En honor a las ideas

Una muestra que rescata los 50 libros más importantes en la historia de la ciudad.

‘Historia del Cristo paciente’, el primer libro impreso en la capital.
‘Historia del Cristo paciente’, el primer libro impreso en la capital.

Algunos han dormido el sueño de los siglos en empolvados anaqueles, lejos de la memoria, apenas preservados por el recuerdo de unos pocos entendidos, una logia escasa de expertos, aficionados, coleccionistas: fetichistas del papel y la tinta.

Unos, enterrados entre muchos; otros, preservados con sigilo y vigilancia, con la devoción de un creyente en los tesoros que guardan, en valor de las ideas contra el tiempo.

Casi todos son libros de renombrada importancia, de sobrada trayectoria. Sus primeras ediciones son, per se, joyas editoriales, material para museo e inclusión en los libros de texto de la primaria y el bachillerato.

Historia del Cristo paciente. El más antiguo. El primer libro en salir de la imprenta de Bogotá, una máquina aún novedosa por estos lares para mediados del siglo XVIII. México y Perú ya contaban con estos aparatos años antes de que subieran por el Magdalena rumbo al páramo de la capital.

La fecha es 1787. La del Cristo paciente no parece ser una historia envolvente, emocionante, un libro seminal por su contenido, pero sí por lo que representa: el primer fruto de una tecnología que se tragó el mundo a punta de letras.

Pero también hay una mirada más ociosa. Quizá no ligera, pero sí con una perspectiva más curiosa que enciclopédica. Hay ejemplares llenos de direcciones y publicidad de un mundo aún no dominado por el mercadeo, así como recetarios caseros, la medicina de las mayorías (no sólo por la cantidad de adeptos, sino por lo colectivo del saber curativo).

Dice así: para no dormir hay que extraer el corazón de un murciélago y atarlo al brazo derecho. Para curar la esquilencia (en realidad es esquinencia: inflamación de las amígdalas) hay que hacer gárgaras de azafrán y untosinsal (grasa de estómago de cerdo sometida a una especie de curación). Para quitar la ronquera: cocinar poleo con azúcar, beber una taza caliente antes de acostare. El mundo giró y giró y algunos saberes siguieron igual.

Toda exhibición es en sí misma una celebración, la propagación del lado más venenoso del cariño propio: el orgullo. Los motivos para celebrar esta muestra en particular, más que un apego al pasado, una nostalgia mal tratada, tienen que ver con poner a circular de nuevo el eslogan poderoso de que las palabras pueden cambiar el mundo, tal vez una consigna siempre impopular, pero no por eso menos cierta y efectiva.

Claro, también hay una especie de rescate de Bogotá como centro editorial, o al menos como uno de los ombligos editoriales del país. Hay libros acerca de la ciudad (Sin remedio), pero la mayoría cruzaron la distancia de las cordilleras para editar y publicar en la capital el principio de una carrera que, con el tiempo y la disciplina, terminó entrando en una suerte de canon nacional: Cuatro años a bordo de mí mismo, Morada al sur, La tejedora de coronas; algunos ejemplos del trabajo de gente que terminó por impulsar el crecimiento de una ciudad incrustada entre el verde de los cerros y el negro cerrado del vestir de sus habitantes.

En palabras de sus responsables, la muestra busca poner la lectura en el primer plano del gran público, al libro como el vehículo para la existencia. La mirada histórica, en últimas, es algo así como la confirmación de que la vida no dura, pero la obra sí.

Es una idea romántica aquella del progreso a través del discurso, el avance a punta de páginas y tinta. Romántica y necesaria.