo que hacía, busqué una libreta y tomé notas: Juan Arango, Carlos Caszely, Antonio Valencia, pero me distraje al recordar un texto de Fernando Araújo Vélez que había leído hacía años sobre Elza Soares y Garrincha, una historia de casi amor y fútbol. A mi papá el amor lo alejó varias veces del camino, de lo socialmente aceptado y de las responsabilidades, casi todo valía si estaba enamorado. Dejó de ser un niño feo y tímido cuando le interesó una mujer y aprendió a bailar, después aprendió a escribir cartas, a regalar flores, a hablar por horas sobre cualquier tema, a llevar desayunos sorpresa, a pedir perdón las veces necesarias; su amor era variable.

Solo a mí me quiso en forma constante nada más al verme. Cuando llegó a la clínica los noventa minutos tarde después de jugar ese partido de fútbol, me alzó y dijo: Te amo, Pelusa, y nunca dejó de hacerlo, no dudó, lo puso por escrito desde el primer telegrama que me envió al cumplir nueve años, hasta el último mensaje y emoticón de WhatsApp que tecleó. El primero de julio de este año me dijo que el fútbol italiano ya no era lo que era antes, que el partido de la Juventus había estado malísimo, le dije que por eso yo era del París Saint Germain y nos reímos. Después comenzó a contarme sus impresiones sobre el último libro de Vargas Llosa que acababa de terminar, su voz estaba llena de pausas, una coma, una palabra, una coma; llevábamos más de veinte minutos al teléfono. Mil besos te doy, te amo mi corazón, dijo y colgamos.

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En el caso de ser posible la conexión por Zoom que proponen mis hermanos o el sueño lúcido que intento perfeccionar, no le diré que tengo algunas notas de la posible alineación del Barcelona, que al parecer Luis Suárez jugará en la Juventus, que Iván Rakitic se va al Sevilla y Arturo Vidal al Inter de Milán; soy incapaz de estar al día. No le diré que Messi no fue al primer entrenamiento de esta temporada, pero que su padre vino a negociar su destino y se queda. Ni una palabra sobre los ocho goles del Bayern Múnich. Hablaremos de libros, estoy a punto de terminar La vida entera de David Grossman y le va a gustar. Además, hay cosas que él no necesita saber, más si murió tranquilo, en su casa, con su esposa, como él quería y fue cremado con la corbata azulgrana oficial de su equipo; nunca se imaginaría el Camp Nou vacío.

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